domingo, 3 de octubre de 2010

¿Por qué seguimos cayendo? Paul Krugman - Robin Wells

En el invierno entre 2008 y 2009, la economía mundial estaba al borde del abismo. Los mercados de valores se hundían, los mercados de crédito estaban paralizados y los bancos quebraban como consecuencia de un contagio masivo que se extendía desde EE UU hasta Europa y que amenazaba con arrasar el resto del mundo. Durante la peor época de la crisis, EE UU perdía 700.000 puestos de trabajo al mes y el comercio mundial se reducía más deprisa de lo que lo había hecho durante el primer año de la Gran Depresión.
Sin embargo, hacia el verano de 2009, a medida que la economía mundial se estabilizaba, quedó claro que no habría una repetición de la Gran Depresión en toda su magnitud. Desde junio de 2009, aproximadamente, muchos indicadores han estado apuntando hacia arriba: el PIB ha subido en todas las economías importantes, la producción industrial mundial ha crecido y los beneficios empresariales estadounidenses han vuelto a los niveles anteriores a la crisis.

Sin embargo, el paro apenas ha descendido en EE UU y Europa (lo que significa que la precaria situación de los parados, especialmente en EE UU, donde la red de seguridad es mínima, no ha parado de empeorar a medida que las prestaciones se agotan y los ahorros se acaban). Y hay pocas perspectivas de mejoría: el desempleo sigue creciendo en las economías europeas más afectadas, el crecimiento económico de EE UU se está ralentizando claramente y muchas previsiones económicas apuntan a que la tasa de paro estadounidense seguirá siendo elevada o incluso ascenderá en el transcurso del próximo año.
Teniendo en cuenta estas sombrías circunstancias, ¿no deberíamos esperar cierta urgencia por parte de los políticos y los economistas, cierta prisa por presentar planes que fomenten el crecimiento y creen empleo? Por lo visto, no: un análisis informal de libros y artículos recientes no muestra nada parecido.
Los libros sobre la gran recesión siguen saliendo a raudales de las imprentas; pero, en su mayoría, tienen una visión retrospectiva y se preguntan cómo nos hemos metido en este lío, en vez de decirnos cómo salir de él. Para ser justos, muchos libros recientes sí que dan recetas sobre cómo evitar la siguiente burbuja; pero no ofrecen mucha orientación acerca del problema más acuciante: el de cómo hacer frente a las consecuencias no resueltas de la última.
Esta extraña dejadez tampoco puede explicarse enteramente por los mecanismos del comercio editorial. Es cierto que la mayoría de los libros sobre economía que aparecen ahora llegaron a las imprentas antes de que se hiciese plenamente evidente la naturaleza decepcionante de nuestra mal llamada recuperación. No obstante, incluso un análisis de artículos recientes muestra una llamativa falta de disposición por parte de la abatida ciencia para ofrecer soluciones a los problemas de un paro persistentemente elevado y una economía floja. Ha habido un encendido debate sobre la efectividad de las medidas monetarias y fiscales adoptadas en los peores momentos de la crisis; también ha habido ruidosas declaraciones acerca de lo que no debemos hacer (las advertencias sobre el supuesto peligro de los déficits presupuestarios o de la política monetaria expansiva son incontables). Pero las propuestas de medidas positivas que nos saquen del agujero en el que estamos son pocas y muy distanciadas entre sí.
En las páginas siguientes presentaremos un análisis relativamente breve sobre un tema en el que se ha hecho mucho hincapié, pero que sigue siendo controvertido: los orígenes de la crisis de 2008. Luego nos fijaremos en los debates políticos en curso acerca de la respuesta a la crisis y sus consecuencias. Para no dejar a los lectores en suspenso: creemos que la relativa ausencia de propuestas para hacer frente al paro masivo es un caso de "parálisis autoinducida" (una expresión utilizada por el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, hace una década, cuando era un investigador que criticaba a los responsables políticos desde fuera).
Hay margen para la acción, tanto monetaria como fiscal. Pero tanto los políticos como los funcionarios y los economistas han sufrido una crisis nerviosa, una crisis por la que millones de trabajadores pagarán un alto precio.
1.
Podríamos llamarlo la gran burbuja inmobiliaria del Atlántico Norte: en la primera década del tercer milenio, los precios de las viviendas y los inmuebles comerciales se dispararon en algunas zonas de Europa y Norteamérica. Entre 1997 y 2007, el precio de la vivienda subió un 175% en EE UU, un 180% en España, un 210% en Reino Unido y un 240% en Irlanda.
¿Por qué subieron tanto los precios de los inmuebles y en tantos sitios? Hablando de manera general, hay cuatro explicaciones populares (que no son excluyentes entre ellas): la política de tipos de interés bajos de la Reserva Federal después de la recesión de 2001; la "superabundancia mundial de ahorros"; las innovaciones financieras que disfrazaban el riesgo, y los programas gubernamentales que generaban riesgo moral.
La política de tipos de interés bajos de la Reserva Federal
Después del estallido de la burbuja tecnológica a finales de los años noventa, los bancos centrales rebajaron drásticamente los tipos de interés a corto plazo que controlaban directamente en un intento por contener la consiguiente recesión. La Reserva Federal tomó la medida más radical al rebajar el tipo diario de los préstamos interbancarios del 6,5% registrado a principios de 2000 a un mero 1% en 2003, y al seguir manteniéndolo muy bajo durante 2004.
Y hay una escuela de pensamiento -con la que Raghuram Rajan simpatiza claramente en su libro Fault Lines (Líneas de falla, no publicado en España), y que recibe un apoyo más matizado por parte de Nouriel Roubini y Stephen Mihm en Cómo salimos de ésta (Destino)- que considera que este periodo prolongado de tipos bajos fue un terrible error político que sentó las bases para la burbuja inmobiliaria.
Sin embargo, este punto de vista presenta algunas pegas importantes. Para empezar, había buenos motivos para que la Reserva Federal mantuviese bajo su tipo interbancario, o político. Aunque la recesión de 2001 no fue especialmente profunda, la recuperación fue lenta; en EE UU, el empleo no recuperó los niveles anteriores a la recesión hasta 2005. Y con una inflación que alcanzó su valor más bajo en 35 años había razones para preocuparse por una posible trampa deflacionista en la cual una economía deprimida hace que bajen los salarios y precios, lo que a su vez deprime aún más la economía. Resulta difícil imaginar, incluso con la perspectiva que da el tiempo, de qué manera podría haber justificado la Reserva Federal el hecho de no mantener los tipos bajos durante un periodo prolongado.
El hecho de que la burbuja inmobiliaria fuese un fenómeno más noratlántico que puramente estadounidense también hace que resulte difícil achacar la culpa de esa burbuja principalmente a la política de los tipos de interés. El Banco Central Europeo no fue ni mucho menos tan agresivo como la Reserva Federal, y redujo los tipos de interés que controlaba solo la mitad de lo que lo hizo su homóloga estadounidense, pero no obstante, las burbujas inmobiliarias europeas fueron perfectamente comparables en escala a la de EE UU.
Estos argumentos dan a entender que sería un error atribuir toda o parte de la culpa por la burbuja inmobiliaria a una política monetaria descaminada.
La superabundancia mundial de ahorros
La expresión "superabundancia mundial de ahorros" proviene en realidad de un discurso que pronunció Ben Bernanke a principios de 2005. En dicho discurso, el futuro presidente de la Reserva Federal sostenía que el gran déficit comercial de EE UU -y los grandes déficits de otros países como Reino Unido y España- no reflejaba tanto un cambio en el comportamiento de esos países como un cambio en el comportamiento de los países con superávit.
Históricamente, los países en vías de desarrollo han tenido déficits comerciales respecto a los países desarrollados, ya que compran maquinaria y otros bienes de equipo con el fin de aumentar su nivel de desarrollo económico. En los albores de la crisis financiera que golpeó Asia en 1997 y 1998, esta práctica habitual se invirtió: las economías en vías de desarrollo de Asia y Oriente Próximo tenían grandes superávits comerciales respecto a los países desarrollados, con el fin de acumular enormes reservas de activos extranjeros como seguro contra otra crisis financiera.
Alemania también contribuyó a este desequilibrio mundial al alcanzar grandes superávits comerciales respecto al resto de Europa a fin de financiar la reunificación y el rápido envejecimiento de su población. En China, cuyo superávit comercial equivale a la mayor parte del déficit comercial de EE UU, el deseo de protegerse contra una posible crisis financiera ha dado forma a una política en la que la moneda se mantiene infravalorada, lo cual beneficia a las empresas exportadoras con conexiones políticas, a menudo a expensas de la población trabajadora en general.
Para los países con déficit comercial como EE UU, España y Reino Unido, la otra cara del desequilibrio comercial fueron unos grandes flujos de capital entrante debido a que los países con superávit compraban cantidades ingentes de bonos y otros activos estadounidenses, españoles y británicos. Estas entradas de capital también hicieron bajar los tipos de interés; no los tipos a corto plazo fijados por las políticas de los bancos centrales, sino los tipos a largo plazo, que son los que importan con vistas al gasto y al precio de la vivienda y que dependen de los mercados de bonos. Tanto en EE UU como en los países europeos, los tipos de interés a largo plazo experimentaron un drástico descenso después de 2000 y permanecieron bajos incluso cuando la Reserva Federal empezó a subir su tipo a corto plazo. Su presidente en aquel momento, Alan Greenspan, llamó a esta divergencia el "enigma" del mercado de obligaciones, pero es perfectamente comprensible, dadas las fuerzas internacionales implicadas. Y merece la pena señalar que, aunque, como hemos dicho, el Banco Central Europeo no fuese ni mucho menos tan agresivo como la Reserva Federal a la hora de rebajar los tipos a corto plazo, los tipos a largo plazo cayeron igual o más en España e Irlanda que en EE UU, un hecho que invalida la idea de que fue la política monetaria flexible la causante de la burbuja inmobiliaria.
De hecho, en aquel discurso de 2005, Bernanke reconocía que el impacto de la superabundancia de ahorros se estaba dejando sentir principalmente en el sector de la vivienda: durante estos últimos años, las principales repercusiones de la superabundancia mundial de ahorros en el precio de los activos parece haberse producido en el mercado de la inversión residencial, ya que los tipos hipotecarios bajos han propiciado unos niveles récord de construcción de casas y unas fuertes subidas del precio de las viviendas.
Algo en lo que, por desgracia, no reparó fue que los precios de las casas estaban subiendo mucho más de lo que deberían haber subido, incluso teniendo en cuenta los tipos hipotecarios bajos. A finales de 2005, tan solo unos meses antes de que la burbuja inmobiliaria estadounidense empezase a deshincharse, declaraba -desechando implícitamente los argumentos de diversas Casandras prominentes- que los precios de la vivienda "son, en gran medida, el reflejo de unas bases económicas sólidas". Y como casi todos los demás, Bernanke no se percató de que tanto las instituciones financieras como las familias estaban asumiendo riesgos que no comprendían, porque daban por hecho que los precios de las viviendas nunca bajarían.
A pesar de la extraordinaria falta de clarividencia de la que ha hecho gala Bernanke con respecto a la crisis que se nos venía encima, la historia de la superabundancia mundial ofrece, no obstante, una de las mejores explicaciones sobre cómo tantos países se las arreglaron para meterse en problemas tan parecidos.
La innovación financiera descontrolada
Mary tenía un corderito y, cuando vio que estaba enfermo, lo envió al polígono industrial de Packingtown, y ahora es pollo envasado.
La famosa cancioncilla que resume La jungla de Upton Sinclair parece muy apropiada como descripción de las prácticas financieras que contribuyeron a alimentar la burbuja inmobiliaria, especialmente en el caso de las hipotecas subpreferenciales. A estas alturas, la letanía resulta familiar: el viejo modelo de banca, según el cual los bancos se quedaban con los préstamos que concedían, fue sustituido por la nueva práctica de generar y distribuir. Los generadores de hipotecas -que, en muchos casos, no poseían un negocio bancario tradicional- concedían préstamos para comprar casas y, acto seguido, vendían esos préstamos a otras empresas.
Luego estas empresas reempaquetaban esos préstamos agrupándolos, y a continuación vendían participaciones de estos paquetes de valores; y las agencias de calificación estaban dispuestas a etiquetar el producto de pollo resultante, es decir, a poner su sello de aprobación, la calificación AAA, en los más privilegiados de estos valores hipotecarios, aquellos que tenían preferencia para reclamar el interés y el reembolso del capital principal.
Todo el mundo desconocía tanto los riesgos que planteaba un retroceso general del mercado inmobiliario como la degradación de las reglas sobre garantía bancaria a medida que la burbuja se inflaba (esa ignorancia, sin duda, se veía favorecida por las enormes cantidades de dinero que se ganaban). Cuando llegó la crisis resultó que gran parte de ese papel de categoría triple A apenas valía unos cuantos céntimos por dólar.
Es una historia vergonzosa. Sin embargo, es importante volver atrás y preguntarse por la importancia que tuvieron estas prácticas financieras poco fiables a la hora de sentar las bases de la crisis.
Hay tres puntos que nos parecen importantes. Primero, la versión habitual de la historia transmite la impresión de que Wall Street no tenía ningún incentivo para preocuparse por los riesgos de los préstamos basura, porque era capaz de deshacerse de los residuos tóxicos y encajárselos a inversores incautos de todo el mundo.
Pero esta afirmación parece ser en gran parte errónea, aunque no del todo: aunque había muchísimos inversores ingenuos comprando valores hipotecarios complejos sin comprender sus riesgos, las empresas de Wall Street que emitían estos valores mantenían los activos de más riesgo en sus propios libros de cuentas. Además, muchos de los activos relativamente menos arriesgados los compraban otras instituciones financieras, normalmente consideradas inversores especializados, y no los ciudadanos corrientes. El efecto final fue el de concentrar los riesgos en el sistema bancario, no el de cargar a otros con ellos.
Segundo, la comparación entre Europa y EE UU es instructiva. Europa se las arregló para inflar unas burbujas inmobiliarias gigantescas sin recurrir a complejos esquemas financieros como los de EE UU. Los bancos españoles, en concreto, ampliaron enormemente el crédito; lo hicieron vendiendo garantías sobre sus préstamos a inversores extranjeros, pero estas garantías eran simples, contratos sin florituras que, en última instancia, dejaban el pasivo en manos de los prestamistas originales, los propios bancos españoles. La relativa simplicidad de sus técnicas financieras no impidió que se creara una burbuja enorme ni el estallido posterior.
Un tercer argumento en contra de la idea de que las finanzas complejas desempeñaron una función esencial es el hecho de que la burbuja inmobiliaria vino acompañada de una burbuja simultánea de los inmuebles comerciales, que seguían financiándose fundamentalmente mediante préstamos bancarios tradicionales. De modo que las finanzas exóticas no fueron una condición necesaria para el descontrol de los préstamos, ni siquiera en Estados Unidos.
Lo que sí es posible es que esa innovación financiera hiciera que los efectos de la crisis inmobiliaria fuesen más generalizados: en vez de quedarse en una crisis concentrada geográficamente, en la que solo las instituciones crediticias locales estaban en peligro, la complejidad de la estructura financiera extendió la crisis a instituciones financieras de todo el mundo.
El riesgo moral generado por los programas gubernamentales
La idea de que la culpa fue del Gobierno -que los préstamos avalados por el Gobierno, las órdenes gubernamentales y las garantías gubernamentales explícitas o implícitas condujeron a compras irresponsables de casas- es un dogma de fe de la derecha política. También es un tema central, aunque no el único, del libro Fault Lines, de Raghuram Rajan.
En el mundo, según Rajan, catedrático de Finanzas en la escuela de empresariales de la Universidad de Chicago, las raíces de la crisis financiera se hunden en la creciente desigualdad adquisitiva en EE UU y en la reacción política a esa desigualdad: los congresistas, con la intención de ganarse el favor de los votantes y mitigar las consecuencias de la creciente desigualdad, canalizaron fondos hacia familias con pocos ingresos que querían comprar casas. Fannie Mae y Freddie Mac, las dos instituciones crediticias patrocinadas por el Gobierno, facilitaron el crédito hipotecario; la Ley de Reinversión en la Comunidad, que animaba a los bancos a adaptarse a las necesidades crediticias de las comunidades en las que operaban, les obligó a prestar dinero a prestatarios con pocos ingresos, independientemente del riesgo; y de todas formas, a los bancos no les preocupaba mucho el riesgo porque creían que el Gobierno les respaldaría si algo salía mal.
Rajan afirma que el Programa de Eliminación de Activos Problemáticos (TARP, por sus siglas en inglés), convertido en ley por el presidente Bush el 3 de octubre de 2008, ratificaba la creencia de los bancos de que no tendrían que pagar ningún precio por su desenfreno. Aunque Rajan tiene la precaución de no dar nombres y echa la culpa a los "políticos" en general, está claro que los demócratas son los principales culpables, según su visión del mundo. En general, quienes afirman que el Gobierno ha sido el responsable tienden a centrar su ira en Bill Clinton y en el congresista Barney Frank, que supuestamente estaban detrás de la gran campaña para dar préstamos a los pobres.
No obstante, a pesar de ser una historia en la que todo encaja a la perfección, choca claramente con los hechos. Y resulta decepcionante ver que Rajan, un economista respetado por todos que fue uno de los primeros que advirtieron sobre el descontrol de Wall Street, se traga algo que esencialmente es un mito con motivaciones políticas. El libro de Rajan se basa en gran medida en estudios del American Enterprise Institute, un comité de expertos de derechas. No menciona ninguno de los numerosos estudios y comentarios que demuestran la falsedad de la tesis que echa la culpa al Gobierno.
Roubini y Mihm, por el contrario, captan bien la idea: el enorme crecimiento del mercado de las hipotecas basura estuvo respaldado principalmente no por Fannie Mae y Freddie Mac, sino por instituciones privadas de crédito hipotecario como Countrywide. Además, la Ley de Reinversión en la Comunidad es muy anterior a la burbuja inmobiliaria. Las afirmaciones exageradas sobre que Fannie Mae y Freddie Mac provocaron por sí solos la crisis de las hipotecas subpreferenciales son sencillamente descabelladas.
Como han señalado otros, Fannie y Freddie representaban en realidad una parte muy reducida del conjunto del mercado de los préstamos inmobiliarios durante los años de mayor crecimiento de la burbuja. En la medida en que compraron préstamos inmobiliarios dudosos, lo hicieron buscando beneficios, no persiguiendo objetivos sociales (de hecho, estaban tratando de alcanzar a los prestamistas privados). Por otra parte, pocas de las instituciones implicadas en la concesión de préstamos hipotecarios subpreferenciales -como Countrywide Financial- eran bancos comerciales sujetos a la Ley de Reinversión en la Comunidad.
Aparte de eso, había otras burbujas; la burbuja de los inmuebles comerciales de EE UU, que no estaba en absoluto promovida por políticas públicas, y las burbujas en Europa. El hecho de que los inmuebles residenciales estadounidenses solo fuesen parte de un fenómeno mucho mayor parece ser una presunta prueba en contra de cualquier opinión que dependa demasiado de supuestas distorsiones creadas por los políticos estadounidenses.
¿Era la política gubernamental completamente inocente? No, pero sus pecados eran más de omisión que de acción. A Fannie y Freddie no se les debería haber permitido tratar de obtener beneficios en las últimas etapas de la burbuja inmobiliaria; y los reguladores no fueron capaces de usar la autoridad que tenían para impedir que se asumieran riesgos excesivos. Pero por mucho que los conservadores quieran colocar a los políticos bondadosos en el centro de esta historia, ese no es su lugar. Y el respaldo que da Rajan a la versión conservadora de la historia, sin siquiera reconocer los problemas de dicha versión, resulta poco fiable y evasivo.
La burbuja como un cisne blanco
Sean cuales sean las causas exactas de la burbuja inmobiliaria, es importante darse cuenta de que las burbujas en general no son ni mucho menos algo fuera de lo habitual. Por el contrario, como explicaba detalladamente Robert Shiller, de Yale, en su libro Exuberancia irracional (Turner), elogiado con razón, son una característica recurrente de los mercados financieros. (No es una coincidencia que Shiller avisase desde el principio de que estábamos experimentando una burbuja inmobiliaria masiva). Las burbujas se han producido en las economías pequeñas y en las grandes, en países concretos y en la economía mundial en su conjunto, en periodos de intensa intervención pública y en épocas de mínima injerencia gubernamental. La burbuja inmobiliaria del Atlántico Norte, como dicen Roubini y Mihm, fue un "cisne blanco", un tipo de acontecimiento normal, no uno tremendamente inusual, aunque mucho más grande que la mayoría.
Nosotros opinamos que la burbuja surgió en gran parte gracias a la superabundancia mundial de ahorros, pero que cobró bríos (que es lo que hacen las burbujas). Puede que las innovaciones financieras como la titularización de hipotecas hayan contribuido a inflar la burbuja, pero los bancos europeos se las apañaron para ampliar en exceso el crédito sin tantas florituras. Sin embargo, está claro que hubo fallos de supervisión garrafales. En concreto, Ben Bernanke ha reconocido que la Reserva Federal no empleó su autoridad reguladora para frenar los excesos de las entidades de crédito hipotecario (un descuido trágico). Greenspan hizo caso omiso de la clara advertencia que hizo un miembro de la junta directiva de la Reserva sobre los préstamos hipotecarios, que se habían vuelto peligrosamente excesivos. Y la titularización generalizada de los préstamos hipotecarios ha hecho que el problema sea mucho más difícil de resolver.
En un mercado inmobiliario que ahora está deprimido en todos los aspectos de la economía, los titulares de hipotecas y prestatarios con problemas estarían en mejor situación si pudieran renegociar sus préstamos y evitar las ejecuciones hipotecarias. Pero cuando las hipotecas se han rebanado y troceado para agruparlas y luego se han vendido en el mercado internacional, de forma que ningún inversor posee más que una fracción de cualquier hipoteca, esas negociaciones son imposibles. Y por culpa de los lobbies del sector financiero que impidieron que las hipotecas estuviesen cubiertas por los procesos de quiebra personal, ningún juez puede imponer una solución. El fenómeno de la titularización, creado con la creencia de que nunca se produciría un hundimiento a gran escala en el sector de la vivienda, ha atrapado a los inversores y a los prestatarios con problemas en una espiral descendente mutuamente destructiva.
2.
¿Qué pasa cuando las burbujas estallan? Invariablemente, un montón de riqueza en activos desaparece. Pero eso, en sí mismo, no basta para convertir el estallido de una burbuja en una catástrofe para la economía en general. La crisis de la Bolsa de 2000-2002 asestó un golpe de cinco billones de dólares al patrimonio de las familias estadounidenses. Hizo sufrir mucho a aquellas personas que contaban con las plusvalías para su jubilación, pero no desencadenó ninguna crisis sistémica generalizada. La crisis inmobiliaria representó un golpe de ocho billones de dólares, que tampoco fue mucho más grande que el del hundimiento de la Bolsa, si se tienen en cuenta la inflación y el crecimiento económico que hubo de por medio. Pero dio lugar a la peor crisis mundial desde los años treinta. ¿Por qué?
La mayor parte de Cómo salimos de ésta, de Roubini y Mihm, está, de hecho, dedicada a esta pregunta. Curiosamente, teniendo en cuenta la reputación que tiene Roubini de persona extremista y agorera, el libro depara pocas sorpresas. Pero es una muy buena introducción para explicar la manera en que unas finanzas mal encaminadas pueden destrozar una economía por lo demás saludable.
Hay dos respuestas principales a la pregunta de por qué algunas burbujas de activos hacen tanto daño cuando se pinchan. La respuesta más corta de miras se centra en el sector financiero; la de miras más amplias sostiene que la deuda y el apalancamiento entre agentes no financieros como corporaciones y propietarios de viviendas son igual de importantes. El hecho de que uno suscriba una u otra tiene consecuencias importantes para la visión que tiene sobre el modo en que deberíamos responder ante los pertinaces males de la economía.
Hablemos primero del sector financiero: los bancos y otras instituciones similares. Incluso Adam Smith sabía que los bancos están particularmente sujetos a crisis de confianza. Forma parte de la naturaleza de su negocio: un banco puede prometerle que tendrá acceso a su dinero siempre que quiera pero, dado que la mayoría de los fondos depositados en manos de cualquier banco se invierten en valores a largo plazo, ningún banco puede mantener realmente esa promesa si una gran parte de los depositantes exigen simultáneamente que se les devuelva su dinero. Por eso la banca depende de la confianza: mientras la gente crea que su dinero está seguro y solo saque fondos cuando tenga un motivo personal o empresarial para hacerlo, su dinero probablemente estará a salvo. Pero si los clientes de un banco empiezan a dudar de la solidez de la institución y deciden en masa sacar su dinero -es decir, si hay una retirada masiva de fondos del banco-, el miedo a que el banco quiebre puede convertirse en una profecía hecha realidad.
La crisis mundial del mercado inmobiliario, a diferencia del estallido de la burbuja de las punto.com, hizo que surgieran preocupaciones justificables respecto a la solidez de los bancos. Las instituciones financieras en su mayoría no estaban expuestas a las acciones tecnológicas. Sin embargo, estaban muy expuestas a pérdidas debidas a impagos hipotecarios. Por eso no resulta sorprendente, al menos retrospectivamente, que la crisis del mercado inmobiliario desencadenase una retirada masiva de fondos en grandes partes del sistema financiero. O por usar un término anticuado que vuelve a utilizarse de manera habitual, desencadenó el pánico financiero.
Pero ¿cómo podría darse un pánico de los de antes en el mundo moderno? Generaciones de instructores económicos les han dicho a sus alumnos que las retiradas masivas de fondos en los bancos -como en la famosa escena de la película Qué bello es vivir- son algo del pasado, ya que los depositantes modernos saben que su dinero está asegurado por la Corporación Federal de Garantía de Depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés). ¿Por qué se equivocaban? La ahora familiar respuesta es que en 2007 el sistema financiero había evolucionado hasta un punto en el que tanto la regulación bancaria tradicional como la red de seguridad asociada a ella estaban llenas de agujeros.
En EE UU, la banca convencional fue sustituyéndose progresivamente por diversas alternativas, ahora frecuentemente agrupadas con la expresión "banca en la sombra". Por ejemplo, muchas empresas empezaron a colocar su dinero no en depósitos bancarios sino en repos o acuerdos de recompra (préstamos a muy corto plazo a fondos de cobertura y bancos de inversión). Los acuerdos de recompra ofrecían unos tipos de interés más altos que los depósitos corrientes, porque sus emisores no estaban sujetos a los requisitos de reservas ni a otras normas que se aplican a los bancos convencionales. Pero no estaban garantizados por el Gobierno y, por tanto, estaban expuestos a crisis de confianza. Las retiradas masivas de acuerdos de recompra hundieron a Bear Stearns y Lehman Brothers. Y, según muchos cálculos, en 2007, los acuerdos de recompra y otras formas de banca en la sombra representaban alrededor del 60% del sistema bancario estadounidense total (pero la banca en la sombra seguía estando sin regular ni asegurar en su mayoría). "No es de extrañar", escriben Roubini y Mihm, "que el sistema de banca en la sombra estuviese en el centro de lo que se convertiría en la madre de todas las retiradas masivas bancarias".
En Europa, la ruptura de la red de seguridad bancaria tradicional adquirió una forma un tanto distinta. En primer lugar, los bancos de las zonas de burbuja en España, Irlanda, Islandia y Reino Unido concedieron préstamos que superaban con creces sus depósitos, los cuales complementaron con financiación al por mayor, es decir, adquiriendo préstamos de otros bancos e inversores. Esta financiación al por mayor podía agotarse, y de hecho se agotó, cuando la solidez de los prestamistas originales se vio en tela de juicio.
Más allá de eso, los bancos europeos estaban respaldados por sus Gobiernos nacionales, no por una red de seguridad paneuropea, lo cual quiere decir que, cuando en algunos países surgieron problemas bancarios realmente graves, la capacidad de los Gobiernos de esos países para apoyar a sus bancos se vio cuestionada. Islandia, donde un puñado de banqueros desmandados asumió una deuda varias veces mayor que el PIB del país, es el ejemplo más conocido. Pero dudas similares aunque menos importantes relativas a la capacidad del Gobierno para hacer frente a las deudas de la banca han surgido en Irlanda y España.
De modo que la crisis del mercado inmobiliario generó una crisis de confianza en gran parte del sistema financiero mundial y terminó por paralizar partes cruciales de dicho sistema. Los signos de tensión empezaron a aparecer a finales del verano de 2007; el caos se desató después de la quiebra de Lehman en septiembre de 2008. Durante el invierno de 2008-2009 se dispararon los costes de los préstamos para casi todo el mundo -en el caso de que alguien consiguiera un crédito- excepto para los Gobiernos. Y la economía mundial parecía acercarse peligrosamente a una catástrofe total.
Los responsables políticos se apresuraron a evitar ese final. Se rescató a las instituciones financieras a expensas de los contribuyentes; se ampliaron las garantías para restaurar la confianza (Irlanda, por ejemplo, tomó la extraordinaria medida de garantizar toda la deuda bancaria irlandesa); los bancos centrales y los organismos gubernamentales echaron una mano como prestamistas de último recurso y ofrecían crédito cuando los bancos no podían o no querían. Estas medidas consiguieron controlar el pánico: a principios del verano de 2009, la mayoría de los índices de estrés financiero habían vuelto a valores más o menos normales. Y como señalábamos al principio de este artículo, la economía mundial dejó de caer en picado y empezó a crecer otra vez.
Pero, como también hemos señalado, no ha sido una recuperación en toda regla. Si el problema fundamental tiene que ver con una crisis de confianza en el sistema bancario, ¿por qué la restauración de la confianza en la banca no ha traído una vuelta del crecimiento económico sólido? Es probable que la respuesta sea que los bancos solo eran una parte del problema. Resulta curioso que sólo uno de los tres libros analizados aquí mencione al menos la obra del fallecido Hyman Minsky, un economista heterodoxo y durante mucho tiempo olvidado, a quien le ha llegado su momento (en más de un sentido). No obstante, Roubini y Mihm aportan una buena visión general de las ideas de Minsky (y Richard Koo, lo sepa o no, es en gran medida un minskyano).
La teoría de Minsky, en resumen, era que las épocas de estabilidad financiera sientan las bases de las crisis futuras porque incitan a una amplia variedad de agentes económicos a contraer deudas cada vez mayores y a participar en una especulación cada vez más arriesgada. Mientras los precios de los activos siguen subiendo, impulsados por las compras financiadas con deuda, todo parece marchar sobre ruedas. Pero, antes o después, la música se detiene: hay un momento Minsky en el que todos los actores se dan cuenta (o los acreedores les obligan a darse cuenta) de que los precios de los activos no van a subir eternamente y de que los prestatarios han asumido una deuda excesiva.
Pero ¿no es esta nueva prudencia algo bueno? No. Cuando un individuo intenta pagar lo que debe, no hay ningún problema; pero cuando todo el mundo trata de hacerlo al mismo tiempo, las consecuencias pueden muy fácilmente ser destructivas para todos los implicados. El proceso de destrucción se observa más claramente en el sector financiero, donde el intento por parte de todo el mundo de pagar su deuda vendiendo activos al mismo tiempo puede llevar a un círculo vicioso de precios que se hunden y angustia creciente. Pero el problema no se limita necesariamente a las finanzas.
De hecho, Richard Koo sostiene en The Holy Grail of Macroeconomics (El santo grial de la macroeconomía, sin publicar en España ) que el mayor problema al que se enfrentan las economías después de un momento Minsky (aunque él nunca usa ese término) no reside en el sector financiero, sino en los sectores no financieros con demasiadas deudas en sus balances. Koo es el economista jefe del Instituto de Investigación Nomura. Gran parte de su libro está dedicado a la larga época de estancamiento de Japón que se inició a principios de los años noventa. Este estancamiento, afirma, era en su mayoría un reflejo de los problemas que tenían con las cuentas de resultados las corporaciones no financieras, que se vieron atrapadas en grandes deudas tras el estallido de la burbuja inmobiliaria japonesa en los años ochenta. Sostiene que EE UU se enfrenta ahora a un problema similar, con problemas de deuda concentrados no en las corporaciones sino en los propietarios de viviendas que han asumido grandes deudas tanto al comprar las casas como al usarlas como cajeros automáticos, es decir, rehipotecándolas para obtener dinero en efectivo por la revalorización de la vivienda y gastando ese efectivo en un mayor consumo.
Según el análisis de Koo, los intentos simultáneos por parte de muchos actores privados de pagar sus deudas condujeron a una "falacia de la composición", que está estrechamente relacionada con la famosa (aunque muy a menudo subestimada) "paradoja del ahorro". Cada corporación o familia individual recorta el gasto en un intento por reducir la deuda; pero estos recortes del gasto reducen los ingresos de todo el mundo y mantienen la economía permanentemente deprimida.
Estos problemas más generales de deuda y desapalancamiento posiblemente expliquen por qué el éxito a la hora de estabilizar el sector financiero solo ha servido para alejar un poco la economía del abismo, sin dar pie a una recuperación sólida. La economía está atada de pies y manos, todavía paralizada por la excesiva cantidad de deuda sin pagar. Es decir, los esfuerzos simultáneos de tantas personas por pagar sus deudas al mismo tiempo hacen que la economía siga deprimida.
¿Y cuál es la solución? A corto plazo, la única forma de evitar una recesión profunda cuando casi todo el mundo en el sector privado está tratando de pagar su deuda simultáneamente es que el Gobierno se mueva en la dirección contraria: que se convierta, de hecho, en el prestatario de último recurso, emitiendo deuda y gastando más a medida que el sector privado se retrae. Cuando el momento Minsky es más intenso, los déficits presupuestarios no solo son buenos, son necesarios. En realidad, el aumento de los déficits presupuestarios en todo el mundo entre 2007 y 2009 posiblemente fue más importante aún que los rescates financieros para evitar que la crisis del mercado inmobiliario desencadenase una repetición de la Gran Depresión en toda su magnitud.
Por cierto que, este aumento repentino de los déficits presupuestarios no se debió principalmente a los esfuerzos deliberados por estimular la economía. Al contrario, los factores principales fueron la caída de la recaudación fiscal a medida que las economías se hundían y, en segundo lugar, un crecimiento de los pagos automáticos como los subsidios por desempleo. En EE UU, el déficit federal bianual de 2009-2010 rondará los 2,5 billones de dólares; el plan de estímulo de Obama representa menos de un cuarto del total.
Por tanto, los déficits presupuestarios han evitado que caigamos en el abismo.
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martes, 28 de septiembre de 2010

¿Cambió el modelo kirchnerista? Por Néstor Scibona

(Publicado en La Nación. Martes 28 de setiembre de 2010)
Cuando Néstor Kirchner llama a votar por el "modelo" o Cristina Kirchner pide profundizarlo, ya no aluden al mismo esquema macroeconómico que permitió lograr en los primeros años del kirchnerismo un fuerte crecimiento del producto bruto interno con inflación relativamente baja y una mejora significativa del empleo y los indicadores sociales. El "modelo" de hoy es muy diferente, aunque sus conductores y el discurso oficial sean los mismos.
Ahora está subordinado a un doble fin: que la economía crezca a marcha forzada (en lo posible, más del 8% este año) y sea la carta electoral ganadora en 2011. Por eso, el nuevo modelo abusa de "anabólicos" para la demanda interna, como la fuerte suba del gasto público discrecional, mayor emisión monetaria, indexación rezagada de salarios, tasas de interés negativas en pesos, dólar "planchado", crédito y tarifas subsidiadas. Pero también promueve la "amnesia" oficial para ocultar que todo ese desordenado arsenal desemboca en una inflación cada vez más alta (25% anual en 2010), que dificulta la pobreza, la mejora de la inversión y la creación de más puestos de trabajo.

Sin embargo, existe un importante reaseguro para evitar que "explote" o conduzca a sobresaltos. Se trata del alto stock de reservas (51.200 millones de dólares), apoyado en factores externos. El más relevante es el sostenido precio internacional de la soja, que, sin llegar al pico de 2008, favorece cosechas y exportaciones récord y asegura un fuerte ingreso de divisas y de recursos fiscales. Quizá por eso nadie en la Casa Rosada habla ya despectivamente del "yuyito". Si hubiera que atenerse a su gravitación en el actual esquema, deberían rebautizarlo como "Su Majestad, el señor Yuyo". A esto se suman la alta demanda brasileña de productos argentinos (autos y siderurgia) y tasas de interés cero en los países desarrollados, que por ahora desalientan la fuga de capitales y, junto con el dólar quieto, alientan un mayor consumo de electrodomésticos, autos y compras de propiedades.
En el período 2003-2006, el modelo kirchnerista "original" había sido heredado en buena medida del tándem Duhalde-Remes-Lavagna y se asentaba sobre tres pilares ortodoxos: superávit fiscal primario; superávit externo (los famosos "gemelos") y un tipo de cambio real alto. Así permitió generar confianza y aprovechar un nuevo cuadro internacional muy favorable, aumentar exportaciones y sustituir importaciones, elevar el PBI, crear empleos y acumular reservas. Esta etapa duró hasta el triunfo legislativo de fin de 2005, cuando Kirchner decide cancelar la deuda con el FMI, desprenderse de Lavagna y convertirse en virtual ministro de Economía. A partir de entonces pasó a abusar del uso discrecional de la "caja" fiscal para sumar aliados políticos y expandir el gasto y los subsidios al mismo ritmo de la recaudación. Esto condujo al desborde de 2007, cuando, para asegurar la elección de CFK, crea 2 millones de jubilaciones y sube el gasto público en un porcentaje récord (¡47% interanual!). El PBI crecía a "tasas chinas", pero ya comenzaba a preocupar la inflación (que había saltado del 3% anual en 2003 al 12% en 2006). En lugar de frenarla, Kirchner decide camuflarla con Guillermo Moreno en papel protagónico, la grotesca intervención del Indec y la manipulación de estadísticas -entre ellas, el CER-, con lo cual destruye el mercado de títulos públicos, además de la confianza en el modelo.
También surge otra marca registrada del matrimonio K: la financiación a cualquier costo político del imparable aumento del gasto. Sus hitos fueron los dos aumentos sucesivos de retenciones que desatan el conflicto con el campo en 2008 y la estatización de los ahorros de los futuros jubilados en las AFJP, que pasan a la Anses para usos no previsionales. En el ambiente empresarial, comienza a hablarse del "factor K" como sinónimo de desconfianza, la cual se traduce en una fenomenal fuga de capitales (50.000 millones de dólares) entre fines de 2007 y comienzos de 2010. Luego y a falta de superávit fiscal y crédito externo, el Tesoro pasa a financiarse con el BCRA, la Anses y el Banco Nación.
En la actualidad, las tres columnas que sostenían el modelo original se están resquebrajando. El superávit fiscal primario está apuntalado con recursos no genuinos, como el aporte de "utilidades contables" del BCRA y la Anses, pese al fuerte aumento de la recaudación tributaria (36% en lo que va de este año). Parte de este incremento responde, además, al creciente impuesto inflacionario que pagan todos los argentinos y no pueden eludir los más pobres. A su vez, el déficit financiero se cubrirá en 2011 -por segundo año consecutivo- con uso directo de reservas del BCRA a cambio de mayores presiones inflacionarias.
El superávit comercial, en cambio, se mantiene en pie (en torno de 14.000 millones de dólares en 2010), pero con tendencias preocupantes. Las importaciones crecen a un ritmo interanual (43%) que duplica al de las exportaciones (19%). Y en este último caso, casi el 90% del aumento se limita a sólo cuatro rubros: porotos de soja, maíz, automotores y minería, que en promedio duplicaron el valor exportado en 2009. El resto avanzó apenas el 2.4 por ciento.
El tipo de cambio alto, finalmente, va camino de dejar de serlo, ya que desde hace un año el Gobierno lo utiliza como freno para evitar que la inflación se desboque. Una prueba es que el dólar subió apenas el 3,1% en los últimos 12 meses.
Este es otro cambio importante dentro del nuevo "modelo". Antes, para potenciar el superávit comercial, no se dejó revaluar el peso pese a la caída del dólar frente a otras monedas, como lo hicieron otros países. Ahora, en cambio, hay una apreciación implícita debido a la mayor inflación que eleva los costos internos en dólares, lo cual resta competitividad a las ventas externas y obliga a restringir algunas importaciones con medidas proteccionistas o impredecibles presiones oficiales.
Una proyección realizada por el Estudio Broda estima que si el dólar se cotizara alrededor de 4 pesos a fin de 2010, el tipo de cambio real bilateral se ubicaría en un nivel de 1,17 (a valores de 2001, cuando estalló la convertibilidad), bastante lejos del alto promedio (1,93) del período 2003-2006. A su vez, si la inflación real subiera otro escalón en 2011 (al 26 o 28% anual) y el dólar cerrara el año en torno de los 4,30 pesos, la paridad real sería equivalente al 1 a 1 de entonces. Sin embargo, si se considera el tipo de cambio real multilateral (que compara el valor del peso contra las monedas de los países con los cuales comercia la Argentina), ese 1 a 1 ya no sería tan idéntico al de la convertibilidad. El tipo de cambio real multilateral (TCRM) podría ubicarse en 1,69 a fin de 2010 y 1,42 en diciembre de 2011 (también muy por debajo del promedio de 2,30 del período 2003/2006), debido a la apreciación del real brasileño y el euro frente al dólar, que torna más "barata" a la Argentina en estas monedas.
Estos números ayudan a explicar por qué abundan los turistas brasileños en la calle Florida (además de haber llenado los centros argentinos de esquí en el último invierno) y a la vez no les es fácil conseguir pasajes a los argentinos que vuelven a realizar tours de compras a Miami. A la inversa, es más conveniente exportar a Brasil que a los países del área dólar.
A pesar del deterioro cambiario y comercial, la soja asegura que no faltarán divisas, lo cual aleja el riesgo de una crisis en el sector externo. Por eso, nadie pronostica una devaluación, aunque con el correr de los meses puedan reavivarse las expectativas y la salida de capitales. Para disgusto de los exportadores, el problema quedó atrapado en un círculo vicioso: será difícil recuperar el tipo de cambio real si no se frena la inflación, y también subir el tipo de cambio nominal sin potenciarla.
A pesar de los discursos exitistas, el actual modelo K se diferencia ostensiblemente de otros países de la región (Brasil, Chile, Perú y Uruguay), que en el último año crecieron en forma similar, pero con una inflación de un dígito anual, y atraen inversiones y capitales. Y también de Venezuela, que ya no crece y tiene una inflación superior al 40% con su modelo intervencionista y populista. La incertidumbre electoral tampoco ayuda a adivinar si la Argentina tomará uno de estos dos rumbos después de 2011 o si una vía propia apuntará al pasado o al futuro.
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lunes, 13 de septiembre de 2010

Alemania necesita 500.000 inmigrantes por año. Por Laura Lucchini

(Publicado en La Nación, lunes 13 de setiembre de 2010)
BERLIN.- Alemania, el mayor exportador de Europa, necesita "con urgencia" 500.000 inmigrantes anuales para asegurar su economía y prevenir el inexorable envejecimiento de su población.
El Instituto Alemán de Estudios Económicos (DIW, por sus siglas en alemán) llegó a estas conclusiones en un momento de fuerte debate en el país acerca de las ventajas y desventajas de la inmigración, después de la publicación de un polémico texto que acusa a los inmigrantes musulmanes de ser un obstáculo para el crecimiento económico.

Klaus Zimmermann, presidente del DIW, no podría tener palabras más claras: "A partir de 2015 perderemos cada año 250.000 trabajadores. Entonces, faltarán ya en el mercado tres millones de empleados, sobre todo fuerza laboral calificada. A la vez, los trabajadores serán cada vez mayores y aumentará el número de los no calificados", dijo esta semana en declaraciones al diario Hamburger Abendblatt .
Añadió además que nada sería más dañino para el PBI que un retroceso de la población. Los sistemas sociales se verían afectados por cada vez menos trabajadores, lo que traería consigo graves problemas económicos.
"Esto significa que habrá que incrementar la edad laboral hasta los 70 años. Y ni siquiera esto será suficiente. Necesitamos urgentemente mano de obra, e inmigrante, del extranjero. Como mínimo 500.000 por año para asegurar nuestra economía", subrayó Zimmermann.
El análisis del Instituto Alemán de Economía, que asesora al gobierno, ofreció una nueva mirada sobre el tema de la inmigración en un momento de protagonismo absoluto de las tesis de Thilo Sarrazin, ahora ex directivo del Banco Federal Alemán, autor de un libro según muchos "provocador" y según otros, directamente "racista".
En Deutschland schafft sich ab ("Alemania se elimina a sí misma"), Sarrazin, que entre otras cosas es miembro del Partido Socialdemócrata (SPD), que representa la mayor fuerza de oposición al gobierno conservador de Angela Merkel, argumenta que "en todos los países europeos los inmigrantes musulmanes le cuestan a la sociedad más de lo que aportan debido a su escasa actividad laboral y a los beneficios sociales que reciben".
En el caso de Alemania en particular, los inmigrantes musulmanes (sobre todo de Turquía) procederían de zonas rurales y serían incultos, según el autor.
Sarrazin llegó a argumentar que la falta de cultura sería también falta de inteligencia y se transmitiría genéticamente de una generación a la otra, en particular porque estos inmigrantes "tampoco después de la tercera generación se casan con alemanes". Su conclusión, la parte más polémica, fue que "la inmigración musulmana bajaría el nivel de inteligencia del país, debido a que se reproduce más rápidamente" que la población local.
Fue en particular el pasaje de su discurso que servía de tesis de inteligencia "hereditaria" y "genética" la que despertó inquietantes fantasmas del pasado hitleriano. Las presiones sobre el Banco Federal crecieron hasta que, el jueves por la noche, Sarrazin se vio obligado a dimitir de su cargo.
Si por un lado su dimisión salvó la cara de las instituciones, no cerró sin embargo el debate de integración. El gobierno de Angela Merkel respondió la semana pasada a la polémica con la presentación de un plan para la integración. En él se destinan varios fondos a la formación de inmigrantes, con particular atención a la lengua, considerada condición fundamental para la integración.
Junto con el programa, el ministro del Interior, Thomas de Maizière, presentó algunos números y destacó que "tan sólo el 10% o el 15% de los inmigrantes dicen que no se quieren integrar". Los críticos argumentaron, sin embargo, que el 10% o el 15% significa cientos de miles de personas que viven en el país y se sirven de sus estructuras sociales. Pero según el ministro, el nivel "no es malo si se compara con el mismo dato en otros países".
El debate sobre la integración, un concepto -según los expertos- muy difícil de definir y medir, estará en el centro del debate político alemán de los próximos meses.
De hecho, son cada vez más las voces de la política y de la economía que miran hacia los modelos estadounidense, canadiense y australiano para la inmigración: "Necesitamos un sistema de puntos para una inmigración permanente como la que tienen Australia y Canadá, países en los que resulta determinante la formación", señaló Zimmermann. "Hasta ahora, no hemos dirigido la inmigración por las necesidades del mercado laboral. Pero la integración de los inmigrantes no se ha conseguido", concluyó el ex funcionario.
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domingo, 12 de septiembre de 2010

La superpotencia frugal. Por Thomas Friedman (The New York Times)

(Publicado en La Nación del domingo 12/09/2010)
NUEVA YORK.- En los últimos años, les he dicho con frecuencia a mis amigos europeos: ¿Así que no les gustaba un mundo con demasiado poder de Estados Unidos? Ahora vean si les gusta un mundo con demasiado poco poder estadounidense. Sí, Estados Unidos ha pasado de ser el vencedor supremo de la II Guerra Mundial, la nación indispensable después de ganar la Guerra Fría, a ser "la superpotencia frugal" de hoy. Acostúmbrense a eso, que es nuestro nuevo apodo. Los pacifistas ya no tienen que preocuparse más por "las guerras por elección". Hoy no podemos permitirnos invadir Grenada.

Desde el principio de la Gran Recesión de 2008, se ha hecho claro que la condición de líder de Estados Unidos empezó a cambiar. Durante casi toda la época de posguerra, ser líder significó, en general, darle cosas a la gente. Hoy, y durante la próxima década por lo menos, ser líder representará para Estados Unidos quitarle cosas a la gente. Simplemente no hay manera de que los líderes estadounidenses, que tienen que quitarles cada vez más cosas a sus propios votantes, puedan gastar dinero en política exterior. Y esta superpotencia frugal sin dudas ejercerá un efecto dominó en todo el mundo.
La superpotencia frugal: el liderazgo global de Estados Unidos en una era de escasez de dinero es precisamente el título de un nuevo libro, muy oportuno, de mi profesor Michael Mandelbaum. "En 2008 -señala Mandelbaum-, todas las formas de pensiones y de atención de salud representaban alrededor del 4% del PBI." Al ritmo actual, para 2050 "consumirán el 18% de toda la producción de Estados Unidos".
Eso -además del costo de rescatarnos de esta recesión- "transformará fundamentalmente la vida pública de Estados Unidos y, por lo tanto, también la política exterior del país". Cuando la única superpotencia del mundo se ve aplastada por una deuda tan cuantiosa, todo el mundo lo sentirá. ¿Cómo? Es difícil predecirlo. El poder estadounidense ha sido la fuerza clave que mantuvo la estabilidad y la gobernabilidad globales en los últimos 70 años. Ese rol no desaparecerá, pero se reducirá. Y, en este momento, no hay ningún país preparado para reemplazar a Estados Unidos. Después de todo, Europa es rica, pero débil. China es rica a nivel nacional, pero sigue siendo terriblemente pobre en cuanto al ingreso per cápita. Rusia, ebria de petróleo, no puede proyectar su poder al exterior. "Por lo tanto, el mundo será un lugar más desordenado y peligroso", predice Mandelbaum. Hubo una época en la que pensar sobre la política exterior estadounidense no exigía pensar seriamente sobre la política económica. Esa época tampoco existe más.
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martes, 7 de septiembre de 2010

Bienvenidos al año 1938... pero en 2010. Por Paul Krugman


(Publicado en La Nación. Martes 7 de setiembre de 2010)

La situación es esta: la economía estadounidense ha quedado paralizada por una crisis económica. Las políticas instrumentadas por el presidente han limitado los daños, pero fueron demasiado cautas, y el desempleo sigue en un nivel desastrosamente alto. Claramente hacen falta nuevas medidas.
Sin embargo, el público ha empezado a reprobar el activismo del gobierno y parece dispuesto a asestarles a los demócratas una severa derrota en las elecciones de mitad de período.
El presidente en cuestión es Franklin Delano Roosevelt; el año, 1938. En unos pocos años, por supuesto, la Gran Depresión cedió. Pero resulta tan instructivo como desalentador observar la situación de Estados Unidos alrededor de 1938: instructivo, debido a que la naturaleza de la recuperación que siguió refuta los argumentos que dominan el debate público de hoy; desalentador, porque es difícil imaginar que algo como el milagro de la década de 1940 pueda volver a producirse.


Ahora bien, no se suponía que íbamos a repetir lo ocurrido en los últimos años de la década de 1930. Los economistas de Barack Obama prometieron no repetir los errores de 1937, cuando Roosevelt cortó el estímulo fiscal demasiado pronto. Pero al lanzar un plan de estímulo demasiado pequeño y de corta vida, Obama hizo exactamente eso: el estímulo generó crecimiento mientras duró, pero hizo poca mella en el desempleo. Y ahora su efecto se ha esfumado.
Tal como algunos de nosotros temíamos, la insuficiencia del plan del gobierno lo ha hecho caer -y ha hecho caer al país- en una trampa política. Se necesita desesperadamente más estímulo, pero a los ojos del público, el fracaso del programa inicial para generar una recuperación convincente ha desacreditado la acción del gobierno para la creación de empleos. En suma, bienvenidos a 1938.
La historia de 1937, de la desastrosa decisión de Roosevelt de escuchar a los que decían que era hora de recortar el déficit, es bien conocida. Lo que es menos conocido es el grado en que el público extrajo las conclusiones erróneas sobre la recesión que se produjo a continuación: lejos de pedir una reanudación de los programas del New Deal, los votantes perdieron fe en la expansión fiscal.
Consideremos la encuesta Gallup de marzo de 1938. Ante la pregunta de si el gasto gubernamental debía aumentarse para combatir la crisis, el 63% respondió que no. A la pregunta de si sería mejor aumentar el gasto o reducir los impuestos a las empresas, sólo el 15% se manifestó a favor de mayor gasto; el 63% estuvo a favor de la reducción impositiva. Y las elecciones de 1938 fueron un desastre para los demócratas, que perdieron 70 bancas en la Cámara de Representantes y siete en el Senado.
Después vino la guerra.
Desde un punto de vista económico, la Segunda Guerra Mundial fue, sobre todo, un estallido del gasto destinado a financiar el déficit en una escala que nunca hubiera sido aprobada de otro modo. En el curso de la guerra, el gobierno pidió prestada una suma que casi duplicaba el valor del PBI de 1940, el equivalente de unos 30 billones de dólares de hoy.
Si alguien hubiera propuesto gastar incluso una fracción de esa cifra antes de la guerra, la gente hubiera dicho las mismas cosas. Hubieran proliferado las advertencias acerca de la aplastante deuda y de la inflación desbocada. Todo el mundo hubiera dicho, acertadamente, que la Depresión se había originado en gran parte a causa de una deuda excesiva... y después todos hubieran afirmado que era imposible resolver el problema contrayendo una deuda mayor.
Pero ¿saben una cosa? El gasto deficitario creó un boom. Y ese boom puso los cimientos de una prosperidad de largo plazo. La deuda total de la economía -la pública y la privada- se redujo como porcentaje del PBI, gracias al crecimiento económico y, sí, hubo un poco de inflación, que redujo el valor real de las deudas pendientes. Y después de la guerra, gracias a la mejor posición del sector privado, la economía pudo florecer.
Sin voluntad política
La moraleja es clara: cuando la economía está profundamente deprimida, las reglas de siempre no funcionan. La austeridad es contraproducente: cuando todo el mundo trata de saldar la deuda al mismo tiempo, el resultado es la depresión y la deflación, y los problemas de la deuda se agravan aún más. Inversamente, es posible -de hecho, es necesario- que el país en general salga de la deuda gastando: un provisional aumento del déficit por gasto, en una escala adecuada, puede remediar los problemas generados por los excesos del pasado.
Pero la historia de 1938 también demuestra lo difícil que es aplicar estas ideas. Incluso durante el gobierno de Roosevelt nunca existió la voluntad política de hacer lo que era necesario para acabar con la Gran Depresión; en última instancia, la Gran Depresión se resolvió accidentalmente.
Yo tenía la esperanza de que esta vez pudiéramos hacerlo mejor. Pero resulta que tanto los políticos como los economistas se han pasado décadas desaprendiendo las lecciones de la década de 1930, y están decididos a repetir todos los viejos errores. Da un poco de rabia advertir que los grandes ganadores de las elecciones de noviembre probablemente sean los mismos que nos metieron en este lío, y que después hicieron todo lo posible para bloquear cualquier acción.
Pero no olvidemos esto: esta crisis puede resolverse. Sólo falta un poco de claridad y mucha voluntad política. Esperemos que encontremos esas virtudes en un futuro no muy lejano.
Traducción de Mirta Rosenberg
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lunes, 6 de septiembre de 2010

Cuellos de botella. Por Orlando Ferreres


(Publicado en La Nación on line, hoy)

Cuando algo podría andar mejor, más rápido por ejemplo, pero está limitado por alguna variable que no llega a poder ajustarse a la velocidad del resto de las mismas, decimos que estamos en presencia de "cuellos de botella". El vino podría salir mucho más rápido de la botella, pero como el pico es mucho más chico que el cuerpo, el líquido sale mucho más lentamente de lo que podría salir. Ni que hablar de la bota española que larga apenas un chorrito de vino al inclinarla o incluso aún cuando la presionemos con fuerza para que salga más


En economía tenemos "cuellos de botella" por diversas causas, como terremotos, lluvias, errores de cálculo, pero principalmente por falta de inversión en el momento oportuno, muchas veces por interferencia del Estado en las señales de precio para indicar donde hacen falta dichas inversiones.
Ejemplo de cuello de botella en la carne vacuna. Cuando en 2006 se comenzaron a percibir los primeros síntomas de que algo podía pasar con el precio de la carne vacuna, que en ese momento costaba 0,78 centavos de dólar por kilo vivo de vacuno promedio, cuando en EE.UU. valía 1,85 dólares por kilo, algunas autoridades prohibieron la exportación de carne. Con esto se logró que toda la producción destinada a exportar se volcara al mercado local y el precio se mantuvo estable o incluso bajo. Fue un éxito.
Pero no fue un éxito duradero, solo fue momentáneo ya que se comenzó a considerar no rentable la producción de carne por parte del ganadero, y así fue vendiendo progresivamente sus vientres, con lo cual bajaron más los precios de las vacas, y muchos ganaderos pasaron a ser agricultores. Al cabo de un tiempo, al no haber no solo inversión en vientres sino desinversión, se produjo una caída de la oferta de novillitos y el precio fue subiendo irremediablemente. Los últimos lotes de novillitos han llegado a operarse a 9 $/kilo (Rafaela, Santa Fe), o sea a 2,28 dólares/kilo, cuando en EE.UU. cuesta 2,10 dólares/kilo.
Ahora tenemos un cuello de botella aquí, en el mercado de carne vacuna. Hay que retener las terneras. Las terneras tienen que pasar a vaquillonas, las vaquillonas a vacas y tener su primer ternero, quizá un año y medio o algo más. Después el ternero tiene que llegar a los 400 kg., es decir otro año y medio o algo más, es decir, entre 3 y 4 años para salir del cuello de botella, sin notar casi aumento del PBI del sector. Todo ese tiempo el ganadero no va a vender nada, tendrá que invertir, como antes desinvirtió.
Este es un ejemplo de lo que queremos decir cuando hablamos en esta jerga de los economistas con la frase "cuellos de botella". Implica todo lo anterior. Implica además que va a llevar tiempo salir de esa limitante, hagamos lo que hagamos, ya cometimos el error y es irreversible. Hay que esperar el tiempo que requiere la recuperación de la variable.
Otros ejemplos de cuellos de botella. A causa del congelamiento parcial del precio del gas natural, no ha existido mucha exploración en ese rubro en los últimos 10 años. Fuimos consumiendo las reservas de gas al usarlo, pero sin invertir en descubrir nuevas fuentes, que es un proceso caro. Han bajado estas reservas de unos 17 años de consumo en el 2000 a solo unos 7,8 años de consumo en 2009. O sea, en 10 años bajamos las reservas 10 años, es decir, no invertimos nada en descubrir nuevas reservas, solo usamos las que habían.
Hemos tenido que importar gas de Bolivia y de otras latitudes, pero varias veces más caro de lo que le pagamos al productor argentino. Aún así no alcanza, especialmente en los momentos pico. Por ejemplo en el ultimo mes de julio, hubo que cortarle el gas a gran parte de las industrias (la producción manufacturera desestacionalizada bajó en 4% respecto del mes anterior por este motivo), pues no alcanzaba para los consumidores residenciales y las fabricas al mismo tiempo. Y eso que la producción industrial está aún un 4-5 % debajo del pico de producción del 2008. Es difícil crecer sin oferta abundante de energía.
Vendemos 550.000 a 600.000 autos nuevos cada año, lo cual es muy bueno, pero no hay nuevos carriles en las autopistas de acceso a los centros urbanos como el de Buenos Aires. La distancia que hace 10 años se recorría en 45 minutos ahora insume 1hora y media, con el costo social que implica. Es otro cuello de botella (embotellamiento) a solucionar. Pero requiere inversiones y estas requieren precios adecuados del costo de transporte para que el inversor asuma el riesgo de hundir recursos financieros en nuevos carriles.
Recalentamiento. Casi toda la economía está en un cuello de botella, dado que la diferencia entre el PBI potencial y el PBI efectivo es muy chica, menor al 5%, cuando en 2002-2003 dicha diferencia era de 27%. Es decir que el PBI efectivo podía crecer en ese porcentaje sin hacer nuevas inversiones (había inversiones efectuadas antes), había capacidad ociosa de producción. Ahora se esta recalentado la economía.
En otras oportunidades en que ocurrió esto, se habló de "sincerar" la economía, es decir, permitir que los precios se ubiquen en los valores que indica la escasez relativa de los factores de producción. Es mejor ir haciendo gradualmente estas progresivas readecuaciones, como hemos recomendado en los últimos 5 años, que tener que sufrir un "sofocón" de las variables, que de todas maneras se van a ubicar en el valor que les señala la economía, como pasa ahora con el precio del novillo.
Si queremos acentuar el consumo generando medios de pago adicionales, podemos caer en el riesgo de que solo los precios aumenten mucho, es decir, que se acelere la inflación, se recaliente el motor. Se ha corregido el programa monetario para emitir más. La imagen de apretar cada vez más una "bota española" para que del pequeño cuello salga más liquido es parecida a la de querer crecer más creando dinero cuando faltan las inversiones que permitan producir más y mejor.


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lunes, 30 de agosto de 2010

Argentina en la economía global. Por Domingo Cavallo. Nota II


Durante los últimos ocho años de la década que está finalizando, el proceso de globalización significó para la Argentina una muy fuerte demanda para sus productos de exportación, lo que permitió que su economía se pudiera recuperar de la fuerte recesión del período 1998-2002. Esta recuperación no habría sido posible si Argentina no hubiera llegado muy bien preparada por el lado de su capacidad productiva.
La inversión elevada y eficiente de los años 90 permitió un fuerte aumento de la productividad tanto en la agricultura como en las actividades de la industria manufacturera. Las inversiones en energía, transportes y comunicaciones removieron los cuellos de botella que hacia fines de los 80s habían restringido grandemente la producción y deteriorado los niveles de productividad.


Las inversiones en agricultura y en las industrias proveedoras de insumos y elaboradoras de sus productos permitieron la introducción de cambios tecnológicos que produjeron un importante aumento de los rendimientos y de la producción primaria y agroindustrial.
También en las industrias pesada y manufacturera, incluida la industria automotriz, se realizaron durante la década de los 90s inversiones modernizadoras que crearon la capacidad productiva que permitió atender la fuerte expansión de la demanda externa e interna de los últimos ocho años.
El elevado endeudamiento de empresas, familias y gobiernos locales que llevó a la crisis financiera de 2001 y la pesificación seguida de fuerte devaluación monetaria de 2002, si bien llevaron a que la economía argentina se quedara sin crédito a lo largo de la década, por varios años no constituyó en un factor inhibidor del aprovechamiento de la favorables condiciones externas. La falta de crédito fue reemplazada por la generación de ingresos internos en las actividades beneficiadas por el mejoramiento de los términos del intercambio externo y por el rezago con que los salarios y los precios de muchos insumos terminaron acompañando el aumento de los precios de venta de los productos. Pero este fenómeno está totalmente agotado y si la Argentina no recupera pronto el crédito, este factor se transformará en un fuerte hándicap para el crecimiento futuro de su economía.
Hacia el futuro la Argentina aparece mucho peor preparada para aprovechar las buenas perspectivas de la economía global que lo que lo estuvo para aprovechar las oportunidades que se abrieron desde 2003 en adelante. Las razones de este peor posicionamiento son varias.
En primer lugar ya se han agotado las reservas de capacidad productiva que se habían acumulado durante la década de los 90s. La falta de inversión, sumada a la muy baja eficiencia de la poca inversión que se realizó en los sectores de la energía está llevando a escasez de combustibles básicos (gas y petróleo) y de generación eléctrica. La infraestructura de transporte y el equipamiento en material rodante también se ha deteriorado. En la agricultura y en la industria manufacturera sólo ha existido inversión de mantenimiento y de expansión marginal de la capacidad productiva, pero no ha habido un proceso de creación de nueva capacidad productiva ni de incorporación masiva de tecnologías más avanzadas. En ganadería, como en los sectores de la energía hubo una clara disminución de la capacidad productiva que llevará varios años superar, aún con fuertes incentivos como los que aportan los precios actuales de la carne.
La apertura económica que en la década de los 90s preparó a la economía argentina para aprovechar la expansión de la economía global se fue revirtiendo a lo largo de la última década. Hoy la economía argentina tiene la típica política comercial externa de los países que aún confían en la estrategia de crecimiento basada en la sustitución de importaciones y en la fuerte protección a las actividades orientadas a satisfacer la demanda interna de bienes y servicios. Predominan las restricciones cuantitativas y arancelarias a las importaciones y también se aplican fuertes gravámenes, e incluso prohibiciones, a las exportaciones. Argentina, lejos de negociar más tratados de libre comercio bilaterales, como lo han hecho Chile, Perú, Colombia y México, entre otros, ha violado los acuerdos regionales con sus vecinos del Mercosur y se ha desentendido totalmente de cualquier contribución al avance de las negociaciones comerciales multilaterales. En este sentido la actitud de nuestro país contrasta desfavorablemente con la de Brasil, país que tampoco avanzó con negociaciones bilaterales, pero que tuvo una actitud muy activa de defender los arreglos regionales y bregar por la apertura de los mercados en el plano multilateral.
La política comercial hacia China, la economía emergente que claramente liderará el proceso de expansión global en las próximas décadas, ha sido particularmente equivocada. Argentina asumió una clara actitud defensiva, imponiendo fuertes restricciones a la importación de productos chinos en los que esa economía tiene claras ventajas comparativas. Como consecuencia de ello China ha retaliado con restricciones a la importación de aceites vegetales. Nuestra política comercial externa en relación al gigante asiático ha sido opuesta a la de Chile. El país trasandino fue el primero en negociar un tratado bilateral de libre comercio con China y ha logrado que aquel gran mercado esté plenamente abierto a sus exportaciones. Muchos países están tratando de imitar la estrategia chilena en relación a la economía china. Nosotros hacemos exactamente lo opuesto.
En la economía global del futuro, el comercio entre los países emergentes será crecientemente más importante que entre ellos y el mundo desarrollado, salvo en el rubro de las nuevas tecnologías y los servicios intensivos en conocimiento. Las economías emergentes, en la competencia entre ellas, no podrán hacer valer fuertes diferencias en los niveles de remuneración al trabajo no calificado, porque casi todas ellas tienen fuertes “ejércitos de reservas” en sus sectores tradicionales o en sus respectivas economías informales. Será crucial el nivel de productividad de los factores de la producción que alcancen cada una, como complemento a las ventajas comparativas que se deriven de sus respectivos recursos naturales y del aprovechamiento que cada una de esas economías sea capaz de hacer de sus recursos humanos más calificados. Lamentablemente, en esta carrera competitiva, las políticas de la última década también están poniendo a nuestra economía en una situación muy desfavorable.
Argentina está perdiendo rápidamente competitividad, no por apreciación artificial de su moneda sino por falta de inversión modernizadora de los procesos productivos, por distorsiones en la estructura de precios relativos y por crecientes ineficiencias en los servicios de infraestructura. Muchos de los recursos humanos más capacitados, en particular aquellos jóvenes, con capacidad organizativa y generadores de nuevos negocios, buscan oportunidades en el exterior porque el clima de inseguridad jurídica y la incertidumbre sobre las reglas de juego futuras desalientan los emprendimientos que podrían llevar a cabo en el país.
La inseguridad jurídica y la incertidumbre sobre las reglas de juego del futuro tienen su manifestación más elocuente en el proceso inflacionario. En un mundo en el que la inflación ha prácticamente desaparecido, que Argentina sufra una inflación anual del 25 al 30 % aún cuando mantiene congelados y subsidiados muchos precios de bienes y servicios públicos es una suerte de preanuncio de cambios futuros en las políticas monetarias y fiscales, que, aún cuando estuvieran bien direccionados, impondrán costos económicos y sociales que los poderes corporativos tratarán de hacer soportar a los sectores menos organizados de la sociedad. Es prácticamente imposible predecir cuánto tiempo (y con qué distribución de costos y beneficios) demandará un proceso exitoso de reestablecimiento de la estabilidad monetaria y de precios.
La inseguridad jurídica y la incertidumbre sobre las reglas de juego futuro explican que Argentina haya quedado muy rezagada, en comparación con sus vecinos en materia de inversión extranjera directa y que la acumulación de ahorros de los argentinos, en la última década, se haya producido predominantemente en el exterior. Sin inversión extranjera directa y sin retorno de los ahorros argentinos que están en el exterior, será imposible financiar la inversión eficiente que demandaría un aprovechamiento eficiente de las oportunidades que ofrecerá la economía global en las próximas décadas.
La economía global seguirá en expansión, como lo estuvo durante la primera década de los 2000, pero, lamentablemente, Argentina está ahora mal preparada para insertarse con eficacia en esta economía global cuya expansión estará motorizada por las economías emergentes más que por el mundo desarrollado. En este sentido la herencia de los 2000 será mucho menos favorable al aprovechamiento de la bonanza global que lo que fue la herencia de los 90s.
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Argentina en la economía global. Por Domingo Cavallo - Nota I


En esta primera nota voy a tratar de responder a la siguiente pregunta ¿Cómo evolucionará la economía global en las próximas décadas?
Hay gente que piensa que la crisis global que arrancó con el colapso del mercado de las hipotecas “sub-prime” en los EEUU, en el verano boreal de 2007, significa que el proceso de globalización de la economía se está agotando. En mi opinión, están equivocados. El proceso de globalización, lejos de debilitarse, está saliendo fortalecido.


Lo que ha quedado debilitado es el crecimiento económico en las economías más desarrolladas porque se combinan dos tipos de problemas: uno financiero y uno real. El financiero es que muchas familias y empresas y, crecientemente, muchos gobiernos nacionales y locales, se han sobre-endeudado o están en proceso de encontrar fuertes límites a la posibilidad de seguir financiando déficits con endeudamiento.
El problema real es que, como productores de bienes y servicios, enfrentan competencia creciente de la producción originada en las economías emergentes y no pueden sostener el elevado nivel de ingresos que alcanzaron sus trabajadores ni los onerosos sistemas de seguridad social que crearon en las épocas de bonanza.
El problema financiero tardará en resolverse, pero será superado, porque los países desarrollados, en última instancia podrán saldar sus deudas con emisión monetaria: emisión de dólares, emisión de euros o emisión de yenes. En el proceso seguirá habiendo quiebras de algunos intermediarios financieros, las tasas de interés manejadas por los bancos centrales seguirán siendo bajas por mucho tiempo y, eventualmente, habrá inflación moderada, 4 o 5 % anual, que producirá tasas de interés negativas y licuará gradualmente las deudas.
El problema real se superará por emigración de trabajadores, por avances científicos y tecnológicos originados en sus universidades, centros de investigación y departamentos de investigación y desarrollo de sus empresas y por los servicios de administración de empresas tecnológicas que difundan sus avances en todos los rincones del mundo.
Muchos de los trabajadores de los países en desarrollo que en el pasado emigraron desde sus países a Europa o a los Estados Unidos, regresarán a sus lugares de origen o rumbearán hacia otros países en proceso de desarrollo que demanden su experiencia y sus servicios. Incluso muchos jóvenes emprendedores y bien entrenados en las universidades americanas y europeas buscarán nuevos horizontes en los países en desarrollo que ofrezcan buenas oportunidades de empleo calificado. Se dará, en fin, un proceso migratorio muy diferente al que predominó en las cuatro o cinco últimas décadas.
En los Estados Unidos y en Europa se intensificará la actividad universitaria de alto nivel, contarán con más recursos sus centros de investigación y las empresas invertirán cada vez más en investigación y desarrollo, así como en la prestación de servicios de alta calidad, particularmente relacionados con el cuidado de la salud y la tercera edad. El ingreso real de quienes trabajen en estas actividades irá mejorando, no sólo en términos relativos frente al ingreso real de quienes continúen trabajando en sectores más tradicionales con menos ingrediente de conocimiento y más competencia externa, sino también en términos absolutos.
En cualquier caso, el ritmo de crecimiento de estas economías avanzadas será bastante más lento que lo que fue en el pasado y, es posible, que muestren síntomas de estancamiento por muchos años, tal como ocurrió con Japón desde 1990 en adelante. Sólo recuperarán un ritmo mayor de crecimiento en la medida que los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos generados por sus universidades, centros de investigación y departamentos de investigación y desarrollo de sus empresas logren empujar significativamente la frontera tecnológica para la economía global. Allí reside su única ventaja comparativa frente a una gran cantidad de países emergentes que están aprendiendo a utilizar las tecnologías disponibles para aprovechar cada vez más eficientemente sus recursos humanos y materiales y que cuentan con los ahorros necesarios para financiar altos niveles de inversión modernizadora de sus economías nacionales.
A pesar de esta tendencia al estancamiento de las economías avanzadas, la economía global seguirá creciendo a un ritmo no muy diferente al de la última década porque el rápido crecimiento de China y los tigres asiáticos se irá observando también en la mayor parte de las economías emergentes de América Latina, Asia, Europa Oriental y África. Este crecimiento no será liderado ni por la sustitución de importaciones ni por la promoción artificial de sus exportaciones sino por el proceso de inversión e incorporación de tecnología que permitirá importantes aumentos de productividad y del empleo para satisfacer las crecientes demandas internas de las respectivas economías.
El comercio externo entre las economías en desarrollo aumentará mucho como consecuencia de la necesidad de aprovisionamiento eficiente de insumos y partes y también por las ganancias para los consumidores que se derivarán de la competencia no sólo interna sino también internacional. Como el motor más importante del crecimiento del comercio será la economía china y ésta comenzó a expandirse cuando decidió abrirse al mundo y aprovechar la tecnología disponible en el mundo desarrollado, su política comercial externa apuntará a negociar bilateralmente y, eventualmente, en forma multilateral, un comercio internacional cada vez más libre de trabas cuantitativas y arancelarias.
Los países pequeños y medianos que opten por encerrarse sobre sí mismos se verán perjudicados porque perderán acceso a los mercados más dinámicos. Por eso sostengo que prevalecerán las estrategias nacionales de desarrollo basadas en la inversión eficiente y la incorporación de tecnologías avanzadas y no en la sustitución de importaciones o en la promoción artificial de exportaciones. La clave para el crecimiento será disponer de fuentes de financiamiento para esta inversión eficiente. Los países con baja tasa de ahorro interno deberán hacerse elegibles para la entrada de ahorros procedentes del exterior.
La disminución de oportunidades de aplicación de los recursos financieros que los bancos y fondos de inversión encontrarán en los países desarrollados debido al menor dinamismo de su economías y al elevado endeudamiento de sus familias, empresas y gobiernos, impulsará a los intermediarios financieros globales a buscar oportunidades de aplicación de sus fondos en el mundo en desarrollo. Los países que creen un buen clima de negocios y provean seguridad jurídica a los capitales que se inviertan en sus respectivas economías no tendrán dificultades para financiar altas tasas de inversión.
Los mercados de bienes y servicios de los países desarrollados tendrán poca expansión, pero el comercio entre estos y los países en desarrollo continuará aumentando a partir de la exportación de servicios tecnológicos intensivos en conocimiento, desde los países avanzados, e importación de manufacturas y servicios intensivos en mano de obra, procedente de los países en desarrollo. Se intensificará la prestación de servicios financieros y de mercado de capitales desde las economías financieramente más sofisticadas hacia las economías emergentes, en particular hacia aquellas que se mantengan financieramente abiertas y consigan estabilidad monetaria y seguridad jurídica.
En mi próxima nota voy a tratar de responder a la siguiente pregunta ¿Cómo se prepara Argentina para esta próxima etapa de la economía global?

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sábado, 28 de agosto de 2010

Una recuperación inexistente. Por Paul Krugman


(Publicado en La Nación. Sábado 28 de agosto de 2010)

¿Qué iba a decir Ben Bernanke, director de la Reserva Federal, en su gran discurso en Jackson Hole, Wyoming? ¿Acaso aludir a nuevas medidas destinadas a alentar la economía?
Lo que dijo es que se mantiene la recuperación económica, aunque está "lejos de haber terminado". Desafortunadamente, eso no es verdad: esto no es una recuperación, en ningún sentido importante. Y los políticos deberían estar haciendo todo lo posible para cambiar esa situación.
El pequeñísimo fragmento de verdad existente en la afirmación de que vivimos una recuperación es el hecho de que el PBI aún sigue aumentando: no estamos en una recesión clásica, donde todo baja. ¿Y qué?


La pregunta importante es si el crecimiento es suficientemente rápido como para reducir un índice de desempleo que está por las nubes. Necesitamos un crecimiento del 2,5% tan sólo para impedir que el desempleo aumente, y un crecimiento mucho más rápido para lograr que se reduzca significativamente. Sin embargo, el crecimiento se mantiene en la actualidad entre el 1 y el 2%, con buenas probabilidades de hacerse aún más lento durante los próximos meses. ¿Verdaderamente la economía sufrirá una recaída en la recesión, con reducción del PBI? ¿A quién le importa? Si el desempleo aumenta durante el resto del año, cosa que parece probable, no importará si las cifras del PBI son levemente positivas o levemente negativas.
Todo esto es obvio. Sin embargo, los políticos lo niegan.
Después de su última reunión sobre política monetaria, la Reserva Federal emitió una declaración en la que afirmaba que "prevé un retorno gradual a niveles más altos de utilización de recursos", jerga de la Fed para referirse a la reducción del desempleo.
Mientras tanto, Tim Geithner, secretario del Tesoro, dice que estamos en el "camino de la recuperación". No, no estamos. ¿Por qué la gente que sabe más y mejor se la pasa edulcorando la realidad económica? La respuesta, lamento decirlo, es que todos tratan de evadir la responsabilidad.
En el caso de la Fed, admitir que la economía no se está recuperando pondría a la institución bajo presión para hacer más de lo que ha hecho. Y hasta ahora, al menos, la Fed parece tener más miedo de quedar mal parada si presta ayuda a la economía que de los costos que tendrá que pagar el pueblo estadounidense si no hace nada, y prefiere hablar de una recuperación que no existe.
En el caso de la administración Obama, los funcionarios aparentemente detestan admitir que el estímulo original era demasiado pequeño. Es cierto, bastó para limitar la profundidad de la crisis, pero no fue suficientemente grande como para reducir significativamente el índice de desempleo.
¿Qué deberían estar haciendo los funcionarios, además de decir la verdad sobre la economía?
La Reserva Federal tiene una cantidad de opciones. Puede comprar más deuda a largo plazo y privada; puede bajar las tasas a largo plazo y anunciar su intención de mantener bajas las tasas a corto plazo; puede subir su objetivo a mediano plazo para la inflación, para lograr que a las empresas les resultara menos atractiva la idea de retener tranquilamente su dinero en efectivo.
La administración tiene menos libertad de acción, ya que no puede conseguir que las leyes pasen el bloqueo republicano. Pero aún tiene opciones. Puede renovar su nada exitoso intento de ayudar a los propietarios en problemas. Puede usar a Fannie Mae y Fredie Mae, las entidades crediticias patrocinadas por el gobierno, para articular un refinanciamiento de hipotecas que ponga dinero en manos de las familias estadounidenses? Sí, los republicanos aullarán, pero de todas maneras eso es lo que están haciendo. Finalmente, puede enfrentar en serio a China por su manipulación monetaria.
¿Cuál de todas estas opciones deben elegir los funcionarios? De ser por mí, todas ellas.
Sé lo que dirán algunos, tanto en la Fed como en la administración: nos advertirán sobre los riesgos de hacer cualquier cosa no convencional. Pero ya hemos visto cuáles son las consecuencias de apostar a lo seguro y esperar que la recuperación se produzca por sí misma: nos ha situado en lo que parece cada vez más un estado de estancamiento permanente y de elevado desempleo. Es hora de admitir que lo que tenemos no es una recuperación, y de hacer lo posible por cambiar esa situación.
Traducción de Mirta Rosenberg

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sábado, 14 de agosto de 2010

Una economía fantasiosa. Por Juan J. LLach


Parecería que nada más debería pedirle la política a la economía. El PBI crecerá 7,5%, el clima llevó la cosecha de granos cerca del máximo histórico, muchas industrias producen como nunca, el consumo vuela, proliferan los nuevos propietarios de autos, electrodomésticos y computadoras, y la recaudación bate récords y baja el riesgo país.


Inciden en este buen desempeño decisiones del Gobierno como el canje de la deuda y la asignación por hijo, la mejor política social en mucho tiempo, inexplicablemente lejos de ser universal. Otros datos son menos rutilantes. El desempleo baja, pero el empleo aumenta todavía lentamente. Las exportaciones crecen sólo la mitad que las importaciones, y el superávit fiscal se ha transformado en déficit. Aunque las autoridades lo soslayen, esta bonanza debe mucho al retorno del mismo viento de cola que empujó la economía desde 2002 hasta la crisis de 2008, con una fuerza no vista desde la década del 20, en el siglo pasado, por el vigoroso crecimiento de los países emergentes, que atravesaron airosamente la crisis y aumentan su demanda de alimentos y otros bienes básicos producidos por todas las provincias argentinas.
La más sonora nota discordante la da la inflación, que llegará este año a 25%, la segunda entre las más altas del mundo luego de Venezuela. El Gobierno sigue desechando la opción más lógica de hacer un programa de estabilización porque se niega a admitir las falsedades del Indec, aunque tal vez intentará en 2011 algún programa cosmético de cara a las elecciones. Otra alternativa era seguir como hasta ahora, usando al tipo de cambio como ancla, cumpliendo el programa monetario y desacelerando un poco el gasto fiscal. Ambas permitirían reducir gradualmente la inflación, consiguiendo idénticos resultados en los ingresos y gastos reales con menores aumentos nominales. En cambio, con las decisiones recientes de aumentar las jubilaciones, la asignación por hijo y el salario mínimo sin programa estabilizador se insinúa una peligrosa indexación de la economía. Es indudable la justicia y la legalidad de estos aumentos. Pero uno de los dramas de la inflación es, precisamente, la necesidad de aumentarla para hacer una justicia que ella misma se encargará de hacer efímera, como ocurre ahora mismo con las jubilaciones.
La inflación se nota y aparece día tras día. Hay muchos otros problemas, en cambio, que permanecen ocultos, pero que también amenazan seriamente la sostenibilidad del crecimiento argentino. Ellos son la contracara fantasiosa, la opuesta a las maravillas de esta economía fantástica. Comenzando por la producción, la demanda mundial, pero también las políticas agropecuarias están llevando a una sojización que degrada los suelos. Nos consumimos diez millones de cabezas de ganado en pocos años, y su naciente reposición será lenta y muy costosa. En esta década, se han reducido sustancialmente las reservas de petróleo de 488 a 380 millones de metros cúbicos, y las de gas de 777 a 350 millones. Pese a indudables logros, también la industria manufacturera, nave insignia del modelo, muestra escasísimas nuevas plantas grandes, aunque sí mucho mantenimiento y ampliaciones, junto al bienvenido crecimiento de muchas pymes. Ha habido algunas inversiones de porte en la industria automotriz, clave del crecimiento manufacturero de esta década, pero ello no ha impedido seguir aumentando su déficit comercial, que superará este año los 5000 millones de dólares. Las exportaciones en volumen físico han crecido desde 2001 un 4,5% anual, menos que el 7,5% de la década anterior y, aunque sorprenda, las exportaciones de manufacturas industriales crecieron 8,9% anual, también menos que el 9,5% de la anterior.
Todos estos son sólo algunos de los indicios que muestran que, pese a los discursos, poco se ha progresado en esta década para lograr una estructura productiva diversificada y centrada en el valor agregado y el conocimiento. No es sorprendente, porque el país carece todavía de una genuina estrategia de desarrollo -carencia que viene de muy lejos- pese a las erráticas cataratas de anuncios ceremoniales muchas veces incumplidos.
Parejas carencias estratégicas se observan en materia de infraestructura. Se cifraron con el siglo demasiadas esperanzas en el tipo de cambio alto, elemento importante pero insuficiente, casi sin atender la construcción de competitividad basada en instituciones y en inversiones de calidad. Se ha abandonado el discurso del tipo de cambio alto, el superávit externo está en retroceso y el primer trimestre de este año la cuenta corriente externa ha mostrado déficit por primera vez desde 2001. El sistema financiero y el mercado de capitales ya eran pequeños, pero se han achicado aún más y no hay instrumentos para ahorrar o tomar créditos a mediano o largo plazo. La inversión de los particulares argentinos en el exterior, llamada fuga de capitales, aumentó en esta década de 81.900 a 134.200 millones de dólares y la proyección inversora de las empresas argentinas ha sido exigua, aumentando sólo de 13.300 a 20.600 millones. Los números de la inversión extranjera en el país no son mejores y Perú está a punto de desplazarnos al sexto lugar en América latina. La inversión total recuperará este año lo perdido en 2009, pero su nivel es claramente insuficiente para sostener el actual ritmo de crecimiento, basado como está, en buena medida, en el consumo de capital, en la alta inflación y en distorsiones de precios como los de la energía y el tipo de cambio.
En materia fiscal, encontramos una virtual destrucción de la carrera de la función pública que había empezado a construirse; la reaparición del déficit y muchas ineficiencias en la prestación estatal de servicios públicos; una clara caída de la moral tributaria media a partir de la suspensión de las penas a quienes se acogieron a la moratoria. Diversas reformas previsionales han cargado con gravosas deudas a las generaciones futuras y la estatización de las AFJP se presentó engañosamente como una opción entre sector público y privado, cuando el verdadero dilema era entre un sistema de reparto, por el que se optó, o un más previsor sistema de capitalización, que bien podría haber sido estatal. El nivel del gasto público como proporción del PIB se encuentra en un valor récord cercano al 44%, y para financiarlo se recurre al impuesto inflacionario y al desplazamiento del crédito al sector privado. Hay, sí, un dato claramente positivo y es la reducción del peso de la deuda pública, que hacia fin de año se ubicará alrededor de un 43% del PIB y en valores aun menores si no se considera a los acreedores del propio sector público.
Ocurre pues que, como tantas otras veces en el pasado, el crecimiento del país no es sostenible y se basa en hipotecar parte importante del bienestar de las generaciones futuras. No obstante, la Argentina cumplirá en 2010 nueve años sin un derrumbe macroeconómico, acercándose al récord de 1963 a 1974, y esto es muy bueno para el país, para la democracia y para los más pobres, siempre los que más sufren esas catástrofes. El marco mundial favorable centrado en los países emergentes puede durar aún un par de décadas, por lo que habrá nuevas oportunidades de lograr un desarrollo integral y sostenible sin pasar necesariamente por un nuevo trauma.
Por ello es difícil que la campaña electoral de 2011 esté centrada en el problema económico, salvo en el caso de la inflación, que sí será protagonista. En parte será así porque las generaciones futuras no votan o no tienen información completa sobre los costos que les acarrearán las actuales políticas. Por ejemplo, los más jóvenes no han vivido los dramas nacionales con la inflación. Ante un Gobierno que esgrimirá sólo la cara complaciente de esta economía fantástica, la oposición se las deberá ingeniar para mostrar que es posible un futuro verdaderamente mejor en lo económico, pero también en lo político y en lo social.

El autor es economista y sociólogo. Fue ministro de Educación de la Nación
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domingo, 11 de julio de 2010

Pulseadas en el palacio global. Por Juan José LLach


Rara vez se hicieron tantos esfuerzos por "marcar la cancha" como en los días previos al encuentro de jefes de Estado del G20 en Toronto, el pasado fin de semana. Se evidenció el choque entre dos culturas económicas. La norteamericana, que privilegia el combate a la recesión por la memoria de la Gran Depresión, y la europea, que teme más a la inflación por el recuerdo de las hiperinflaciones de posguerra. El presidente Obama escribió a sus pares del G20 que era necesario volver a coordinar políticas globales y mantener los estímulos para reforzar la recuperación, dejando para el mediano plazo la reducción de los déficits fiscales. Economistas como Krugman también advirtieron el riesgo de una trampa deflacionaria si se quitan los estímulos. La canciller Merkel respondió defendiendo los ajustes presupuestarios europeos como el mejor camino para generar confianza e inducir más gasto, y también el modelo exportador alemán, desechando así un mayor impulso a la demanda interna.


Sobrevuelan los pájaros agoreros de los EEUU en 1937 y de Japón en los noventa, cuando se recayó en la recesión al cesar los estímulos fiscales. El FMI se pronunció algo más a favor de los EEUU, y estimó junto al Banco Mundial que con coordinación más reformas el PIB global aumentaría 8% más, se crearían 52 millones de empleos y casi 100 millones de personas saldrían de la pobreza. China hizo su parte, y anunció al fin formalmente la flotación administrada del yuan, sin que deba esperarse una rápida apreciación de su moneda. Pero huelgas inéditas mediante, lanzó también una campaña incitando al pueblo a consumir, claro indicio del mayor papel que se dará en Asia al mercado interno de aquí en más, gran noticia para toda Sudamérica.
Por cuerda separada, en la crucial cuestión de una nueva regulación financiera globalmente coordinada, EEUU llegó a Toronto con un acuerdo que se aprobará en el Congreso sobre una reforma que moderará excesos en la toma de riesgos, limitará las compensaciones a los ejecutivos bancarios, brindará mayor protección a los consumidores, dará más transparencia a los mercados de derivados, buscará alternativas para el problema de "demasiado grande para quebrar" y asegurará que al menos parte de los costos de las bancarrotas no sean pagados por los contribuyentes. Mucho más limitadamente, Europa anunció que publicará los resultados de las pruebas de fortaleza de sus bancos, las que deberán incluir la evaluación de los riesgos soberanos, pero no hizo aun concesiones sobre capitales mínimos, paraísos fiscales, fondos de cobertura y calificadoras de riesgo. Hay una sorda pero clara guerra por el negocio bancario entre Europa y los EEUU.
En un contexto como el descrito el comunicado final no podía ser sino diplomático. Su síntesis es "consolidación fiscal -nuevo nombre del ajuste- afín al crecimiento". EEUU y los keynesianos encontrarán aquí y allá párrafos a su gusto sobre la necesidad de continuar con los programas de estímulo, crear condiciones para una robusta demanda interna y reducir la dependencia de la demanda externa en los países superavitarios, claro mensaje a Alemania y China. Los ortodoxos y los europeos -sobre todo los alemanes- subrayarán los párrafos que exhortan a programas fiscales a medida para cada país y llaman a reducir a la mitad los déficits fiscales para el 2013 y a estabilizar o disminuir la relación deuda/PIB para 2016. En la cuestión financiera se reconoció que falta mucho por hacer, algo obvio, reiterando la larga lista de deberes antes mencionada al respecto de la fase preparatoria. Fue más relevante el compromiso de no imponer nuevas barreras al comercio -advertencia clara para la Argentina y otros países- ni medidas de promoción de exportaciones incompatibles con la OMC hasta 2013, llamándose en cambio más vagamente a finalizar la fonda Doha "tan pronto como sea posible". Por último, se decidió aumentar en 350 mil millones de dólares el capital de los bancos de desarrollo, lo que en el caso del BID permitirá llevar la cartera de préstamos anuales desde 6.700 a 12.000 millones de dólares, una buena noticia.
Un grande y peligroso experimento global se ha puesto así en marcha, el de seguir apostando por la globalización económica y aun financiera sin suficientes regulaciones mundiales comunes ni menos aun con una autoridad capaz de hacer cumplir las obligaciones. No es el mejor escenario, y debe recordarse que la salida de la peor crisis global desde 1929 se inició en abril de 2009, después de la reunión del G20 en Londres, cuando se dieron claras señales de coordinación de las políticas fiscales y monetarias más el mensaje de que se haría todo lo necesario para evitar los defaults soberanos y las quiebras de bancos, hasta nuevo aviso. Nada semejante ocurrió ahora. Claramente no era fácil, porque las urgencias no son las mismas de entonces y aprietan de modo diferente a unos y otros. Las garantías siguen de algún modo en pie, pero más discrecionales, como se mostró en las vacilaciones sobre Grecia y otros países. La mayor laxitud de los EEUU es posible porque, como se vio claramente a lo largo de esta crisis, su moneda sigue siendo, y por lejos, la de mayor demanda global. Esto les permite conservar el recurso de una emisión no inflacionaria de dinero si las cosas se agravaran. Europa está en situación distinta, ya que la demanda de euros ha caído claramente y, como se vio con la crisis griega, aun los bonos de países europeos importantes pueden sufrir el castigo de los mercados. Pero también es cierto que moderadas señales del Banco Europeo de mayor distensión monetaria podrían dar lugar a un poco más de inflación allí, para hacer más llevadera la reducción de los déficit, y también para afianzar la competitividad buscada en la reciente visión Europa 2020, documento que marca una fuerte apuesta al acceso a la sociedad del conocimiento, apuntando a invertir al 3% el PIB en ciencia y tecnología.
Como contracara de tantos desatinos al fin se ha "oficializado" el nuevo y decisivo rol de los países emergentes. Trichet les reconoce haber sido la fuente de fortaleza de la economía global y Ben Bernanke dice que ella dependerá cada vez más de los emergentes para mantener un crecimiento fuerte y lograr estabilidad económica y financiera. Aunque ellos no son inmunes a tantos desacuerdos empieza a perfilarse un nuevo escenario en el que Europa crezca poco pero el restante 80% de la economía global pueda compensarlo, cumpliéndose así los pronósticos coincidentes del FMI y la OECD de un crecimiento mundial mayor al 4% en 2010 y 2011. Ayudará a la continuidad de la recuperación el hecho de que los desequilibrios de balances de pagos se estén reduciendo, dado que ellos fueron los generadores de la excesiva liquidez que dio lugar a los excesos financieros depredadores, sobre todo por el exceso de gasto de los EEUU y el exceso de ahorros de los petroleros y los asiáticos, con China a la cabeza. Pero esta mejora se ha producido hasta ahora más bien por la vía negativa de una reducción del comercio, por lo que los desequilibrios pueden volver a aumentar si se afianza la recuperación. El camino no estará exento pues de turbulencias, aun fuertes, porque con bajo crecimiento aumentan los riesgos de contagios fiscales y financieros en Europa y de allí al mundo. Alienta que el propio Nouriel Roubini haya cambiado de opinión, dejando de lado el pronóstico de una recaída de la economía global y previendo en cambio una desaceleración en el segundo semestre, lo que sería lógico porque el mundo ha estado creciendo al 5%, una tasa probablemente insostenible sin riesgos de burbujas. Puede mantenerse así un moderado optimismo sobre la economía global, y claramente mayor para los países emergentes, los socios estratégicos de la Argentina. Pero cuanto mejor estaríamos hoy de haberse mostrado mayores y más acertados consensos en la cumbre que acaba de finalizar.
RARA vez se hicieron tantos esfuerzos por "marcar la cancha" como en los días previos al encuentro de jefes de Estado del G-20 en Toronto, el pasado fin de semana. Se evidenció el choque entre dos culturas económicas. La norteamericana, que privilegia el combate a la recesión por la memoria de la Gran Depresión, y la europea, que teme más a la inflación, por el recuerdo de las hiperinflaciones de posguerra. El presidente Obama escribió a sus pares del G-20 que era necesario volver a coordinar políticas globales y mantener los estímulos para reforzar la recuperación, dejando para el mediano plazo la reducción de los déficits fiscales. Economistas como Paul Krugman también advirtieron sobre el riesgo de una trampa deflacionaria si se quitan los estímulos. La canciller Merkel respondió defendiendo los ajustes presupuestarios europeos como el mejor camino para generar confianza e inducir más gasto, y también el modelo exportador alemán, desechando así un mayor impulso a la demanda interna. Sobrevuelan los pájaros agoreros de los EE.UU. en 1937 y de Japón en los noventa, cuando se recayó en la recesión al cesar los estímulos fiscales. El FMI se pronunció algo más a favor de los EE.UU., y estimó, con el Banco Mundial, que con coordinación más reformas el PBI global aumentaría 8% más, se crearían 52 millones de empleos y casi 100 millones de personas saldrían de la pobreza. China hizo su parte y anunció al fin formalmente la flotación administrada del yuan, sin que deba esperarse una rápida apreciación de su moneda. Pero, huelgas inéditas mediante, lanzó también una campaña incitando al pueblo a consumir, claro indicio del mayor papel que se dará en Asia al mercado interno de aquí en más. Gran noticia para América del Sur.
Por cuerda separada, en la crucial cuestión de una nueva regulación financiera globalmente coordinada, Estados Unidos llegó a Toronto con un acuerdo, que se aprobará en el Congreso, sobre una reforma que moderará excesos en la toma de riesgos, limitará las compensaciones a los ejecutivos bancarios, brindará mayor protección a los consumidores, dará más transparencia a los mercados de derivados, buscará alternativas para el problema de "demasiado grande para quebrar" y asegurará que al menos parte de los costos de las bancarrotas no sean pagados por los contribuyentes.
Mucho más limitadamente, Europa anunció que publicará los resultados de las pruebas de fortaleza de sus bancos, que deberán incluir la evaluación de los riesgos soberanos, pero no hizo aún concesiones sobre capitales mínimos, paraísos fiscales, fondos de cobertura y calificadoras de riesgo. Hay una sorda pero clara guerra por el negocio bancario entre Europa y los Estados Unidos.
En un contexto como el descripto, el comunicado final no podía haber sido sino diplomático. Su síntesis es "consolidación fiscal -nuevo nombre del ajuste- afín con el crecimiento". EE.UU. y los keynesianos encontrarán aquí y allá párrafos a su gusto sobre la necesidad de continuar con los programas de estímulo, crear condiciones para una robusta demanda interna y reducir la dependencia de la demanda externa en los países superavitarios, claro mensaje a Alemania y China.
Los ortodoxos y los europeos -sobre todo, los alemanes- subrayarán los párrafos que exhortan a adoptar programas fiscales a medida para cada país y llaman a reducir a la mitad los déficits fiscales para 2013 y a estabilizar o disminuir la relación deuda-PBI para 2016. En la cuestión financiera se reconoció que falta mucho por hacer -algo obvio-, reiterando la larga lista de deberes antes mencionada al respecto de la fase preparatoria.
Fue más relevante el compromiso de no imponer nuevas barreras al comercio -advertencia clara para la Argentina y otros países- ni medidas de promoción de exportaciones incompatibles con la OMC hasta 2013. En cambio, se llamó más vagamente a finalizar la Ronda de Doha "tan pronto como sea posible". Por último, se decidió aumentar en 350.000 millones de dólares el capital de los bancos de desarrollo, lo que en el caso del BID permitirá llevar la cartera de préstamos anuales de 6700 a 12.000 millones de dólares, una buena noticia.
Un grande y peligroso experimento global se ha puesto, así, en marcha: el de seguir apostando por la globalización económica y aun financiera sin suficientes regulaciones mundiales comunes y, menos aún, con una autoridad capaz de hacer cumplir las obligaciones. No es el mejor escenario, y debe recordarse que la salida de la peor crisis global desde 1929 se inició en abril de 2009, después de la reunión del G-20 en Londres, cuando se dieron claras señales de coordinación de las políticas fiscales y monetarias, además del mensaje de que se haría todo lo necesario para evitar los defaults soberanos y las quiebras de bancos hasta nuevo aviso. Nada semejante ocurrió ahora. Claramente no era fácil, porque las urgencias no son las mismas de entonces y aprietan de modo diferente a unos y otros. Las garantías siguen, de algún modo, en pie, pero son más discrecionales, como se mostró en las vacilaciones sobre Grecia y otros países. La mayor laxitud de los EE.UU. es posible porque, como se vio claramente a lo largo de esta crisis, su moneda sigue siendo, y por lejos, la de mayor demanda global. Esto les permite conservar el recurso de una emisión no inflacionaria de dinero si las cosas se agravan. Europa está en situación distinta, ya que la demanda de euros ha caído claramente y, como se vio con la crisis griega, aun los bonos de países europeos importantes pueden sufrir el castigo de los mercados. Pero también es cierto que moderadas señales del Banco Europeo de mayor distensión monetaria podrían dar lugar a un poco más de inflación allí, para hacer más llevadera la reducción del déficit y también para afianzar la competitividad buscada en la reciente visión de Europa 2020, documento que marca una fuerte apuesta al acceso a la sociedad del conocimiento, apuntando a invertir el 3% del PBI en ciencia y tecnología.
Como contracara de tantos desatinos, al fin se ha "oficializado" el nuevo y decisivo papel de los países emergentes. Trichet, el presidente del Banco Central Europeo, les reconoce haber sido la fuente de fortaleza de la economía global, y Ben Bernanke dice que ella dependerá cada vez más de los emergentes para mantener un crecimiento fuerte y lograr estabilidad. Aunque ellos no son inmunes a tantos desacuerdos, empieza a perfilarse un nuevo escenario en el que Europa crezca poco, pero el restante 80% de la economía global pueda compensarla. Así se cumplirían los pronósticos coincidentes del FMI y la OCDE de un crecimiento mundial superior al 4% en 2010 y 2011. Ayudará a la continuidad de la recuperación el hecho de que los desequilibrios de balances de pagos se estén reduciendo, dado que ellos fueron los generadores de la excesiva liquidez que dio lugar a los excesos financieros depredadores, sobre todo por el desmedido gasto de los EE.UU. y los ahorros de los países petroleros y los asiáticos, con China a la cabeza. Pero esta mejora se ha producido hasta ahora más bien por la vía negativa de una reducción del comercio, por lo que los desequilibrios pueden volver a aumentar si se afianza la recuperación. El camino no estará exento, pues, de turbulencias, aún fuertes, porque con bajo crecimiento aumentan los riesgos de contagios fiscales y financieros en Europa, y de allí al mundo. Alienta que el profesor Nouriel Roubini haya cambiado de opinión, dejando de lado el pronóstico de una recaída de la economía global y previendo, en cambio, una desaceleración en el segundo semestre, lo que sería lógico, porque el mundo ha estado creciendo al 5%, una tasa probablemente insostenible sin riesgos de burbujas. Puede mantenerse, así, un moderado optimismo sobre la economía global, claramente mayor para los países emergentes, los socios estratégicos de la Argentina. Pero ¡cuánto mejor estaríamos hoy de haberse mostrado mayores y más acertados consensos en la cumbre que acaba de finalizar!
Juan J. Llach es economista y sociólogo. Fue ministro de Educación de la Nación.


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Declaración Final de la reunión del G-20, en Toronto (Canadá)

(Toronto, Junio 28 de 2010)
- En Toronto se ha celebrado la primera cumbre del G20 en su nueva capacidad como el principal fórum económico de cooperación internacional. - Tras los logros conseguidos en afrontar la crisis económica mundial, hemos acordado el siguiente paso que debemos tomar para retomar plenamente al crecimiento y al empleo, reformar y fortalecer los sistemas financieros, y crear un crecimiento mundial fuerte, sostenido y equilibrado. - Nuestros esfuerzos hasta la fecha han dado buenos resultados, pero sigue habiendo serios desafíos por delante. Aunque vuelve a haber crecimiento, la recuperación es desigual y frágil, el desempleo en muchos países está en niveles inaceptables, y el impacto social de la crisis se sigue sintiendo de manera muy fuerte. Fortalecer la recuperación es un factor clave. Para ello. necesitamos seguir con los planes de estímulo, mientras creamos las condiciones para aumentar la demanda interna.

Al mismo tiempo, eventos recientes han puesto de manifiesto la importancia de contar con unas finanzas públicas sostenibles, y de poner en marcha un plan creíble para lograrlo, un plan diferenciado y a la medida de cada país. Los países con serios problemas fiscales necesitan acelerar el camino de la consolidación. Se necesitan además más progresos para reformar el sistema financiero, para aumentar la transparencia, y mejorar la solvencia de las entidades. Marco para un crecimiento fuerte, sostenido y equilibrado ---------------------------------------------------------- - La principal prioridad del G20 es salvaguardar y reforzar la recuperación y sentar las bases de un crecimiento fuerte, sostenible, equilibrado y reforzar nuestros sistemas financieros frente a los riesgos. Por ello damos la bienvenida a las acciones y compromisos adoptados por un número de países del G20 para impulsar la demanda y equilibrar el crecimiento, fortalecer nuestras finanzas públicas y hacer nuestros sistemas financieros más fuertes y más transparentes. Estas medidas representan una contribución sustancial a nuestras prosperidad colectiva sobre la base de nuestras acciones previas. Continuaremos cooperando y adoptando las acciones que sean apropiadas para reforzar nuestro crecimiento económico y propiciar una recuperación fuerte y duradera. - El marco para un crecimiento fuerte, sostenible y equilibrado que lanzamos en Pittsburgh es el instrumento para alcanzar nuestros objetivos comunes, al evaluar la consistencia de nuestras políticas de manera conjunta y reforzar nuestros marcos de política - Hemos finalizado la primera etapa de nuestro proceso de evaluación mutua y hemos concluido que podemos hacerlo mucho mejor. El FMI y el BM estiman que si elegimos una senda más ambiciosa de reformas en el medio plazo: .El PIB mundial se incrementará en casi 4 billones de dólares .Se crearán decenas de millones de empleos .Un número mayor de personas saldrán de la pobreza .Y los desequilibrios globales se verán significativamente reducidos. -Incrementar el crecimiento global de manera sostenible es el paso más importante que podemos dar para mejorar las vidas de nuestros ciudadanos, incluidos los de los países más pobres - Estamos comprometidos para adoptar acciones conjuntas que permitan sostener la recuperación, crear empleos y alcanzar un crecimiento más fuerte, más equilibrado y más sostenible. Estas serán diferenciadas y adaptadas a las circunstancias nacionales. Hemos acordado hoy: - Continuar con los planes de estímulo fiscal y comunicar planes de consolidación fiscal que propicien el crecimiento en los países desarrollados, a ser implementados de ahora en adelante. Mantener unas finanzas públicas solventes es esencial para apoyar la recuperación y proveer flexibilidad para hacer frente a nuevas perturbaciones y asegurar la capacidad para asumir el reto del envejecimiento de la población, evitando dejar a las generaciones futuras un legado de déficit y deuda. La senda de ajuste debe de ser calibrada con cuidado para sostener la recuperación de la demanda privada. -Existe el riesgo de que un ajuste fiscal sincronizado en varias de las principales economías pueda afectar adversamente a la recuperación. También existe el riesgo de minar la confianza y afectar al crecimiento, en caso de no adoptar procesos de consolidación fiscal donde sean precisos. Reflejando este difícil equilibrio, las economías avanzadas han comprometido planes que implican reducir los déficit públicos al menos a la mitad en 2013 y estabilizar o reducir el nivel de deuda pública sobre el PIB en 2016. Reconociendo las circunstancias de Japón, damos la bienvenida al plan de consolidación fiscal anunciado recientemente por el Gobierno japonés junto a su estrategia de crecimiento. Aquellos países con serios retos fiscales deben acelerar el ritmo de consolidación. Los planes de consolidación fiscal deberán ser creíbles, claramente comunicados, diferenciados según las circunstancias nacionales y centrados en medidas que propicien el crecimiento económico. - Reforzar las redes de bienestar social, impulsar la reforma del gobierno corporativa, desarrollar los mercados financieros, incrementar el gasto en infraestructura y flexibilizar el mayor medida el tipo de cambio en algunas economías emergentes. - Impulsar las reformas estructurales en todos los miembros del G20 para incrementar y sostener nuestras expectativas de crecimiento y acometer mayores progresos para reequilibrar la demanda global -La política monetaria continuará siendo apropiada para alcanzar la estabilidad de precios y contribuir de esta forma a la recuperación. - los países desarrollados con déficit (por cuenta corriente) deberán adoptar medidas para incrementar el ahorro nacional, manteniendo abiertos, al mismo tiempo, los mercados e impulsando la competitividad de sus exportaciones. - Las economías con superávit, (por cuenta corriente) deberán adoptar reformas para reducir su dependencia de la demanda externa y centrarse más en fuentes de crecimiento domésticas - Estamos comprometidos en reducir la brecha entre los países desarrollados y en desarrollo y a considerar el impacto de nuestras medidas sobre los países de menor renta. Continuaremos apoyando la financiación al desarrollo, incluyendo nuevas medidas de impulso por parte de fuentes públicas y privadas. - Reconocemos que estas medidas deben ser implementadas a nivel nacional y que deben ser ajustadas a las condiciones de cada país. Para facilitar este proceso, hemos acordado que la segunda etapa de nuestra evaluación mutua será realizada a nivel de país y a nivel europeo, y que cada uno de nosotros identificaremos medidas adicionales si es preciso para alcanzar un crecimiento fuerte sostenible y equilibrado. Leer más...