Guerra de monedas", fue la expresión más escuchada en la última reunión del Banco Mundial y del FMI en Washington. ¿Qué es la guerra de monedas y por qué se ha convertido en un tema relevante en esta coyuntura? ¿Cómo puede afectar a los países de América latina?
La intervención de los bancos centrales para depreciar sus monedas e intentar de esa manera mejorar la competitividad de sus países, o al menos para evitar su apreciación, puede convertirse en una guerra de monedas si todos intentan hacerlo al mismo tiempo, como pasó en la crisis de la década del 30. El paso siguiente puede ser el aumento del proteccionismo, que creció a niveles alarmantes en ese entonces.
Las razones estructurales vinculadas al valor de las distintas monedas son los desequilibrios globales. Ejemplo de ello es el fuerte superávit en cuenta corriente de China, Alemania, Japón y los países de Medio Oriente y el fuerte déficit de EE.UU., acompañado, entre otros, por varios países del este y sur de Europa (más Irlanda). La corrección de esos desequilibrios, que contribuyeron a la última crisis, requeriría una apreciación de la moneda de los países acreedores y una devaluación de la de los deudores. En las últimas semanas hemos visto la apreciación del euro y del yen, pero poco y nada del yuan chino. Los problemas de competitividad que ello genera en una Europa muy heterogénea ya los hemos tratado en otra oportunidad.
Claro está que no se trata sólo de corregir el tipo de cambio, sino que, además, los países acreedores debieran aumentar su demanda interna. Sin este aumento del consumo interno, el solo ajuste cambiario tiende a ser poco o nada efectivo a escala global.
Pero más allá de los factores estructurales, la explicación de por qué la "guerra de monedas" comienza a ocupar titulares en la actualidad es porque EE.UU. y Europa están mostrando un muy bajo crecimiento en el segundo semestre y todo hace pensar que esa tendencia se mantendrá, al menos a lo largo de 2011. Son el bajo crecimiento y el elevado desempleo que comienzan a caldear el ambiente. ¿Revaluar el euro cuando la economía de Europa padece un crecimiento anémico? Y la misma pregunta se hacen los japoneses y comienzan a intervenir en defensa del yen después de una fuerte apreciación. EE.UU., ante un crecimiento anémico y su incapacidad política para expandir la política fiscal, anuncia medidas adicionales de la Reserva Federal, lo que ayuda a devaluar el dólar, encrespando los ánimos del otro lado del Atlántico y del Pacífico. ¿Y China? Por ahora diciendo que hará un ajuste gradual de su moneda, que al ritmo que lleva puede llevar muchos años, mientras su gobierno expresa su preocupación por los problemas sociales que la apreciación del yuan puede ocasionar. Y uno se pregunta, ¿no habrá espacio para mantener el ritmo de crecimiento subiendo el consumo privado, que es de apenas 40% del producto?
En síntesis, un escenario problemático que puede complicarse aún más, por ejemplo en términos de aumento del proteccionismo, en especial si se tiene en cuenta que, como suele suceder en estas ocasiones, se están generando reacciones nacionalistas y de grupos conservadores en distintos países, como el caso del Tea Party en EE.UU. Es probable que no lleguemos a los extremos de la década del 30, pero todos los ingredientes están sobre la mesa, aunque también la experiencia de los resultados de esas políticas.
Mientras tanto, aumenta la incertidumbre y, consecuentemente, las empresas no se animan a invertir y los consumidores a consumir, con lo cual se consolida la tendencia a un lento crecimiento del mundo desarrollado.
¿Cómo ese escenario podría afectar a América latina? En primer lugar, a través de un menor ritmo de crecimiento, ya que EE.UU., Europa y Japón todavía representan más del 50% del producto mundial. Desde ya que ello afectará en mayor medida a los países dependientes en forma directa de esos mercados, pero en un mundo interconectado el impacto nos llegará a todos. En el segundo lugar, en el intento de evitar bajas tasas de crecimiento, el mundo desarrollado, y en especial Estados Unidos, será aún más expansivo desde el punto de vista monetario. Dadas las restricciones en el plano fiscal, no hay muchas alternativas, pero la consecuencia será más liquidez y, por ende, una fuerte tendencia a la búsqueda de rentabilidades en los países en desarrollo, lo que se manifestará en la profundización de la corriente al ingreso de capitales en esos países. O sea, menos demanda externa y fuerte expansión del crédito.
En síntesis, enfrentaremos precios relativamente elevados para las materias primas, poca demanda para productos manufacturados, aumento de la demanda interna, tendencia a la apreciación cambiaria y deterioro de la cuenta corriente. La respuesta debiera ser un paquete de medidas para evitar un excesivo crecimiento de la demanda y la apreciación cambiaria, que incluya políticas fiscales y financieras contracíclicas, compra de reservas con esterilización monetaria y restricciones a la entrada de capitales financieros.
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domingo, 17 de octubre de 2010
La guerra de las monedas puede amenazar la reactivación global. Por Julio Sevares
(Publicado en iEco de Clarín el Domingo 17 de octubre de 2010)
Claramente está comenzando a circular la idea de que las monedas pueden ser empleadas como un arma de política (monetaria)", alertó el director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn. Al mismo tiempo, el secretario del Tesoro estadounidense, Timothy Geithner, dijo que la responsabilidad de ese enfrentamiento era de los países que tienen grandes superávits comerciales, que deben dejar que sus monedas se aprecien para evitar una ronda destructiva de devaluaciones competitivas.
The Economist compartió esta opinión sosteniendo que "el mundo estaría mejor servido" si se "recalibran las políticas económicas", lo cual incluye que los países ricos avancen cuidadosamente en la consolidación fiscal y las economías emergentes permitan que sus monedas se aprecien más". Esta corriente de opinión remite, implícita y en algunos casos explícitamente, a la ola de devaluaciones competitivas de los años treinta, en la cual Estados Unidos tuvo una participación destacada, y que tuvo efectos desastrosos para la economía mundial en depresión. Desde otra vereda, el ministro de Hacienda brasileño, Guido Mantega, también sostuvo que "estamos en una guerra cambiaria internacional", pero acusó a las potencias centrales de querer debilitar sus monedas para minar la competitividad brasileña. Bien mirado, el escenario se parece más al descripto por Mantega que al de los representantes de los países centrales: actualmente no hay devaluaciones competitivas sino intentos de varios gobiernos de evitar una mayor revaluación de sus monedas para no perder competitividad. Este mes, el yen llegó a su máxima valuación con relación al dólar desde 1995; el euro está más barato que hace un año, pero en los últimos seis meses se revaluó casi un 10% en relación con el dólar. En el último año, el won coreano se revaluó un 3%; la rupia india, un 4%; el renminbi chino, un 2,6% y el real, 7% (Currency Converter de The Economist La escalada discursiva se explica, en primer lugar, por el interés de Estados Unidos de devaluar su propia moneda frente a sus socios comerciales, lo cual, como el dólar no puede devaluarse con relación a sí mismo, requiere una revaluación de las monedas ajenas. En segundo lugar, por la resistencia de países como China y Brasil a tolerar una mayor apreciación de sus monedas, movimiento que puede afectar su frente externo y su ritmo de crecimiento. En el caso de China, el peligro externo no es grande porque tiene un elevado superávit en cuenta corriente, pero Brasil lo tiene en la zona roja desde hace más de dos años. A esto se suma el dilema cambiario de la eurozona y las sombras que proyecta sobre la solidez del euro (ver "Eurolandia ..."). Los movimientos cambiarios se deben a factores reales, como los desequilibrios entre balances de cuenta corriente de las principales economías, y a la fuerza que tienen las grandes corrientes de capital para mover a las divisas por encima o por debajo de lo que debería determinar la economía real. Desequilibrios y tipo de cambio Estados Unidos tiene, desde la década del setenta, una historia de déficit en cuenta corriente que pudo financiar por detentar el "exorbitante privilegio", como lo llamara Charles De Gaulle, de emitir su propia moneda. En los años previos a la crisis ese déficit había bajado, pero luego aumentó hasta un 3,4% del PBI, lo que representa más de la mitad de los déficits acumulados en todo el mundo. En la vereda de enfrente, China tiene un superávit de 2,2% del PBI; Alemania, del 4,7%; Japón, 3% y Corea del Sur, 4%. Pero en la lista de los "enemigos cambiarios" está también Brasil, con un déficit de cuenta corriente del 1,5% de su PBI, lo cual, desde el punto de vista de la teoría neoclásica, lo habilitaría no sólo para evitar la apreciación de su moneda, sino también para devaluar. Según esa teoría, en un mercado libre, los déficits en cuenta corriente, deberían dar lugar a un "ajuste natural" consistente en el realineamientos de monedas revaluación de los superavitarios y viceversa hasta llegar a un equilibrio. Pero esto no sucede por diversos motivos: uno, porque Estados Unidos puede emitir la moneda de reserva internacional y es considerado un refugio de última instancia para los capitales, aun cuando está en crisis, lo cual le permite sostener en el tiempo déficits elevados. Otra razón es que los países que tienen grandes ingresos de capital acumulan reservas, reduciendo las presiones para una apreciación de sus monedas que provocaría una mayor salida de divisas por importaciones. Como sostiene Martin Wolf en el Financial Times (4-10-10), "el ajus- te natural sigue viéndose frustrado por la acumulación de reservas en moneda extranjera. Estas sumas representan una salida de capitales oficiales". Entre enero de 1999 y julio de 2008, las reservas oficiales mundiales aumentaron de 1,615 billones de dólares a 7,534 billones -- un impresionante aumento de 5,918 billones (millones de millones). Este aumento fue, se podría decir, una forma de autoseguro (de los países que acumularon reservas) después de las crisis anteriores. Un tercer factor es que los ingresos de capital en muchos países tienen lugar por razones financieras. La apreciación de monedas de países emergentes y el temor de que esta tendencia se profundice se debe, precisamente, a un fuerte aumento de los ingresos de capital de esa zona Economia. El Institute of International Finance (IIF), que reúne a las principales entidades financieras del mundo, calcula que este año los ingresos de capital de los países emergentes aumentarán un 25% y el año próximo un 5%, y la salida será menor que el ingreso, por lo que el grupo aumentará su superávit en cuenta corriente. "Los capitales --dice José María Fanelli, del CEDES-- vuelan como aviones uscando donde aterrizar" (iEco 10-10-10). Los capitales vuelan al mundo emergente, que representa el 40% del PBI mundial, (China, 9%), atraídos por el crecimiento y las oportunidades de inversión real, pero en algunos casos también por las altas tasas de interés que mantienen para contener la inflación, como sucede en Brasil. En estos casos, la política antiinflacionaria produce un círculo vicioso de atracción de capitales y pérdida de competitividad en los sectores menos basados en recursos primarios que puede conducir a la primarización de las economías. En Brasil, economistas heterodoxos, como Luiz Carlos Bresser Pereira, advierten desde hace años sobre esta amenaza. Controlando al capital Numerosos países, incluyendo Chile y Colombia en los años noventa, tomaron medidas para desalentar el ingreso de capitales especulativos y combatir la revalorización de la moneda. En estos días los controles y las medidas antirrevaluación se extienden. China controla su tipo de cambio y cuando lo necesita, utiliza el poderoso caudal de reservas que equivalen al 30% del total mundial. El Banco Central de Japón acaba de bajar las tasas de interés a casi cero, anunció que las mantendrá en ese nivel y realizó compras de dólares para revaluar su moneda. El Ministerio de Finanzas nipón advirtió que tomará "medidas decisivas" para frenar la apreciación del yen, incluida la intervención en el mercado cambiario. Brasil y otros países emergentes, o no tanto, de América Latina y Asia utilizan impuestos a los ingresos de capitales de corto plazo y operaciones de compra de dólares para balancear la corriente de oferta. Estas políticas tienen un costo porque, para contrarrestar la emisión que realizan, deben esterilizar reabsorber-- parte del dinero lanzado al mercado colocando títulos de deuda por los que deben pagar intereses. Pero el costo de la apreciación es considerado mayor. Las recetas del "doctor dinero" El Fondo Monetario, y la economía ortodoxa estuvieron generalmente en contra de las medidas contra los capitales de corto plazo. Pero en febrero de este año, en una nota sobre política económica, el organismo financiero sostuvo que los controles sobre ingresos de capital pueden ser convenientes cuando están implementados correctamente con otras políticas. Y recientemente, durante la reunión anual del FMI, Nicolás Eyzaguirre, director del Departamento del Hemisferio Occidental del organismo y ex ministro de Hacienda de Chile, defendió las medidas para contener los ingresos de capital como instrumento para evitar el recalentamiento de las economías en Sudamérica. Las presiones para que los países emergentes revalúen sus monedas se debe a que, dados los compromisos asumidos en la Organización Mundial de Comercio (OMC), los países tienen más dificultades para resolver sus problemas externos con lo que en los Estados Unidos del pasado se denominaba "el remedio casero de los republicanos", a saber, el proteccionismo. No obstante, el remedio --aunque en dosis menores-- sigue aplicándose y las dosis pueden aumentar si las medidas antivalorización tienen éxito. Como muestra gratis, la Cámara de Representantes de Estados Unidos acaba de aprobar una ley por la que se pueden imponer aranceles punitorios a las importaciones desde China. La situación parece seria: desde su habitual columna del Financial Times , Martin Wolf gritó dramáticamente: "¡El mercantilismo vive!". China suele responder a estas amenazas con su propio proteccionismo encubierto, como lo sabe la Argentina, que sufrió una restricción a sus exportaciones de aceite como contestación a una serie de medidas antidumping aplicadas por el país a productos chinos. El tema de la supuesta guerra de divisas y de las tensiones comerciales fue planteado en la reciente reunión del FMI y el G-7, pero no se llegó a un acuerdo y se derivó en problema a la reunión del G-20 que se realizará en Seúl en noviembre próximo. En la política económica internacional, como en otros campos, la alternativa a la cooperación es la guerra, en este caso de divisas o comercial. Y debido a la gravedad de los problemas de las economías como consecuencia de la crisis y al inestable equilibrio de fuerzas en la arena de la economía internacional, las posibilidades de un acuerdo son reducidas (Ver columna) Observando este panorama, el ya citado Martin Wolf se lamenta: "me gustaría ser optimista. Pero no lo soy, es muy poco probable que un mundo con políticas de `empobrecer a tu vecino’ termine bien". Leer más...
Claramente está comenzando a circular la idea de que las monedas pueden ser empleadas como un arma de política (monetaria)", alertó el director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn. Al mismo tiempo, el secretario del Tesoro estadounidense, Timothy Geithner, dijo que la responsabilidad de ese enfrentamiento era de los países que tienen grandes superávits comerciales, que deben dejar que sus monedas se aprecien para evitar una ronda destructiva de devaluaciones competitivas.
The Economist compartió esta opinión sosteniendo que "el mundo estaría mejor servido" si se "recalibran las políticas económicas", lo cual incluye que los países ricos avancen cuidadosamente en la consolidación fiscal y las economías emergentes permitan que sus monedas se aprecien más". Esta corriente de opinión remite, implícita y en algunos casos explícitamente, a la ola de devaluaciones competitivas de los años treinta, en la cual Estados Unidos tuvo una participación destacada, y que tuvo efectos desastrosos para la economía mundial en depresión. Desde otra vereda, el ministro de Hacienda brasileño, Guido Mantega, también sostuvo que "estamos en una guerra cambiaria internacional", pero acusó a las potencias centrales de querer debilitar sus monedas para minar la competitividad brasileña. Bien mirado, el escenario se parece más al descripto por Mantega que al de los representantes de los países centrales: actualmente no hay devaluaciones competitivas sino intentos de varios gobiernos de evitar una mayor revaluación de sus monedas para no perder competitividad. Este mes, el yen llegó a su máxima valuación con relación al dólar desde 1995; el euro está más barato que hace un año, pero en los últimos seis meses se revaluó casi un 10% en relación con el dólar. En el último año, el won coreano se revaluó un 3%; la rupia india, un 4%; el renminbi chino, un 2,6% y el real, 7% (Currency Converter de The Economist La escalada discursiva se explica, en primer lugar, por el interés de Estados Unidos de devaluar su propia moneda frente a sus socios comerciales, lo cual, como el dólar no puede devaluarse con relación a sí mismo, requiere una revaluación de las monedas ajenas. En segundo lugar, por la resistencia de países como China y Brasil a tolerar una mayor apreciación de sus monedas, movimiento que puede afectar su frente externo y su ritmo de crecimiento. En el caso de China, el peligro externo no es grande porque tiene un elevado superávit en cuenta corriente, pero Brasil lo tiene en la zona roja desde hace más de dos años. A esto se suma el dilema cambiario de la eurozona y las sombras que proyecta sobre la solidez del euro (ver "Eurolandia ..."). Los movimientos cambiarios se deben a factores reales, como los desequilibrios entre balances de cuenta corriente de las principales economías, y a la fuerza que tienen las grandes corrientes de capital para mover a las divisas por encima o por debajo de lo que debería determinar la economía real. Desequilibrios y tipo de cambio Estados Unidos tiene, desde la década del setenta, una historia de déficit en cuenta corriente que pudo financiar por detentar el "exorbitante privilegio", como lo llamara Charles De Gaulle, de emitir su propia moneda. En los años previos a la crisis ese déficit había bajado, pero luego aumentó hasta un 3,4% del PBI, lo que representa más de la mitad de los déficits acumulados en todo el mundo. En la vereda de enfrente, China tiene un superávit de 2,2% del PBI; Alemania, del 4,7%; Japón, 3% y Corea del Sur, 4%. Pero en la lista de los "enemigos cambiarios" está también Brasil, con un déficit de cuenta corriente del 1,5% de su PBI, lo cual, desde el punto de vista de la teoría neoclásica, lo habilitaría no sólo para evitar la apreciación de su moneda, sino también para devaluar. Según esa teoría, en un mercado libre, los déficits en cuenta corriente, deberían dar lugar a un "ajuste natural" consistente en el realineamientos de monedas revaluación de los superavitarios y viceversa hasta llegar a un equilibrio. Pero esto no sucede por diversos motivos: uno, porque Estados Unidos puede emitir la moneda de reserva internacional y es considerado un refugio de última instancia para los capitales, aun cuando está en crisis, lo cual le permite sostener en el tiempo déficits elevados. Otra razón es que los países que tienen grandes ingresos de capital acumulan reservas, reduciendo las presiones para una apreciación de sus monedas que provocaría una mayor salida de divisas por importaciones. Como sostiene Martin Wolf en el Financial Times (4-10-10), "el ajus- te natural sigue viéndose frustrado por la acumulación de reservas en moneda extranjera. Estas sumas representan una salida de capitales oficiales". Entre enero de 1999 y julio de 2008, las reservas oficiales mundiales aumentaron de 1,615 billones de dólares a 7,534 billones -- un impresionante aumento de 5,918 billones (millones de millones). Este aumento fue, se podría decir, una forma de autoseguro (de los países que acumularon reservas) después de las crisis anteriores. Un tercer factor es que los ingresos de capital en muchos países tienen lugar por razones financieras. La apreciación de monedas de países emergentes y el temor de que esta tendencia se profundice se debe, precisamente, a un fuerte aumento de los ingresos de capital de esa zona Economia. El Institute of International Finance (IIF), que reúne a las principales entidades financieras del mundo, calcula que este año los ingresos de capital de los países emergentes aumentarán un 25% y el año próximo un 5%, y la salida será menor que el ingreso, por lo que el grupo aumentará su superávit en cuenta corriente. "Los capitales --dice José María Fanelli, del CEDES-- vuelan como aviones uscando donde aterrizar" (iEco 10-10-10). Los capitales vuelan al mundo emergente, que representa el 40% del PBI mundial, (China, 9%), atraídos por el crecimiento y las oportunidades de inversión real, pero en algunos casos también por las altas tasas de interés que mantienen para contener la inflación, como sucede en Brasil. En estos casos, la política antiinflacionaria produce un círculo vicioso de atracción de capitales y pérdida de competitividad en los sectores menos basados en recursos primarios que puede conducir a la primarización de las economías. En Brasil, economistas heterodoxos, como Luiz Carlos Bresser Pereira, advierten desde hace años sobre esta amenaza. Controlando al capital Numerosos países, incluyendo Chile y Colombia en los años noventa, tomaron medidas para desalentar el ingreso de capitales especulativos y combatir la revalorización de la moneda. En estos días los controles y las medidas antirrevaluación se extienden. China controla su tipo de cambio y cuando lo necesita, utiliza el poderoso caudal de reservas que equivalen al 30% del total mundial. El Banco Central de Japón acaba de bajar las tasas de interés a casi cero, anunció que las mantendrá en ese nivel y realizó compras de dólares para revaluar su moneda. El Ministerio de Finanzas nipón advirtió que tomará "medidas decisivas" para frenar la apreciación del yen, incluida la intervención en el mercado cambiario. Brasil y otros países emergentes, o no tanto, de América Latina y Asia utilizan impuestos a los ingresos de capitales de corto plazo y operaciones de compra de dólares para balancear la corriente de oferta. Estas políticas tienen un costo porque, para contrarrestar la emisión que realizan, deben esterilizar reabsorber-- parte del dinero lanzado al mercado colocando títulos de deuda por los que deben pagar intereses. Pero el costo de la apreciación es considerado mayor. Las recetas del "doctor dinero" El Fondo Monetario, y la economía ortodoxa estuvieron generalmente en contra de las medidas contra los capitales de corto plazo. Pero en febrero de este año, en una nota sobre política económica, el organismo financiero sostuvo que los controles sobre ingresos de capital pueden ser convenientes cuando están implementados correctamente con otras políticas. Y recientemente, durante la reunión anual del FMI, Nicolás Eyzaguirre, director del Departamento del Hemisferio Occidental del organismo y ex ministro de Hacienda de Chile, defendió las medidas para contener los ingresos de capital como instrumento para evitar el recalentamiento de las economías en Sudamérica. Las presiones para que los países emergentes revalúen sus monedas se debe a que, dados los compromisos asumidos en la Organización Mundial de Comercio (OMC), los países tienen más dificultades para resolver sus problemas externos con lo que en los Estados Unidos del pasado se denominaba "el remedio casero de los republicanos", a saber, el proteccionismo. No obstante, el remedio --aunque en dosis menores-- sigue aplicándose y las dosis pueden aumentar si las medidas antivalorización tienen éxito. Como muestra gratis, la Cámara de Representantes de Estados Unidos acaba de aprobar una ley por la que se pueden imponer aranceles punitorios a las importaciones desde China. La situación parece seria: desde su habitual columna del Financial Times , Martin Wolf gritó dramáticamente: "¡El mercantilismo vive!". China suele responder a estas amenazas con su propio proteccionismo encubierto, como lo sabe la Argentina, que sufrió una restricción a sus exportaciones de aceite como contestación a una serie de medidas antidumping aplicadas por el país a productos chinos. El tema de la supuesta guerra de divisas y de las tensiones comerciales fue planteado en la reciente reunión del FMI y el G-7, pero no se llegó a un acuerdo y se derivó en problema a la reunión del G-20 que se realizará en Seúl en noviembre próximo. En la política económica internacional, como en otros campos, la alternativa a la cooperación es la guerra, en este caso de divisas o comercial. Y debido a la gravedad de los problemas de las economías como consecuencia de la crisis y al inestable equilibrio de fuerzas en la arena de la economía internacional, las posibilidades de un acuerdo son reducidas (Ver columna) Observando este panorama, el ya citado Martin Wolf se lamenta: "me gustaría ser optimista. Pero no lo soy, es muy poco probable que un mundo con políticas de `empobrecer a tu vecino’ termine bien". Leer más...
El cenegal de las hipotecas. Por Paul Krugman

Las autoridades estadounidenses solían dar lecciones a otros países sobre sus errores económicos y les decían que tenían que imitar el modelo de EE UU. En particular, la crisis financiera asiática de finales de los años noventa dio pie a muchos consejos moralizadores cargados de suficiencia. Así, en 2000, Lawrence Summers, por entonces secretario del Tesoro, declaraba que las claves para evitar una crisis económica eran "unos bancos bien capitalizados y supervisados, un gobierno corporativo y unos códigos de quiebra efectivos y unas medidas creíbles de aplicación de los contratos". Se suponía que estas eran cosas que los asiáticos no tenían, pero nosotros sí.
No era así.
Los escándalos contables de Enron y WorldCom destruyeron el mito del gobierno corporativo eficaz. Hoy en día, la idea de que nuestros bancos estaban bien capitalizados y supervisados parece un mal chiste. Y ahora, el desastre de las hipotecas está convirtiendo en sinsentidos las afirmaciones de que tenemos un sistema eficaz de aplicación de los contratos; de hecho, la pregunta actual es si nuestra economía está gobernada por algún tipo de respeto a la ley.
Esta es la historia hasta la fecha: una crisis inmobiliaria épica y un paro elevado y continuado han desencadenado una epidemia de impagos; millones de propietarios de viviendas se demoran en los pagos de sus hipotecas. Así que los administradores -las empresas que recogen los pagos en nombre de los propietarios de las hipotecas- han estado ejecutando muchas hipotecas y han embargado numerosas viviendas.
¿Pero realmente tienen derecho a embargar esas casas? Las historias de terror se han multiplicado, como la del hombre de Florida al que arrebataron su casa aun cuando no tenía ninguna hipoteca. Y lo que es más importante: ciertos agentes han ignorado la ley. Los tribunales han aprobado ejecuciones hipotecarias sin exigir que los administradores de las hipotecas presentasen la documentación apropiada; en vez de eso, han confiado en las declaraciones juradas que afirmaban que los papeles estaban en orden. Y estas declaraciones juradas habían sido emitidas en muchos casos por firmantes robot o por empleados de bajo nivel que no tenían ni idea de si sus afirmaciones eran ciertas.
Ahora se está revelando una terrible verdad: en muchos casos, la documentación no existe. En el frenesí de la burbuja, muchos préstamos de viviendas fueron asumidos por empresas poco fiables que trataban de generar tanto volumen de negocio como fuese posible. Estos préstamos se vendían a fondos fiduciarios que, a su vez, las rebanaban y troceaban para convertirlas en valores hipotecarios. Los fondos fiduciarios tenían la responsabilidad legal de obtener y conservar los pagarés hipotecarios en los que se especificaban las obligaciones de los prestatarios. Pero ahora está claro que esas sutilezas solían descuidarse. Y esto significa que muchas de las ejecuciones hipotecarias que se están produciendo ahora son, de hecho, ilegales.
Esto es muy, muy, negativo. Por un lado, es casi seguro que se está defraudando a un número considerable de prestatarios; les están cobrando cuotas que realmente no adeudan y se está afirmando que faltan a sus pagos cuando, según los términos de sus acuerdos de préstamo, no lo hacen.
Aparte de eso, si los fondos fiduciarios no pueden aportar pruebas de que realmente poseen las hipotecas contra las que han estado vendiendo garantías, los avalistas de estos fondos se enfrentarán a demandas legales por parte de los inversores que compraron dichas garantías (muchas de las cuales ahora solo valen una pequeña fracción de su valor nominal).
¿Y quiénes son estos avalistas? Instituciones financieras importantes (las mismas instituciones supuestamente rescatadas por los programas gubernamentales el año pasado). Así que el desastre de las hipotecas amenaza con generar otra crisis financiera.
¿Qué se puede hacer?
Tal como se preveía, la respuesta de la Administración de Obama ha sido oponerse a cualquier acción que pueda molestar a los bancos, como una moratoria temporal de las ejecuciones hipotecarias mientras se resuelven algunos de los problemas. En lugar de eso, está pidiendo muy amablemente a los bancos que se porten mejor y cambien de comportamiento. Bueno, eso ha funcionado estupendamente en el pasado, ¿verdad?
Aun así, la respuesta de la derecha es todavía peor. Los republicanos del Congreso están esperando su momento, pero los comentaristas conservadores como los de la página editorial de The Wall Street Journal han salido diciendo que la falta de documentación adecuada es una trivialidad. De hecho, dicen que si un banco afirma que posee nuestra casa, debemos aceptar su palabra. A mí esto me hace pensar en la época en que los señores feudales se sentían libres para apropiarse de lo que quisieran, conscientes de que los campesinos no tenían voz ni voto ante los tribunales. Pero sospecho que algunas personas consideran que aquellos eran buenos tiempos.
¿Qué debería suceder? Los excesos de los años de la burbuja han creado una ciénaga legal en la que los derechos de propiedad están mal definidos porque nadie tiene la documentación apropiada. Y cuando no existen unos derechos de propiedad claros es el Gobierno quien tiene el deber de crearlos.
Eso no será fácil, pero ya hay algunas buenas ideas por ahí. Por ejemplo, el Centro para el Progreso Estadounidense ha propuesto que a los asesores hipotecarios y otras entidades públicas se les confiera poder para modificar directamente los préstamos problemáticos y que su criterio sea respetado a menos que el administrador de la hipoteca apele. Esto sería muy útil para aclarar las cosas y nos ayudaría a salir del cenagal.
Una cosa está clara: lo que estamos haciendo ahora no está funcionando. Y fingir que todo va bien no va a servir para convencer a nadie.
Los escándalos contables de Enron y WorldCom destruyeron el mito del gobierno corporativo eficaz. Hoy en día, la idea de que nuestros bancos estaban bien capitalizados y supervisados parece un mal chiste. Y ahora, el desastre de las hipotecas está convirtiendo en sinsentidos las afirmaciones de que tenemos un sistema eficaz de aplicación de los contratos; de hecho, la pregunta actual es si nuestra economía está gobernada por algún tipo de respeto a la ley.
Esta es la historia hasta la fecha: una crisis inmobiliaria épica y un paro elevado y continuado han desencadenado una epidemia de impagos; millones de propietarios de viviendas se demoran en los pagos de sus hipotecas. Así que los administradores -las empresas que recogen los pagos en nombre de los propietarios de las hipotecas- han estado ejecutando muchas hipotecas y han embargado numerosas viviendas.
¿Pero realmente tienen derecho a embargar esas casas? Las historias de terror se han multiplicado, como la del hombre de Florida al que arrebataron su casa aun cuando no tenía ninguna hipoteca. Y lo que es más importante: ciertos agentes han ignorado la ley. Los tribunales han aprobado ejecuciones hipotecarias sin exigir que los administradores de las hipotecas presentasen la documentación apropiada; en vez de eso, han confiado en las declaraciones juradas que afirmaban que los papeles estaban en orden. Y estas declaraciones juradas habían sido emitidas en muchos casos por firmantes robot o por empleados de bajo nivel que no tenían ni idea de si sus afirmaciones eran ciertas.
Ahora se está revelando una terrible verdad: en muchos casos, la documentación no existe. En el frenesí de la burbuja, muchos préstamos de viviendas fueron asumidos por empresas poco fiables que trataban de generar tanto volumen de negocio como fuese posible. Estos préstamos se vendían a fondos fiduciarios que, a su vez, las rebanaban y troceaban para convertirlas en valores hipotecarios. Los fondos fiduciarios tenían la responsabilidad legal de obtener y conservar los pagarés hipotecarios en los que se especificaban las obligaciones de los prestatarios. Pero ahora está claro que esas sutilezas solían descuidarse. Y esto significa que muchas de las ejecuciones hipotecarias que se están produciendo ahora son, de hecho, ilegales.
Esto es muy, muy, negativo. Por un lado, es casi seguro que se está defraudando a un número considerable de prestatarios; les están cobrando cuotas que realmente no adeudan y se está afirmando que faltan a sus pagos cuando, según los términos de sus acuerdos de préstamo, no lo hacen.
Aparte de eso, si los fondos fiduciarios no pueden aportar pruebas de que realmente poseen las hipotecas contra las que han estado vendiendo garantías, los avalistas de estos fondos se enfrentarán a demandas legales por parte de los inversores que compraron dichas garantías (muchas de las cuales ahora solo valen una pequeña fracción de su valor nominal).
¿Y quiénes son estos avalistas? Instituciones financieras importantes (las mismas instituciones supuestamente rescatadas por los programas gubernamentales el año pasado). Así que el desastre de las hipotecas amenaza con generar otra crisis financiera.
¿Qué se puede hacer?
Tal como se preveía, la respuesta de la Administración de Obama ha sido oponerse a cualquier acción que pueda molestar a los bancos, como una moratoria temporal de las ejecuciones hipotecarias mientras se resuelven algunos de los problemas. En lugar de eso, está pidiendo muy amablemente a los bancos que se porten mejor y cambien de comportamiento. Bueno, eso ha funcionado estupendamente en el pasado, ¿verdad?
Aun así, la respuesta de la derecha es todavía peor. Los republicanos del Congreso están esperando su momento, pero los comentaristas conservadores como los de la página editorial de The Wall Street Journal han salido diciendo que la falta de documentación adecuada es una trivialidad. De hecho, dicen que si un banco afirma que posee nuestra casa, debemos aceptar su palabra. A mí esto me hace pensar en la época en que los señores feudales se sentían libres para apropiarse de lo que quisieran, conscientes de que los campesinos no tenían voz ni voto ante los tribunales. Pero sospecho que algunas personas consideran que aquellos eran buenos tiempos.
¿Qué debería suceder? Los excesos de los años de la burbuja han creado una ciénaga legal en la que los derechos de propiedad están mal definidos porque nadie tiene la documentación apropiada. Y cuando no existen unos derechos de propiedad claros es el Gobierno quien tiene el deber de crearlos.
Eso no será fácil, pero ya hay algunas buenas ideas por ahí. Por ejemplo, el Centro para el Progreso Estadounidense ha propuesto que a los asesores hipotecarios y otras entidades públicas se les confiera poder para modificar directamente los préstamos problemáticos y que su criterio sea respetado a menos que el administrador de la hipoteca apele. Esto sería muy útil para aclarar las cosas y nos ayudaría a salir del cenagal.
Una cosa está clara: lo que estamos haciendo ahora no está funcionando. Y fingir que todo va bien no va a servir para convencer a nadie.
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sábado, 16 de octubre de 2010
Somos los colados en la fiesta de los emergentes. Por Enrique Szewach

La crisis financiera de 2008 puso fin a la “fiesta global” que caracterizó los primeros años de este siglo. Ese modelo consistió en que el tradicional motor del consumo mundial, los ciudadanos norteamericanos con acceso al crédito, se convirtieran en un motor “turbo potenciado”, gracias a un conjunto de instrumentos financieros llamados genéricamente “innovación financiera”.
Estos superconsumidores demandaban de los países exportadores con mano de obra barata, principalmente China, India y el resto de los asiáticos emergentes, bienes y servicios diversos. Los asiáticos, a su vez, poblaciones populosas incorporándose al consumo, demandaban alimentos de mejor calidad y materias primas de todo tipo, para la producción, ofrecidos, básicamente por América latina y Africa, y maquinaria y tecnología de última generación, ofrecidas por Alemania, otros europeos y los propios Estados Unidos.
La mayoría de los emergentes venía de defaults seriales hacia finales del siglo pasado, o carecía de instituciones y mercados de capitales sofisticados; por lo tanto, los flujos recibidos del comercio exterior se acumularon como reservas en sus bancos centrales.
Esta acumulación de reservas, a su vez, se tradujo en más fondos fluyendo hacia el mercado financiero global, potenciando aun más esta “cadena de la felicidad”. A su vez, muchos países de la nueva Europa aprovecharon la bonanza financiera y el bajo riesgo de pertenecer al Club del Euro, para financiar gasto público ineficiente y un Estado de bienestar estructuralmente insostenible, colocando deuda en el sistema financiero europeo. Los flujos de fondos, volcados en el mercado de capitales, a su turno generaron una fenomenal “inflación de activos”, las propiedades, las acciones, las commodities, todo subía de precio, aumentando a su vez el crédito disponible, dado que esos activos servían de “colateral” a los créditos.
A este panorama hay que agregarle que la demanda de energía para producir, más la especulación, generaron la suba del precio del petróleo y la mejora de los ingresos de los países productores, principalmente el mundo de los jeques árabes, gastadores de su riqueza en “lujo” e inversiones excéntricas, tanto en sus países como, principalmente, fuera de ellos.
En síntesis, todos felices en medio de una fiesta completa.
Los argentinos participamos tangencialmente de esa fiesta. No entramos al VIP, porque nos aislamos del mundo financiero, rompimos todos los contratos, declaramos el default y salimos de él, parcialmente, con una quita fenomenal, mintiendo en las cifras de inflación, limitando inversiones por “capitalismo de amigos” etc. Pero aun fuera del VIP, pudimos tomar unas copas, y bailar gracias a la soja y otras commodities y gracias a que los argentinos que pueden ahorrar lo hicieron también en ese sistema en que todo subía.
Cuando la burbuja crediticia explotó (no tengo espacio aquí para repasar las razones), lo que desapareció del mapa fue el “superconsumidor americano”, que, al bajar el precio de sus activos, descubrió, de pronto, que estaba recontraendeudado, frenó su consumo, se cortó el crédito y la máquina de la felicidad se puso en reversa afectando a todos.
La crisis se superó con una fenomenal inyección de fondos del Banco Central de Estados Unidos y con más gasto público y deuda. Pero eso sólo creó problemas nuevos. Un dólar débil, un euro en peligro por las deudas públicas de los países de la Europa mediterránea, en tenencia de los bancos europeos. Los inversores tratando de protegerse y ganar algo más que la tasa cero, huyendo hacia el mundo emergente, sus bonos y acciones, el oro, las commodities y los países “receptores” tratando de frenar el flujo de fondos como pueden.
Por ahora, el desaparecido superconsumidor norteamericano no tiene un buen sustituto y, por ello, los países desarrollados, que viven del crédito, muestran muy modestas tasas de crecimiento, mientras los emergentes que reciben las inversiones o la mejora de los precios de sus exportaciones crecen fuerte. Pero, dado que carecen de las instituciones adecuadas, todo este movimiento de fondos hacia los emergentes tiene un techo cercano. Cuando ese techo llegue, esta fiestita emergente tendrá su final. Y allí se verá quiénes están en condiciones estructurales de superar la coyuntura e incorporarse seriamente a un nuevo modelo global y quiénes sólo han estado en la fiesta, de colados.
La mayoría de los emergentes venía de defaults seriales hacia finales del siglo pasado, o carecía de instituciones y mercados de capitales sofisticados; por lo tanto, los flujos recibidos del comercio exterior se acumularon como reservas en sus bancos centrales.
Esta acumulación de reservas, a su vez, se tradujo en más fondos fluyendo hacia el mercado financiero global, potenciando aun más esta “cadena de la felicidad”. A su vez, muchos países de la nueva Europa aprovecharon la bonanza financiera y el bajo riesgo de pertenecer al Club del Euro, para financiar gasto público ineficiente y un Estado de bienestar estructuralmente insostenible, colocando deuda en el sistema financiero europeo. Los flujos de fondos, volcados en el mercado de capitales, a su turno generaron una fenomenal “inflación de activos”, las propiedades, las acciones, las commodities, todo subía de precio, aumentando a su vez el crédito disponible, dado que esos activos servían de “colateral” a los créditos.
A este panorama hay que agregarle que la demanda de energía para producir, más la especulación, generaron la suba del precio del petróleo y la mejora de los ingresos de los países productores, principalmente el mundo de los jeques árabes, gastadores de su riqueza en “lujo” e inversiones excéntricas, tanto en sus países como, principalmente, fuera de ellos.
En síntesis, todos felices en medio de una fiesta completa.
Los argentinos participamos tangencialmente de esa fiesta. No entramos al VIP, porque nos aislamos del mundo financiero, rompimos todos los contratos, declaramos el default y salimos de él, parcialmente, con una quita fenomenal, mintiendo en las cifras de inflación, limitando inversiones por “capitalismo de amigos” etc. Pero aun fuera del VIP, pudimos tomar unas copas, y bailar gracias a la soja y otras commodities y gracias a que los argentinos que pueden ahorrar lo hicieron también en ese sistema en que todo subía.
Cuando la burbuja crediticia explotó (no tengo espacio aquí para repasar las razones), lo que desapareció del mapa fue el “superconsumidor americano”, que, al bajar el precio de sus activos, descubrió, de pronto, que estaba recontraendeudado, frenó su consumo, se cortó el crédito y la máquina de la felicidad se puso en reversa afectando a todos.
La crisis se superó con una fenomenal inyección de fondos del Banco Central de Estados Unidos y con más gasto público y deuda. Pero eso sólo creó problemas nuevos. Un dólar débil, un euro en peligro por las deudas públicas de los países de la Europa mediterránea, en tenencia de los bancos europeos. Los inversores tratando de protegerse y ganar algo más que la tasa cero, huyendo hacia el mundo emergente, sus bonos y acciones, el oro, las commodities y los países “receptores” tratando de frenar el flujo de fondos como pueden.
Por ahora, el desaparecido superconsumidor norteamericano no tiene un buen sustituto y, por ello, los países desarrollados, que viven del crédito, muestran muy modestas tasas de crecimiento, mientras los emergentes que reciben las inversiones o la mejora de los precios de sus exportaciones crecen fuerte. Pero, dado que carecen de las instituciones adecuadas, todo este movimiento de fondos hacia los emergentes tiene un techo cercano. Cuando ese techo llegue, esta fiestita emergente tendrá su final. Y allí se verá quiénes están en condiciones estructurales de superar la coyuntura e incorporarse seriamente a un nuevo modelo global y quiénes sólo han estado en la fiesta, de colados.
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El gran desafío de América Latina. Por Marcos Aguinis

Una investigación prolija y seria desnuda el mayor reto de nuestro continente. Fue elaborada durante años con viajes, reportajes, estadísticas, debates, confesiones, estudios comparativos, hasta llegar a objetivas conclusiones. Esta investigación es ofrecida en un libro que debería leerse y releerse con mucha atención, llamado ¡Basta d e historias!. Su autor, Andrés Oppenheimer, asesta un golpe de luz.
En efecto, demuestra que se debe girar la mirada desde el pasado hacia el futuro. Y el futuro, a partir de nuestro siglo, juega sus piezas decisivas en el campo de la educación. Hace tiempo que insisto en la paradoja de que la educación es "un tema cacareado pero marginal", tanto para argentinos como para muchos latinoamericanos. Pero, por ejemplo, una serie de economistas ya llegan a la convicción de que el crecimiento económico por sí solo nunca va a erradicar la pobreza, a menos que marche acompañado por una sustancial mejora en la calidad educativa. Tampoco habrá desarrollo ni bienestar sin este ingrediente. Tanto se ha devaluado la educación que suele ser un tema aburrido, limitado a consignas inoperantes o reivindicaciones de bajo vuelo. No se tiene conciencia de que es el motor esencial del progreso. Ni se sabe cómo hacerlo rendir.
Los contrastes de América latina con Singapur, China, la India, Israel, Corea del Sur y otros países de crecimiento acelerado son abismales. La mayoría de esos países estaban al final de la cola y en pocas décadas, mediante la revolución educativa, alcanzaron y sobrepasaron a los demás. Son ejemplos que marean. Una pintura ecuánime sobre éxitos y fracasos, experimentos y consistencias, funciona como un catálogo del que pueden obtenerse conocimiento e inspiración. América latina va quedándose muy atrás. Algunos países como Chile, Brasil, Colombia y Uruguay empezaron a dar pasos importantes. Pero no suficientes. La Argentina es la muestra más dolorosa, porque revela una monstruosa degradación desde la cúspide que había alcanzado en la primera mitad del siglo XX. Y los más atrasados son ahora Venezuela, Bolivia y Nicaragua. Algunos, como México, sufren el bloqueo de un sindicalismo enorme y fósil.
Oppenheimer reivindica el impulso que en esta materia genera la paranoia. Bill Gates asegura que "lo mejor que le pasó a los Estados Unidos fue que, en los años 80, todos creían que los japoneses nos iban a superar. Era una idea estúpida, errónea, una tontería. Pero fue ese sentimiento de humildad lo que hizo al país ponerse las pilas". En la Argentina, en cambio, creemos que nuestro aplazo en los rankings internacionales se debe a defectos de los rankings. Confundimos calidad educativa con buenos edificios o un trato amistoso de los docentes, más algunos pobres ajustes en los salarios.
En contraste con los países que se han instalado a la cabeza del mundo, en las universidades latinoamericanas predominan las carreras humanísticas con poca salida laboral y divorciadas de la explosión científica y económica del siglo XXI. Es un atraso cultural que debería ser revertido. Para sólo dar un ejemplo, en China ingresan cada año en la universidad un millón doscientos mil estudiantes a ingeniería y sólo unos pocos miles a historia y filosofía. En la India ocurre lo mismo. América latina y Africa comparten el estigma de ser las regiones del planeta con menos investigación, desarrollo de nuevos productos y carencia de patentes. Sólo el dos por ciento de la inversión mundial en investigación y desarrollo tiene lugar en América latina. No hay suficientes incentivos económicos y de prestigio para que profesores e investigadores se apliquen a concebir nuevos productos, y esto genera el escándalo de las diferencias.
Oppenheimer ofrece cataratas de datos, imposibles de comprimir en un artículo. Algunos son elocuentes y a ellos me limito. Aquí van.
En América latina tenemos las vacaciones más largas del mundo. En la Argentina, a duras penas se quiere llegar a los 180 días de clase. En Japón, el año escolar se extiende a 243 días; en Corea del Sur, a 220; en Israel, a 216; en Holanda, a 200, y lo mismo en Tailandia. Además, ¡los cumplen a rajatabla! En China, los niños estudian 12 horas por día, y no mucho menos los niños de los demás países en pleno ascenso.
Otro factor que se destaca en el mundo desarrollado es que toda la familia se involucra en los esfuerzos del estudiante, tanto para pagar sus gastos como para brindarle apoyos de tutoría cuando flaquean en alguna materia. No conciben quedarse al margen de esa responsabilidad. Ni pedir menos exigencias. En esas sociedades se ha fortalecido un consenso sobre la importancia ineludible de una eficaz educación. Los argentinos que tienen el privilegio de contar con abuelos y bisabuelos que narran su infancia pueden enterarse de que también en esta patria hubo décadas en que las familias de todos los niveles se afanaban por brindar buena educación a sus hijos: no sólo garantizaban su futuro, sino que lo elevaban en el estatus social. Y convirtieron a la Argentina en un país pujante, al que llegaban millones de inmigrantes esperanzados.
En cuanto al ayer, en las sociedades avanzadas lo estudian, por supuesto, pero no lo convierten en el centro de las preocupaciones o de los debates. En América latina circulan actitudes que pretenden volver a lo que ya no existe. Un dirigente boliviano voceó el absurdo de que "¡nuestro futuro es el pasado!". Los libros de texto en China comunista, inversamente, enfatizan el crecimiento, la innovación y la temida globalización, no el pasado. En los nuevos textos escolares de Shanghai la historia del comunismo chino antes de las reformas capitalistas de 1978 se reduce a un párrafo. Mao Tsé-tung es mencionado sólo una vez. Además, los latinoamericanos ya tenemos suficientes pruebas sobre la utilización distorsionada del pasado, que hace una buena cosecha gracias a la baja cultura general. Chávez invoca las porciones de los discursos pronunciados por Bolívar que les son favorables y excluye las que significarían una condena. Bolívar, en su alocución de Angostura el 15 de febrero de 1819 -citado a menudo por el jefe populista-, afirmó algo que calla: "La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos? Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo, de donde se origina la usurpación y la tiranía". Pero Bolívar mismo luego se contradijo en los hechos. Por esta razón conviene dejarlo descansar en paz.
Otra diferencia con los países exitosos en calidad educativa reside en la ruptura del aislamiento. Los dos colosos asiáticos invitan a las universidades más destacadas de Occidente para que abran sucursales en sus territorios y compitan -¡sí, compitan!- con las locales. Los países latinoamericanos manifiestan un miedo cerval a esa competencia y ponen trabas de cualquier orden para impedirlo. China comunista, que hasta hace unas décadas era un país cerrado, tiene más de mil programas de intercambio universitario; ¡170 universidades extranjeras han radicado sucursales en varias ciudades y extienden diplomas tan válidos como las casas chinas! Esta internacionalización, además de incentivar el esfuerzo para destacarse, tiene el objetivo de obtener una inserción más eficiente en la economía global. En América latina, por el contrario, se desea mantener el aislamiento académico, como un modo de ocultar los trapos sucios y no afrontar las descalificaciones. Es notable la diferencia, porque el contacto con el exterior se ha tornado obsesivo en las sociedades de punta; una manifestación extrema la ofrece Singapur, donde las escuelas primarias deben conseguir que un tercio de sus alumnos realice por lo menos una visita guiada al extranjero.
Por otra parte, el aprendizaje del inglés tiene carácter obligatorio desde el comienzo de la etapa escolar, y debe no sólo ser enseñado como idioma, sino que en ese idioma se imparten varias materias, en especial las técnicas. En la Argentina, el inglés no es obligatorio ni siquiera en la universidad.
El grave problema de la inseguridad está ligado de modo profundo a la ignorancia. La ignorancia genera impotencia, frustración y resentimiento. Nunca alcanzarán las medidas represivas, ni las cárceles, ni los encierros de la ciudadanía en guetos que también son atacados. La solución de fondo va ligada con la buena educación, que es responsabilidad de los gobiernos y de toda la sociedad. Es obligación del Estado que ningún niño deje de asistir a la escuela, y si no concurre, es su deber ir a buscarlo donde se refugie.
El libroconcluye con doce claves para el progreso. Forman un programa sensato y plausible. Pero conviene no quedarse sólo con ellas, sino enterarse de la información que las precede. Allí se encontrarán problemas serios y ejemplares soluciones en varios países desarrollados y algunos de América latina. Esas claves ayudarán a tomar conciencia de que la calidad educativa no es un asunto aburrido ni marginal.
Los contrastes de América latina con Singapur, China, la India, Israel, Corea del Sur y otros países de crecimiento acelerado son abismales. La mayoría de esos países estaban al final de la cola y en pocas décadas, mediante la revolución educativa, alcanzaron y sobrepasaron a los demás. Son ejemplos que marean. Una pintura ecuánime sobre éxitos y fracasos, experimentos y consistencias, funciona como un catálogo del que pueden obtenerse conocimiento e inspiración. América latina va quedándose muy atrás. Algunos países como Chile, Brasil, Colombia y Uruguay empezaron a dar pasos importantes. Pero no suficientes. La Argentina es la muestra más dolorosa, porque revela una monstruosa degradación desde la cúspide que había alcanzado en la primera mitad del siglo XX. Y los más atrasados son ahora Venezuela, Bolivia y Nicaragua. Algunos, como México, sufren el bloqueo de un sindicalismo enorme y fósil.
Oppenheimer reivindica el impulso que en esta materia genera la paranoia. Bill Gates asegura que "lo mejor que le pasó a los Estados Unidos fue que, en los años 80, todos creían que los japoneses nos iban a superar. Era una idea estúpida, errónea, una tontería. Pero fue ese sentimiento de humildad lo que hizo al país ponerse las pilas". En la Argentina, en cambio, creemos que nuestro aplazo en los rankings internacionales se debe a defectos de los rankings. Confundimos calidad educativa con buenos edificios o un trato amistoso de los docentes, más algunos pobres ajustes en los salarios.
En contraste con los países que se han instalado a la cabeza del mundo, en las universidades latinoamericanas predominan las carreras humanísticas con poca salida laboral y divorciadas de la explosión científica y económica del siglo XXI. Es un atraso cultural que debería ser revertido. Para sólo dar un ejemplo, en China ingresan cada año en la universidad un millón doscientos mil estudiantes a ingeniería y sólo unos pocos miles a historia y filosofía. En la India ocurre lo mismo. América latina y Africa comparten el estigma de ser las regiones del planeta con menos investigación, desarrollo de nuevos productos y carencia de patentes. Sólo el dos por ciento de la inversión mundial en investigación y desarrollo tiene lugar en América latina. No hay suficientes incentivos económicos y de prestigio para que profesores e investigadores se apliquen a concebir nuevos productos, y esto genera el escándalo de las diferencias.
Oppenheimer ofrece cataratas de datos, imposibles de comprimir en un artículo. Algunos son elocuentes y a ellos me limito. Aquí van.
En América latina tenemos las vacaciones más largas del mundo. En la Argentina, a duras penas se quiere llegar a los 180 días de clase. En Japón, el año escolar se extiende a 243 días; en Corea del Sur, a 220; en Israel, a 216; en Holanda, a 200, y lo mismo en Tailandia. Además, ¡los cumplen a rajatabla! En China, los niños estudian 12 horas por día, y no mucho menos los niños de los demás países en pleno ascenso.
Otro factor que se destaca en el mundo desarrollado es que toda la familia se involucra en los esfuerzos del estudiante, tanto para pagar sus gastos como para brindarle apoyos de tutoría cuando flaquean en alguna materia. No conciben quedarse al margen de esa responsabilidad. Ni pedir menos exigencias. En esas sociedades se ha fortalecido un consenso sobre la importancia ineludible de una eficaz educación. Los argentinos que tienen el privilegio de contar con abuelos y bisabuelos que narran su infancia pueden enterarse de que también en esta patria hubo décadas en que las familias de todos los niveles se afanaban por brindar buena educación a sus hijos: no sólo garantizaban su futuro, sino que lo elevaban en el estatus social. Y convirtieron a la Argentina en un país pujante, al que llegaban millones de inmigrantes esperanzados.
En cuanto al ayer, en las sociedades avanzadas lo estudian, por supuesto, pero no lo convierten en el centro de las preocupaciones o de los debates. En América latina circulan actitudes que pretenden volver a lo que ya no existe. Un dirigente boliviano voceó el absurdo de que "¡nuestro futuro es el pasado!". Los libros de texto en China comunista, inversamente, enfatizan el crecimiento, la innovación y la temida globalización, no el pasado. En los nuevos textos escolares de Shanghai la historia del comunismo chino antes de las reformas capitalistas de 1978 se reduce a un párrafo. Mao Tsé-tung es mencionado sólo una vez. Además, los latinoamericanos ya tenemos suficientes pruebas sobre la utilización distorsionada del pasado, que hace una buena cosecha gracias a la baja cultura general. Chávez invoca las porciones de los discursos pronunciados por Bolívar que les son favorables y excluye las que significarían una condena. Bolívar, en su alocución de Angostura el 15 de febrero de 1819 -citado a menudo por el jefe populista-, afirmó algo que calla: "La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos? Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo, de donde se origina la usurpación y la tiranía". Pero Bolívar mismo luego se contradijo en los hechos. Por esta razón conviene dejarlo descansar en paz.
Otra diferencia con los países exitosos en calidad educativa reside en la ruptura del aislamiento. Los dos colosos asiáticos invitan a las universidades más destacadas de Occidente para que abran sucursales en sus territorios y compitan -¡sí, compitan!- con las locales. Los países latinoamericanos manifiestan un miedo cerval a esa competencia y ponen trabas de cualquier orden para impedirlo. China comunista, que hasta hace unas décadas era un país cerrado, tiene más de mil programas de intercambio universitario; ¡170 universidades extranjeras han radicado sucursales en varias ciudades y extienden diplomas tan válidos como las casas chinas! Esta internacionalización, además de incentivar el esfuerzo para destacarse, tiene el objetivo de obtener una inserción más eficiente en la economía global. En América latina, por el contrario, se desea mantener el aislamiento académico, como un modo de ocultar los trapos sucios y no afrontar las descalificaciones. Es notable la diferencia, porque el contacto con el exterior se ha tornado obsesivo en las sociedades de punta; una manifestación extrema la ofrece Singapur, donde las escuelas primarias deben conseguir que un tercio de sus alumnos realice por lo menos una visita guiada al extranjero.
Por otra parte, el aprendizaje del inglés tiene carácter obligatorio desde el comienzo de la etapa escolar, y debe no sólo ser enseñado como idioma, sino que en ese idioma se imparten varias materias, en especial las técnicas. En la Argentina, el inglés no es obligatorio ni siquiera en la universidad.
El grave problema de la inseguridad está ligado de modo profundo a la ignorancia. La ignorancia genera impotencia, frustración y resentimiento. Nunca alcanzarán las medidas represivas, ni las cárceles, ni los encierros de la ciudadanía en guetos que también son atacados. La solución de fondo va ligada con la buena educación, que es responsabilidad de los gobiernos y de toda la sociedad. Es obligación del Estado que ningún niño deje de asistir a la escuela, y si no concurre, es su deber ir a buscarlo donde se refugie.
El libroconcluye con doce claves para el progreso. Forman un programa sensato y plausible. Pero conviene no quedarse sólo con ellas, sino enterarse de la información que las precede. Allí se encontrarán problemas serios y ejemplares soluciones en varios países desarrollados y algunos de América latina. Esas claves ayudarán a tomar conciencia de que la calidad educativa no es un asunto aburrido ni marginal.
domingo, 10 de octubre de 2010
La transición dietética de China, detrás del boom agrícola mundial. Por Jorge Castro

El precio de los granos (soja, trigo, maíz) aumentó 60%/80% en el mercado mundial en los primeros nueve meses del año; el precio del trigo trepó 80% sólo desde julio y el maíz, 40%. La soja alcanzó U$S 400 la tonelada en las últimas dos semanas. Aún así, son 1/3 inferiores al récord de 2008, pero los mercados de futuro están en un nivel superior al de entonces.
Los mercados ven algo que todavía no se ve.
Al mismo tiempo comenzaron los disturbios en los países más pobres, importadores de alimentos, como Mozambique, Bangladesh, Marruecos, Argelia y Egipto, en respuesta a aumentos del precio del pan entre 30% y 50%.
Los mercados ven algo que todavía no se ve.
Al mismo tiempo comenzaron los disturbios en los países más pobres, importadores de alimentos, como Mozambique, Bangladesh, Marruecos, Argelia y Egipto, en respuesta a aumentos del precio del pan entre 30% y 50%.
Lo que está detrás de este auge de los precios es un crecimiento excepcional de la demanda de los países emergentes, sobre todo asiáticos (China). Sólo que esta vez, a diferencia de 2003 / 2008, no se debe a la multiplicación de los consumidores, sino a un salto cualitativo en la ingesta de carnes.
El precio de los granos aumenta en el mercado mundial porque se ha alcanzado un nuevo escalón en la cadena proteica de valor.
La transición dietética en China ya ha ocurrido y a partir de ahora se acelera.
Es el paso del consumo de arroz y vegetales a carnes blancas y rojas, y se alcanza cuando el ingreso de la población supera los U$S 3.000 anuales. En China, el ingreso per cápita es U$S 3.560 que, medido en capacidad de compra doméstica, equivale a U$S 7.500.
Lo previsible a partir de ahora es que la demanda de alimentos en China crezca muy por encima del incremento del número de consumidores , en una proporción 3 a 1, que tiende a ampliarse. Rasgo característico de los países emergentes es que el gasto en alimentación es entre 30% y 70% de los ingresos; en el G-7, en cambio, es 10% / 15%. La ONU prevé que prácticamente todo el crecimiento de la población mundial — que pasa de 6,9 billones de personas en 2010 a 9,1 billones en 2050 — provendrá del mundo en desarrollo . Por eso, 86% de los habitantes del planeta vivirán allí en 2050. El resultado es que 3/4 partes del auge de la demanda mundial de alimentos en los próximos 20 años procederá de los países en desarrollo.
La soja es el commodity agrícola más revelador del salto cualitativo experimentado por la transición dietética en China, en su condición de principal insumo para la producción de carne. Este año China importa 55 millones de toneladas de soja, que representan 58% de las importaciones mundiales. Por eso fija de manera directa su precio en el mercado mundial.
Este es el cuarto boom de los commodities de la historia del capitalismo desde la Primera Guerra Mundial. Y la novedad que surgió en él, fue una nueva dinámica entre la oferta y la demanda agroalimentaria, que fijó un equilibrio distinto entre consumo y producción global.
Nomura ( The coming surge in food prices , 2010) sostiene que el mayor consumo de granos del último boom agrícola se sustenta primordialmente en una creciente desigualdad de los ingresos, que revela la aparición de una clase media de 700 millones de personas, sobre todo en China e India , con ingresos de U$S 5.000 a U$S 30.000, y que orienta sus mayores ingresos hacia la compra de carnes y lácteos, no de granos y vegetales, como hacía antes.
A partir de la crisis global 2008/ 2009, China crece impulsada por la demanda interna y el consumo individual . Esto implica el desarrollo de una nueva clase media formada por pequeños y medianos empresarios, sobre todo del sector servicios . Mercado interno/ auge de la clase media/consumo de carnes. Esta es la fórmula con la que China trepa la escala de los valores proteicos. Este hecho modifica la acumulación global. No sólo pasa el poder del Atlántico al Pacífico: también el consumo.
El precio de los granos aumenta en el mercado mundial porque se ha alcanzado un nuevo escalón en la cadena proteica de valor.
La transición dietética en China ya ha ocurrido y a partir de ahora se acelera.
Es el paso del consumo de arroz y vegetales a carnes blancas y rojas, y se alcanza cuando el ingreso de la población supera los U$S 3.000 anuales. En China, el ingreso per cápita es U$S 3.560 que, medido en capacidad de compra doméstica, equivale a U$S 7.500.
Lo previsible a partir de ahora es que la demanda de alimentos en China crezca muy por encima del incremento del número de consumidores , en una proporción 3 a 1, que tiende a ampliarse. Rasgo característico de los países emergentes es que el gasto en alimentación es entre 30% y 70% de los ingresos; en el G-7, en cambio, es 10% / 15%. La ONU prevé que prácticamente todo el crecimiento de la población mundial — que pasa de 6,9 billones de personas en 2010 a 9,1 billones en 2050 — provendrá del mundo en desarrollo . Por eso, 86% de los habitantes del planeta vivirán allí en 2050. El resultado es que 3/4 partes del auge de la demanda mundial de alimentos en los próximos 20 años procederá de los países en desarrollo.
La soja es el commodity agrícola más revelador del salto cualitativo experimentado por la transición dietética en China, en su condición de principal insumo para la producción de carne. Este año China importa 55 millones de toneladas de soja, que representan 58% de las importaciones mundiales. Por eso fija de manera directa su precio en el mercado mundial.
Este es el cuarto boom de los commodities de la historia del capitalismo desde la Primera Guerra Mundial. Y la novedad que surgió en él, fue una nueva dinámica entre la oferta y la demanda agroalimentaria, que fijó un equilibrio distinto entre consumo y producción global.
Nomura ( The coming surge in food prices , 2010) sostiene que el mayor consumo de granos del último boom agrícola se sustenta primordialmente en una creciente desigualdad de los ingresos, que revela la aparición de una clase media de 700 millones de personas, sobre todo en China e India , con ingresos de U$S 5.000 a U$S 30.000, y que orienta sus mayores ingresos hacia la compra de carnes y lácteos, no de granos y vegetales, como hacía antes.
A partir de la crisis global 2008/ 2009, China crece impulsada por la demanda interna y el consumo individual . Esto implica el desarrollo de una nueva clase media formada por pequeños y medianos empresarios, sobre todo del sector servicios . Mercado interno/ auge de la clase media/consumo de carnes. Esta es la fórmula con la que China trepa la escala de los valores proteicos. Este hecho modifica la acumulación global. No sólo pasa el poder del Atlántico al Pacífico: también el consumo.
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viernes, 8 de octubre de 2010
La creciente crisis moral de Estados Unidos. Por Jeffrey Sachs

La crisis económica y política de Estados Unidos va a agravarse a raíz de las próximas elecciones de noviembre. El presidente Barack Obama perderá todas las esperanzas de aprobar una legislación progresista a favor de los pobres o del medio ambiente. De hecho, es probable que todas las leyes y las reformas queden paralizadas hasta 2013, con ocasión de unas nuevas elecciones presidenciales, y también que empeore una mala situación caracterizada por el punto muerto y la causticidad, por lo que el mundo no debe esperar demasiada capacidad de dirección por parte de unos Estados Unidos enconadamente divididos.
Gran parte del país está de mal humor y se ha abandonado más o menos el lenguaje de la compasión. Los dos partidos políticos están al servicio de los ricos contribuyentes a sus campañas, al tiempo que proclaman defender a la clase media. Ninguno de los dos partidos habla siquiera de los pobres, que ahora constituyen oficialmente el 15% de la población, pero, en realidad, son mucho más numerosos, si contamos a todas las familias que luchan con las necesidades en materia de atención de salud, vivienda, puestos de trabajo y demás.
El partido republicano ha hecho pública recientemente una "Promesa a Estados Unidos" para explicar sus creencias y promesas de campaña. El documento está lleno de disparates, como, por ejemplo, la fatua afirmación de que los impuestos elevados y el exceso de reglamentación explican el elevado desempleo del país. También está lleno de propaganda. Figura una cita del presidente John F. Kennedy, en el sentido de que los tipos impositivos altos pueden estrangular la economía, pero Kennedy se refería a la situación de hace medio siglo, cuando los tipos marginales máximos eran el doble de los actuales. Sobre todo, la plataforma republicana está exenta de compasión.
Estados Unidos presenta actualmente la paradoja de ser un país rico que está desmoronándose por el desplome de sus valores fundamentales. La productividad americana es una de las mayores del mundo. La renta nacional media por habitante asciende a unos 46.000 dólares; suficientes no solo para vivir, sino también para prosperar. Y, sin embargo, el país está sumido en una horrible crisis moral.
La desigualdad de ingresos es la mayor de la historia, pero los ricos afirman que no tienen responsabilidades para con el resto de la sociedad. Se niegan a acudir en ayuda de los indigentes y son partidarios de reducciones de impuestos en todas las oportunidades.Casi todo el mundo se queja, casi todo el mundo defiende agresivamente sus intereses egoístas y a corto plazo y casi todo el mundo abandona cualquier pretensión de mirar adelante o abordar las necesidades de los demás.
Lo que pasa por ser el debate político americano es una contienda entre los partidos para ofrecer promesas mayores a la clase media, principalmente en forma de reducciones de impuestos que menoscaban el presupuesto en un momento en el que el déficit fiscal asciende ya a más del 10% del PIB. Los americanos parecen creer que tienen un derecho natural a los servicios estatales sin pagar impuestos. En el léxico político americano, se definen los impuestos como una denegación de la libertad.
Hubo una época, no hace mucho, en que los americanos hablaban de acabar con la pobreza dentro y fuera del país. La guerra contra la pobreza de Lyndon Johnson a mediados de la década de los sesenta reflejó una época de optimismo nacional y el convencimiento de que la sociedad debía hacer esfuerzos colectivos para resolver problemas comunes, como, por ejemplo, la pobreza, la contaminación y la atención de salud.
En la década de los sesenta, Estados Unidos aplicó programas para reconstruir las comunidades pobres, luchar contra la contaminación del aire y del agua y garantizar la atención de salud a los ancianos. Después las profundas divisiones respecto de Vietnam y los derechos civiles, combinadas con un repentino aumento del consumismo y la publicidad, parecieron poner fin a una época de sacrificio compartido por el bien común.
Durante 40 años, la compasión en la política retrocedió. Ronald Reagan consiguió popularidad con la reducción de las prestaciones sociales para los pobres (con el argumento de que los pobres engañaban para recibir pagos extras). Bill Clinton continuó con esas reducciones en el decenio de 1990. En la actualidad, ningún político se atreve siquiera a hablar de prestar ayuda a los pobres.
Los grandes contribuyentes a las campañas de los dos partidos pagan para que sus intereses creados predominen en los debates políticos.
Eso significa que los dos partidos defienden cada vez más los intereses de los ricos, si bien los republicanos lo hacen un poco más que los demócratas. Es probable que ni siquiera un modesto aumento de impuestos a los ricos reciba apoyo en la política americana.
Es probable que el resultado de todo ello sea una reducción a largo plazo del poder y la prosperidad de Estados Unidos, porque los americanos han dejado de invertir colectivamente en su futuro común. Estados Unidos seguirá siendo una sociedad rica durante mucho tiempo por venir, pero que está cada vez más dividida y es cada vez más inestable. El miedo y la propaganda pueden propiciar más guerras internacionales encabezadas por Estados Unidos, como en la última década.
Y es posible que lo que está sucediendo en Estados Unidos se repita en otros países. Estados Unidos es vulnerable a la desintegración social porque se trata de una sociedad muy diversa. El racismo y los sentimientos contra los inmigrantes son una parte importante del ataque a los pobres, o al menos la razón por la que tantas personas están dispuestas a hacer caso a la propaganda contra la ayuda a los pobres. Como otras sociedades afrontan una diversidad en aumento, pueden seguir a Estados Unidos en su crisis.
Recientemente, los suecos dieron suficientes votos a un partido de derecha contrario a los inmigrantes para que contara con representación en el Parlamento, lo que refleja una violenta reacción contra el número cada vez mayor de inmigrantes en la sociedad sueca. En Francia, el Gobierno de Nicolas Sarkozy ha intentado recuperar popularidad entre la clase trabajadora deportando a inmigrantes gitanos, blanco de un odio generalizado y de ataques étnicos.
Esos dos ejemplos muestran que Europa, como Estados Unidos, es vulnerable a la política de división, a medida que nuestras sociedades se vuelven más diversas étnicamente.
La enseñanza que se desprende de Estados Unidos es que el crecimiento económico no es una garantía de bienestar o estabilidad política. La sociedad americana ha llegado a ser una sociedad cada vez más dura, en la que los americanos más ricos compran su participación en el poder político y los pobres quedan abandonados a su suerte. En su vida privada, los americanos se han vuelto adictos al consumismo, lo que les roba tiempo, ahorros, atención e inclinación a participar en actos de solidaridad colectiva.
El mundo debe tener cuidado. A no ser que se acabe con las horribles tendencias de los adinerados en política y el consumismo desenfrenado, corremos el riesgo de conseguir la productividad económica a costa de nuestra humanidad.
El partido republicano ha hecho pública recientemente una "Promesa a Estados Unidos" para explicar sus creencias y promesas de campaña. El documento está lleno de disparates, como, por ejemplo, la fatua afirmación de que los impuestos elevados y el exceso de reglamentación explican el elevado desempleo del país. También está lleno de propaganda. Figura una cita del presidente John F. Kennedy, en el sentido de que los tipos impositivos altos pueden estrangular la economía, pero Kennedy se refería a la situación de hace medio siglo, cuando los tipos marginales máximos eran el doble de los actuales. Sobre todo, la plataforma republicana está exenta de compasión.
Estados Unidos presenta actualmente la paradoja de ser un país rico que está desmoronándose por el desplome de sus valores fundamentales. La productividad americana es una de las mayores del mundo. La renta nacional media por habitante asciende a unos 46.000 dólares; suficientes no solo para vivir, sino también para prosperar. Y, sin embargo, el país está sumido en una horrible crisis moral.
La desigualdad de ingresos es la mayor de la historia, pero los ricos afirman que no tienen responsabilidades para con el resto de la sociedad. Se niegan a acudir en ayuda de los indigentes y son partidarios de reducciones de impuestos en todas las oportunidades.Casi todo el mundo se queja, casi todo el mundo defiende agresivamente sus intereses egoístas y a corto plazo y casi todo el mundo abandona cualquier pretensión de mirar adelante o abordar las necesidades de los demás.
Lo que pasa por ser el debate político americano es una contienda entre los partidos para ofrecer promesas mayores a la clase media, principalmente en forma de reducciones de impuestos que menoscaban el presupuesto en un momento en el que el déficit fiscal asciende ya a más del 10% del PIB. Los americanos parecen creer que tienen un derecho natural a los servicios estatales sin pagar impuestos. En el léxico político americano, se definen los impuestos como una denegación de la libertad.
Hubo una época, no hace mucho, en que los americanos hablaban de acabar con la pobreza dentro y fuera del país. La guerra contra la pobreza de Lyndon Johnson a mediados de la década de los sesenta reflejó una época de optimismo nacional y el convencimiento de que la sociedad debía hacer esfuerzos colectivos para resolver problemas comunes, como, por ejemplo, la pobreza, la contaminación y la atención de salud.
En la década de los sesenta, Estados Unidos aplicó programas para reconstruir las comunidades pobres, luchar contra la contaminación del aire y del agua y garantizar la atención de salud a los ancianos. Después las profundas divisiones respecto de Vietnam y los derechos civiles, combinadas con un repentino aumento del consumismo y la publicidad, parecieron poner fin a una época de sacrificio compartido por el bien común.
Durante 40 años, la compasión en la política retrocedió. Ronald Reagan consiguió popularidad con la reducción de las prestaciones sociales para los pobres (con el argumento de que los pobres engañaban para recibir pagos extras). Bill Clinton continuó con esas reducciones en el decenio de 1990. En la actualidad, ningún político se atreve siquiera a hablar de prestar ayuda a los pobres.
Los grandes contribuyentes a las campañas de los dos partidos pagan para que sus intereses creados predominen en los debates políticos.
Eso significa que los dos partidos defienden cada vez más los intereses de los ricos, si bien los republicanos lo hacen un poco más que los demócratas. Es probable que ni siquiera un modesto aumento de impuestos a los ricos reciba apoyo en la política americana.
Es probable que el resultado de todo ello sea una reducción a largo plazo del poder y la prosperidad de Estados Unidos, porque los americanos han dejado de invertir colectivamente en su futuro común. Estados Unidos seguirá siendo una sociedad rica durante mucho tiempo por venir, pero que está cada vez más dividida y es cada vez más inestable. El miedo y la propaganda pueden propiciar más guerras internacionales encabezadas por Estados Unidos, como en la última década.
Y es posible que lo que está sucediendo en Estados Unidos se repita en otros países. Estados Unidos es vulnerable a la desintegración social porque se trata de una sociedad muy diversa. El racismo y los sentimientos contra los inmigrantes son una parte importante del ataque a los pobres, o al menos la razón por la que tantas personas están dispuestas a hacer caso a la propaganda contra la ayuda a los pobres. Como otras sociedades afrontan una diversidad en aumento, pueden seguir a Estados Unidos en su crisis.
Recientemente, los suecos dieron suficientes votos a un partido de derecha contrario a los inmigrantes para que contara con representación en el Parlamento, lo que refleja una violenta reacción contra el número cada vez mayor de inmigrantes en la sociedad sueca. En Francia, el Gobierno de Nicolas Sarkozy ha intentado recuperar popularidad entre la clase trabajadora deportando a inmigrantes gitanos, blanco de un odio generalizado y de ataques étnicos.
Esos dos ejemplos muestran que Europa, como Estados Unidos, es vulnerable a la política de división, a medida que nuestras sociedades se vuelven más diversas étnicamente.
La enseñanza que se desprende de Estados Unidos es que el crecimiento económico no es una garantía de bienestar o estabilidad política. La sociedad americana ha llegado a ser una sociedad cada vez más dura, en la que los americanos más ricos compran su participación en el poder político y los pobres quedan abandonados a su suerte. En su vida privada, los americanos se han vuelto adictos al consumismo, lo que les roba tiempo, ahorros, atención e inclinación a participar en actos de solidaridad colectiva.
El mundo debe tener cuidado. A no ser que se acabe con las horribles tendencias de los adinerados en política y el consumismo desenfrenado, corremos el riesgo de conseguir la productividad económica a costa de nuestra humanidad.
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domingo, 3 de octubre de 2010
El éxito de Lula, a contramano de la macro K. Por Enrique Szewach

Si en las elecciones presidenciales de hoy, Lula consigue imponer a su candidata Dilma Rousseff, habrá demostrado que un modelo económico, casi en las antípodas del modelo K, puede resultar políticamente más exitoso. Sin exagerar demasiado, la política macroeconómica y sectorial brasileña de estos años ha sido muy diferente a la intentada desde estas tierras.
Brasil instrumentó una política monetaria y cambiaria “recontraortodoxa”. Se priorizaron la estabilidad de precios y la baja inflación, aun a costa de una tasa de interés real fuertemente positiva, de una pérdida de competitividad cambiaria compensada con el efecto “cantidades” y una economía más abierta a la importación de bienes de capital e insumos.
Brasil instrumentó una política monetaria y cambiaria “recontraortodoxa”. Se priorizaron la estabilidad de precios y la baja inflación, aun a costa de una tasa de interés real fuertemente positiva, de una pérdida de competitividad cambiaria compensada con el efecto “cantidades” y una economía más abierta a la importación de bienes de capital e insumos.
Desde la “micro”, la política económica brasileña mantuvo la intervención oficial lejos del sistema de precios, permitiendo que los relativos de la energía, los alimentos y los servicios se movieran de acuerdo con sus tendencias naturales, pese a ser también Brasil, como la Argentina, un fuerte exportador agropecuario. Es en ese sentido que la política económica brasileña se diferencia, sin dudas, de la local.
Un Banco Central ultraortodoxo privilegiando la baja inflación, manteniendo una muy elevada tasa de interés real –y alentando, como consecuencia, el crecimiento del mercado de capitales en moneda local– contra un Banco Central argentino “heterodoxo” que financia al Gobierno con emisión, que impulsa una elevada tasa de inflación –casi el quíntuple de la brasileña– y que incentiva una tasa de interés real fuertemente negativa –es decir, que desalienta el desarrollo del ahorro y, por lo tanto, del crédito en pesos. En Brasil, rige un sistema impositivo y regulatorio en el que los alimentos, la energía, y el resto de los precios “valen lo que tienen que valer”, y en donde no predominan restricciones cuantitativas a las exportaciones e importaciones. Se contrapone al sistema argentino, donde los precios de la energía y el transporte son fuertemente subsidiados –desalentando su producción y su uso racional– mientras existen diversos mecanismos para alejar a otros precios de su valor de mercado, como retenciones, controles, prohibiciones de exportar e importar, etc.
Lo paradójico es que una política monetaria y cambiaria ultraortodoxa y una política de precios “neoliberal”, tienen como resultado un presidente que puede designar, de alguna manera, a su heredera –si las encuestas se confirman– y que deja la presidencia con el 80% de popularidad. En cambio, por ahora, un Banco Central “pro producción y empleo” y una política de precios con “controles y restricciones a favor del pueblo” no les permite a los Kirchner romper un techo relativamente bajo de popularidad y los obliga a recurrir a medidas cada vez más extremas para intentar esconder la realidad, dado que no se sienten en condiciones para cambiarla.
Puede ser que lo arriba descripto responda a un enfoque demasiado economicista, lo admito, y que la realidad sea que Lula ha sido exitoso “a pesar” de su política económica. De la misma manera que la economía argentina crece “a pesar” de los K. Sin embargo, sería sorprendente que la popularidad de Lula no se vinculara con el buen momento económico brasileño. Y eso me lleva a recordar lo “popular” que resulta en un país no recurrir al impuesto inflacionario, que pagan los pobres, para financiar gasto público destinado a ricos y famosos y la importancia que implica tener un sistema de gasto social relativamente bien diseñado y focalizado. En materia macroeconómica, Lula ha sido un claro ejemplo de éxito “a contra mano” de los K.
El “progresismo heterodoxo argentino” se ha beneficiado fuertemente de la “ortodoxia monetaria, cambiaria y regulatoria brasileña”. Si la economía brasileña no demandara autos y otros productos locales y el Real no se hubiera revaluado contra el dólar y el peso argentino, la expansión inflacionaria local no hubiera sido posible, y la suba de costos en dólares aquí, sería hoy intolerable. En ese sentido, lo mejor que nos puede pasar es que las elecciones brasileñas, más allá de las personas, las gane la continuidad del “neoliberalismo monetario y cambiario” de Lula. Por el contrario, una modificación en la política cambiaria brasileña implicaría un desafío desproporcionado para la macro K.
Un Banco Central ultraortodoxo privilegiando la baja inflación, manteniendo una muy elevada tasa de interés real –y alentando, como consecuencia, el crecimiento del mercado de capitales en moneda local– contra un Banco Central argentino “heterodoxo” que financia al Gobierno con emisión, que impulsa una elevada tasa de inflación –casi el quíntuple de la brasileña– y que incentiva una tasa de interés real fuertemente negativa –es decir, que desalienta el desarrollo del ahorro y, por lo tanto, del crédito en pesos. En Brasil, rige un sistema impositivo y regulatorio en el que los alimentos, la energía, y el resto de los precios “valen lo que tienen que valer”, y en donde no predominan restricciones cuantitativas a las exportaciones e importaciones. Se contrapone al sistema argentino, donde los precios de la energía y el transporte son fuertemente subsidiados –desalentando su producción y su uso racional– mientras existen diversos mecanismos para alejar a otros precios de su valor de mercado, como retenciones, controles, prohibiciones de exportar e importar, etc.
Lo paradójico es que una política monetaria y cambiaria ultraortodoxa y una política de precios “neoliberal”, tienen como resultado un presidente que puede designar, de alguna manera, a su heredera –si las encuestas se confirman– y que deja la presidencia con el 80% de popularidad. En cambio, por ahora, un Banco Central “pro producción y empleo” y una política de precios con “controles y restricciones a favor del pueblo” no les permite a los Kirchner romper un techo relativamente bajo de popularidad y los obliga a recurrir a medidas cada vez más extremas para intentar esconder la realidad, dado que no se sienten en condiciones para cambiarla.
Puede ser que lo arriba descripto responda a un enfoque demasiado economicista, lo admito, y que la realidad sea que Lula ha sido exitoso “a pesar” de su política económica. De la misma manera que la economía argentina crece “a pesar” de los K. Sin embargo, sería sorprendente que la popularidad de Lula no se vinculara con el buen momento económico brasileño. Y eso me lleva a recordar lo “popular” que resulta en un país no recurrir al impuesto inflacionario, que pagan los pobres, para financiar gasto público destinado a ricos y famosos y la importancia que implica tener un sistema de gasto social relativamente bien diseñado y focalizado. En materia macroeconómica, Lula ha sido un claro ejemplo de éxito “a contra mano” de los K.
El “progresismo heterodoxo argentino” se ha beneficiado fuertemente de la “ortodoxia monetaria, cambiaria y regulatoria brasileña”. Si la economía brasileña no demandara autos y otros productos locales y el Real no se hubiera revaluado contra el dólar y el peso argentino, la expansión inflacionaria local no hubiera sido posible, y la suba de costos en dólares aquí, sería hoy intolerable. En ese sentido, lo mejor que nos puede pasar es que las elecciones brasileñas, más allá de las personas, las gane la continuidad del “neoliberalismo monetario y cambiario” de Lula. Por el contrario, una modificación en la política cambiaria brasileña implicaría un desafío desproporcionado para la macro K.
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¿Para qué quiere Estados Unidos un yuan fuerte? Por Paul Kennedy
(Publicado en iEco (
suplemento económico de Clarín). Domingo 3 de octubre de 2010)
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suplemento económico de Clarín). Domingo 3 de octubre de 2010)Empecemos haciendo algunas suposiciones. Supongamos que hay un País A, que tiene moneda propia y comercia con muchas otras naciones, entre ellas el País B, que tiene otra moneda. Supongamos que el primero se queja de que la moneda del segundo está subvaluada, porque esto perjudica injustamente a las exportaciones del País A y hace que las importaciones a sus ciudadanos insaciables sean irrazonablemente más baratas de lo que deberían ser. Entonces y con gran fe ciega supongamos que el valor de la moneda del País B cambia y se vuelve cada vez más fuerte. ¿Qué pasa entonces? No pensemos automáticamente en el reciente encuentro de dos horas del presidente Obama con el premier chino Wen Jiabao en Nueva York, en que Obama presionó para lograr un aumento del yuan y sigamos con las suposiciones.
¿Qué ocurre cuando la moneda del País B se vuelve cada vez más fuerte en los mercados internacionales, una movida alentada a decir verdad, fuertemente promovida por el gobierno del País A? Las exportaciones del País B se encarecen y las exportaciones del País A se abaratan, y los políticos y empresarios del País A saltan de alegría por las calles. Qué triunfo. Qué arte de gobernar. ¿Eso es todo? Bueno, lamentablemente no, y por varias razones. La primera es que el País B quizás posee materiales, como metales raros, que el País B necesita desesperadamente y no puede encontrar en otra parte del mundo, y por eso hoy paga más por la misma cantidad de esas importaciones. Y el País B quizás ya no posee empresas que fabriquen productos tales como juegos para niños y engranajes para bicicletas y binoculares de primer nivel, y entonces necesita comprar esos artículos al País B, lamentablemente a un precio más elevado. Tal vez, con el correr del tiempo, el País A encuentre empresarios que empiecen a fabricar engranajes para bicicletas en forma local, pero ¿cuánto tiempo "tiene que correr"? ¿Diez años? Segundo, y aún más importante en un mundo turbulento donde las naciones no son sólo entidades de comercio sino también entidades de poder e influencia, un país con una moneda debilitada comienza a sentir las consecuencias en el escenario mundia l. La primera es el impacto sobre su poder de compra internacional, algo que la mayoría de los economistas estadounidenses categóricamente apartan de sus recetas, tal vez porque crecieron en un mundo regido por el patrón dólar y piensan sólo en el poder de compra interno. Pero ese modo de pensar es obsoleto. Supongamos, por ejemplo, que cierto país africano posee minerales vitales, como tungsteno, manganeso o cobalto, todos los cuales se necesitan para los sistemas más modernos de comunicaciones, incluido el armamento de última generación. Estos minerales son sumamente importantes para la economía de EE.UU., pero no menos para las economías de China, India, Japón, la Unión Europea y otros compradores. ¿Qué ocurre, entonces, cuando el valor del dólar se desploma en las bolsas del mundo y el valor del yuan sube? Dólar débil = EE.UU. débil Lamentablemente, ese tungsteno se vuelve más caro para la industria estadounidense, y mucho más barato para un complejo industrialmilitar chino cuyo apetito parece crecer día a día. Un dólar estadounidense débil es sinónimo de un EE.UU. débil. ¡Gracias a Dios que todo esto es una suposición! Pero, por cierto, no lo es. El bienintencionado gobierno de Barack Obama, acosado por los sindicatos por un lado y por los irresponsables del Tea Party por el otro, está presionando a Pekín para que revalúe (es decir, fortalezca) su moneda y en EE.UU. todos parecen pensar que es una buena idea. EE.UU. le venderá más a China, China le venderá menos a EE.UU., se corregirá el desequilibrio de la balanza comercial... y quizás las vacas vuelen. Por supuesto que habrá una que otra empresa estadounidense que se beneficiará si el valor del yuan aumenta un 20%. Pero sospecho que, en términos generales, la economía de EE.UU. se beneficiará mucho menos porque gran parte de ella está basada estructuralmente en las importaciones de China. ¿En qué se beneficia EE.UU. si, por ejemplo, las remeras de 8 dólares hechas en China que vende Walmart suben a la colosal cifra de 10 dólares cada una? Mi impresión, como ingenuo no economista, es que no beneficia en absoluto a EE.UU., sólo agrava el déficit comercial. Pero el principal motivo por el cual EE.UU. no debería alegrarse de un fortalecimiento sostenido del valor internacional de la moneda china es geopolítico y, más crudamente, militar. Porque la realidad histórica es que nunca la moneda de un país (y por ende, su poder de compra) ha cedido terreno a la de otro sin una consecuente cesión de poder e influencia internacionales .Así como las monedas intercambiadas por los mercaderes de Toscana dejaron paso a las operaciones en florines holandeses, y sucesivamente, en francos alemanes, libras esterlinas y dólares estadounidenses, del mismo modo giraron las ruedas de la historia mundial, con cambistas siempre en busca de la próxima moneda fuerte. Los cambistas, claro, no saben de lealtades. Hoy se están volcando a Pekín; algunos de ellos quizás recomendaron hace poco al gobierno malayo que comprase bonos en yuanes, y no en los viejos dólares. Los países del Golfo les siguen los pasos. Basta con observar la menor participación del dólar en las tenencias mundiales de moneda extranjera en comparación con 25 años atrás. No es una historia grata. El dinero y el poder Dólar achicado significa influencia achicada. Olvidemos las quejas de las clases medias estadounidenses cuando salían en los últimos meses de sus cafés franceses e italianos con un agujero considerable en sus tarjetas de crédito en dólares. Pero aquí no se trata de eso. Se trata de que cuanto más se debilita el dólar (u otras monedas aumentan de valor, lo que es lo mismo), más disminuye el poderío internacional de EE.UU. No se puede tener poder internacional con una moneda tambaleante. Por décadas, los nacionalistas de Japón esgrimieron un eslogan que decía algo así como "¡Ejército fuerte, país grande!". Adaptándolo a hoy, podría ser "¡Moneda sana, nación influyente!". La debilidad o la fortaleza en un aspecto del poder nacional suele trasladarse al siguiente. En 1945, EE.UU. estaba en la cúspide de su poder relativo en asuntos internacionales. Casi todo el resto del mundo estaba afectado por la devastación de la guerra, el subdesarrollo colonial o los problemas económicos. EE.UU. poseía casi todas las reservas en oro y en moneda extranjera del planeta, y todo el mundo necesitaba desesperadamente dólares. Hoy ya no es así. Europa occidental y Japón fueron los primeros en ponerse a tono. Ultimamente, el resto de Asia, incluidos las gigantescas China e India. La industria de EE.UU. viene declinando desde hace 50 años, pero el consumidor de este país todavía quiere sus muebles, ropa de cama, juguetes, batería de cocina... todo hecho en China. Y el Tesoro estadounidense aún necesita vender sus billetes a Asia. Presionar a China para que revalúe es tarea inútil. Pekín simplemente despreciará aún más a EE.UU. y mirará con asombro las cartas que recibió en la mano de poker. O bien el pedido estadounidense será desestimado amablemente lo cual siempre es agradable que suceda o bien el yuan subirá, y el billete verde se debilitará más, y entonces los traders de monedas y, sobre todo, los gobiernos de Asia, Africa y América Latina tomarán nota y comenzarán a desligar sus tenencias externas de un dólar cada vez menos fiable. ¿Pero acaso alguien escuchará en Washington, o en la Fed? En este momento, parecen prestos a otorgar más estímulos (sic) a la golpeada economía con la máquina de imprimir billetes, como hizo cierto desesperado Tesoro latinoamericano en los 70. Y así le fue. Es claro que una Fed o una Casa Blanca cercadas no tienen ante sí ninguna opción fácil, y un no economista como yo considera que sería falso ofrecer recetas económicas. Pero al estratega y al historiador lo angustia la idea de una moneda china mucho más fuerte, y en consecuencia, de un dólar mucho más débil. Sería como pasarle una pila de las fichas de poker que nos quedan a un adversario que ya tiene muchas más fichas que nosotros. No es una buena idea. *Paul Kennedy es profesor de la cátedra Dilworth de Historia en la Universidad de Yale, y es autor o compilador de 19 libros, entre ellos: Auge y caída de las grandes potencias.
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¿Por qué seguimos cayendo? Paul Krugman - Robin Wells
En el invierno entre 2008 y 2009, la economía mundial estaba al borde del abismo. Los mercados de valores se hundían, los mercados de crédito estaban paralizados y los bancos quebraban como consecuencia de un contagio masivo que se extendía desde EE UU hasta Europa y que amenazaba con arrasar el resto del mundo. Durante la peor época de la crisis, EE UU perdía 700.000 puestos de trabajo al mes y el comercio mundial se reducía más deprisa de lo que lo había hecho durante el primer año de la Gran Depresión.
Sin embargo, hacia el verano de 2009, a medida que la economía mundial se estabilizaba, quedó claro que no habría una repetición de la Gran Depresión en toda su magnitud. Desde junio de 2009, aproximadamente, muchos indicadores han estado apuntando hacia arriba: el PIB ha subido en todas las economías importantes, la producción industrial mundial ha crecido y los beneficios empresariales estadounidenses han vuelto a los niveles anteriores a la crisis.
Sin embargo, el paro apenas ha descendido en EE UU y Europa (lo que significa que la precaria situación de los parados, especialmente en EE UU, donde la red de seguridad es mínima, no ha parado de empeorar a medida que las prestaciones se agotan y los ahorros se acaban). Y hay pocas perspectivas de mejoría: el desempleo sigue creciendo en las economías europeas más afectadas, el crecimiento económico de EE UU se está ralentizando claramente y muchas previsiones económicas apuntan a que la tasa de paro estadounidense seguirá siendo elevada o incluso ascenderá en el transcurso del próximo año.
Teniendo en cuenta estas sombrías circunstancias, ¿no deberíamos esperar cierta urgencia por parte de los políticos y los economistas, cierta prisa por presentar planes que fomenten el crecimiento y creen empleo? Por lo visto, no: un análisis informal de libros y artículos recientes no muestra nada parecido.
Los libros sobre la gran recesión siguen saliendo a raudales de las imprentas; pero, en su mayoría, tienen una visión retrospectiva y se preguntan cómo nos hemos metido en este lío, en vez de decirnos cómo salir de él. Para ser justos, muchos libros recientes sí que dan recetas sobre cómo evitar la siguiente burbuja; pero no ofrecen mucha orientación acerca del problema más acuciante: el de cómo hacer frente a las consecuencias no resueltas de la última.
Esta extraña dejadez tampoco puede explicarse enteramente por los mecanismos del comercio editorial. Es cierto que la mayoría de los libros sobre economía que aparecen ahora llegaron a las imprentas antes de que se hiciese plenamente evidente la naturaleza decepcionante de nuestra mal llamada recuperación. No obstante, incluso un análisis de artículos recientes muestra una llamativa falta de disposición por parte de la abatida ciencia para ofrecer soluciones a los problemas de un paro persistentemente elevado y una economía floja. Ha habido un encendido debate sobre la efectividad de las medidas monetarias y fiscales adoptadas en los peores momentos de la crisis; también ha habido ruidosas declaraciones acerca de lo que no debemos hacer (las advertencias sobre el supuesto peligro de los déficits presupuestarios o de la política monetaria expansiva son incontables). Pero las propuestas de medidas positivas que nos saquen del agujero en el que estamos son pocas y muy distanciadas entre sí.
En las páginas siguientes presentaremos un análisis relativamente breve sobre un tema en el que se ha hecho mucho hincapié, pero que sigue siendo controvertido: los orígenes de la crisis de 2008. Luego nos fijaremos en los debates políticos en curso acerca de la respuesta a la crisis y sus consecuencias. Para no dejar a los lectores en suspenso: creemos que la relativa ausencia de propuestas para hacer frente al paro masivo es un caso de "parálisis autoinducida" (una expresión utilizada por el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, hace una década, cuando era un investigador que criticaba a los responsables políticos desde fuera).
Hay margen para la acción, tanto monetaria como fiscal. Pero tanto los políticos como los funcionarios y los economistas han sufrido una crisis nerviosa, una crisis por la que millones de trabajadores pagarán un alto precio.
1.
Podríamos llamarlo la gran burbuja inmobiliaria del Atlántico Norte: en la primera década del tercer milenio, los precios de las viviendas y los inmuebles comerciales se dispararon en algunas zonas de Europa y Norteamérica. Entre 1997 y 2007, el precio de la vivienda subió un 175% en EE UU, un 180% en España, un 210% en Reino Unido y un 240% en Irlanda.
¿Por qué subieron tanto los precios de los inmuebles y en tantos sitios? Hablando de manera general, hay cuatro explicaciones populares (que no son excluyentes entre ellas): la política de tipos de interés bajos de la Reserva Federal después de la recesión de 2001; la "superabundancia mundial de ahorros"; las innovaciones financieras que disfrazaban el riesgo, y los programas gubernamentales que generaban riesgo moral.
La política de tipos de interés bajos de la Reserva Federal
Después del estallido de la burbuja tecnológica a finales de los años noventa, los bancos centrales rebajaron drásticamente los tipos de interés a corto plazo que controlaban directamente en un intento por contener la consiguiente recesión. La Reserva Federal tomó la medida más radical al rebajar el tipo diario de los préstamos interbancarios del 6,5% registrado a principios de 2000 a un mero 1% en 2003, y al seguir manteniéndolo muy bajo durante 2004.
Y hay una escuela de pensamiento -con la que Raghuram Rajan simpatiza claramente en su libro Fault Lines (Líneas de falla, no publicado en España), y que recibe un apoyo más matizado por parte de Nouriel Roubini y Stephen Mihm en Cómo salimos de ésta (Destino)- que considera que este periodo prolongado de tipos bajos fue un terrible error político que sentó las bases para la burbuja inmobiliaria.
Sin embargo, este punto de vista presenta algunas pegas importantes. Para empezar, había buenos motivos para que la Reserva Federal mantuviese bajo su tipo interbancario, o político. Aunque la recesión de 2001 no fue especialmente profunda, la recuperación fue lenta; en EE UU, el empleo no recuperó los niveles anteriores a la recesión hasta 2005. Y con una inflación que alcanzó su valor más bajo en 35 años había razones para preocuparse por una posible trampa deflacionista en la cual una economía deprimida hace que bajen los salarios y precios, lo que a su vez deprime aún más la economía. Resulta difícil imaginar, incluso con la perspectiva que da el tiempo, de qué manera podría haber justificado la Reserva Federal el hecho de no mantener los tipos bajos durante un periodo prolongado.
El hecho de que la burbuja inmobiliaria fuese un fenómeno más noratlántico que puramente estadounidense también hace que resulte difícil achacar la culpa de esa burbuja principalmente a la política de los tipos de interés. El Banco Central Europeo no fue ni mucho menos tan agresivo como la Reserva Federal, y redujo los tipos de interés que controlaba solo la mitad de lo que lo hizo su homóloga estadounidense, pero no obstante, las burbujas inmobiliarias europeas fueron perfectamente comparables en escala a la de EE UU.
Estos argumentos dan a entender que sería un error atribuir toda o parte de la culpa por la burbuja inmobiliaria a una política monetaria descaminada.
La superabundancia mundial de ahorros
La expresión "superabundancia mundial de ahorros" proviene en realidad de un discurso que pronunció Ben Bernanke a principios de 2005. En dicho discurso, el futuro presidente de la Reserva Federal sostenía que el gran déficit comercial de EE UU -y los grandes déficits de otros países como Reino Unido y España- no reflejaba tanto un cambio en el comportamiento de esos países como un cambio en el comportamiento de los países con superávit.
Históricamente, los países en vías de desarrollo han tenido déficits comerciales respecto a los países desarrollados, ya que compran maquinaria y otros bienes de equipo con el fin de aumentar su nivel de desarrollo económico. En los albores de la crisis financiera que golpeó Asia en 1997 y 1998, esta práctica habitual se invirtió: las economías en vías de desarrollo de Asia y Oriente Próximo tenían grandes superávits comerciales respecto a los países desarrollados, con el fin de acumular enormes reservas de activos extranjeros como seguro contra otra crisis financiera.
Alemania también contribuyó a este desequilibrio mundial al alcanzar grandes superávits comerciales respecto al resto de Europa a fin de financiar la reunificación y el rápido envejecimiento de su población. En China, cuyo superávit comercial equivale a la mayor parte del déficit comercial de EE UU, el deseo de protegerse contra una posible crisis financiera ha dado forma a una política en la que la moneda se mantiene infravalorada, lo cual beneficia a las empresas exportadoras con conexiones políticas, a menudo a expensas de la población trabajadora en general.
Para los países con déficit comercial como EE UU, España y Reino Unido, la otra cara del desequilibrio comercial fueron unos grandes flujos de capital entrante debido a que los países con superávit compraban cantidades ingentes de bonos y otros activos estadounidenses, españoles y británicos. Estas entradas de capital también hicieron bajar los tipos de interés; no los tipos a corto plazo fijados por las políticas de los bancos centrales, sino los tipos a largo plazo, que son los que importan con vistas al gasto y al precio de la vivienda y que dependen de los mercados de bonos. Tanto en EE UU como en los países europeos, los tipos de interés a largo plazo experimentaron un drástico descenso después de 2000 y permanecieron bajos incluso cuando la Reserva Federal empezó a subir su tipo a corto plazo. Su presidente en aquel momento, Alan Greenspan, llamó a esta divergencia el "enigma" del mercado de obligaciones, pero es perfectamente comprensible, dadas las fuerzas internacionales implicadas. Y merece la pena señalar que, aunque, como hemos dicho, el Banco Central Europeo no fuese ni mucho menos tan agresivo como la Reserva Federal a la hora de rebajar los tipos a corto plazo, los tipos a largo plazo cayeron igual o más en España e Irlanda que en EE UU, un hecho que invalida la idea de que fue la política monetaria flexible la causante de la burbuja inmobiliaria.
De hecho, en aquel discurso de 2005, Bernanke reconocía que el impacto de la superabundancia de ahorros se estaba dejando sentir principalmente en el sector de la vivienda: durante estos últimos años, las principales repercusiones de la superabundancia mundial de ahorros en el precio de los activos parece haberse producido en el mercado de la inversión residencial, ya que los tipos hipotecarios bajos han propiciado unos niveles récord de construcción de casas y unas fuertes subidas del precio de las viviendas.
Algo en lo que, por desgracia, no reparó fue que los precios de las casas estaban subiendo mucho más de lo que deberían haber subido, incluso teniendo en cuenta los tipos hipotecarios bajos. A finales de 2005, tan solo unos meses antes de que la burbuja inmobiliaria estadounidense empezase a deshincharse, declaraba -desechando implícitamente los argumentos de diversas Casandras prominentes- que los precios de la vivienda "son, en gran medida, el reflejo de unas bases económicas sólidas". Y como casi todos los demás, Bernanke no se percató de que tanto las instituciones financieras como las familias estaban asumiendo riesgos que no comprendían, porque daban por hecho que los precios de las viviendas nunca bajarían.
A pesar de la extraordinaria falta de clarividencia de la que ha hecho gala Bernanke con respecto a la crisis que se nos venía encima, la historia de la superabundancia mundial ofrece, no obstante, una de las mejores explicaciones sobre cómo tantos países se las arreglaron para meterse en problemas tan parecidos.
La innovación financiera descontrolada
Mary tenía un corderito y, cuando vio que estaba enfermo, lo envió al polígono industrial de Packingtown, y ahora es pollo envasado.
La famosa cancioncilla que resume La jungla de Upton Sinclair parece muy apropiada como descripción de las prácticas financieras que contribuyeron a alimentar la burbuja inmobiliaria, especialmente en el caso de las hipotecas subpreferenciales. A estas alturas, la letanía resulta familiar: el viejo modelo de banca, según el cual los bancos se quedaban con los préstamos que concedían, fue sustituido por la nueva práctica de generar y distribuir. Los generadores de hipotecas -que, en muchos casos, no poseían un negocio bancario tradicional- concedían préstamos para comprar casas y, acto seguido, vendían esos préstamos a otras empresas.
Luego estas empresas reempaquetaban esos préstamos agrupándolos, y a continuación vendían participaciones de estos paquetes de valores; y las agencias de calificación estaban dispuestas a etiquetar el producto de pollo resultante, es decir, a poner su sello de aprobación, la calificación AAA, en los más privilegiados de estos valores hipotecarios, aquellos que tenían preferencia para reclamar el interés y el reembolso del capital principal.
Todo el mundo desconocía tanto los riesgos que planteaba un retroceso general del mercado inmobiliario como la degradación de las reglas sobre garantía bancaria a medida que la burbuja se inflaba (esa ignorancia, sin duda, se veía favorecida por las enormes cantidades de dinero que se ganaban). Cuando llegó la crisis resultó que gran parte de ese papel de categoría triple A apenas valía unos cuantos céntimos por dólar.
Es una historia vergonzosa. Sin embargo, es importante volver atrás y preguntarse por la importancia que tuvieron estas prácticas financieras poco fiables a la hora de sentar las bases de la crisis.
Hay tres puntos que nos parecen importantes. Primero, la versión habitual de la historia transmite la impresión de que Wall Street no tenía ningún incentivo para preocuparse por los riesgos de los préstamos basura, porque era capaz de deshacerse de los residuos tóxicos y encajárselos a inversores incautos de todo el mundo.
Pero esta afirmación parece ser en gran parte errónea, aunque no del todo: aunque había muchísimos inversores ingenuos comprando valores hipotecarios complejos sin comprender sus riesgos, las empresas de Wall Street que emitían estos valores mantenían los activos de más riesgo en sus propios libros de cuentas. Además, muchos de los activos relativamente menos arriesgados los compraban otras instituciones financieras, normalmente consideradas inversores especializados, y no los ciudadanos corrientes. El efecto final fue el de concentrar los riesgos en el sistema bancario, no el de cargar a otros con ellos.
Segundo, la comparación entre Europa y EE UU es instructiva. Europa se las arregló para inflar unas burbujas inmobiliarias gigantescas sin recurrir a complejos esquemas financieros como los de EE UU. Los bancos españoles, en concreto, ampliaron enormemente el crédito; lo hicieron vendiendo garantías sobre sus préstamos a inversores extranjeros, pero estas garantías eran simples, contratos sin florituras que, en última instancia, dejaban el pasivo en manos de los prestamistas originales, los propios bancos españoles. La relativa simplicidad de sus técnicas financieras no impidió que se creara una burbuja enorme ni el estallido posterior.
Un tercer argumento en contra de la idea de que las finanzas complejas desempeñaron una función esencial es el hecho de que la burbuja inmobiliaria vino acompañada de una burbuja simultánea de los inmuebles comerciales, que seguían financiándose fundamentalmente mediante préstamos bancarios tradicionales. De modo que las finanzas exóticas no fueron una condición necesaria para el descontrol de los préstamos, ni siquiera en Estados Unidos.
Lo que sí es posible es que esa innovación financiera hiciera que los efectos de la crisis inmobiliaria fuesen más generalizados: en vez de quedarse en una crisis concentrada geográficamente, en la que solo las instituciones crediticias locales estaban en peligro, la complejidad de la estructura financiera extendió la crisis a instituciones financieras de todo el mundo.
El riesgo moral generado por los programas gubernamentales
La idea de que la culpa fue del Gobierno -que los préstamos avalados por el Gobierno, las órdenes gubernamentales y las garantías gubernamentales explícitas o implícitas condujeron a compras irresponsables de casas- es un dogma de fe de la derecha política. También es un tema central, aunque no el único, del libro Fault Lines, de Raghuram Rajan.
En el mundo, según Rajan, catedrático de Finanzas en la escuela de empresariales de la Universidad de Chicago, las raíces de la crisis financiera se hunden en la creciente desigualdad adquisitiva en EE UU y en la reacción política a esa desigualdad: los congresistas, con la intención de ganarse el favor de los votantes y mitigar las consecuencias de la creciente desigualdad, canalizaron fondos hacia familias con pocos ingresos que querían comprar casas. Fannie Mae y Freddie Mac, las dos instituciones crediticias patrocinadas por el Gobierno, facilitaron el crédito hipotecario; la Ley de Reinversión en la Comunidad, que animaba a los bancos a adaptarse a las necesidades crediticias de las comunidades en las que operaban, les obligó a prestar dinero a prestatarios con pocos ingresos, independientemente del riesgo; y de todas formas, a los bancos no les preocupaba mucho el riesgo porque creían que el Gobierno les respaldaría si algo salía mal.
Rajan afirma que el Programa de Eliminación de Activos Problemáticos (TARP, por sus siglas en inglés), convertido en ley por el presidente Bush el 3 de octubre de 2008, ratificaba la creencia de los bancos de que no tendrían que pagar ningún precio por su desenfreno. Aunque Rajan tiene la precaución de no dar nombres y echa la culpa a los "políticos" en general, está claro que los demócratas son los principales culpables, según su visión del mundo. En general, quienes afirman que el Gobierno ha sido el responsable tienden a centrar su ira en Bill Clinton y en el congresista Barney Frank, que supuestamente estaban detrás de la gran campaña para dar préstamos a los pobres.
No obstante, a pesar de ser una historia en la que todo encaja a la perfección, choca claramente con los hechos. Y resulta decepcionante ver que Rajan, un economista respetado por todos que fue uno de los primeros que advirtieron sobre el descontrol de Wall Street, se traga algo que esencialmente es un mito con motivaciones políticas. El libro de Rajan se basa en gran medida en estudios del American Enterprise Institute, un comité de expertos de derechas. No menciona ninguno de los numerosos estudios y comentarios que demuestran la falsedad de la tesis que echa la culpa al Gobierno.
Roubini y Mihm, por el contrario, captan bien la idea: el enorme crecimiento del mercado de las hipotecas basura estuvo respaldado principalmente no por Fannie Mae y Freddie Mac, sino por instituciones privadas de crédito hipotecario como Countrywide. Además, la Ley de Reinversión en la Comunidad es muy anterior a la burbuja inmobiliaria. Las afirmaciones exageradas sobre que Fannie Mae y Freddie Mac provocaron por sí solos la crisis de las hipotecas subpreferenciales son sencillamente descabelladas.
Como han señalado otros, Fannie y Freddie representaban en realidad una parte muy reducida del conjunto del mercado de los préstamos inmobiliarios durante los años de mayor crecimiento de la burbuja. En la medida en que compraron préstamos inmobiliarios dudosos, lo hicieron buscando beneficios, no persiguiendo objetivos sociales (de hecho, estaban tratando de alcanzar a los prestamistas privados). Por otra parte, pocas de las instituciones implicadas en la concesión de préstamos hipotecarios subpreferenciales -como Countrywide Financial- eran bancos comerciales sujetos a la Ley de Reinversión en la Comunidad.
Aparte de eso, había otras burbujas; la burbuja de los inmuebles comerciales de EE UU, que no estaba en absoluto promovida por políticas públicas, y las burbujas en Europa. El hecho de que los inmuebles residenciales estadounidenses solo fuesen parte de un fenómeno mucho mayor parece ser una presunta prueba en contra de cualquier opinión que dependa demasiado de supuestas distorsiones creadas por los políticos estadounidenses.
¿Era la política gubernamental completamente inocente? No, pero sus pecados eran más de omisión que de acción. A Fannie y Freddie no se les debería haber permitido tratar de obtener beneficios en las últimas etapas de la burbuja inmobiliaria; y los reguladores no fueron capaces de usar la autoridad que tenían para impedir que se asumieran riesgos excesivos. Pero por mucho que los conservadores quieran colocar a los políticos bondadosos en el centro de esta historia, ese no es su lugar. Y el respaldo que da Rajan a la versión conservadora de la historia, sin siquiera reconocer los problemas de dicha versión, resulta poco fiable y evasivo.
La burbuja como un cisne blanco
Sean cuales sean las causas exactas de la burbuja inmobiliaria, es importante darse cuenta de que las burbujas en general no son ni mucho menos algo fuera de lo habitual. Por el contrario, como explicaba detalladamente Robert Shiller, de Yale, en su libro Exuberancia irracional (Turner), elogiado con razón, son una característica recurrente de los mercados financieros. (No es una coincidencia que Shiller avisase desde el principio de que estábamos experimentando una burbuja inmobiliaria masiva). Las burbujas se han producido en las economías pequeñas y en las grandes, en países concretos y en la economía mundial en su conjunto, en periodos de intensa intervención pública y en épocas de mínima injerencia gubernamental. La burbuja inmobiliaria del Atlántico Norte, como dicen Roubini y Mihm, fue un "cisne blanco", un tipo de acontecimiento normal, no uno tremendamente inusual, aunque mucho más grande que la mayoría.
Nosotros opinamos que la burbuja surgió en gran parte gracias a la superabundancia mundial de ahorros, pero que cobró bríos (que es lo que hacen las burbujas). Puede que las innovaciones financieras como la titularización de hipotecas hayan contribuido a inflar la burbuja, pero los bancos europeos se las apañaron para ampliar en exceso el crédito sin tantas florituras. Sin embargo, está claro que hubo fallos de supervisión garrafales. En concreto, Ben Bernanke ha reconocido que la Reserva Federal no empleó su autoridad reguladora para frenar los excesos de las entidades de crédito hipotecario (un descuido trágico). Greenspan hizo caso omiso de la clara advertencia que hizo un miembro de la junta directiva de la Reserva sobre los préstamos hipotecarios, que se habían vuelto peligrosamente excesivos. Y la titularización generalizada de los préstamos hipotecarios ha hecho que el problema sea mucho más difícil de resolver.
En un mercado inmobiliario que ahora está deprimido en todos los aspectos de la economía, los titulares de hipotecas y prestatarios con problemas estarían en mejor situación si pudieran renegociar sus préstamos y evitar las ejecuciones hipotecarias. Pero cuando las hipotecas se han rebanado y troceado para agruparlas y luego se han vendido en el mercado internacional, de forma que ningún inversor posee más que una fracción de cualquier hipoteca, esas negociaciones son imposibles. Y por culpa de los lobbies del sector financiero que impidieron que las hipotecas estuviesen cubiertas por los procesos de quiebra personal, ningún juez puede imponer una solución. El fenómeno de la titularización, creado con la creencia de que nunca se produciría un hundimiento a gran escala en el sector de la vivienda, ha atrapado a los inversores y a los prestatarios con problemas en una espiral descendente mutuamente destructiva.
2.
¿Qué pasa cuando las burbujas estallan? Invariablemente, un montón de riqueza en activos desaparece. Pero eso, en sí mismo, no basta para convertir el estallido de una burbuja en una catástrofe para la economía en general. La crisis de la Bolsa de 2000-2002 asestó un golpe de cinco billones de dólares al patrimonio de las familias estadounidenses. Hizo sufrir mucho a aquellas personas que contaban con las plusvalías para su jubilación, pero no desencadenó ninguna crisis sistémica generalizada. La crisis inmobiliaria representó un golpe de ocho billones de dólares, que tampoco fue mucho más grande que el del hundimiento de la Bolsa, si se tienen en cuenta la inflación y el crecimiento económico que hubo de por medio. Pero dio lugar a la peor crisis mundial desde los años treinta. ¿Por qué?
La mayor parte de Cómo salimos de ésta, de Roubini y Mihm, está, de hecho, dedicada a esta pregunta. Curiosamente, teniendo en cuenta la reputación que tiene Roubini de persona extremista y agorera, el libro depara pocas sorpresas. Pero es una muy buena introducción para explicar la manera en que unas finanzas mal encaminadas pueden destrozar una economía por lo demás saludable.
Hay dos respuestas principales a la pregunta de por qué algunas burbujas de activos hacen tanto daño cuando se pinchan. La respuesta más corta de miras se centra en el sector financiero; la de miras más amplias sostiene que la deuda y el apalancamiento entre agentes no financieros como corporaciones y propietarios de viviendas son igual de importantes. El hecho de que uno suscriba una u otra tiene consecuencias importantes para la visión que tiene sobre el modo en que deberíamos responder ante los pertinaces males de la economía.
Hablemos primero del sector financiero: los bancos y otras instituciones similares. Incluso Adam Smith sabía que los bancos están particularmente sujetos a crisis de confianza. Forma parte de la naturaleza de su negocio: un banco puede prometerle que tendrá acceso a su dinero siempre que quiera pero, dado que la mayoría de los fondos depositados en manos de cualquier banco se invierten en valores a largo plazo, ningún banco puede mantener realmente esa promesa si una gran parte de los depositantes exigen simultáneamente que se les devuelva su dinero. Por eso la banca depende de la confianza: mientras la gente crea que su dinero está seguro y solo saque fondos cuando tenga un motivo personal o empresarial para hacerlo, su dinero probablemente estará a salvo. Pero si los clientes de un banco empiezan a dudar de la solidez de la institución y deciden en masa sacar su dinero -es decir, si hay una retirada masiva de fondos del banco-, el miedo a que el banco quiebre puede convertirse en una profecía hecha realidad.
La crisis mundial del mercado inmobiliario, a diferencia del estallido de la burbuja de las punto.com, hizo que surgieran preocupaciones justificables respecto a la solidez de los bancos. Las instituciones financieras en su mayoría no estaban expuestas a las acciones tecnológicas. Sin embargo, estaban muy expuestas a pérdidas debidas a impagos hipotecarios. Por eso no resulta sorprendente, al menos retrospectivamente, que la crisis del mercado inmobiliario desencadenase una retirada masiva de fondos en grandes partes del sistema financiero. O por usar un término anticuado que vuelve a utilizarse de manera habitual, desencadenó el pánico financiero.
Pero ¿cómo podría darse un pánico de los de antes en el mundo moderno? Generaciones de instructores económicos les han dicho a sus alumnos que las retiradas masivas de fondos en los bancos -como en la famosa escena de la película Qué bello es vivir- son algo del pasado, ya que los depositantes modernos saben que su dinero está asegurado por la Corporación Federal de Garantía de Depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés). ¿Por qué se equivocaban? La ahora familiar respuesta es que en 2007 el sistema financiero había evolucionado hasta un punto en el que tanto la regulación bancaria tradicional como la red de seguridad asociada a ella estaban llenas de agujeros.
En EE UU, la banca convencional fue sustituyéndose progresivamente por diversas alternativas, ahora frecuentemente agrupadas con la expresión "banca en la sombra". Por ejemplo, muchas empresas empezaron a colocar su dinero no en depósitos bancarios sino en repos o acuerdos de recompra (préstamos a muy corto plazo a fondos de cobertura y bancos de inversión). Los acuerdos de recompra ofrecían unos tipos de interés más altos que los depósitos corrientes, porque sus emisores no estaban sujetos a los requisitos de reservas ni a otras normas que se aplican a los bancos convencionales. Pero no estaban garantizados por el Gobierno y, por tanto, estaban expuestos a crisis de confianza. Las retiradas masivas de acuerdos de recompra hundieron a Bear Stearns y Lehman Brothers. Y, según muchos cálculos, en 2007, los acuerdos de recompra y otras formas de banca en la sombra representaban alrededor del 60% del sistema bancario estadounidense total (pero la banca en la sombra seguía estando sin regular ni asegurar en su mayoría). "No es de extrañar", escriben Roubini y Mihm, "que el sistema de banca en la sombra estuviese en el centro de lo que se convertiría en la madre de todas las retiradas masivas bancarias".
En Europa, la ruptura de la red de seguridad bancaria tradicional adquirió una forma un tanto distinta. En primer lugar, los bancos de las zonas de burbuja en España, Irlanda, Islandia y Reino Unido concedieron préstamos que superaban con creces sus depósitos, los cuales complementaron con financiación al por mayor, es decir, adquiriendo préstamos de otros bancos e inversores. Esta financiación al por mayor podía agotarse, y de hecho se agotó, cuando la solidez de los prestamistas originales se vio en tela de juicio.
Más allá de eso, los bancos europeos estaban respaldados por sus Gobiernos nacionales, no por una red de seguridad paneuropea, lo cual quiere decir que, cuando en algunos países surgieron problemas bancarios realmente graves, la capacidad de los Gobiernos de esos países para apoyar a sus bancos se vio cuestionada. Islandia, donde un puñado de banqueros desmandados asumió una deuda varias veces mayor que el PIB del país, es el ejemplo más conocido. Pero dudas similares aunque menos importantes relativas a la capacidad del Gobierno para hacer frente a las deudas de la banca han surgido en Irlanda y España.
De modo que la crisis del mercado inmobiliario generó una crisis de confianza en gran parte del sistema financiero mundial y terminó por paralizar partes cruciales de dicho sistema. Los signos de tensión empezaron a aparecer a finales del verano de 2007; el caos se desató después de la quiebra de Lehman en septiembre de 2008. Durante el invierno de 2008-2009 se dispararon los costes de los préstamos para casi todo el mundo -en el caso de que alguien consiguiera un crédito- excepto para los Gobiernos. Y la economía mundial parecía acercarse peligrosamente a una catástrofe total.
Los responsables políticos se apresuraron a evitar ese final. Se rescató a las instituciones financieras a expensas de los contribuyentes; se ampliaron las garantías para restaurar la confianza (Irlanda, por ejemplo, tomó la extraordinaria medida de garantizar toda la deuda bancaria irlandesa); los bancos centrales y los organismos gubernamentales echaron una mano como prestamistas de último recurso y ofrecían crédito cuando los bancos no podían o no querían. Estas medidas consiguieron controlar el pánico: a principios del verano de 2009, la mayoría de los índices de estrés financiero habían vuelto a valores más o menos normales. Y como señalábamos al principio de este artículo, la economía mundial dejó de caer en picado y empezó a crecer otra vez.
Pero, como también hemos señalado, no ha sido una recuperación en toda regla. Si el problema fundamental tiene que ver con una crisis de confianza en el sistema bancario, ¿por qué la restauración de la confianza en la banca no ha traído una vuelta del crecimiento económico sólido? Es probable que la respuesta sea que los bancos solo eran una parte del problema. Resulta curioso que sólo uno de los tres libros analizados aquí mencione al menos la obra del fallecido Hyman Minsky, un economista heterodoxo y durante mucho tiempo olvidado, a quien le ha llegado su momento (en más de un sentido). No obstante, Roubini y Mihm aportan una buena visión general de las ideas de Minsky (y Richard Koo, lo sepa o no, es en gran medida un minskyano).
La teoría de Minsky, en resumen, era que las épocas de estabilidad financiera sientan las bases de las crisis futuras porque incitan a una amplia variedad de agentes económicos a contraer deudas cada vez mayores y a participar en una especulación cada vez más arriesgada. Mientras los precios de los activos siguen subiendo, impulsados por las compras financiadas con deuda, todo parece marchar sobre ruedas. Pero, antes o después, la música se detiene: hay un momento Minsky en el que todos los actores se dan cuenta (o los acreedores les obligan a darse cuenta) de que los precios de los activos no van a subir eternamente y de que los prestatarios han asumido una deuda excesiva.
Pero ¿no es esta nueva prudencia algo bueno? No. Cuando un individuo intenta pagar lo que debe, no hay ningún problema; pero cuando todo el mundo trata de hacerlo al mismo tiempo, las consecuencias pueden muy fácilmente ser destructivas para todos los implicados. El proceso de destrucción se observa más claramente en el sector financiero, donde el intento por parte de todo el mundo de pagar su deuda vendiendo activos al mismo tiempo puede llevar a un círculo vicioso de precios que se hunden y angustia creciente. Pero el problema no se limita necesariamente a las finanzas.
De hecho, Richard Koo sostiene en The Holy Grail of Macroeconomics (El santo grial de la macroeconomía, sin publicar en España ) que el mayor problema al que se enfrentan las economías después de un momento Minsky (aunque él nunca usa ese término) no reside en el sector financiero, sino en los sectores no financieros con demasiadas deudas en sus balances. Koo es el economista jefe del Instituto de Investigación Nomura. Gran parte de su libro está dedicado a la larga época de estancamiento de Japón que se inició a principios de los años noventa. Este estancamiento, afirma, era en su mayoría un reflejo de los problemas que tenían con las cuentas de resultados las corporaciones no financieras, que se vieron atrapadas en grandes deudas tras el estallido de la burbuja inmobiliaria japonesa en los años ochenta. Sostiene que EE UU se enfrenta ahora a un problema similar, con problemas de deuda concentrados no en las corporaciones sino en los propietarios de viviendas que han asumido grandes deudas tanto al comprar las casas como al usarlas como cajeros automáticos, es decir, rehipotecándolas para obtener dinero en efectivo por la revalorización de la vivienda y gastando ese efectivo en un mayor consumo.
Según el análisis de Koo, los intentos simultáneos por parte de muchos actores privados de pagar sus deudas condujeron a una "falacia de la composición", que está estrechamente relacionada con la famosa (aunque muy a menudo subestimada) "paradoja del ahorro". Cada corporación o familia individual recorta el gasto en un intento por reducir la deuda; pero estos recortes del gasto reducen los ingresos de todo el mundo y mantienen la economía permanentemente deprimida.
Estos problemas más generales de deuda y desapalancamiento posiblemente expliquen por qué el éxito a la hora de estabilizar el sector financiero solo ha servido para alejar un poco la economía del abismo, sin dar pie a una recuperación sólida. La economía está atada de pies y manos, todavía paralizada por la excesiva cantidad de deuda sin pagar. Es decir, los esfuerzos simultáneos de tantas personas por pagar sus deudas al mismo tiempo hacen que la economía siga deprimida.
¿Y cuál es la solución? A corto plazo, la única forma de evitar una recesión profunda cuando casi todo el mundo en el sector privado está tratando de pagar su deuda simultáneamente es que el Gobierno se mueva en la dirección contraria: que se convierta, de hecho, en el prestatario de último recurso, emitiendo deuda y gastando más a medida que el sector privado se retrae. Cuando el momento Minsky es más intenso, los déficits presupuestarios no solo son buenos, son necesarios. En realidad, el aumento de los déficits presupuestarios en todo el mundo entre 2007 y 2009 posiblemente fue más importante aún que los rescates financieros para evitar que la crisis del mercado inmobiliario desencadenase una repetición de la Gran Depresión en toda su magnitud.
Por cierto que, este aumento repentino de los déficits presupuestarios no se debió principalmente a los esfuerzos deliberados por estimular la economía. Al contrario, los factores principales fueron la caída de la recaudación fiscal a medida que las economías se hundían y, en segundo lugar, un crecimiento de los pagos automáticos como los subsidios por desempleo. En EE UU, el déficit federal bianual de 2009-2010 rondará los 2,5 billones de dólares; el plan de estímulo de Obama representa menos de un cuarto del total.
Por tanto, los déficits presupuestarios han evitado que caigamos en el abismo.
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Sin embargo, hacia el verano de 2009, a medida que la economía mundial se estabilizaba, quedó claro que no habría una repetición de la Gran Depresión en toda su magnitud. Desde junio de 2009, aproximadamente, muchos indicadores han estado apuntando hacia arriba: el PIB ha subido en todas las economías importantes, la producción industrial mundial ha crecido y los beneficios empresariales estadounidenses han vuelto a los niveles anteriores a la crisis.
Sin embargo, el paro apenas ha descendido en EE UU y Europa (lo que significa que la precaria situación de los parados, especialmente en EE UU, donde la red de seguridad es mínima, no ha parado de empeorar a medida que las prestaciones se agotan y los ahorros se acaban). Y hay pocas perspectivas de mejoría: el desempleo sigue creciendo en las economías europeas más afectadas, el crecimiento económico de EE UU se está ralentizando claramente y muchas previsiones económicas apuntan a que la tasa de paro estadounidense seguirá siendo elevada o incluso ascenderá en el transcurso del próximo año.
Teniendo en cuenta estas sombrías circunstancias, ¿no deberíamos esperar cierta urgencia por parte de los políticos y los economistas, cierta prisa por presentar planes que fomenten el crecimiento y creen empleo? Por lo visto, no: un análisis informal de libros y artículos recientes no muestra nada parecido.
Los libros sobre la gran recesión siguen saliendo a raudales de las imprentas; pero, en su mayoría, tienen una visión retrospectiva y se preguntan cómo nos hemos metido en este lío, en vez de decirnos cómo salir de él. Para ser justos, muchos libros recientes sí que dan recetas sobre cómo evitar la siguiente burbuja; pero no ofrecen mucha orientación acerca del problema más acuciante: el de cómo hacer frente a las consecuencias no resueltas de la última.
Esta extraña dejadez tampoco puede explicarse enteramente por los mecanismos del comercio editorial. Es cierto que la mayoría de los libros sobre economía que aparecen ahora llegaron a las imprentas antes de que se hiciese plenamente evidente la naturaleza decepcionante de nuestra mal llamada recuperación. No obstante, incluso un análisis de artículos recientes muestra una llamativa falta de disposición por parte de la abatida ciencia para ofrecer soluciones a los problemas de un paro persistentemente elevado y una economía floja. Ha habido un encendido debate sobre la efectividad de las medidas monetarias y fiscales adoptadas en los peores momentos de la crisis; también ha habido ruidosas declaraciones acerca de lo que no debemos hacer (las advertencias sobre el supuesto peligro de los déficits presupuestarios o de la política monetaria expansiva son incontables). Pero las propuestas de medidas positivas que nos saquen del agujero en el que estamos son pocas y muy distanciadas entre sí.
En las páginas siguientes presentaremos un análisis relativamente breve sobre un tema en el que se ha hecho mucho hincapié, pero que sigue siendo controvertido: los orígenes de la crisis de 2008. Luego nos fijaremos en los debates políticos en curso acerca de la respuesta a la crisis y sus consecuencias. Para no dejar a los lectores en suspenso: creemos que la relativa ausencia de propuestas para hacer frente al paro masivo es un caso de "parálisis autoinducida" (una expresión utilizada por el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, hace una década, cuando era un investigador que criticaba a los responsables políticos desde fuera).
Hay margen para la acción, tanto monetaria como fiscal. Pero tanto los políticos como los funcionarios y los economistas han sufrido una crisis nerviosa, una crisis por la que millones de trabajadores pagarán un alto precio.
1.
Podríamos llamarlo la gran burbuja inmobiliaria del Atlántico Norte: en la primera década del tercer milenio, los precios de las viviendas y los inmuebles comerciales se dispararon en algunas zonas de Europa y Norteamérica. Entre 1997 y 2007, el precio de la vivienda subió un 175% en EE UU, un 180% en España, un 210% en Reino Unido y un 240% en Irlanda.
¿Por qué subieron tanto los precios de los inmuebles y en tantos sitios? Hablando de manera general, hay cuatro explicaciones populares (que no son excluyentes entre ellas): la política de tipos de interés bajos de la Reserva Federal después de la recesión de 2001; la "superabundancia mundial de ahorros"; las innovaciones financieras que disfrazaban el riesgo, y los programas gubernamentales que generaban riesgo moral.
La política de tipos de interés bajos de la Reserva Federal
Después del estallido de la burbuja tecnológica a finales de los años noventa, los bancos centrales rebajaron drásticamente los tipos de interés a corto plazo que controlaban directamente en un intento por contener la consiguiente recesión. La Reserva Federal tomó la medida más radical al rebajar el tipo diario de los préstamos interbancarios del 6,5% registrado a principios de 2000 a un mero 1% en 2003, y al seguir manteniéndolo muy bajo durante 2004.
Y hay una escuela de pensamiento -con la que Raghuram Rajan simpatiza claramente en su libro Fault Lines (Líneas de falla, no publicado en España), y que recibe un apoyo más matizado por parte de Nouriel Roubini y Stephen Mihm en Cómo salimos de ésta (Destino)- que considera que este periodo prolongado de tipos bajos fue un terrible error político que sentó las bases para la burbuja inmobiliaria.
Sin embargo, este punto de vista presenta algunas pegas importantes. Para empezar, había buenos motivos para que la Reserva Federal mantuviese bajo su tipo interbancario, o político. Aunque la recesión de 2001 no fue especialmente profunda, la recuperación fue lenta; en EE UU, el empleo no recuperó los niveles anteriores a la recesión hasta 2005. Y con una inflación que alcanzó su valor más bajo en 35 años había razones para preocuparse por una posible trampa deflacionista en la cual una economía deprimida hace que bajen los salarios y precios, lo que a su vez deprime aún más la economía. Resulta difícil imaginar, incluso con la perspectiva que da el tiempo, de qué manera podría haber justificado la Reserva Federal el hecho de no mantener los tipos bajos durante un periodo prolongado.
El hecho de que la burbuja inmobiliaria fuese un fenómeno más noratlántico que puramente estadounidense también hace que resulte difícil achacar la culpa de esa burbuja principalmente a la política de los tipos de interés. El Banco Central Europeo no fue ni mucho menos tan agresivo como la Reserva Federal, y redujo los tipos de interés que controlaba solo la mitad de lo que lo hizo su homóloga estadounidense, pero no obstante, las burbujas inmobiliarias europeas fueron perfectamente comparables en escala a la de EE UU.
Estos argumentos dan a entender que sería un error atribuir toda o parte de la culpa por la burbuja inmobiliaria a una política monetaria descaminada.
La superabundancia mundial de ahorros
La expresión "superabundancia mundial de ahorros" proviene en realidad de un discurso que pronunció Ben Bernanke a principios de 2005. En dicho discurso, el futuro presidente de la Reserva Federal sostenía que el gran déficit comercial de EE UU -y los grandes déficits de otros países como Reino Unido y España- no reflejaba tanto un cambio en el comportamiento de esos países como un cambio en el comportamiento de los países con superávit.
Históricamente, los países en vías de desarrollo han tenido déficits comerciales respecto a los países desarrollados, ya que compran maquinaria y otros bienes de equipo con el fin de aumentar su nivel de desarrollo económico. En los albores de la crisis financiera que golpeó Asia en 1997 y 1998, esta práctica habitual se invirtió: las economías en vías de desarrollo de Asia y Oriente Próximo tenían grandes superávits comerciales respecto a los países desarrollados, con el fin de acumular enormes reservas de activos extranjeros como seguro contra otra crisis financiera.
Alemania también contribuyó a este desequilibrio mundial al alcanzar grandes superávits comerciales respecto al resto de Europa a fin de financiar la reunificación y el rápido envejecimiento de su población. En China, cuyo superávit comercial equivale a la mayor parte del déficit comercial de EE UU, el deseo de protegerse contra una posible crisis financiera ha dado forma a una política en la que la moneda se mantiene infravalorada, lo cual beneficia a las empresas exportadoras con conexiones políticas, a menudo a expensas de la población trabajadora en general.
Para los países con déficit comercial como EE UU, España y Reino Unido, la otra cara del desequilibrio comercial fueron unos grandes flujos de capital entrante debido a que los países con superávit compraban cantidades ingentes de bonos y otros activos estadounidenses, españoles y británicos. Estas entradas de capital también hicieron bajar los tipos de interés; no los tipos a corto plazo fijados por las políticas de los bancos centrales, sino los tipos a largo plazo, que son los que importan con vistas al gasto y al precio de la vivienda y que dependen de los mercados de bonos. Tanto en EE UU como en los países europeos, los tipos de interés a largo plazo experimentaron un drástico descenso después de 2000 y permanecieron bajos incluso cuando la Reserva Federal empezó a subir su tipo a corto plazo. Su presidente en aquel momento, Alan Greenspan, llamó a esta divergencia el "enigma" del mercado de obligaciones, pero es perfectamente comprensible, dadas las fuerzas internacionales implicadas. Y merece la pena señalar que, aunque, como hemos dicho, el Banco Central Europeo no fuese ni mucho menos tan agresivo como la Reserva Federal a la hora de rebajar los tipos a corto plazo, los tipos a largo plazo cayeron igual o más en España e Irlanda que en EE UU, un hecho que invalida la idea de que fue la política monetaria flexible la causante de la burbuja inmobiliaria.
De hecho, en aquel discurso de 2005, Bernanke reconocía que el impacto de la superabundancia de ahorros se estaba dejando sentir principalmente en el sector de la vivienda: durante estos últimos años, las principales repercusiones de la superabundancia mundial de ahorros en el precio de los activos parece haberse producido en el mercado de la inversión residencial, ya que los tipos hipotecarios bajos han propiciado unos niveles récord de construcción de casas y unas fuertes subidas del precio de las viviendas.
Algo en lo que, por desgracia, no reparó fue que los precios de las casas estaban subiendo mucho más de lo que deberían haber subido, incluso teniendo en cuenta los tipos hipotecarios bajos. A finales de 2005, tan solo unos meses antes de que la burbuja inmobiliaria estadounidense empezase a deshincharse, declaraba -desechando implícitamente los argumentos de diversas Casandras prominentes- que los precios de la vivienda "son, en gran medida, el reflejo de unas bases económicas sólidas". Y como casi todos los demás, Bernanke no se percató de que tanto las instituciones financieras como las familias estaban asumiendo riesgos que no comprendían, porque daban por hecho que los precios de las viviendas nunca bajarían.
A pesar de la extraordinaria falta de clarividencia de la que ha hecho gala Bernanke con respecto a la crisis que se nos venía encima, la historia de la superabundancia mundial ofrece, no obstante, una de las mejores explicaciones sobre cómo tantos países se las arreglaron para meterse en problemas tan parecidos.
La innovación financiera descontrolada
Mary tenía un corderito y, cuando vio que estaba enfermo, lo envió al polígono industrial de Packingtown, y ahora es pollo envasado.
La famosa cancioncilla que resume La jungla de Upton Sinclair parece muy apropiada como descripción de las prácticas financieras que contribuyeron a alimentar la burbuja inmobiliaria, especialmente en el caso de las hipotecas subpreferenciales. A estas alturas, la letanía resulta familiar: el viejo modelo de banca, según el cual los bancos se quedaban con los préstamos que concedían, fue sustituido por la nueva práctica de generar y distribuir. Los generadores de hipotecas -que, en muchos casos, no poseían un negocio bancario tradicional- concedían préstamos para comprar casas y, acto seguido, vendían esos préstamos a otras empresas.
Luego estas empresas reempaquetaban esos préstamos agrupándolos, y a continuación vendían participaciones de estos paquetes de valores; y las agencias de calificación estaban dispuestas a etiquetar el producto de pollo resultante, es decir, a poner su sello de aprobación, la calificación AAA, en los más privilegiados de estos valores hipotecarios, aquellos que tenían preferencia para reclamar el interés y el reembolso del capital principal.
Todo el mundo desconocía tanto los riesgos que planteaba un retroceso general del mercado inmobiliario como la degradación de las reglas sobre garantía bancaria a medida que la burbuja se inflaba (esa ignorancia, sin duda, se veía favorecida por las enormes cantidades de dinero que se ganaban). Cuando llegó la crisis resultó que gran parte de ese papel de categoría triple A apenas valía unos cuantos céntimos por dólar.
Es una historia vergonzosa. Sin embargo, es importante volver atrás y preguntarse por la importancia que tuvieron estas prácticas financieras poco fiables a la hora de sentar las bases de la crisis.
Hay tres puntos que nos parecen importantes. Primero, la versión habitual de la historia transmite la impresión de que Wall Street no tenía ningún incentivo para preocuparse por los riesgos de los préstamos basura, porque era capaz de deshacerse de los residuos tóxicos y encajárselos a inversores incautos de todo el mundo.
Pero esta afirmación parece ser en gran parte errónea, aunque no del todo: aunque había muchísimos inversores ingenuos comprando valores hipotecarios complejos sin comprender sus riesgos, las empresas de Wall Street que emitían estos valores mantenían los activos de más riesgo en sus propios libros de cuentas. Además, muchos de los activos relativamente menos arriesgados los compraban otras instituciones financieras, normalmente consideradas inversores especializados, y no los ciudadanos corrientes. El efecto final fue el de concentrar los riesgos en el sistema bancario, no el de cargar a otros con ellos.
Segundo, la comparación entre Europa y EE UU es instructiva. Europa se las arregló para inflar unas burbujas inmobiliarias gigantescas sin recurrir a complejos esquemas financieros como los de EE UU. Los bancos españoles, en concreto, ampliaron enormemente el crédito; lo hicieron vendiendo garantías sobre sus préstamos a inversores extranjeros, pero estas garantías eran simples, contratos sin florituras que, en última instancia, dejaban el pasivo en manos de los prestamistas originales, los propios bancos españoles. La relativa simplicidad de sus técnicas financieras no impidió que se creara una burbuja enorme ni el estallido posterior.
Un tercer argumento en contra de la idea de que las finanzas complejas desempeñaron una función esencial es el hecho de que la burbuja inmobiliaria vino acompañada de una burbuja simultánea de los inmuebles comerciales, que seguían financiándose fundamentalmente mediante préstamos bancarios tradicionales. De modo que las finanzas exóticas no fueron una condición necesaria para el descontrol de los préstamos, ni siquiera en Estados Unidos.
Lo que sí es posible es que esa innovación financiera hiciera que los efectos de la crisis inmobiliaria fuesen más generalizados: en vez de quedarse en una crisis concentrada geográficamente, en la que solo las instituciones crediticias locales estaban en peligro, la complejidad de la estructura financiera extendió la crisis a instituciones financieras de todo el mundo.
El riesgo moral generado por los programas gubernamentales
La idea de que la culpa fue del Gobierno -que los préstamos avalados por el Gobierno, las órdenes gubernamentales y las garantías gubernamentales explícitas o implícitas condujeron a compras irresponsables de casas- es un dogma de fe de la derecha política. También es un tema central, aunque no el único, del libro Fault Lines, de Raghuram Rajan.
En el mundo, según Rajan, catedrático de Finanzas en la escuela de empresariales de la Universidad de Chicago, las raíces de la crisis financiera se hunden en la creciente desigualdad adquisitiva en EE UU y en la reacción política a esa desigualdad: los congresistas, con la intención de ganarse el favor de los votantes y mitigar las consecuencias de la creciente desigualdad, canalizaron fondos hacia familias con pocos ingresos que querían comprar casas. Fannie Mae y Freddie Mac, las dos instituciones crediticias patrocinadas por el Gobierno, facilitaron el crédito hipotecario; la Ley de Reinversión en la Comunidad, que animaba a los bancos a adaptarse a las necesidades crediticias de las comunidades en las que operaban, les obligó a prestar dinero a prestatarios con pocos ingresos, independientemente del riesgo; y de todas formas, a los bancos no les preocupaba mucho el riesgo porque creían que el Gobierno les respaldaría si algo salía mal.
Rajan afirma que el Programa de Eliminación de Activos Problemáticos (TARP, por sus siglas en inglés), convertido en ley por el presidente Bush el 3 de octubre de 2008, ratificaba la creencia de los bancos de que no tendrían que pagar ningún precio por su desenfreno. Aunque Rajan tiene la precaución de no dar nombres y echa la culpa a los "políticos" en general, está claro que los demócratas son los principales culpables, según su visión del mundo. En general, quienes afirman que el Gobierno ha sido el responsable tienden a centrar su ira en Bill Clinton y en el congresista Barney Frank, que supuestamente estaban detrás de la gran campaña para dar préstamos a los pobres.
No obstante, a pesar de ser una historia en la que todo encaja a la perfección, choca claramente con los hechos. Y resulta decepcionante ver que Rajan, un economista respetado por todos que fue uno de los primeros que advirtieron sobre el descontrol de Wall Street, se traga algo que esencialmente es un mito con motivaciones políticas. El libro de Rajan se basa en gran medida en estudios del American Enterprise Institute, un comité de expertos de derechas. No menciona ninguno de los numerosos estudios y comentarios que demuestran la falsedad de la tesis que echa la culpa al Gobierno.
Roubini y Mihm, por el contrario, captan bien la idea: el enorme crecimiento del mercado de las hipotecas basura estuvo respaldado principalmente no por Fannie Mae y Freddie Mac, sino por instituciones privadas de crédito hipotecario como Countrywide. Además, la Ley de Reinversión en la Comunidad es muy anterior a la burbuja inmobiliaria. Las afirmaciones exageradas sobre que Fannie Mae y Freddie Mac provocaron por sí solos la crisis de las hipotecas subpreferenciales son sencillamente descabelladas.
Como han señalado otros, Fannie y Freddie representaban en realidad una parte muy reducida del conjunto del mercado de los préstamos inmobiliarios durante los años de mayor crecimiento de la burbuja. En la medida en que compraron préstamos inmobiliarios dudosos, lo hicieron buscando beneficios, no persiguiendo objetivos sociales (de hecho, estaban tratando de alcanzar a los prestamistas privados). Por otra parte, pocas de las instituciones implicadas en la concesión de préstamos hipotecarios subpreferenciales -como Countrywide Financial- eran bancos comerciales sujetos a la Ley de Reinversión en la Comunidad.
Aparte de eso, había otras burbujas; la burbuja de los inmuebles comerciales de EE UU, que no estaba en absoluto promovida por políticas públicas, y las burbujas en Europa. El hecho de que los inmuebles residenciales estadounidenses solo fuesen parte de un fenómeno mucho mayor parece ser una presunta prueba en contra de cualquier opinión que dependa demasiado de supuestas distorsiones creadas por los políticos estadounidenses.
¿Era la política gubernamental completamente inocente? No, pero sus pecados eran más de omisión que de acción. A Fannie y Freddie no se les debería haber permitido tratar de obtener beneficios en las últimas etapas de la burbuja inmobiliaria; y los reguladores no fueron capaces de usar la autoridad que tenían para impedir que se asumieran riesgos excesivos. Pero por mucho que los conservadores quieran colocar a los políticos bondadosos en el centro de esta historia, ese no es su lugar. Y el respaldo que da Rajan a la versión conservadora de la historia, sin siquiera reconocer los problemas de dicha versión, resulta poco fiable y evasivo.
La burbuja como un cisne blanco
Sean cuales sean las causas exactas de la burbuja inmobiliaria, es importante darse cuenta de que las burbujas en general no son ni mucho menos algo fuera de lo habitual. Por el contrario, como explicaba detalladamente Robert Shiller, de Yale, en su libro Exuberancia irracional (Turner), elogiado con razón, son una característica recurrente de los mercados financieros. (No es una coincidencia que Shiller avisase desde el principio de que estábamos experimentando una burbuja inmobiliaria masiva). Las burbujas se han producido en las economías pequeñas y en las grandes, en países concretos y en la economía mundial en su conjunto, en periodos de intensa intervención pública y en épocas de mínima injerencia gubernamental. La burbuja inmobiliaria del Atlántico Norte, como dicen Roubini y Mihm, fue un "cisne blanco", un tipo de acontecimiento normal, no uno tremendamente inusual, aunque mucho más grande que la mayoría.
Nosotros opinamos que la burbuja surgió en gran parte gracias a la superabundancia mundial de ahorros, pero que cobró bríos (que es lo que hacen las burbujas). Puede que las innovaciones financieras como la titularización de hipotecas hayan contribuido a inflar la burbuja, pero los bancos europeos se las apañaron para ampliar en exceso el crédito sin tantas florituras. Sin embargo, está claro que hubo fallos de supervisión garrafales. En concreto, Ben Bernanke ha reconocido que la Reserva Federal no empleó su autoridad reguladora para frenar los excesos de las entidades de crédito hipotecario (un descuido trágico). Greenspan hizo caso omiso de la clara advertencia que hizo un miembro de la junta directiva de la Reserva sobre los préstamos hipotecarios, que se habían vuelto peligrosamente excesivos. Y la titularización generalizada de los préstamos hipotecarios ha hecho que el problema sea mucho más difícil de resolver.
En un mercado inmobiliario que ahora está deprimido en todos los aspectos de la economía, los titulares de hipotecas y prestatarios con problemas estarían en mejor situación si pudieran renegociar sus préstamos y evitar las ejecuciones hipotecarias. Pero cuando las hipotecas se han rebanado y troceado para agruparlas y luego se han vendido en el mercado internacional, de forma que ningún inversor posee más que una fracción de cualquier hipoteca, esas negociaciones son imposibles. Y por culpa de los lobbies del sector financiero que impidieron que las hipotecas estuviesen cubiertas por los procesos de quiebra personal, ningún juez puede imponer una solución. El fenómeno de la titularización, creado con la creencia de que nunca se produciría un hundimiento a gran escala en el sector de la vivienda, ha atrapado a los inversores y a los prestatarios con problemas en una espiral descendente mutuamente destructiva.
2.
¿Qué pasa cuando las burbujas estallan? Invariablemente, un montón de riqueza en activos desaparece. Pero eso, en sí mismo, no basta para convertir el estallido de una burbuja en una catástrofe para la economía en general. La crisis de la Bolsa de 2000-2002 asestó un golpe de cinco billones de dólares al patrimonio de las familias estadounidenses. Hizo sufrir mucho a aquellas personas que contaban con las plusvalías para su jubilación, pero no desencadenó ninguna crisis sistémica generalizada. La crisis inmobiliaria representó un golpe de ocho billones de dólares, que tampoco fue mucho más grande que el del hundimiento de la Bolsa, si se tienen en cuenta la inflación y el crecimiento económico que hubo de por medio. Pero dio lugar a la peor crisis mundial desde los años treinta. ¿Por qué?
La mayor parte de Cómo salimos de ésta, de Roubini y Mihm, está, de hecho, dedicada a esta pregunta. Curiosamente, teniendo en cuenta la reputación que tiene Roubini de persona extremista y agorera, el libro depara pocas sorpresas. Pero es una muy buena introducción para explicar la manera en que unas finanzas mal encaminadas pueden destrozar una economía por lo demás saludable.
Hay dos respuestas principales a la pregunta de por qué algunas burbujas de activos hacen tanto daño cuando se pinchan. La respuesta más corta de miras se centra en el sector financiero; la de miras más amplias sostiene que la deuda y el apalancamiento entre agentes no financieros como corporaciones y propietarios de viviendas son igual de importantes. El hecho de que uno suscriba una u otra tiene consecuencias importantes para la visión que tiene sobre el modo en que deberíamos responder ante los pertinaces males de la economía.
Hablemos primero del sector financiero: los bancos y otras instituciones similares. Incluso Adam Smith sabía que los bancos están particularmente sujetos a crisis de confianza. Forma parte de la naturaleza de su negocio: un banco puede prometerle que tendrá acceso a su dinero siempre que quiera pero, dado que la mayoría de los fondos depositados en manos de cualquier banco se invierten en valores a largo plazo, ningún banco puede mantener realmente esa promesa si una gran parte de los depositantes exigen simultáneamente que se les devuelva su dinero. Por eso la banca depende de la confianza: mientras la gente crea que su dinero está seguro y solo saque fondos cuando tenga un motivo personal o empresarial para hacerlo, su dinero probablemente estará a salvo. Pero si los clientes de un banco empiezan a dudar de la solidez de la institución y deciden en masa sacar su dinero -es decir, si hay una retirada masiva de fondos del banco-, el miedo a que el banco quiebre puede convertirse en una profecía hecha realidad.
La crisis mundial del mercado inmobiliario, a diferencia del estallido de la burbuja de las punto.com, hizo que surgieran preocupaciones justificables respecto a la solidez de los bancos. Las instituciones financieras en su mayoría no estaban expuestas a las acciones tecnológicas. Sin embargo, estaban muy expuestas a pérdidas debidas a impagos hipotecarios. Por eso no resulta sorprendente, al menos retrospectivamente, que la crisis del mercado inmobiliario desencadenase una retirada masiva de fondos en grandes partes del sistema financiero. O por usar un término anticuado que vuelve a utilizarse de manera habitual, desencadenó el pánico financiero.
Pero ¿cómo podría darse un pánico de los de antes en el mundo moderno? Generaciones de instructores económicos les han dicho a sus alumnos que las retiradas masivas de fondos en los bancos -como en la famosa escena de la película Qué bello es vivir- son algo del pasado, ya que los depositantes modernos saben que su dinero está asegurado por la Corporación Federal de Garantía de Depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés). ¿Por qué se equivocaban? La ahora familiar respuesta es que en 2007 el sistema financiero había evolucionado hasta un punto en el que tanto la regulación bancaria tradicional como la red de seguridad asociada a ella estaban llenas de agujeros.
En EE UU, la banca convencional fue sustituyéndose progresivamente por diversas alternativas, ahora frecuentemente agrupadas con la expresión "banca en la sombra". Por ejemplo, muchas empresas empezaron a colocar su dinero no en depósitos bancarios sino en repos o acuerdos de recompra (préstamos a muy corto plazo a fondos de cobertura y bancos de inversión). Los acuerdos de recompra ofrecían unos tipos de interés más altos que los depósitos corrientes, porque sus emisores no estaban sujetos a los requisitos de reservas ni a otras normas que se aplican a los bancos convencionales. Pero no estaban garantizados por el Gobierno y, por tanto, estaban expuestos a crisis de confianza. Las retiradas masivas de acuerdos de recompra hundieron a Bear Stearns y Lehman Brothers. Y, según muchos cálculos, en 2007, los acuerdos de recompra y otras formas de banca en la sombra representaban alrededor del 60% del sistema bancario estadounidense total (pero la banca en la sombra seguía estando sin regular ni asegurar en su mayoría). "No es de extrañar", escriben Roubini y Mihm, "que el sistema de banca en la sombra estuviese en el centro de lo que se convertiría en la madre de todas las retiradas masivas bancarias".
En Europa, la ruptura de la red de seguridad bancaria tradicional adquirió una forma un tanto distinta. En primer lugar, los bancos de las zonas de burbuja en España, Irlanda, Islandia y Reino Unido concedieron préstamos que superaban con creces sus depósitos, los cuales complementaron con financiación al por mayor, es decir, adquiriendo préstamos de otros bancos e inversores. Esta financiación al por mayor podía agotarse, y de hecho se agotó, cuando la solidez de los prestamistas originales se vio en tela de juicio.
Más allá de eso, los bancos europeos estaban respaldados por sus Gobiernos nacionales, no por una red de seguridad paneuropea, lo cual quiere decir que, cuando en algunos países surgieron problemas bancarios realmente graves, la capacidad de los Gobiernos de esos países para apoyar a sus bancos se vio cuestionada. Islandia, donde un puñado de banqueros desmandados asumió una deuda varias veces mayor que el PIB del país, es el ejemplo más conocido. Pero dudas similares aunque menos importantes relativas a la capacidad del Gobierno para hacer frente a las deudas de la banca han surgido en Irlanda y España.
De modo que la crisis del mercado inmobiliario generó una crisis de confianza en gran parte del sistema financiero mundial y terminó por paralizar partes cruciales de dicho sistema. Los signos de tensión empezaron a aparecer a finales del verano de 2007; el caos se desató después de la quiebra de Lehman en septiembre de 2008. Durante el invierno de 2008-2009 se dispararon los costes de los préstamos para casi todo el mundo -en el caso de que alguien consiguiera un crédito- excepto para los Gobiernos. Y la economía mundial parecía acercarse peligrosamente a una catástrofe total.
Los responsables políticos se apresuraron a evitar ese final. Se rescató a las instituciones financieras a expensas de los contribuyentes; se ampliaron las garantías para restaurar la confianza (Irlanda, por ejemplo, tomó la extraordinaria medida de garantizar toda la deuda bancaria irlandesa); los bancos centrales y los organismos gubernamentales echaron una mano como prestamistas de último recurso y ofrecían crédito cuando los bancos no podían o no querían. Estas medidas consiguieron controlar el pánico: a principios del verano de 2009, la mayoría de los índices de estrés financiero habían vuelto a valores más o menos normales. Y como señalábamos al principio de este artículo, la economía mundial dejó de caer en picado y empezó a crecer otra vez.
Pero, como también hemos señalado, no ha sido una recuperación en toda regla. Si el problema fundamental tiene que ver con una crisis de confianza en el sistema bancario, ¿por qué la restauración de la confianza en la banca no ha traído una vuelta del crecimiento económico sólido? Es probable que la respuesta sea que los bancos solo eran una parte del problema. Resulta curioso que sólo uno de los tres libros analizados aquí mencione al menos la obra del fallecido Hyman Minsky, un economista heterodoxo y durante mucho tiempo olvidado, a quien le ha llegado su momento (en más de un sentido). No obstante, Roubini y Mihm aportan una buena visión general de las ideas de Minsky (y Richard Koo, lo sepa o no, es en gran medida un minskyano).
La teoría de Minsky, en resumen, era que las épocas de estabilidad financiera sientan las bases de las crisis futuras porque incitan a una amplia variedad de agentes económicos a contraer deudas cada vez mayores y a participar en una especulación cada vez más arriesgada. Mientras los precios de los activos siguen subiendo, impulsados por las compras financiadas con deuda, todo parece marchar sobre ruedas. Pero, antes o después, la música se detiene: hay un momento Minsky en el que todos los actores se dan cuenta (o los acreedores les obligan a darse cuenta) de que los precios de los activos no van a subir eternamente y de que los prestatarios han asumido una deuda excesiva.
Pero ¿no es esta nueva prudencia algo bueno? No. Cuando un individuo intenta pagar lo que debe, no hay ningún problema; pero cuando todo el mundo trata de hacerlo al mismo tiempo, las consecuencias pueden muy fácilmente ser destructivas para todos los implicados. El proceso de destrucción se observa más claramente en el sector financiero, donde el intento por parte de todo el mundo de pagar su deuda vendiendo activos al mismo tiempo puede llevar a un círculo vicioso de precios que se hunden y angustia creciente. Pero el problema no se limita necesariamente a las finanzas.
De hecho, Richard Koo sostiene en The Holy Grail of Macroeconomics (El santo grial de la macroeconomía, sin publicar en España ) que el mayor problema al que se enfrentan las economías después de un momento Minsky (aunque él nunca usa ese término) no reside en el sector financiero, sino en los sectores no financieros con demasiadas deudas en sus balances. Koo es el economista jefe del Instituto de Investigación Nomura. Gran parte de su libro está dedicado a la larga época de estancamiento de Japón que se inició a principios de los años noventa. Este estancamiento, afirma, era en su mayoría un reflejo de los problemas que tenían con las cuentas de resultados las corporaciones no financieras, que se vieron atrapadas en grandes deudas tras el estallido de la burbuja inmobiliaria japonesa en los años ochenta. Sostiene que EE UU se enfrenta ahora a un problema similar, con problemas de deuda concentrados no en las corporaciones sino en los propietarios de viviendas que han asumido grandes deudas tanto al comprar las casas como al usarlas como cajeros automáticos, es decir, rehipotecándolas para obtener dinero en efectivo por la revalorización de la vivienda y gastando ese efectivo en un mayor consumo.
Según el análisis de Koo, los intentos simultáneos por parte de muchos actores privados de pagar sus deudas condujeron a una "falacia de la composición", que está estrechamente relacionada con la famosa (aunque muy a menudo subestimada) "paradoja del ahorro". Cada corporación o familia individual recorta el gasto en un intento por reducir la deuda; pero estos recortes del gasto reducen los ingresos de todo el mundo y mantienen la economía permanentemente deprimida.
Estos problemas más generales de deuda y desapalancamiento posiblemente expliquen por qué el éxito a la hora de estabilizar el sector financiero solo ha servido para alejar un poco la economía del abismo, sin dar pie a una recuperación sólida. La economía está atada de pies y manos, todavía paralizada por la excesiva cantidad de deuda sin pagar. Es decir, los esfuerzos simultáneos de tantas personas por pagar sus deudas al mismo tiempo hacen que la economía siga deprimida.
¿Y cuál es la solución? A corto plazo, la única forma de evitar una recesión profunda cuando casi todo el mundo en el sector privado está tratando de pagar su deuda simultáneamente es que el Gobierno se mueva en la dirección contraria: que se convierta, de hecho, en el prestatario de último recurso, emitiendo deuda y gastando más a medida que el sector privado se retrae. Cuando el momento Minsky es más intenso, los déficits presupuestarios no solo son buenos, son necesarios. En realidad, el aumento de los déficits presupuestarios en todo el mundo entre 2007 y 2009 posiblemente fue más importante aún que los rescates financieros para evitar que la crisis del mercado inmobiliario desencadenase una repetición de la Gran Depresión en toda su magnitud.
Por cierto que, este aumento repentino de los déficits presupuestarios no se debió principalmente a los esfuerzos deliberados por estimular la economía. Al contrario, los factores principales fueron la caída de la recaudación fiscal a medida que las economías se hundían y, en segundo lugar, un crecimiento de los pagos automáticos como los subsidios por desempleo. En EE UU, el déficit federal bianual de 2009-2010 rondará los 2,5 billones de dólares; el plan de estímulo de Obama representa menos de un cuarto del total.
Por tanto, los déficits presupuestarios han evitado que caigamos en el abismo.
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