lunes, 23 de febrero de 2009

“Construir una respuesta conjunta a la crisis”. Reportaje a Roberto Mangabeira Unger

(Publicado en Página 12 - Domingo 22 de febrero de 2009)

Roberto Mangabeira Unger es el ministro de Asuntos Estratégicos de Brasil. Es el hombre que eligió el presidente Lula da Silva para planear el largo plazo. Esta semana llegó a la Argentina invitado por el vicepresidente de la Unión Industrial, Ignacio de Mendiguren, y se reunió con seis ministros, con empresarios y con la CGT. Hace veinte años fue profesor de Barack Obama en la Universidad de Harvard. En entrevista exclusiva con Cash opinó que su ex alumno “no está modificando el modelo capitalista de manera estructural, como sería necesario, sino emparchando lo que ya está probado que no funciona”. El ministro brasileño le presentó al jefe de Gabinete, Sergio Massa, un proyecto para democratizar la economía de mercado, capacitar a la población y profundizar la democracia en forma conjunta entre Brasil y Argentina. A la vez propuso modificaciones de fondo en las relaciones laborales e implementar un fuerte apoyo estatal a las pymes.
¿Se puede pasar por esta crisis internacional evitando que Brasil y Argentina se alejen por diferencias comerciales?
–Los problemas comerciales, cuando no hay un proyecto común, parecen enormes. Cuando existe un proyecto, son reales, pero mucho menos importantes. En el Mercosur hablamos de dinero, logística, comercio y otros temas, pero jamás tratamos lo más importante: el modelo, la estrategia, el proyecto, como lo hicieron los europeos cuando armaron la Unión Europea. La Unión Sudamericana es un cuerpo sin espíritu: discutimos todo menos lo que realmente es indispensable.
¿Cuál es la estrategia que propone para que Brasil y Argentina puedan enfrentar juntos esta crisis?
–Con Argentina tenemos un par de objetivos: primero, empezar a construir una respuesta a la crisis. Una respuesta que ponga en el centro de la agenda los temas más profundos, asegurando que la dinámica de la inversión pública y el estímulo estatal a la inversión privada sean institucionalizadas y que se aproveche a esa multitud emprendedora que surge por debajo en nuestras sociedades. Luego armar una dinámica de construcción de un ideario sobre el modelo de desarrollo. Un ideario enfocado en tres proyectos libertadores: democratizar la economía de mercado, capacitar a la población y profundizar la democracia con instituciones renovadoras.
¿A qué se refiere con democratizar la economía de mercado?
–Emparejar las posibilidades de todos. Pero eso no se puede lograr sin reconstruir las instituciones que definen la economía de mercado. En política industrial, enfocar a las pequeñas y medianas empresas, que son el sector más dinámico y que más rinde en materia de empleo y distribución de la riqueza. Además, organizar un modelo de política industrial con una forma de coordinación estratégica entre los gobiernos y las redes de las empresas, que sea descentralizada, pluralista, participativa y federal.
¿Cómo sería ese modelo industrial?
–Hay dos modelos en el mundo de relación entre gobiernos y empresas. Uno, como el de Estados Unidos, con un Estado que apenas regula a la distancia; y está el modelo asiático de formulación burocrática de una política industrial. Hay que construir uno nuevo. Debemos promover prácticas de concurrencia cooperativa para que las empresas puedan ayudarse y competir, ganando economías de escala. Además, dar origen en el futuro a diversos regímenes de propiedad privada y social que pueden coexistir. Ahí está la semilla de una nueva invención de una economía de mercado.
¿Qué lugar ocupan los trabajadores en este nuevo modelo?
–Las relaciones de trabajo y de capital deben cambiar. Tenemos tres grandes problemas. Primero, la mitad de los trabajadores de Brasil y el 40 por ciento de los argentinos está en la economía informal. Es una calamidad, un escándalo, no sólo económico, sino moral. Es necesario blanquear esta situación, financiando los derechos de los trabajadores con tributos generales. Segundo, en la economía formal hay una gran parte de empleados con trabajos temporarios, precarios. Es necesario construir una nueva tutela jurídica para eso. El tercer tema es la participación de los salarios en la renta de ambos países. Tenemos que revertir esa caída con nuevas instituciones. No basta con influir en el salario nominal. Por ejemplo, hay que dar algo que está en nuestras constituciones y es letra muerta, que es la participación de los trabajadores en las utilidades de las empresas. Estos son ejemplos de lo que llamo democratizar la economía de mercado. Son ejemplos de innovaciones institucionales limitadas que, en su efecto acumulativo y combinado, cambian radicalmente las cosas y dan contenido a ese tercer proyecto alternativo a los que imperan en el mundo.
¿Cómo se puede formular un plan de capacitación que sea conducente hacia una economía en crecimiento con igualdad?
–Debemos hacer una revolución de la educación pública. Hay dos prioridades. Cambiar radicalmente el método de educación y sus contenidos. Sustituir un modelo basado en un enciclopedismo informativo superficial por una pedagogía analítica y capacitadora, que utilice la información de manera selectiva para que sirva como un instrumento de capacitación. Y el lugar más fácil e importante para empezar es en matemáticas y ciencia naturales. En ciencias naturales en la escuela media se enseña la naturaleza como regida por leyes naturales y se repelen las ocasiones científicas. La matemática es enseñada de manera retrógrada en todo el mundo. Hay que ponerla al servicio del trabajo. La segunda gran iniciativa es crear las instituciones para reconciliar la gestión local con patrones nacionales. Para eso es necesario reconstruir federalismo, crear órganos conjuntos nacionales y locales.
¿Y en cuanto a profundizar la democracia?
–La forma de profundizar la democracia es innovar en instituciones que ofrezcan una alternativa a las democracias somnolientas de los países ricos. En esas democracias el cambio continúa dependiendo de la crisis. Son organizadas para eso. Un ejemplo: el presidencialismo norteamericano, que también copiamos, fue deliberadamente diseñado para combinar un principio liberal y de fragmentación del poder con un principio conservador y de desaceleración de la política. Debemos mantener el principio liberal y repudiar el conservador, creando en el régimen presidencialista mecanismos para superar rápidamente las impasses entre poderes del Estado. Permitir a cualquiera de los dos poderes políticos -– el Ejecutivo y el Legislativo– convocar a elecciones anticipadas para los dos poderes. Y esto tendríamos que combinarlo con otras innovaciones que elevarían la temperatura de la política, como el financiamiento de las campañas: acceso gratuito y amplio a favor de los partidos y de los movimientos sociales organizados. Además, es necesario radicalizar el potencial federalista de la política, permitiendo que los estados federales creen contramodelos del modelo nacional.
Estas propuestas son profundas y de largo plazo. La cultura regional es pensar en el corto plazo.
–Si yo propongo algo distinto a lo que existe, las personas dicen que es utópico; si propongo algo próximo a lo que hay es viable, pero no cambia las cosas. Y eso nace de una incomprensión de la naturaleza de la política transformadora y del pensamiento programático. Este tiene secuencias con puntos más próximos y más lejanos. El pensamiento programático no es arquitectura; es música. En mis reuniones en Argentina fui escuchado y ya hay un plan para comenzar a trabajar.
¿Cómo comienza?
–Vamos a trabajar con los empresarios, con los sindicalistas y con las organizaciones sociales para ayudar a identificar acciones concretas, en política industrial, agrícola, ciencia y trabajo, que puedan encarnar ese ideario. Así se cambia el mundo: con acciones concretas. Pero esas acciones concretas sólo adquieren su efecto transformador visto bajo el prisma de un ideario que las interpreta como una primera prestación, una promesa, una secuencia y una trayectoria.
¿Y en el plano gubernamental?
–Vamos a trabajar en conjunto con el ministro Julio De Vido. Hace falta mucho apoyo de los presidentes. Hay que ver cómo podemos encajar todos en este plan; también la sociedad, porque esto es un proyecto de Estado. No es el proyecto de Lula y Cristina. Tiene que ser abrazado por sucesivos gobiernos.
¿Qué lugar ocupa Argentina entre las prioridades de Brasil?
–Soy un apasionado de nuestra unión y sé que también lo es Lula. Son sociedades caracterizadas por la rebeldía y el dinamismo. Sé que se habla de rivalidades y desconfianzas, pero todo eso es anecdótico. Yo no traigo una formula mágica para resolver los problemas comerciales. Lo que propongo es otra agenda, pero al mismo tiempo práctica y caliente. No se cambia el mundo sin lucha. Pero presiento que hay un amplio espacio de empatía. Podemos transformar esta amenaza de la crisis internacional en una oportunidad. Los pragmáticos desmerecen las ideas institucionales por ser de largo plazo, pero el único largo plazo que importa es el que empieza hoy.
DISTRIBUCION DE INGRESOS
Desigualdad y riquezas
¿Por qué Brasil se está convirtiendo en una potencia y no logra mejorar la distribución de la riqueza?
–Entiendo que Brasil es el país más parecido a Estados Unidos. Tamaño idéntico, fundado en la misma base de población europea y esclavitud africana. Y los más desiguales. Estados Unidos es el país rico más desigual y Brasil, el subdesarrollado más desigual. Paradójicamente en ambos países la gente aprueba el sistema. Pero al mismo tiempo el pecado de Estados Unidos es creer que ellos descubrieron la forma definitiva de una sociedad libre. El grueso de la humanidad asimila esa fórmula que lleva a millones a la pobreza. En Brasil sufrimos igual, pero con una diferencia: ellos idolatran las instituciones, nosotros las despreciamos. Nuestras instituciones son papel cartón.
CRISIS INTERNACIONAL
Pobreza de ideas
¿Cómo se sale de la actual crisis económica internacional?
–En primer lugar, es necesario comprender que todo el debate de la crisis mundial está preso de una sorprendente pobreza de ideas. Por ahora, está dominado por dos temas superficiales: la necesidad de regular los sistemas financieros y el imperativo de implementar políticas fiscales expansionistas. En ese debate están suprimidos tres temas mucho más importantes. Y lo que se pueda hacer en materias superficiales depende de lo que se haga en temas más profundos. El primer tema es la necesidad de enfrentar y superar los desequilibrios estructurales de la economía mundial entre economías superavitarias en comercio y ahorro, como China, y economías deficitarias en ambos aspectos como Estados Unidos. El motor del crecimiento mundial ha sido en estos años esa dupla que se complementaba. Pero ese motor se ha destruido y hay que cambiar el paradigma. La regulación de los mercados financieros es la punta del iceberg de un tema más profundo, que es reorganizar la relación entre el sistema financiero y producción. El sistema productivo en gran medida se autofinancia, con reinversión de utilidades. Para qué sirve entonces todo ese dinero que da vuelta en las Bolsas. Debemos reorganizar las instituciones de la economía de mercado, empezar por las instituciones que reestablezcan el vínculo entre financiación y producción, para asegurar que el ahorro de la sociedad se movilice hacia la inversión productiva, en vez de participar en un casino financiero.
¿Está ausente también una solución para frenar la concentración económica?
–Así es. Hay un gran tema suprimido que es el vínculo entre recuperación de la economía y distribución del ingreso. Veamos el caso de Estados Unidos. En principio, un mercado de consumo de masas como el que se creó en ese país luego de la Segunda Guerra presupone democratización del poder adquisitivo, que requiere predistribución de la renta y de la riqueza. Pero ocurrió lo opuesto. Reconciliaron consumo de masas con concentración hasta ahora. Parte de ese misterio está en la sobrevalorización de los inmuebles, que es la forma predominante de ahorro de las personas físicas. Así se supervalorizaron y en consecuencia se generó un exorbitante endeudamiento de las personas físicas. Así ocurrió una seudodemocratizacion del crédito.
ARGENTINA Y BRASIL
La tercera posición
¿Qué rol juegan Brasil y Argentina en la presente crisis internacional?
–Los países ricos están perdidos, desorientados. Es una gran oportunidad de ampliar las bases productivas y democratizar la economía de mercado. En mi país hay dos discursos políticos predominantes. Conducir el proceso de crecimiento por medio de los bancos públicos y llorar la píldora de la desigualdad social, con programas sociales. Le llaman humanizar el inevitable. Del otro lado proponen menos tributos y menos regulación, que es el discurso de los grandes empresarios. Pero hay espacio para una tercera opción: usar el poder del Estado para instrumentar la energía que hay debajo. Brasil y Argentina tienen como atributo más importante su vitalidad. Hay una anarquía creadora. Somos países amables, pero vestimos una camisa de fuerza de instituciones copiadas que suprime esa vitalidad. Por eso la crisis de las potencias es una ocasión para romper la camisa de fuerza. Para eso necesitamos hacer lo que no estamos acostumbrados a hacer: innovar en las instituciones.


Por Roberto Navarro



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domingo, 8 de febrero de 2009

El riesgo inflacionario sigue siendo alto. Por Domingo Cavallo


En setiembre del año pasado, cuando terminé de escribir el libro “Estanflación”, los precios de la soja y los demás productos de exportación aún no habían bajado significativamente y tampoco se tenía la sensación de que la crisis financiera de los EEUU provocaría una recesión tan profunda como la que ya se está observando en todo el mundo globalizado. Yo advertía que Argentina entraría en estanflación porque el Gobierno, luego de permitir el aumento precios y tarifas atrasados, para evitar la espiralización de la inflación se vería obligado a aplicar frenos fiscales y monetarios que siempre tienen efectos, inicialemente, mucho más recesivos que anti-inflacionarios.
En los últimos meses, muchos de los lectores me preguntan si el riesgo de espiralización inflacionaria no desapareció como consecuencia del proceso recesivo que está produciendo en la economía argentina la fuerte caída de los precios de la soja y del resto de los productos de exportación. La pregunta es lógica, porque en EEUU, Europa y Japón, nadie habla de riesgo inflacionario sino de riesgo “deflacionario”, algo que llevaría a que la recesión se transforme en una depresión económica como la de los años 30.
En este artículo quiero responder a ese interrogante generalizado. Mi respuesta es contundentemente: no, el riesgo inflacionario no ha disminuido sino, por el contrario, está aumentando. Y está aumentando porque el pronóstico sobre deterioro fiscal durante el año 2009 es hoy mucho más pesimista que cuando terminé de escribir mi libro, en setiembre de 2008.
Mi argumento sobre los riesgos de espiralización inflacionaria no se basaba en el aumento mundial del precio de los alimentos, del petróleo y de las materias primas. Mi argumento se basaba en la combinación de tres particularidades de la situación argentina: inflación alta y no reconocida, inflación reprimida y deterioro fiscal sin crédito público.
La inflación alta (del orden del 20% annual) y no reconocida (porque el INDEC la sigue estimando en menos del 7% anual), crea inflación inercial, porque obliga a todos los que deben negociar contratos anuales, como los contratos laborales, a demandar aumentos nominales de alrededor del 20 %.
La inflación reprimida, es decir aquella que no afloró hasta ahora porque el gobierno logró que los precios se mantuvieran por debajo del nivel de equilibrio de los mercados, no puede mantenerse indefinidamente, por la simple razón que los instrumentos de represión: congelamiento de tarifas, controles de precios y restricciones cuantitativas a las exportaciones terminan obligando a pagar subsidios que se tornan fiscalmente muy onerosos.
El deterioro fiscal es una consecuencia inexorable de las responsabilidades de gastos que van asumiendo el gobierno central y los gobiernos provinciales, no sólo por los subsidios emergentes de las distorsiones de precios sino también de las inversiones en infraestructura que antes hacía el sector privado y que ahora debe hacer el sector público. La pérdida del crédito público es consecuencia de la falta de voluntad de pago que se puso de manifiesto desde 2002 en adelante, agravada por la distorsión de los índices de precios del INDEC y la estatización de los fondos de pensiones.
El deterioro fiscal combinado con la ausencia de crédito público provoca neceariamente emisión monetaria, porque no hay otra forma de financiar el déficit fiscal. La emisión monetaria, en un contexto en el que no hay demanda por liquides en pesos se transforma en demanda de dólares, provocando la devaluación acelerada de la moneda nacional. Si el gobierno trata de reprimir esa devaluación con controles de cambio, la devaluación del Peso se producirá aún más aceleradamente en el mercado paralelo de cambio, estableciendo una brecha con la cotización oficial.
La recesión global y la caída de los precios de exportación agravarán el deterioro fiscal y harán aún más difícil la recuperación del crédito público. Tanto el Gobierno Nacional como los gobiernos provinciales verán disminuidos sus ingresos tributarios y tendrán que atender mayores demandas sociales derivadas del aumento del desempleo y el agravamiento de la pobreza.
Hay una única forma de contrarrestar este riesgo inflacionario: recuperar el crédito público. Pero ello sólo será posible si se cambia en 180 grados el discurso del gobierno y la organización de la economía argentina, tal como lo propongo en mi libro “Estanflación”. Si en lugar de seguir este nuevo rumbo, el Gobierno sigue enpeñado en reprimir la inflación o esconderla a través de las mentiras del INDEC, lo único que conseguirá será transformarla en una enfermedad cada vez más grave y de consecuencias más depresivas del nivel de actividad económica.
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"Necesitamos una alianza entre el Estado y el mercado"Entrevista a Amartya Sen, Premio Nobel de Economía 1998, economista y filósofo


Nació en un campus universitario y su vida ha sido un ir y venir de universidad en universidad. Recibió sus primeras lecciones en Visva-Bharati, una escuela y universidad fundada por el filósofo y escritor Rabindranath Tagore en la que su abuelo materno enseñaba historia de India. El propio Tagore ayudó a elegir su nombre de pila, que significa inmortal en sánscrito. Testigo de la hambruna de 1943 en su Estado natal de Bengala Occidental (India) cuando sólo tenía 10 años, Amartya Sen ha dedicado la mayor parte de su vida a comprender, medir y combatir la pobreza. La justicia es la piedra angular de su pensamiento, que combina la economía con la filosofía. Experto también en políticas de desarrollo y globalización, contribuyó a crear el Índice de Desarrollo Humano que publica Naciones Unidas y que mide el bienestar de las naciones no por su producto interior bruto, sino por otras variables económicas y sociales. En 1998 recibió el premio Nobel de Economía por sus investigaciones sobre el bienestar económico.

Este hombre sabio y sencillo ha sido llamado la conciencia de la profesión por el fuerte acento social de su trabajo. Actualmente imparte lecciones en Cambridge y en Harvard, y asesora a Gobiernos e instituciones sobre cómo afrontar las actuales turbulencias económicas. En vísperas de ser investido doctor Honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid, habló con EL PAÍS de las causas y los efectos de la crisis.
Pregunta. ¿Qué lecciones podemos aprender de la situación que estamos viviendo?
Respuesta. Podemos aprender muchas lecciones distintas. Una de ellas es que necesitamos una buena alianza entre el Estado y el mercado. No podemos depender exclusivamente de la economía de mercado; el Estado también tiene un papel que desempeñar. El origen de esta crisis está en el desmantelamiento de la regulación en EE UU bajo la presidencia de Bush y, hasta cierto punto, de las presidencias de Clinton y de Reagan. Durante esos años se eliminaron mecanismos de control que hubieran limitado la creación de activos tóxicos como los que han arruinado el sistema bancario. Esos controles hubieran sido muy importantes porque ahora existen muchos mercados secundarios, como el de derivados y otros, que permiten a quienes generan esos activos tóxicos pasarlos a otros y quitarse de encima la responsabilidad. Ha habido una enorme falta de responsabilidad y necesitamos que el Estado establezca la regulación necesaria.
P. ¿Estamos ante un fracaso de la economía de mercado?
R El mercado puede ser un instrumento dinámico de progreso económico, eso hay que reconocerlo. No hay razón para prescindir de él, pero hay que regular su funcionamiento. Hay gente que piensa que la búsqueda del beneficio es la única clave del éxito de la economía de mercado, pero eso nunca ha sido así. La economía de mercado necesita confianza mutua, y cuando ésta se destruye, como estamos viendo ahora, es muy difícil regenerarlo. Porque lo que comenzó como una pequeña crisis ha ido agrandándose debido a la profunda desconfianza de las instituciones financieras hacia el resto de la economía. Por eso, a pesar de la inyección de dinero, el mercado de crédito continúa en su mayor parte congelado. Adam Smith, a quien se cita con frecuencia para defender la economía de mercado y la búsqueda del beneficio, habló con gran detalle de por qué es importante tener otras motivaciones además de lo que él llamaba self-love, del que la búsqueda del beneficio sería sólo una parte. También se necesitan confianza, vocación pública y generosidad. El éxito de la economía de mercado depende de un conjunto de motivaciones distintas.
P. ¿Hasta qué punto ha sido la codicia un factor desencadenante de la crisis?
R. No sirve de nada culpar sólo a la codicia del mal funcionamiento de los mercados. No pongo en duda que el interés propio haya sido un factor importante, pero mi argumento es que hay otras motivaciones. En algunas sociedades -dependiendo de las oportunidades, los incentivos y la cultura-, la gente busca el beneficio propio más que en otras, en las que hay más confianza mutua y más contención. Lo que estamos viviendo no es sólo una muestra de codicia, porque la codicia está en todas partes, sino la desaparición de otras motivaciones de las que habla Adam Smith: compasión, generosidad, vocación pública, compromiso... En la búsqueda de dinero rápido hay gente dispuesta a asumir enormes riesgos. Hablamos de gente que puede hacer daño, y eso es precisamente lo que preocupaba a Adam Smith hace 240 años. Hasta qué punto la contención la genera la cultura es un debate abierto. En algunas culturas existe, pero en la cultura norteamericana de capitalismo financiero ha estado muy poco presente.
P. ¿Es la crisis actual también una crisis moral?
R. Toda crisis humana es una crisis moral. Mi respuesta a su pregunta es sí, pero sólo hasta cierto punto. Ésta es una crisis moral en el sentido de que la gente ha utilizado la codicia de manera imprudente, haciéndose daño a sí misma y a los demás. Muchas instituciones han caído, mucha gente está en la ruina. Se trata de una crisis de prudencia, además de una crisis moral. También es una crisis de control social, ya que podía haberse evitado si hubieran existido controles.
P. La crisis ha estallado justo cuando China, India y muchos países latinoamericanos parecían entrar en una fase de crecimiento estable y de consolidación de sus clases medias. ¿Estamos ante un frenazo en la lucha contra la pobreza?
R. Hasta cierto punto, sí. El crecimiento de China, India y Brasil está ralentizándose, aunque los ritmos de crecimiento son todavía respetables. La gente con rentas bajas, cuyo número ha caído rápidamente en China y en menor medida en India, se está viendo afectada. Pero es más importante el hecho de que van a disminuir los recursos que los Gobiernos destinan a servicios sociales como la sanidad y la educación. Todo ello ralentizará la reducción de la pobreza.
P. ¿Qué efecto va a tener la crisis en la globalización?
R. Depende de lo que entendamos por globalización. ¡Hay tantas acepciones del término! La globalización de los mercados se va a reducir, pero, por otro lado, se habla mucho de pensar globalmente sobre la crisis. Va a aumentar la globalización de las ideas. El FMI, el Banco Mundial y las demás instituciones surgidas de Bretton Woods necesitan una revisión profunda, pues nacieron en la década de los cuarenta del siglo pasado y el mundo ha cambiado. En estos momentos hay intentos muy serios de reformar la arquitectura financiera. Cada vez está más claro que la estabilidad financiera es un bien común y que, por tanto, necesitamos hacer un esfuerzo coordinado para conseguirla. En resumen, al nivel de acciones gubernamentales y de ideas para la acción, habrá más globalización; en términos de comercio y de mercados, habrá menos.
P. ¿Cómo ve el cambio en la presidencia de EE UU? ¿Qué puede el mundo esperar de Obama?
R. Obama está haciendo bien muchas cosas. La economía no es su única prioridad. También tiene que hacerse cargo del problema del terrorismo en el mundo, de Afganistán, y tiene que hacer algo en Oriente Próximo, en particular con las relaciones entre israelíes y palestinos. Obama no es economista. Sé que muchos periodistas como usted piensan que los economistas no saben mucho [ríe], pero el hecho es que sí saben y que Obama es abogado, aunque un abogado muy brillante. Está buscando consejo de los expertos para manejar la crisis. Ya han surgido algunas ideas interesantes y deberán surgir más. Espero que sus asesores, que son gente inteligente, sean capaces de darle buenos consejos. El reto de Obama será, como persona inteligente que es, distinguir entre buenos y malos consejos.
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martes, 3 de febrero de 2009

Estiman que la pobreza es casi el doble de la admitida por el Gobierno. Por Francisco Jueguen

Tres informes privados a los que accedió lanacion.com indican que supera el 30% y alcanza a más de 12 millones de personas en el país; hay más de 4 millones de indigentes; la inflación, y ahora la caída de la actividad, son las principales causas; críticas por la falta de políticas.

Paradójicamente, el crecimiento económico genera más pobres en la Argentina. A contramano de las cuestionadas estadísticas oficiales, que resaltan que el 17,8% de los ciudadanos viven bajo la línea de pobreza, tres informes privados e independientes estiman que este flagelo superó el 30% en 2008 y hunde en la miseria a más de 12 millones de argentinos.

La intervención del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, sobre los datos que miden la inflación distorsionaron también el cálculo de las canastas que marcan la pertenencia al piso de la pirámide social. Para el Gobierno, la indigencia alcanzó al 5,1% de las personas en el primer semestre de 2008, mientras que otras mediciones la ubican en más de un 10%, o sea, impactando a 4 millones de argentinos.

Los datos surgen de tres estimaciones elaboradas por Ecolatina, el Instituto de Estudios y Formación de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) y la consultora Prefinex a las que accedió lanacion.com.

Desde la consultora fundada por el ex ministro de Economía Roberto Lavagna estimaron que la Canasta Básica Total (CBT) -que mide el umbral de la pobreza- acumuló un alza de un 26,2% durante el año pasado, un dato muy superior al oficial (2,6%). La Canasta Básica Alimentaria (CBA), avanzó un 27,8%, o sea $ 54 más cara. Para el Indec, se encareció sólo 60 centavos en el año.

"En junio de 2008, la inflación en alimentos y bebidas fue de un 40,5%. A partir del segundo semestre del año pasado, los precios comienzan a desacelerarse", explicó el director de Ecolatina Rodrigo Alvarez a lanacion.com.

"El segundo elemento que define el nivel de la pobreza son los ingresos. Los datos oficiales tienen algunas cosas que no resultan lógicas. Es poco creíble que los salarios que más crecen son los del sector informal, los primeros en ser ajustados frente a una crisis y los que no ingresan en las negociaciones paritarias. Es una manipulación por dos caminos que oculta la pobreza", agregó.
Desde enero de 2007, el Gobierno mantiene intervenido el Indec y subestima los datos de inflación, lo que, a su vez, desinfla el alza de estas canastas y el cómputo de la cantidad de pobres e indigentes que elabora la Encuesta Permanente de Hogares (EHP).

La CBA representa a los productos requeridos para la cobertura de un umbral mínimo de necesidades energéticas y proteicas. Quienes no puedan cubrirlas son considerados indigentes. La CBT, en tanto, suma algunos servicios básicos para definir quiénes son los pobres.
"Al combinar la evolución de los ingresos familiares y la CBT, surge que la proporción de la población por debajo del umbral de la pobreza alcanzó un 30,5% en el segundo semestre de 2008, superando nuestra estimación del primer semestre (30,3%) y el registro de todo 2007", concluye el informe de Ecolatina.

Estas cifras muestran un corte en la tendencia de permanente caída de la pobreza que refleja el organismo estadístico oficial, cuyos datos coinciden con el período comprendido entre el segundo semestre de 2005 y el primero de 2006, cuando aún no se vislumbraba la crisis financiera internacional y un posible impacto en el empleo local.

"Por el lado de la indigencia, nuestras estimaciones arrojan que el 10,7% de la población no pudo costear la canasta alimentaria en la segunda mitad de 2008", consigna el informe que calcula que existen 4,2 millones de indigentes y 12 millones de pobres.

Moderado. No obstante, para la consultora que dirige Alvarez la pobreza crece a un ritmo más moderado. Esto es no por un vuelco en el timón oficial, sino porque la caída del consumo frenó el alza de los precios. Sin embargo, el desempleo es nuevamente la principal preocupación de los argentinos.

"En el último trimestre de 2008 hubo un debilitamiento en las presiones inflacionarias. El peligro de caer en la pobreza no viene ahora por el impacto de precios sino por la aparición de señales de deterioro económico que van a dominar el periodo 2009", señaló a lanacion.com el economista Claudio Lozano.

Para la CTA, la inflación real es cuatro veces superior a la oficial. En un informe actualizado hasta octubre, estima una CBA de $ 242,16 (la oficial la ubicaba en 143,1) y una CBT de $ 433,62 (contra los $ 314,96). El centro de estudios sindical, estima que existían en esos meses 10,5 millones de pobres (26,5%) y 4,5 millones de indigentes (11,4%).

El documento, elaborado por trabajadores desplazados del Indec, afirma que, se si ajustan estos datos a la estructura de consumo del período 96/97 (la EPH usa la vigente desde 1988), las tasas de pobreza e indigencia llegarían hasta 33,5% y 14,5%, respectivamente. La inflación extraoficial se estimó con los datos de la recaudación del IVA y las estadísticas provinciales.

"Lo que gobernó los incrementos de los niveles de indigencia fue básicamente las fuertes alzas de precios, sobre todo en alimentos, en los últimos dos años. A fines de 2008 comenzó a darse una caída de la actividad, aunque no con toda la profundidad que tendrá este año", agregó Lozano, que criticó al Gobierno por la falta de políticas de distribución del ingreso.

Desde Prefinex afirmaron que si se compararan los valores del Salario Mínimo Vital y Móvil y los de la canasta de pobreza publicada por Indec para una familia tipo de dos adultos y dos niños menores, la cobertura del salario mínimo es del 100%.

"Sin embargo, los valores de dicha canasta se encuentran subestimados por efecto de la manipulación de los incrementos de precios por parte del IPC. Si se ajusta la canasta según la evolución de los IPC provinciales se obtiene un valor para una familia tipo de $ 1365, el cual se encuentra por encima del salario mínimo de $ 1240", señala el documento. Esto deja lejos la posibilidad de cubrir las necesidades básicas de una familia que tiene una inserción laboral informal.

"La pobreza en la Argentina posiblemente se encuentre más cerca del 30% que del 18% estimado por las estadísticas oficiales. Esto deriva en un incremento de la vulnerabilidad social, acompañado por un mayor riesgo de desnutrición y malnutrición infantil", indicaron.
Doble impacto. "Ahora existe un doble impacto", sentenció el economista de Prefinex Nicolás Bridger a lanacion.com. "Hasta fines de 2008 la pobreza fue creada por el fuerte incremento de la inflación. Hoy le agregamos la destrucción del empleo", reflexionó.

Bridger estima que ninguna de las medidas que viene anunciando el Gobierno desde noviembre impacta sobre el bolsillo de los más necesitados. Pone como ejemplo la eliminación de la llamada "tablita de Machinea", que benefició a la clase media y asegura que ese dinero no fue a reactivar el consumo sino a acrecentar el ahorro.

"El Gobierno no tiene política de distribución del ingreso para atender a los más pobres. Su principal acción fue la politica de creación de empleo que terminó a fines de 2007", interpretó Lozano. "Ahora existe el plan de obra pública anunciado. Pero tiene un doble problema: no está claro que estén los fondos y tiene una gestión concentrada y con sospechas por sobreprecios limitan el impacto que pueda tener", agrega.

La visión es oscura por donde se lo mire. "Hay estancamiento económico. El problema para 2009 es como poner en marcha la rueda. Las expectativas están sepultadas, los fundamentos están mucho más complicados. Creo que de lo que se anunció oficialmente lo único que puede generar algún efecto es la obra pública en la medida de que se implemente. El resto de las medidas tienen muy bajo impacto", afirmó Alvarez.

Para este año, la situación social será complicada, según coinciden los especialistas. Alvarez proyectó que que se generará un doble efecto: una inflación alta, de cerca del 13%, y un incremento del desempleo. "Ya en muchos casos se privilegia el trabajo al ajuste salarial y eso, junto con la falta de accionar oficial, va a generar más pobreza", aseveró el economista.

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domingo, 1 de febrero de 2009

Discurso inaugural del presidente Barack Obama


Queridos conciudadanos:


Me presento aquí hoy humildemente consciente de la tarea que nos aguarda, agradecido por la confianza que habéis depositado en mí, conocedor de los sacrificios que hicieron nuestros antepasados. Doy gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra nación y por la generosidad y la cooperación que ha demostrado en esta transición.

Son ya 44 los estadounidenses que han prestado juramento como presidentes. Lo han hecho durante mareas de prosperidad y en aguas pacíficas y tranquilas. Sin embargo, en ocasiones, este juramento se ha prestado en medio de nubes y tormentas. En esos momentos, Estados Unidos ha seguido adelante, no sólo gracias a la pericia o la visión de quienes ocupaban el cargo, sino porque Nosotros, el Pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y a nuestros documentos fundacionales. Así ha sido. Y así debe ser con esta generación de estadounidenses.


Es bien sabido que estamos en medio de una crisis. Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era. Se han perdido casas; se han eliminado empleos; se han cerrado empresas. Nuestra sanidad es muy cara; nuestras escuelas tienen demasiados fallos; y cada día trae nuevas pruebas de que nuestros usos de la energía fortalecen a nuestros adversarios y ponen en peligro el planeta.


Estos son indicadores de una crisis, sujetos a datos y estadísticas. Menos fácil de medir pero no menos profunda es la destrucción de la confianza en todo nuestro territorio, un temor persistente de que el declive de Estados Unidos es inevitable y la próxima generación tiene que rebajar sus miras. Hoy os digo que los problemas que nos aguardan son reales. Son graves y son numerosos. No será fácil resolverlos, ni podrá hacerse en poco tiempo. Pero debes tener clara una cosa, América: los resolveremos.


Hoy estamos reunidos aquí porque hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia. Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que durante tanto tiempo han sofocado nuestra política.


Seguimos siendo una nación joven, pero, como dicen las Escrituras, ha llegado la hora de dejar a un lado las cosas infantiles. Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu de resistencia; de escoger lo mejor que tiene nuestra historia; de llevar adelante ese precioso don, esa noble idea, transmitida de generación en generación: la promesa hecha por Dios de que todos somos iguales, todos somos libres, y todos merecemos una oportunidad de buscar toda la felicidad que nos sea posible.


Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, sabemos que esa grandeza no es nunca un regalo. Hay que ganársela. Nuestro viaje nunca ha estado hecho de atajos ni se ha conformado con lo más fácil. No ha sido nunca un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo, o no buscan más que los placeres de la riqueza y la fama. Han sido siempre los audaces, los más activos, los constructores de cosas -algunos reconocidos, pero, en su mayoría, hombres y mujeres cuyos esfuerzos permanecen en la oscuridad- los que nos han impulsado en el largo y arduo sendero hacia la prosperidad y la libertad.


Por nosotros empaquetaron sus escasas posesiones terrenales y cruzaron océanos en busca de una nueva vida. Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y colonizaron el Oeste; soportaron el látigo y labraron la dura tierra. Por nosotros combatieron y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn. Una y otra vez, esos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener las manos en carne viva, para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor. Vieron que Estados Unidos era más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales; más grande que todas las diferencias de origen, de riqueza, de partido.


Ése es el viaje que hoy continuamos. Seguimos siendo el país más próspero y poderoso de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando comenzó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado ni el año pasado. Nuestra capacidad no ha disminuido. Pero el periodo del inmovilismo, de proteger estrechos intereses y aplazar decisiones desagradables ha terminado; a partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y empezar a trabajar para reconstruir Estados Unidos.


Porque, miremos donde miremos, hay trabajo que hacer. El estado de la economía exige actuar con audacia y rapidez, y vamos a actuar; no sólo para crear nuevos puestos de trabajo, sino para sentar nuevas bases de crecimiento. Construiremos las carreteras y los puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que nutren nuestro comercio y nos unen a todos. Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde y utilizaremos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la atención sanitaria y rebajar sus costes. Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y nuestras universidades para que respondan a las necesidades de una nueva era. Podemos hacer todo eso. Y todo lo vamos a hacer.


Ya sé que hay quienes ponen en duda la dimensión de mis ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede soportar demasiados grandes planes. Tienen mala memoria. Porque se han olvidado de lo que ya ha hecho este país; de lo que los hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une a un propósito común y la necesidad al valor.
Lo que no entienden los escépticos es que el terreno que pisan ha cambiado, que las manidas discusiones políticas que nos han consumido durante tanto tiempo ya no sirven. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si sirve de algo: si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un sueldo decente, una sanidad que puedan pagar, una jubilación digna. En los programas en los que la respuesta sea sí, seguiremos adelante. En los que la respuesta sea no, los programas se cancelarán. Y los que manejemos el dinero público tendremos que responder de ello -gastar con prudencia, cambiar malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día-, porque sólo entonces podremos restablecer la crucial confianza entre el pueblo y su gobierno.


Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos. El éxito de nuestra economía ha dependido siempre, no sólo del tamaño de nuestro producto interior bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad; de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todas las personas, no por caridad, sino porque es la vía más firme hacia nuestro bien común.


En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros Padres Fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, elaboraron una carta que garantizase el imperio de la ley y los derechos humanos, una carta que se ha perfeccionado con la sangre de generaciones. Esos ideales siguen iluminando el mundo, y no vamos a renunciar a ellos por conveniencia. Por eso, a todos los demás pueblos y gobiernos que hoy nos contemplan, desde las mayores capitales hasta la pequeña aldea en la que nació mi padre, os digo: sabed que Estados Unidos es amigo de todas las naciones y todos los hombres, mujeres y niños que buscan paz y dignidad, y que estamos dispuestos a asumir de nuevo el liderazgo.


Recordemos que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y el comunismo no sólo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas. Comprendieron que nuestro poder no puede protegernos por sí solo, ni nos da derecho a hacer lo que queramos. Al contrario, sabían que nuestro poder crece mediante su uso prudente; nuestra seguridad nace de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y la moderación que deriva de la humildad y la contención.


Somos los guardianes de este legado. Guiados otra vez por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen un esfuerzo aún mayor, más cooperación y más comprensión entre naciones. Empezaremos a dejar Irak, de manera responsable, en manos de su pueblo, y a forjar una merecida paz en Afganistán. Trabajaremos sin descanso con viejos amigos y antiguos enemigos para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro del calentamiento del planeta. No pediremos perdón por nuestra forma de vida ni flaquearemos en su defensa, y a quienes pretendan conseguir sus objetivos provocando el terror y asesinando a inocentes les decimos que nuestro espíritu es más fuerte y no podéis romperlo; no duraréis más que nosotros, y os derrotaremos.


Porque sabemos que nuestra herencia multicolor es una ventaja, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y no creyentes. Somos lo que somos por la influencia de todas las lenguas y todas las culturas de todos los rincones de la Tierra; y porque probamos el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y salimos de aquel oscuro capítulo más fuertes y más unidos, no tenemos más remedio que creer que los viejos odios desaparecerán algún día; que las líneas tribales pronto se disolverán; y que Estados Unidos debe desempeñar su papel y ayudar a iniciar una nueva era de paz.


Al mundo musulmán: buscamos un nuevo camino hacia adelante, basado en intereses mutuos y mutuo respeto. A esos líderes de todo el mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar de los males de su sociedad a Occidente: sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis. A quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, tened claro que la historia no está de vuestra parte; pero estamos dispuestos a tender la mano si vosotros abrís el puño.
A los habitantes de los países pobres: nos comprometemos a trabajar a vuestro lado para conseguir que vuestras granjas florezcan y que fluyan aguas potables; para dar de comer a los cuerpos desnutridos y saciar las mentes sedientas. Y a esas naciones que, como la nuestra, disfrutan de una relativa riqueza, les decimos que no podemos seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él.


Mientras reflexionamos sobre el camino que nos espera, recordamos con humilde gratitud a esos valerosos estadounidenses que en este mismo instante patrullan desiertos lejanos y montañas remotas. Tienen cosas que decirnos, del mismo modo que los héroes caídos que yacen en Arlington nos susurran a través del tiempo. Les rendimos homenaje no sólo porque son guardianes de nuestra libertad, sino porque encarnan el espíritu de servicio, la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Y sin embargo, en este momento -un momento que definirá a una generación-, ese espíritu es precisamente el que debe llenarnos a todos.


Porque, con todo lo que el gobierno puede y debe hacer, a la hora de la verdad, la fe y el empeño del pueblo norteamericano son el fundamento supremo sobre el que se apoya esta nación. La bondad de dar cobijo a un extraño cuando se rompen los diques, la generosidad de los trabajadores que prefieren reducir sus horas antes que ver cómo pierde su empleo un amigo: eso es lo que nos ayuda a sobrellevar los tiempos más difíciles. Es el valor del bombero que sube corriendo por una escalera llena de humo, pero también la voluntad de un padre de cuidar de su hijo; eso es lo que, al final, decide nuestro destino.


Nuestros retos pueden ser nuevos. Los instrumentos con los que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito -el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son algo viejo. Son cosas reales. Han sido el callado motor de nuestro progreso a lo largo de la historia. Por eso, lo que se necesita es volver a estas verdades. Lo que se nos exige ahora es una nueva era de

responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestro país y el mundo; unas obligaciones que no aceptamos a regañadientes sino que asumimos de buen grado, con la firme convicción de que no existe nada tan satisfactorio para el espíritu, que defina tan bien nuestro carácter, como la entrega total a una tarea difícil.


Éste es el precio y la promesa de la ciudadanía.


Ésta es la fuente de nuestra confianza; la seguridad de que Dios nos pide que dejemos huella en un destino incierto.


Éste es el significado de nuestra libertad y nuestro credo, por lo que hombres, mujeres y niños de todas las razas y todas las creencias pueden unirse en celebración en este grandioso Mall y por lo que un hombre a cuyo padre, no hace ni 60 años, quizá no le habrían atendido en un restaurante local, puede estar ahora aquí, ante vosotros, y prestar el juramento más sagrado.


Marquemos, pues, este día con el recuerdo de quiénes somos y cuánto camino hemos recorrido. En el año del nacimiento de Estados Unidos, en el mes más frío, un pequeño grupo de patriotas se encontraba apiñado en torno a unas cuantas hogueras mortecinas a orillas de un río helado. La capital estaba abandonada. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En un momento en el que el resultado de nuestra revolución era completamente incierto, el padre de nuestra nación ordenó que leyeran estas palabras:


"Que se cuente al mundo futuro... que en el más profundo invierno, cuando no podía sobrevivir nada más que la esperanza y la virtud... la ciudad y el campo, alarmados ante el peligro común, se apresuraron a hacerle frente".


América. Ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras dificultades, recordemos estas palabras eternas. Con esperanza y virtud, afrontemos una vez más las corrientes heladas y soportemos las tormentas que puedan venir. Que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba, nos negamos a permitir que se interrumpiera este viaje, no nos dimos la vuelta ni flaqueamos; y que, con la mirada puesta en el horizonte y la gracia de Dios con nosotros, seguimos llevando hacia adelante el gran don de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones futuras.


Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.
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Metidos en un lío. Por Paul Krugman


Como cualquiera que preste atención a las noticias empresariales y financieras, estoy en un estado de enorme ansiedad económica. Como cualquier persona de buena voluntad, esperaba que el discurso inaugural del presidente Obama resultase tranquilizador, que indicase que la nueva Administración tiene las cosas bajo control. Pero no fue así. Terminé el martes menos confiado respecto al rumbo que va a seguir la política económica de lo que lo estaba por la mañana.
Para dejar las cosas claras diré que en el discurso no había nada malo que llamase especialmente la atención, aunque para quienes todavía esperan que Obama allane el camino hacia una atención sanitaria universal resultó decepcionante que sólo hablase del coste excesivo de la sanidad, sin mencionar ni una sola vez la precaria situación de quienes no tienen seguro médico o están escasamente cubiertos por él.
Uno también esperaba que a los redactores del discurso se les hubiese ocurrido algo más inspirador que un llamamiento a una "era de responsabilidad", lo cual, hablando en plata, es lo mismo que proclamó el ex presidente George W. Bush hace ocho años.
Pero la verdadera pega que le encuentro al discurso, en materia económica, es su convencionalismo. En respuesta a una crisis económica sin precedentes -o, más exactamente, una crisis cuyo único precedente real es la Gran Depresión-, Obama ha hecho lo que hace la gente de Washington cuando quiere parecer seria: ha hablado, de forma más o menos abstracta, sobre la necesidad de tomar decisiones difíciles y no doblegarse ante los intereses particulares.
Eso no es suficiente. De hecho, ni siquiera está bien. Así, en su discurso, Obama ha atribuido la crisis económica en parte a "nuestro fracaso colectivo a la hora de tomar decisiones difíciles y preparar al país para una nueva era", pero no tengo ni idea de a qué se refiere. Ésta es, en primer lugar, una crisis provocada por un sector financiero fuera de control. Y si no hemos sido capaces de controlar ese sector no ha sido porque los estadounidenses, "colectivamente", se hayan negado a tomar decisiones difíciles; los ciudadanos estadounidenses no tenían ni idea de lo que estaba pasando, y la mayoría de la gente que lo sabía pensaba que la liberalización era una idea estupenda.
O fíjense en esta frase de Obama: "Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando empezó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, ni nuestros bienes y servicios menos necesarios de lo que lo eran la semana pasada o el mes pasado o el año pasado. Nuestra capacidad sigue intacta. Pero el tiempo de resistirnos a los cambios, de proteger intereses limitados y de posponer las decisiones desagradables, ese tiempo, sin duda, ha pasado".
Es casi seguro que la primera parte de este párrafo pretendía parafrasear las palabras que escribió John Maynard Keynes cuando el mundo se hundía en la Gran Depresión, y ha sido un gran alivio, tras décadas de denuncias maquinales del Gobierno, oír a un nuevo presidente expresar respeto por Keynes. "Los recursos de la naturaleza y los inventos de los hombres", escribía Keynes, "son exactamente igual de ricos y productivos que antes. El ritmo de nuestro avance hacia la resolución de los problemas materiales de la vida no es menos rápido. Somos tan capaces como antes de proporcionar un buen nivel de vida a todo el mundo... Pero ahora nos hemos metido en un lío enorme, después de habernos equivocado gravemente a la hora de controlar una máquina delicada cuyo funcionamiento no comprendemos".
Pero hay algo que se ha perdido por el camino. Tanto Obama como Keynes afirman que no estamos haciendo uso de nuestra capacidad económica. Pero la revelación de Keynes -la de que estamos en un "lío" del que es necesario salir- ha sido sustituida de algún modo por las frases de rigor de que esto es culpa de todos nosotros y de que tenemos que ser severos con nosotros mismos.
Recuerden que Herbert Hoover no tenía problemas para tomar decisiones desagradables: tenía el valor y la firmeza necesarios para recortar drásticamente los gastos y subir los impuestos frente a la Gran Depresión. Desgraciadamente, eso sólo sirvió para empeorar las cosas.
Con todo, un discurso no es más que un discurso. No cabe duda de que los miembros del equipo económico de Obama comprenden la naturaleza extraordinaria del lío en el que estamos metidos. Así que puede que el tono del discurso del martes no indique nada sobre la futura política de la Administración de Obama.
Por otra parte, Obama es, como su predecesor ha dicho, el que decide. Y va a tener que tomar algunas decisiones importantes muy pronto. En concreto, va a tener que decidir lo audaces que van a ser sus pasos para mantener en pie el sistema financiero, cuyas perspectivas han empeorado tan drásticamente que un número sorprendente de economistas, no todos especialmente progresistas, sostienen ahora que la solución de la crisis tendrá que pasar por una nacionalización temporal de algunos bancos importantes.
De modo que ¿está Obama preparado para eso? ¿O eran los tópicos de su discurso inaugural una señal de que va a esperar a que la sabiduría convencional termine por ponerse a la altura de los acontecimientos? Si es así, su Administración se va a encontrar con que se está saliendo peligrosamente de la curva.
Y no es así como queremos ver al nuevo equipo. La crisis económica empeora y se vuelve más difícil de resolver a medida que pasan las semanas. Si no actuamos pronto de forma contundente, puede que nos veamos metidos en el lío durante mucho tiempo.


Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. Traducción de News Clips. © New York Times News Service, 2009
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