Tres informes privados a los que accedió lanacion.com indican que supera el 30% y alcanza a más de 12 millones de personas en el país; hay más de 4 millones de indigentes; la inflación, y ahora la caída de la actividad, son las principales causas; críticas por la falta de políticas.
Paradójicamente, el crecimiento económico genera más pobres en la Argentina. A contramano de las cuestionadas estadísticas oficiales, que resaltan que el 17,8% de los ciudadanos viven bajo la línea de pobreza, tres informes privados e independientes estiman que este flagelo superó el 30% en 2008 y hunde en la miseria a más de 12 millones de argentinos.
La intervención del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, sobre los datos que miden la inflación distorsionaron también el cálculo de las canastas que marcan la pertenencia al piso de la pirámide social. Para el Gobierno, la indigencia alcanzó al 5,1% de las personas en el primer semestre de 2008, mientras que otras mediciones la ubican en más de un 10%, o sea, impactando a 4 millones de argentinos.
Los datos surgen de tres estimaciones elaboradas por Ecolatina, el Instituto de Estudios y Formación de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) y la consultora Prefinex a las que accedió lanacion.com.
Desde la consultora fundada por el ex ministro de Economía Roberto Lavagna estimaron que la Canasta Básica Total (CBT) -que mide el umbral de la pobreza- acumuló un alza de un 26,2% durante el año pasado, un dato muy superior al oficial (2,6%). La Canasta Básica Alimentaria (CBA), avanzó un 27,8%, o sea $ 54 más cara. Para el Indec, se encareció sólo 60 centavos en el año.
"En junio de 2008, la inflación en alimentos y bebidas fue de un 40,5%. A partir del segundo semestre del año pasado, los precios comienzan a desacelerarse", explicó el director de Ecolatina Rodrigo Alvarez a lanacion.com.
"El segundo elemento que define el nivel de la pobreza son los ingresos. Los datos oficiales tienen algunas cosas que no resultan lógicas. Es poco creíble que los salarios que más crecen son los del sector informal, los primeros en ser ajustados frente a una crisis y los que no ingresan en las negociaciones paritarias. Es una manipulación por dos caminos que oculta la pobreza", agregó.
Desde enero de 2007, el Gobierno mantiene intervenido el Indec y subestima los datos de inflación, lo que, a su vez, desinfla el alza de estas canastas y el cómputo de la cantidad de pobres e indigentes que elabora la Encuesta Permanente de Hogares (EHP).
La CBA representa a los productos requeridos para la cobertura de un umbral mínimo de necesidades energéticas y proteicas. Quienes no puedan cubrirlas son considerados indigentes. La CBT, en tanto, suma algunos servicios básicos para definir quiénes son los pobres.
"Al combinar la evolución de los ingresos familiares y la CBT, surge que la proporción de la población por debajo del umbral de la pobreza alcanzó un 30,5% en el segundo semestre de 2008, superando nuestra estimación del primer semestre (30,3%) y el registro de todo 2007", concluye el informe de Ecolatina.
Estas cifras muestran un corte en la tendencia de permanente caída de la pobreza que refleja el organismo estadístico oficial, cuyos datos coinciden con el período comprendido entre el segundo semestre de 2005 y el primero de 2006, cuando aún no se vislumbraba la crisis financiera internacional y un posible impacto en el empleo local.
"Por el lado de la indigencia, nuestras estimaciones arrojan que el 10,7% de la población no pudo costear la canasta alimentaria en la segunda mitad de 2008", consigna el informe que calcula que existen 4,2 millones de indigentes y 12 millones de pobres.
Moderado. No obstante, para la consultora que dirige Alvarez la pobreza crece a un ritmo más moderado. Esto es no por un vuelco en el timón oficial, sino porque la caída del consumo frenó el alza de los precios. Sin embargo, el desempleo es nuevamente la principal preocupación de los argentinos.
"En el último trimestre de 2008 hubo un debilitamiento en las presiones inflacionarias. El peligro de caer en la pobreza no viene ahora por el impacto de precios sino por la aparición de señales de deterioro económico que van a dominar el periodo 2009", señaló a lanacion.com el economista Claudio Lozano.
Para la CTA, la inflación real es cuatro veces superior a la oficial. En un informe actualizado hasta octubre, estima una CBA de $ 242,16 (la oficial la ubicaba en 143,1) y una CBT de $ 433,62 (contra los $ 314,96). El centro de estudios sindical, estima que existían en esos meses 10,5 millones de pobres (26,5%) y 4,5 millones de indigentes (11,4%).
El documento, elaborado por trabajadores desplazados del Indec, afirma que, se si ajustan estos datos a la estructura de consumo del período 96/97 (la EPH usa la vigente desde 1988), las tasas de pobreza e indigencia llegarían hasta 33,5% y 14,5%, respectivamente. La inflación extraoficial se estimó con los datos de la recaudación del IVA y las estadísticas provinciales.
"Lo que gobernó los incrementos de los niveles de indigencia fue básicamente las fuertes alzas de precios, sobre todo en alimentos, en los últimos dos años. A fines de 2008 comenzó a darse una caída de la actividad, aunque no con toda la profundidad que tendrá este año", agregó Lozano, que criticó al Gobierno por la falta de políticas de distribución del ingreso.
Desde Prefinex afirmaron que si se compararan los valores del Salario Mínimo Vital y Móvil y los de la canasta de pobreza publicada por Indec para una familia tipo de dos adultos y dos niños menores, la cobertura del salario mínimo es del 100%.
"Sin embargo, los valores de dicha canasta se encuentran subestimados por efecto de la manipulación de los incrementos de precios por parte del IPC. Si se ajusta la canasta según la evolución de los IPC provinciales se obtiene un valor para una familia tipo de $ 1365, el cual se encuentra por encima del salario mínimo de $ 1240", señala el documento. Esto deja lejos la posibilidad de cubrir las necesidades básicas de una familia que tiene una inserción laboral informal.
"La pobreza en la Argentina posiblemente se encuentre más cerca del 30% que del 18% estimado por las estadísticas oficiales. Esto deriva en un incremento de la vulnerabilidad social, acompañado por un mayor riesgo de desnutrición y malnutrición infantil", indicaron.
Doble impacto. "Ahora existe un doble impacto", sentenció el economista de Prefinex Nicolás Bridger a lanacion.com. "Hasta fines de 2008 la pobreza fue creada por el fuerte incremento de la inflación. Hoy le agregamos la destrucción del empleo", reflexionó.
Bridger estima que ninguna de las medidas que viene anunciando el Gobierno desde noviembre impacta sobre el bolsillo de los más necesitados. Pone como ejemplo la eliminación de la llamada "tablita de Machinea", que benefició a la clase media y asegura que ese dinero no fue a reactivar el consumo sino a acrecentar el ahorro.
"El Gobierno no tiene política de distribución del ingreso para atender a los más pobres. Su principal acción fue la politica de creación de empleo que terminó a fines de 2007", interpretó Lozano. "Ahora existe el plan de obra pública anunciado. Pero tiene un doble problema: no está claro que estén los fondos y tiene una gestión concentrada y con sospechas por sobreprecios limitan el impacto que pueda tener", agrega.
La visión es oscura por donde se lo mire. "Hay estancamiento económico. El problema para 2009 es como poner en marcha la rueda. Las expectativas están sepultadas, los fundamentos están mucho más complicados. Creo que de lo que se anunció oficialmente lo único que puede generar algún efecto es la obra pública en la medida de que se implemente. El resto de las medidas tienen muy bajo impacto", afirmó Alvarez.
Para este año, la situación social será complicada, según coinciden los especialistas. Alvarez proyectó que que se generará un doble efecto: una inflación alta, de cerca del 13%, y un incremento del desempleo. "Ya en muchos casos se privilegia el trabajo al ajuste salarial y eso, junto con la falta de accionar oficial, va a generar más pobreza", aseveró el economista.
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martes, 3 de febrero de 2009
domingo, 1 de febrero de 2009
Discurso inaugural del presidente Barack Obama

Queridos conciudadanos:
Me presento aquí hoy humildemente consciente de la tarea que nos aguarda, agradecido por la confianza que habéis depositado en mí, conocedor de los sacrificios que hicieron nuestros antepasados. Doy gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra nación y por la generosidad y la cooperación que ha demostrado en esta transición.
Son ya 44 los estadounidenses que han prestado juramento como presidentes. Lo han hecho durante mareas de prosperidad y en aguas pacíficas y tranquilas. Sin embargo, en ocasiones, este juramento se ha prestado en medio de nubes y tormentas. En esos momentos, Estados Unidos ha seguido adelante, no sólo gracias a la pericia o la visión de quienes ocupaban el cargo, sino porque Nosotros, el Pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y a nuestros documentos fundacionales. Así ha sido. Y así debe ser con esta generación de estadounidenses.
Es bien sabido que estamos en medio de una crisis. Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era. Se han perdido casas; se han eliminado empleos; se han cerrado empresas. Nuestra sanidad es muy cara; nuestras escuelas tienen demasiados fallos; y cada día trae nuevas pruebas de que nuestros usos de la energía fortalecen a nuestros adversarios y ponen en peligro el planeta.
Estos son indicadores de una crisis, sujetos a datos y estadísticas. Menos fácil de medir pero no menos profunda es la destrucción de la confianza en todo nuestro territorio, un temor persistente de que el declive de Estados Unidos es inevitable y la próxima generación tiene que rebajar sus miras. Hoy os digo que los problemas que nos aguardan son reales. Son graves y son numerosos. No será fácil resolverlos, ni podrá hacerse en poco tiempo. Pero debes tener clara una cosa, América: los resolveremos.
Hoy estamos reunidos aquí porque hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia. Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que durante tanto tiempo han sofocado nuestra política.
Seguimos siendo una nación joven, pero, como dicen las Escrituras, ha llegado la hora de dejar a un lado las cosas infantiles. Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu de resistencia; de escoger lo mejor que tiene nuestra historia; de llevar adelante ese precioso don, esa noble idea, transmitida de generación en generación: la promesa hecha por Dios de que todos somos iguales, todos somos libres, y todos merecemos una oportunidad de buscar toda la felicidad que nos sea posible.
Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, sabemos que esa grandeza no es nunca un regalo. Hay que ganársela. Nuestro viaje nunca ha estado hecho de atajos ni se ha conformado con lo más fácil. No ha sido nunca un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo, o no buscan más que los placeres de la riqueza y la fama. Han sido siempre los audaces, los más activos, los constructores de cosas -algunos reconocidos, pero, en su mayoría, hombres y mujeres cuyos esfuerzos permanecen en la oscuridad- los que nos han impulsado en el largo y arduo sendero hacia la prosperidad y la libertad.
Por nosotros empaquetaron sus escasas posesiones terrenales y cruzaron océanos en busca de una nueva vida. Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y colonizaron el Oeste; soportaron el látigo y labraron la dura tierra. Por nosotros combatieron y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn. Una y otra vez, esos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener las manos en carne viva, para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor. Vieron que Estados Unidos era más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales; más grande que todas las diferencias de origen, de riqueza, de partido.
Ése es el viaje que hoy continuamos. Seguimos siendo el país más próspero y poderoso de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando comenzó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado ni el año pasado. Nuestra capacidad no ha disminuido. Pero el periodo del inmovilismo, de proteger estrechos intereses y aplazar decisiones desagradables ha terminado; a partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y empezar a trabajar para reconstruir Estados Unidos.
Porque, miremos donde miremos, hay trabajo que hacer. El estado de la economía exige actuar con audacia y rapidez, y vamos a actuar; no sólo para crear nuevos puestos de trabajo, sino para sentar nuevas bases de crecimiento. Construiremos las carreteras y los puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que nutren nuestro comercio y nos unen a todos. Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde y utilizaremos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la atención sanitaria y rebajar sus costes. Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y nuestras universidades para que respondan a las necesidades de una nueva era. Podemos hacer todo eso. Y todo lo vamos a hacer.
Ya sé que hay quienes ponen en duda la dimensión de mis ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede soportar demasiados grandes planes. Tienen mala memoria. Porque se han olvidado de lo que ya ha hecho este país; de lo que los hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une a un propósito común y la necesidad al valor.
Lo que no entienden los escépticos es que el terreno que pisan ha cambiado, que las manidas discusiones políticas que nos han consumido durante tanto tiempo ya no sirven. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si sirve de algo: si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un sueldo decente, una sanidad que puedan pagar, una jubilación digna. En los programas en los que la respuesta sea sí, seguiremos adelante. En los que la respuesta sea no, los programas se cancelarán. Y los que manejemos el dinero público tendremos que responder de ello -gastar con prudencia, cambiar malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día-, porque sólo entonces podremos restablecer la crucial confianza entre el pueblo y su gobierno.
Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos. El éxito de nuestra economía ha dependido siempre, no sólo del tamaño de nuestro producto interior bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad; de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todas las personas, no por caridad, sino porque es la vía más firme hacia nuestro bien común.
En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros Padres Fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, elaboraron una carta que garantizase el imperio de la ley y los derechos humanos, una carta que se ha perfeccionado con la sangre de generaciones. Esos ideales siguen iluminando el mundo, y no vamos a renunciar a ellos por conveniencia. Por eso, a todos los demás pueblos y gobiernos que hoy nos contemplan, desde las mayores capitales hasta la pequeña aldea en la que nació mi padre, os digo: sabed que Estados Unidos es amigo de todas las naciones y todos los hombres, mujeres y niños que buscan paz y dignidad, y que estamos dispuestos a asumir de nuevo el liderazgo.
Recordemos que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y el comunismo no sólo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas. Comprendieron que nuestro poder no puede protegernos por sí solo, ni nos da derecho a hacer lo que queramos. Al contrario, sabían que nuestro poder crece mediante su uso prudente; nuestra seguridad nace de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y la moderación que deriva de la humildad y la contención.
Somos los guardianes de este legado. Guiados otra vez por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen un esfuerzo aún mayor, más cooperación y más comprensión entre naciones. Empezaremos a dejar Irak, de manera responsable, en manos de su pueblo, y a forjar una merecida paz en Afganistán. Trabajaremos sin descanso con viejos amigos y antiguos enemigos para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro del calentamiento del planeta. No pediremos perdón por nuestra forma de vida ni flaquearemos en su defensa, y a quienes pretendan conseguir sus objetivos provocando el terror y asesinando a inocentes les decimos que nuestro espíritu es más fuerte y no podéis romperlo; no duraréis más que nosotros, y os derrotaremos.
Porque sabemos que nuestra herencia multicolor es una ventaja, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y no creyentes. Somos lo que somos por la influencia de todas las lenguas y todas las culturas de todos los rincones de la Tierra; y porque probamos el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y salimos de aquel oscuro capítulo más fuertes y más unidos, no tenemos más remedio que creer que los viejos odios desaparecerán algún día; que las líneas tribales pronto se disolverán; y que Estados Unidos debe desempeñar su papel y ayudar a iniciar una nueva era de paz.
Al mundo musulmán: buscamos un nuevo camino hacia adelante, basado en intereses mutuos y mutuo respeto. A esos líderes de todo el mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar de los males de su sociedad a Occidente: sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis. A quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, tened claro que la historia no está de vuestra parte; pero estamos dispuestos a tender la mano si vosotros abrís el puño.
A los habitantes de los países pobres: nos comprometemos a trabajar a vuestro lado para conseguir que vuestras granjas florezcan y que fluyan aguas potables; para dar de comer a los cuerpos desnutridos y saciar las mentes sedientas. Y a esas naciones que, como la nuestra, disfrutan de una relativa riqueza, les decimos que no podemos seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él.
Mientras reflexionamos sobre el camino que nos espera, recordamos con humilde gratitud a esos valerosos estadounidenses que en este mismo instante patrullan desiertos lejanos y montañas remotas. Tienen cosas que decirnos, del mismo modo que los héroes caídos que yacen en Arlington nos susurran a través del tiempo. Les rendimos homenaje no sólo porque son guardianes de nuestra libertad, sino porque encarnan el espíritu de servicio, la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Y sin embargo, en este momento -un momento que definirá a una generación-, ese espíritu es precisamente el que debe llenarnos a todos.
Porque, con todo lo que el gobierno puede y debe hacer, a la hora de la verdad, la fe y el empeño del pueblo norteamericano son el fundamento supremo sobre el que se apoya esta nación. La bondad de dar cobijo a un extraño cuando se rompen los diques, la generosidad de los trabajadores que prefieren reducir sus horas antes que ver cómo pierde su empleo un amigo: eso es lo que nos ayuda a sobrellevar los tiempos más difíciles. Es el valor del bombero que sube corriendo por una escalera llena de humo, pero también la voluntad de un padre de cuidar de su hijo; eso es lo que, al final, decide nuestro destino.
Nuestros retos pueden ser nuevos. Los instrumentos con los que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito -el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son algo viejo. Son cosas reales. Han sido el callado motor de nuestro progreso a lo largo de la historia. Por eso, lo que se necesita es volver a estas verdades. Lo que se nos exige ahora es una nueva era de
responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestro país y el mundo; unas obligaciones que no aceptamos a regañadientes sino que asumimos de buen grado, con la firme convicción de que no existe nada tan satisfactorio para el espíritu, que defina tan bien nuestro carácter, como la entrega total a una tarea difícil.
Éste es el precio y la promesa de la ciudadanía.
Ésta es la fuente de nuestra confianza; la seguridad de que Dios nos pide que dejemos huella en un destino incierto.
Éste es el significado de nuestra libertad y nuestro credo, por lo que hombres, mujeres y niños de todas las razas y todas las creencias pueden unirse en celebración en este grandioso Mall y por lo que un hombre a cuyo padre, no hace ni 60 años, quizá no le habrían atendido en un restaurante local, puede estar ahora aquí, ante vosotros, y prestar el juramento más sagrado.
Marquemos, pues, este día con el recuerdo de quiénes somos y cuánto camino hemos recorrido. En el año del nacimiento de Estados Unidos, en el mes más frío, un pequeño grupo de patriotas se encontraba apiñado en torno a unas cuantas hogueras mortecinas a orillas de un río helado. La capital estaba abandonada. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En un momento en el que el resultado de nuestra revolución era completamente incierto, el padre de nuestra nación ordenó que leyeran estas palabras:
"Que se cuente al mundo futuro... que en el más profundo invierno, cuando no podía sobrevivir nada más que la esperanza y la virtud... la ciudad y el campo, alarmados ante el peligro común, se apresuraron a hacerle frente".
América. Ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras dificultades, recordemos estas palabras eternas. Con esperanza y virtud, afrontemos una vez más las corrientes heladas y soportemos las tormentas que puedan venir. Que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba, nos negamos a permitir que se interrumpiera este viaje, no nos dimos la vuelta ni flaqueamos; y que, con la mirada puesta en el horizonte y la gracia de Dios con nosotros, seguimos llevando hacia adelante el gran don de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones futuras.
Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.
Metidos en un lío. Por Paul Krugman

Como cualquiera que preste atención a las noticias empresariales y financieras, estoy en un estado de enorme ansiedad económica. Como cualquier persona de buena voluntad, esperaba que el discurso inaugural del presidente Obama resultase tranquilizador, que indicase que la nueva Administración tiene las cosas bajo control. Pero no fue así. Terminé el martes menos confiado respecto al rumbo que va a seguir la política económica de lo que lo estaba por la mañana.
Para dejar las cosas claras diré que en el discurso no había nada malo que llamase especialmente la atención, aunque para quienes todavía esperan que Obama allane el camino hacia una atención sanitaria universal resultó decepcionante que sólo hablase del coste excesivo de la sanidad, sin mencionar ni una sola vez la precaria situación de quienes no tienen seguro médico o están escasamente cubiertos por él.
Uno también esperaba que a los redactores del discurso se les hubiese ocurrido algo más inspirador que un llamamiento a una "era de responsabilidad", lo cual, hablando en plata, es lo mismo que proclamó el ex presidente George W. Bush hace ocho años.
Pero la verdadera pega que le encuentro al discurso, en materia económica, es su convencionalismo. En respuesta a una crisis económica sin precedentes -o, más exactamente, una crisis cuyo único precedente real es la Gran Depresión-, Obama ha hecho lo que hace la gente de Washington cuando quiere parecer seria: ha hablado, de forma más o menos abstracta, sobre la necesidad de tomar decisiones difíciles y no doblegarse ante los intereses particulares.
Eso no es suficiente. De hecho, ni siquiera está bien. Así, en su discurso, Obama ha atribuido la crisis económica en parte a "nuestro fracaso colectivo a la hora de tomar decisiones difíciles y preparar al país para una nueva era", pero no tengo ni idea de a qué se refiere. Ésta es, en primer lugar, una crisis provocada por un sector financiero fuera de control. Y si no hemos sido capaces de controlar ese sector no ha sido porque los estadounidenses, "colectivamente", se hayan negado a tomar decisiones difíciles; los ciudadanos estadounidenses no tenían ni idea de lo que estaba pasando, y la mayoría de la gente que lo sabía pensaba que la liberalización era una idea estupenda.
O fíjense en esta frase de Obama: "Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando empezó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, ni nuestros bienes y servicios menos necesarios de lo que lo eran la semana pasada o el mes pasado o el año pasado. Nuestra capacidad sigue intacta. Pero el tiempo de resistirnos a los cambios, de proteger intereses limitados y de posponer las decisiones desagradables, ese tiempo, sin duda, ha pasado".
Es casi seguro que la primera parte de este párrafo pretendía parafrasear las palabras que escribió John Maynard Keynes cuando el mundo se hundía en la Gran Depresión, y ha sido un gran alivio, tras décadas de denuncias maquinales del Gobierno, oír a un nuevo presidente expresar respeto por Keynes. "Los recursos de la naturaleza y los inventos de los hombres", escribía Keynes, "son exactamente igual de ricos y productivos que antes. El ritmo de nuestro avance hacia la resolución de los problemas materiales de la vida no es menos rápido. Somos tan capaces como antes de proporcionar un buen nivel de vida a todo el mundo... Pero ahora nos hemos metido en un lío enorme, después de habernos equivocado gravemente a la hora de controlar una máquina delicada cuyo funcionamiento no comprendemos".
Pero hay algo que se ha perdido por el camino. Tanto Obama como Keynes afirman que no estamos haciendo uso de nuestra capacidad económica. Pero la revelación de Keynes -la de que estamos en un "lío" del que es necesario salir- ha sido sustituida de algún modo por las frases de rigor de que esto es culpa de todos nosotros y de que tenemos que ser severos con nosotros mismos.
Recuerden que Herbert Hoover no tenía problemas para tomar decisiones desagradables: tenía el valor y la firmeza necesarios para recortar drásticamente los gastos y subir los impuestos frente a la Gran Depresión. Desgraciadamente, eso sólo sirvió para empeorar las cosas.
Con todo, un discurso no es más que un discurso. No cabe duda de que los miembros del equipo económico de Obama comprenden la naturaleza extraordinaria del lío en el que estamos metidos. Así que puede que el tono del discurso del martes no indique nada sobre la futura política de la Administración de Obama.
Por otra parte, Obama es, como su predecesor ha dicho, el que decide. Y va a tener que tomar algunas decisiones importantes muy pronto. En concreto, va a tener que decidir lo audaces que van a ser sus pasos para mantener en pie el sistema financiero, cuyas perspectivas han empeorado tan drásticamente que un número sorprendente de economistas, no todos especialmente progresistas, sostienen ahora que la solución de la crisis tendrá que pasar por una nacionalización temporal de algunos bancos importantes.
De modo que ¿está Obama preparado para eso? ¿O eran los tópicos de su discurso inaugural una señal de que va a esperar a que la sabiduría convencional termine por ponerse a la altura de los acontecimientos? Si es así, su Administración se va a encontrar con que se está saliendo peligrosamente de la curva.
Y no es así como queremos ver al nuevo equipo. La crisis económica empeora y se vuelve más difícil de resolver a medida que pasan las semanas. Si no actuamos pronto de forma contundente, puede que nos veamos metidos en el lío durante mucho tiempo.
Para dejar las cosas claras diré que en el discurso no había nada malo que llamase especialmente la atención, aunque para quienes todavía esperan que Obama allane el camino hacia una atención sanitaria universal resultó decepcionante que sólo hablase del coste excesivo de la sanidad, sin mencionar ni una sola vez la precaria situación de quienes no tienen seguro médico o están escasamente cubiertos por él.
Uno también esperaba que a los redactores del discurso se les hubiese ocurrido algo más inspirador que un llamamiento a una "era de responsabilidad", lo cual, hablando en plata, es lo mismo que proclamó el ex presidente George W. Bush hace ocho años.
Pero la verdadera pega que le encuentro al discurso, en materia económica, es su convencionalismo. En respuesta a una crisis económica sin precedentes -o, más exactamente, una crisis cuyo único precedente real es la Gran Depresión-, Obama ha hecho lo que hace la gente de Washington cuando quiere parecer seria: ha hablado, de forma más o menos abstracta, sobre la necesidad de tomar decisiones difíciles y no doblegarse ante los intereses particulares.
Eso no es suficiente. De hecho, ni siquiera está bien. Así, en su discurso, Obama ha atribuido la crisis económica en parte a "nuestro fracaso colectivo a la hora de tomar decisiones difíciles y preparar al país para una nueva era", pero no tengo ni idea de a qué se refiere. Ésta es, en primer lugar, una crisis provocada por un sector financiero fuera de control. Y si no hemos sido capaces de controlar ese sector no ha sido porque los estadounidenses, "colectivamente", se hayan negado a tomar decisiones difíciles; los ciudadanos estadounidenses no tenían ni idea de lo que estaba pasando, y la mayoría de la gente que lo sabía pensaba que la liberalización era una idea estupenda.
O fíjense en esta frase de Obama: "Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando empezó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, ni nuestros bienes y servicios menos necesarios de lo que lo eran la semana pasada o el mes pasado o el año pasado. Nuestra capacidad sigue intacta. Pero el tiempo de resistirnos a los cambios, de proteger intereses limitados y de posponer las decisiones desagradables, ese tiempo, sin duda, ha pasado".
Es casi seguro que la primera parte de este párrafo pretendía parafrasear las palabras que escribió John Maynard Keynes cuando el mundo se hundía en la Gran Depresión, y ha sido un gran alivio, tras décadas de denuncias maquinales del Gobierno, oír a un nuevo presidente expresar respeto por Keynes. "Los recursos de la naturaleza y los inventos de los hombres", escribía Keynes, "son exactamente igual de ricos y productivos que antes. El ritmo de nuestro avance hacia la resolución de los problemas materiales de la vida no es menos rápido. Somos tan capaces como antes de proporcionar un buen nivel de vida a todo el mundo... Pero ahora nos hemos metido en un lío enorme, después de habernos equivocado gravemente a la hora de controlar una máquina delicada cuyo funcionamiento no comprendemos".
Pero hay algo que se ha perdido por el camino. Tanto Obama como Keynes afirman que no estamos haciendo uso de nuestra capacidad económica. Pero la revelación de Keynes -la de que estamos en un "lío" del que es necesario salir- ha sido sustituida de algún modo por las frases de rigor de que esto es culpa de todos nosotros y de que tenemos que ser severos con nosotros mismos.
Recuerden que Herbert Hoover no tenía problemas para tomar decisiones desagradables: tenía el valor y la firmeza necesarios para recortar drásticamente los gastos y subir los impuestos frente a la Gran Depresión. Desgraciadamente, eso sólo sirvió para empeorar las cosas.
Con todo, un discurso no es más que un discurso. No cabe duda de que los miembros del equipo económico de Obama comprenden la naturaleza extraordinaria del lío en el que estamos metidos. Así que puede que el tono del discurso del martes no indique nada sobre la futura política de la Administración de Obama.
Por otra parte, Obama es, como su predecesor ha dicho, el que decide. Y va a tener que tomar algunas decisiones importantes muy pronto. En concreto, va a tener que decidir lo audaces que van a ser sus pasos para mantener en pie el sistema financiero, cuyas perspectivas han empeorado tan drásticamente que un número sorprendente de economistas, no todos especialmente progresistas, sostienen ahora que la solución de la crisis tendrá que pasar por una nacionalización temporal de algunos bancos importantes.
De modo que ¿está Obama preparado para eso? ¿O eran los tópicos de su discurso inaugural una señal de que va a esperar a que la sabiduría convencional termine por ponerse a la altura de los acontecimientos? Si es así, su Administración se va a encontrar con que se está saliendo peligrosamente de la curva.
Y no es así como queremos ver al nuevo equipo. La crisis económica empeora y se vuelve más difícil de resolver a medida que pasan las semanas. Si no actuamos pronto de forma contundente, puede que nos veamos metidos en el lío durante mucho tiempo.
Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. Traducción de News Clips. © New York Times News Service, 2009
miércoles, 28 de enero de 2009
Sin espacio para la reconciliación. Por Javier González Fraga
(Publicado en La Nación - Miércoles 28 de enero de 2009)Hace ya casi un año advertí que la importación de carne desde Brasil era un escenario que no podíamos descartar si seguían los desaciertos de nuestros funcionarios. Lo que siguió superó todo lo negativo que podríamos haber imaginado.
A las pocas semanas de aquel comentario estalló la crisis con el campo, cuyo detonante fue el anuncio de la resolución 125, que incrementó las retenciones. Pero la verdadera bronca del sector provenía de la incapacidad del gobierno de los Kirchner, especialmente desde 2005, de entender la problemática del productor agropecuario, y seguir confundiéndolo con categorías ideológicas de 80 años atrás
Esta sensación se mantiene hasta estos días, y por eso ya prácticamente no queda espacio para una reconciliación. Por más anuncios que se hagan o beneficios que se repartan, el productor agropecuario está francamente decepcionado por una política económica que no sólo lo ha abandonado sino que pretende ponerlo de rodillas y quebrarlo. Y, a diferencia de otros sectores productivos, la dignidad y los valores morales son todavía importantes en el hombre de campo, que no se parece para nada a una sociedad anónima. Ellos podrían muy bien decirle a Kirchner, parafraseando a Barack Obama: "Vamos a durar más que vos".
Los perjuicios producidos por la política del Oncca, en momentos en que el mundo estaba ávido por adquirir nuestros alimentos, han sido inmensos.
Los controles de precios, las limitaciones para exportar carnes, trigo y lácteos, la sospechosa apreciación del peso de mediados de año, las compensaciones arbitrariamente distribuidas, y las intervenciones extraoficiales de la Secretaría de Comercio Interior constituyeron un desastre económico difícil de cuantificar.
Pero el resultado quedó a la vista:
Las exportaciones de carnes en 2008, cuando los precios fueron extraordinarios, fueron la mitad de las de tres años antes, y menores a las de Uruguay, que tiene la tercera parte del stock ganadero de la Argentina.
La faena de vientres estuvo cerca del 50% en 2007 y en 2008, lo que significa que nos comimos "la fábrica de terneros", y el peso promedio de faena es el menor en muchos años, con lo que faltarán novillos gordos para exportación este año y el próximo.
Se han perdido exportaciones lácteas por 200.000 toneladas en los últimos dos años, cuando los precios llegaron a superar los 5000 dólares por tonelada, frente a los menos de 2000 dólares de hoy. Esto le generó a nuestra industria, que está casi quebrada, una pérdida por ventas superiores a los 600 millones de dólares.
Consecuentemente se cerraron cientos de tambos pequeños, y desaparecieron muchos rodeos de cría de pequeños productores, mientras grandes productores se instalaron en el norte, y los amigos del poder reciben granos y subsidios.
¿Y cual fue el beneficio social de estas políticas, que quebraron a miles de pequeños productores, debilitando los pueblos del interior, y destruyeron decenas de miles de empleos?
Lograron reducir el precio del lomo y de los quesos duros, para feliz asombro de nuestros turistas y de los consumidores de mayores ingresos. Pero el pueblo, que consume asado y leche, tuvo que pagarlos a precios mucho más altos que si se hubiera permitido exportar los productos más apreciados.
Como consecuencia de estas políticas (¿políticas?), nuestra ganadería y nuestra lechería están hoy condenadas a una severa caída en la producción.
Los campos no pudieron, por falta de rentabilidad, hacer reservas de alimentos, y las pasturas se están secando ante las inclemencias climáticas. Los maíces vienen muy mal, al igual que los otros forrajes, y si se confirman los pronósticos de falta de agua por varios meses más veremos un verdadero desastre.
Es cierto que el Gobierno no es el responsable de la sequía ni de la crisis internacional. Pero sí es el responsable de haber provocado que los tamberos hayan cobrado un 30% menos que los de Brasil, Chile o Uruguay. Y que nuestros ganaderos vendieran a mucho menos de un dólar el kilo vivo, cuando los uruguayos y los brasileros cobraban un 50% por encima de ese valor, y en algunos meses de 2008, casi el doble.
De no haber tenido ni controles de precios ni limitaciones a las exportaciones ni el resto de las trabas burocráticas y muy poco transparentes que impuso el Oncca, nuestros productores habrían tenido los recursos suficientes para tener reservas de forrajes, o simplemente los ahorros para poder aguantar financieramente esta sequía, que genera gastos de suplementación alimenticia o de combustible para riego en los que disponen de esa alternativa.
Ya no importa que las exportaciones y los ingresos fiscales caigan en muchos miles de millones de dólares. Esas son abstracciones que el gran público no entiende, aunque también finalmente los afecta porque comprometen la estabilidad macroeconómica.
Mucho más concreto va a ser que los argentinos vamos a tener que consumir menos carne y menos leche, y probablemente, también menos pan en el resto de 2009, y probablemente en 2010. Podrán inventar que la inflación de 2008 fue 7,2%, pero no van a poder inventar una vaca ni un litro de leche cuando no lo tengamos disponible. Tampoco van a poder controlar los precios de los productos cuando su oferta sea escasa, aunque seguramente sí van a poder inventar conspiraciones de la Sociedad Rural, los ganaderos oligarcas u otros fantasmas de turno.
Ojalá se equivoquen quienes pronostican sequía por muchos meses más. Ojalá no sea necesaria tanta calamidad para que nuestra dirigencia comprenda la necesidad de revertir drásticamente la política agropecuaria que se implementó desde 2005.
El autor es economista y fue presidente del Banco Central
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A las pocas semanas de aquel comentario estalló la crisis con el campo, cuyo detonante fue el anuncio de la resolución 125, que incrementó las retenciones. Pero la verdadera bronca del sector provenía de la incapacidad del gobierno de los Kirchner, especialmente desde 2005, de entender la problemática del productor agropecuario, y seguir confundiéndolo con categorías ideológicas de 80 años atrás
Esta sensación se mantiene hasta estos días, y por eso ya prácticamente no queda espacio para una reconciliación. Por más anuncios que se hagan o beneficios que se repartan, el productor agropecuario está francamente decepcionado por una política económica que no sólo lo ha abandonado sino que pretende ponerlo de rodillas y quebrarlo. Y, a diferencia de otros sectores productivos, la dignidad y los valores morales son todavía importantes en el hombre de campo, que no se parece para nada a una sociedad anónima. Ellos podrían muy bien decirle a Kirchner, parafraseando a Barack Obama: "Vamos a durar más que vos".
Los perjuicios producidos por la política del Oncca, en momentos en que el mundo estaba ávido por adquirir nuestros alimentos, han sido inmensos.
Los controles de precios, las limitaciones para exportar carnes, trigo y lácteos, la sospechosa apreciación del peso de mediados de año, las compensaciones arbitrariamente distribuidas, y las intervenciones extraoficiales de la Secretaría de Comercio Interior constituyeron un desastre económico difícil de cuantificar.
Pero el resultado quedó a la vista:
Las exportaciones de carnes en 2008, cuando los precios fueron extraordinarios, fueron la mitad de las de tres años antes, y menores a las de Uruguay, que tiene la tercera parte del stock ganadero de la Argentina.
La faena de vientres estuvo cerca del 50% en 2007 y en 2008, lo que significa que nos comimos "la fábrica de terneros", y el peso promedio de faena es el menor en muchos años, con lo que faltarán novillos gordos para exportación este año y el próximo.
Se han perdido exportaciones lácteas por 200.000 toneladas en los últimos dos años, cuando los precios llegaron a superar los 5000 dólares por tonelada, frente a los menos de 2000 dólares de hoy. Esto le generó a nuestra industria, que está casi quebrada, una pérdida por ventas superiores a los 600 millones de dólares.
Consecuentemente se cerraron cientos de tambos pequeños, y desaparecieron muchos rodeos de cría de pequeños productores, mientras grandes productores se instalaron en el norte, y los amigos del poder reciben granos y subsidios.
¿Y cual fue el beneficio social de estas políticas, que quebraron a miles de pequeños productores, debilitando los pueblos del interior, y destruyeron decenas de miles de empleos?
Lograron reducir el precio del lomo y de los quesos duros, para feliz asombro de nuestros turistas y de los consumidores de mayores ingresos. Pero el pueblo, que consume asado y leche, tuvo que pagarlos a precios mucho más altos que si se hubiera permitido exportar los productos más apreciados.
Como consecuencia de estas políticas (¿políticas?), nuestra ganadería y nuestra lechería están hoy condenadas a una severa caída en la producción.
Los campos no pudieron, por falta de rentabilidad, hacer reservas de alimentos, y las pasturas se están secando ante las inclemencias climáticas. Los maíces vienen muy mal, al igual que los otros forrajes, y si se confirman los pronósticos de falta de agua por varios meses más veremos un verdadero desastre.
Es cierto que el Gobierno no es el responsable de la sequía ni de la crisis internacional. Pero sí es el responsable de haber provocado que los tamberos hayan cobrado un 30% menos que los de Brasil, Chile o Uruguay. Y que nuestros ganaderos vendieran a mucho menos de un dólar el kilo vivo, cuando los uruguayos y los brasileros cobraban un 50% por encima de ese valor, y en algunos meses de 2008, casi el doble.
De no haber tenido ni controles de precios ni limitaciones a las exportaciones ni el resto de las trabas burocráticas y muy poco transparentes que impuso el Oncca, nuestros productores habrían tenido los recursos suficientes para tener reservas de forrajes, o simplemente los ahorros para poder aguantar financieramente esta sequía, que genera gastos de suplementación alimenticia o de combustible para riego en los que disponen de esa alternativa.
Ya no importa que las exportaciones y los ingresos fiscales caigan en muchos miles de millones de dólares. Esas son abstracciones que el gran público no entiende, aunque también finalmente los afecta porque comprometen la estabilidad macroeconómica.
Mucho más concreto va a ser que los argentinos vamos a tener que consumir menos carne y menos leche, y probablemente, también menos pan en el resto de 2009, y probablemente en 2010. Podrán inventar que la inflación de 2008 fue 7,2%, pero no van a poder inventar una vaca ni un litro de leche cuando no lo tengamos disponible. Tampoco van a poder controlar los precios de los productos cuando su oferta sea escasa, aunque seguramente sí van a poder inventar conspiraciones de la Sociedad Rural, los ganaderos oligarcas u otros fantasmas de turno.
Ojalá se equivoquen quienes pronostican sequía por muchos meses más. Ojalá no sea necesaria tanta calamidad para que nuestra dirigencia comprenda la necesidad de revertir drásticamente la política agropecuaria que se implementó desde 2005.
El autor es economista y fue presidente del Banco Central
lunes, 19 de enero de 2009
Se les acabó la suerte. Por Roberto Cachanosky
Con un contexto mundial desfavorable, los Kirchner siguen empeñados en luchar contra las leyes económicas. El resultado no puede ser bueno.
El modelo económico de Néstor Kirchner agoniza. Los datos son elocuentes. La política de mantener pisadas las tarifas de los servicios públicos se acabó y un nuevo “Rodrigazo” ha comenzado. Los incrementos de tarifas han sido salvajes porque no hay caja suficiente para mantener la ficción. Falta que, en poco tiempo más, se les agregue el dólar y los salarios, entrando en la tradicional carrera de precios, tarifas y tipo de cambio. Segundo elemento. Cristina, haciendo gala, una vez más, de su desconocimiento de la economía, a pesar de hablar como si supiera, le ruega a la gente que consuma, porque si no consume se quedará sin trabajo. Cristina y Néstor desconocen la ley de Say que dice que la oferta crea su propia demanda. Primero tengo que producir algo para generar ingresos y con esos ingresos demandar. Ella y su esposo creen que la gente puede consumir más en momentos en que la economía produce cada vez menos. Y si la economía produce cada vez menos, hay menos ingreso disponible. Si hay menos ingreso disponible el consumo cae. Si a esto se le agrega que el escaso ingreso de la gente ha disminuido por la inflación, los tarifazos, el menor nivel de ocupación y el miedo al futuro que crearon los K, es inevitable que caiga el consumo. Una vez más, en su mundo de fantasía, el matrimonio pretende luchar contra las leyes económicas, que no dependen de decretos de necesidad de urgencia ni de discursos vacíos de contenidos lanzados desde el atril, ante un conjunto de extras que semanalmente acuden a la Quinta de Olivos a aplaudir y festejar la ignorancia que domina al gobierno. El tercer elemento es el agotamiento de la caja que les permitió construir su poder político. La recaudación crece cada vez menos y ya no hay tanta plata para repartir. Ahora se limitan a inaugurar obras en el conurbano bonaerense, el último refugio político de Néstor. Tan escasos están de recursos que el día que un avión tuvo que acuatizar en el río Hudson, todos los canales de noticias seguían el tema. Solo un canal oficialista ponía al aire como Cristina, junto a Néstor, hacia un despliegue de utilería para anunciar una planta de tratamiento de aguas, digamos una especie de gran cloaca. Mujeres especialmente elegidas le cantaban loas a Cristina, diciéndole lo buena que era, la fuerza que tenía y demás elogios del gobierno de los K, como si el matrimonio hubiese puesto la plata de su bolsillo para hacer la obra (¿estará hecha o será otro anuncio de obras inconclusas?). En acto sin autoestima personal, los dos se mostraban como los grandes benefactores de la sociedad. Confieso que, al ver ese show político, me daba vergüenza ajena. Por el matrimonio, que parece haber perdido por completo el más mínimo sentido del pudor, y por el canal oficialista que transmitía semejante cosa. Cuatro elemento. El modelo K era el de sustitución de importaciones por el cual la industria manufacturera tenía que liderar el crecimiento. Antes de seguir con este punto me apuro a aclarar. No tengo nada contra la industria manufacturera, al contrario, me parece perfecto su crecimiento, pero basado en la competencia, la inversión y el riesgo empresarial. Lo cierto es que una parte del sector, que tanto apoyo le dio al modelo K, ahora está agonizando y la semana pasada cerraron plantas metalúrgicas y se suspendieron obras. Sin que se lo tomen a mal y usando el mismo tipo de argumento que utilizó Néstor en su primer viaje a España, cuando le dijo a los empresarios de ese país: ¿quién los asesoró en los 90? ¿No sabían que el modelo era inviable? Lo mismo diría ahora. ¿Quién los asesoró desde el 2003? ¿No sabían que el modelo era inviable por su artificialidad e inconsistencia? Resulta que ahora, productores agropecuarios, trabajadores de la construcción y de la industria metalúrgica se juntaron para cortar una ruta y protestar por la situación económica. ¡Y lo que queda para los meses que vienen! El quinto elemento es la situación catastrófica del campo. Con precios que ya no son tan atractivos, con el tipo de cambio real totalmente licuado e impuestos a las exportaciones récord, ahora tiene que afrontar una sequía histórica. Néstor no podía ignorar el tema, pero tampoco quería solucionarle el problema a un sector que odia porque se le plantó frente a su autoritarismo, logrando el apoyo de amplios sectores de la sociedad. El resultado es que, ese sector al que odia, fue el que le aportó buena parte de los recursos durante todos estos años para que manejara la caja y construyera su poder. Ahora ese sector está en crisis por las políticas de Néstor y por algo que nadie controla: el tiempo. Lo cierto es que, en su ceguera, destruyó al sector que le aportó plata y votos en el 2007. Se lo puso en contra y ahora no puede seguir financiando su proyecto hegemónico con impuestos salvajes. Sexto elemento. Como resultado de su desprecio por la propiedad privada, luego de confiscar los ahorros de la gente, Néstor terminó de destruir lo poco que quedaba del mercado de capitales, y ya no hay créditos para el consumo. Lo de los autos es un chiste de mal gusto y los pocos préstamos personales que figuran en los sitios de los bancos son a tasas disparatadas cuando uno mira el Costo Financiero Total. Hoy Argentina es, desde el punto de vista social, una bomba de tiempo. Desde el punto de vista económico y un descalabro y en lo político se observa un éxodo de ex kirchneristas que por convicción o por conveniencia, al ver que el barco se hunde, no quieren saber nada de estar cerca de los Kirchner. Políticamente pasaron a ser un pelotazo en contra. Hitler tuvo su momento de gloria y, cuando ya enfrentaba cara a cara la derrota y la destrucción de Alemania, se negó a reconocer su delirio y sostuvo que el pueblo alemán tenía que sufrir la derrota por no haber luchado todo lo que tenía que luchar para construir el nacionalsocialismo. El pueblo tenía que pagar. Pareciera ser que en Argentina tendremos que asumir una situación similar. El matrimonio seguirá considerando que ellos iban a construir la gloria de la Argentina, pero el mundo y la gente no los acompañó en su glorioso proyecto. Por eso tendrá que pagar el costo de una mayor destrucción. Antes de terminar su mandato intentarán que no quede piedra sobre piedra en la Argentina. Cuide su patrimonio. Esta gente no tiene límites y se les acabó la suerte.
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El modelo económico de Néstor Kirchner agoniza. Los datos son elocuentes. La política de mantener pisadas las tarifas de los servicios públicos se acabó y un nuevo “Rodrigazo” ha comenzado. Los incrementos de tarifas han sido salvajes porque no hay caja suficiente para mantener la ficción. Falta que, en poco tiempo más, se les agregue el dólar y los salarios, entrando en la tradicional carrera de precios, tarifas y tipo de cambio. Segundo elemento. Cristina, haciendo gala, una vez más, de su desconocimiento de la economía, a pesar de hablar como si supiera, le ruega a la gente que consuma, porque si no consume se quedará sin trabajo. Cristina y Néstor desconocen la ley de Say que dice que la oferta crea su propia demanda. Primero tengo que producir algo para generar ingresos y con esos ingresos demandar. Ella y su esposo creen que la gente puede consumir más en momentos en que la economía produce cada vez menos. Y si la economía produce cada vez menos, hay menos ingreso disponible. Si hay menos ingreso disponible el consumo cae. Si a esto se le agrega que el escaso ingreso de la gente ha disminuido por la inflación, los tarifazos, el menor nivel de ocupación y el miedo al futuro que crearon los K, es inevitable que caiga el consumo. Una vez más, en su mundo de fantasía, el matrimonio pretende luchar contra las leyes económicas, que no dependen de decretos de necesidad de urgencia ni de discursos vacíos de contenidos lanzados desde el atril, ante un conjunto de extras que semanalmente acuden a la Quinta de Olivos a aplaudir y festejar la ignorancia que domina al gobierno. El tercer elemento es el agotamiento de la caja que les permitió construir su poder político. La recaudación crece cada vez menos y ya no hay tanta plata para repartir. Ahora se limitan a inaugurar obras en el conurbano bonaerense, el último refugio político de Néstor. Tan escasos están de recursos que el día que un avión tuvo que acuatizar en el río Hudson, todos los canales de noticias seguían el tema. Solo un canal oficialista ponía al aire como Cristina, junto a Néstor, hacia un despliegue de utilería para anunciar una planta de tratamiento de aguas, digamos una especie de gran cloaca. Mujeres especialmente elegidas le cantaban loas a Cristina, diciéndole lo buena que era, la fuerza que tenía y demás elogios del gobierno de los K, como si el matrimonio hubiese puesto la plata de su bolsillo para hacer la obra (¿estará hecha o será otro anuncio de obras inconclusas?). En acto sin autoestima personal, los dos se mostraban como los grandes benefactores de la sociedad. Confieso que, al ver ese show político, me daba vergüenza ajena. Por el matrimonio, que parece haber perdido por completo el más mínimo sentido del pudor, y por el canal oficialista que transmitía semejante cosa. Cuatro elemento. El modelo K era el de sustitución de importaciones por el cual la industria manufacturera tenía que liderar el crecimiento. Antes de seguir con este punto me apuro a aclarar. No tengo nada contra la industria manufacturera, al contrario, me parece perfecto su crecimiento, pero basado en la competencia, la inversión y el riesgo empresarial. Lo cierto es que una parte del sector, que tanto apoyo le dio al modelo K, ahora está agonizando y la semana pasada cerraron plantas metalúrgicas y se suspendieron obras. Sin que se lo tomen a mal y usando el mismo tipo de argumento que utilizó Néstor en su primer viaje a España, cuando le dijo a los empresarios de ese país: ¿quién los asesoró en los 90? ¿No sabían que el modelo era inviable? Lo mismo diría ahora. ¿Quién los asesoró desde el 2003? ¿No sabían que el modelo era inviable por su artificialidad e inconsistencia? Resulta que ahora, productores agropecuarios, trabajadores de la construcción y de la industria metalúrgica se juntaron para cortar una ruta y protestar por la situación económica. ¡Y lo que queda para los meses que vienen! El quinto elemento es la situación catastrófica del campo. Con precios que ya no son tan atractivos, con el tipo de cambio real totalmente licuado e impuestos a las exportaciones récord, ahora tiene que afrontar una sequía histórica. Néstor no podía ignorar el tema, pero tampoco quería solucionarle el problema a un sector que odia porque se le plantó frente a su autoritarismo, logrando el apoyo de amplios sectores de la sociedad. El resultado es que, ese sector al que odia, fue el que le aportó buena parte de los recursos durante todos estos años para que manejara la caja y construyera su poder. Ahora ese sector está en crisis por las políticas de Néstor y por algo que nadie controla: el tiempo. Lo cierto es que, en su ceguera, destruyó al sector que le aportó plata y votos en el 2007. Se lo puso en contra y ahora no puede seguir financiando su proyecto hegemónico con impuestos salvajes. Sexto elemento. Como resultado de su desprecio por la propiedad privada, luego de confiscar los ahorros de la gente, Néstor terminó de destruir lo poco que quedaba del mercado de capitales, y ya no hay créditos para el consumo. Lo de los autos es un chiste de mal gusto y los pocos préstamos personales que figuran en los sitios de los bancos son a tasas disparatadas cuando uno mira el Costo Financiero Total. Hoy Argentina es, desde el punto de vista social, una bomba de tiempo. Desde el punto de vista económico y un descalabro y en lo político se observa un éxodo de ex kirchneristas que por convicción o por conveniencia, al ver que el barco se hunde, no quieren saber nada de estar cerca de los Kirchner. Políticamente pasaron a ser un pelotazo en contra. Hitler tuvo su momento de gloria y, cuando ya enfrentaba cara a cara la derrota y la destrucción de Alemania, se negó a reconocer su delirio y sostuvo que el pueblo alemán tenía que sufrir la derrota por no haber luchado todo lo que tenía que luchar para construir el nacionalsocialismo. El pueblo tenía que pagar. Pareciera ser que en Argentina tendremos que asumir una situación similar. El matrimonio seguirá considerando que ellos iban a construir la gloria de la Argentina, pero el mundo y la gente no los acompañó en su glorioso proyecto. Por eso tendrá que pagar el costo de una mayor destrucción. Antes de terminar su mandato intentarán que no quede piedra sobre piedra en la Argentina. Cuide su patrimonio. Esta gente no tiene límites y se les acabó la suerte.
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lunes, 5 de enero de 2009
Sin Estado no hay Nación. Por Comisión de Economía de Carta Abierta
La preeminencia de las corrientes ortodoxas en materia de pensamiento económico durante los últimos treinta años constituyó el principal sustento ideológico de las políticas neoliberales aplicadas en la región e implicó la negación axiomática del carácter esencialmente social y político de las relaciones vinculadas con la producción y distribución del excedente económico. La profusión de esta mirada redundó en un cambio cultural paradigmático con negativas implicancias en materia de desarrollo estructural y derechos sociales y económicos básicos de nuestro pueblo.
Presentada como una ciencia exacta, independiente de cualquier conflictividad social, la economía convencional avanzó en el establecimiento de agendas de política económica dirigidas a limitar la intervención pública sobre las tendencias del mercado. El derecho ilimitado al lucro como principal incentivo del accionar privado, con prescindencia de su impacto sobre el conjunto social a corto, mediano y largo plazo, se impuso como principal noción cultural rectora de la política económica.
Problemáticas centrales del debate económico, como el desarrollo, la distribución del ingreso, el logro del pleno empleo, la preservación de los derechos laborales, la planificación y el estímulo a la industrialización, entre tantas otras, fueron erradicadas de la agenda económica, de los planes de estudio y aun ridiculizadas en ámbitos especializados.
Sucesos tan disímiles como el terrorismo de Estado aplicado por la última dictadura militar, las crisis hiperinflacionarias de finales de los años ’80 y comienzos de los ’90 y el supuesto triunfo histórico del mercado como único regulador social luego de la caída del Muro de Berlín, corporizado en el Consenso de Washington, indujeron cambios político-culturales profundos, redefiniendo los límites de los ámbitos público y privado.
El Estado, como principal esfera receptora de las tensiones y contradicciones entre clases y sectores sociales, privatizó sus potestades regulatorias en materia económica, transfiriéndolas al mercado. Liberadas las fuerzas asimétricas de los agentes económicos de los límites impuestos por la institución que debía velar por los intereses colectivos, el rumbo económico apuntó a la concentración de la riqueza, el empobrecimiento de las mayorías y la desintegración del aparato productivo.
Lejos de desaparecer, el Estado fue reconfigurado en función de los intereses de un núcleo económico de diversos orígenes. La desarticulación de las normas, instituciones y mecanismos públicos de intervención sobre el mercado –imprescindibles para conducir un programa de desarrollo con equidad –completó la reforma neoliberal del Estado y dio estabilidad de largo plazo a la descomunal transferencia de excedentes económicos desde las mayorías empobrecidas e indigentes hacia un núcleo concentrado de capital local y extranjero.
La reorganización neoliberal del Estado también incluyó la reducción de la cantidad, la calidad y formación de sus cuadros técnicos. En lugar de aprovechar la extensa experiencia acumulada durante décadas de regulación estatal, abriendo la posibilidad de reformular aspectos deficientes, se optó por su prescindencia. Se llegó incluso a nombrar funcionarios cuyo principal objetivo residía en destruir la calidad de los servicios y la situación económico-financiera de las empresas públicas con el fin de generar las condiciones necesarias para su posterior privatización.
El proverbio implantado rezaba: “achicar el Estado es agrandar la Nación”.
Es necesario destacar el inmenso costo social y económico impuesto por este tipo de políticas, en momentos en que diversos actores privilegiados comienzan a reclamar una vuelta a las tendencias de aquellos años. El corolario de esas reformas, combinadas con esquemas de tipo de cambio apreciado y acelerado endeudamiento externo, residió en la desarticulación del aparato productivo local, el aumento del desempleo y de la pobreza. El masivo ingreso de importaciones produjo la quiebra y liquidación de empresas que podrían haber sido eficientes en otros escenarios, interrumpiendo las trayectorias de aprendizaje tecnológico construidas en etapas previas, orientadas a la industrialización de la Nación. El desempleo alcanzó tasas exorbitantes, superiores al 20 por ciento, y la pobreza atrapó a más de la mitad de la población.
Nociones básicas
El reciente conflicto con los empresarios agropecuarios por la aplicación de derechos de exportación móviles profundizó una incipiente tendencia a recuperar nociones básicas de la Economía Política. “Renta extraordinaria”, “salarios y ganancia”, “distribución del ingreso”, “modelo nacional de desarrollo” y “rol activo del Estado” reaparecieron en el discurso colectivo, agregando entidad conceptual al conflicto expuesto en las calles. “Estado” y “mercado” fueron recuperados como significantes de visiones antagónicas sobre el rumbo económico.
El nucleamiento de la nueva derecha en torno del rechazo a las retenciones móviles aportó simultáneamente un punto de acumulación opositora hasta entonces ausente y un rechazo a la intervención del Estado en la economía. Y aunque intente disimularse, este hecho político-discursivo evidencia un parentesco innegable con la lógica neoliberal que dominó los programas económicos de la última dictadura y de la década del ’90. Supuso, en los hechos, un reeditado darwinismo social estrechamente vinculado con la liberalización comercial, la apertura financiera, la desregulación, las privatizaciones y la descentralización de la provisión de bienes públicos sin la transferencia de recursos hacia provincias y municipios, operados durante esos períodos de la historia reciente argentina.
Si la crisis de 1989-1990 tuvo un efecto disciplinador en la sociedad que coadyuvó a la consolidación del pensamiento y el modelo neoliberal, la implosión política, social y económica de 2001-2002 llevaría a un reconocimiento general de su fracaso. La transformación del escenario ideológico que tuvo lugar en los últimos años permitió el resurgimiento de un discurso nacional-transformador que revalorizó ya no sólo la eficiencia sino también –y centralmente– la equidad como pauta fundamental en los objetivos básicos del desarrollo y la aparición de un modelo económico alternativo a los programas neoliberales instalados a partir de 1976. Estos últimos, a diferencia del actual, se inspiraron en una concepción asentada en la valoración del capital financiero y se afirmaron en toda América latina, a partir de 1989, guiados por los principios del Consenso de Washington, cuyo fracaso económico y social sufrió prácticamente toda la región en la década siguiente.
No obstante, las disputas mantenidas recientemente reflotan viejas controversias planteadas en los años de incipiente industrialización con altos niveles de empleo y avances en la distribución del ingreso, en los que las antinomias Estado/mercado y agro/industria dirimían la orientación del modelo de desarrollo nacional. La experiencia de esa etapa muestra que la adopción de un sistema de tipos de cambio diferenciales a través de una tasa de cambio elevada con retenciones –destinada a captar para la sociedad la renta extraordinaria de carácter diferencial de la tierra más fértil del país (la pampa húmeda)– constituye una medida de política heterodoxa que incentiva la producción y promueve el desarrollo industrial.
Las declaraciones que buscaron imprimir un tinte “confiscatorio” a las retenciones –derecho cuya imposición es facultad legítima del gobierno nacional– y las fantasías de un pequeño grupo de actores supuestamente representativo del “campo”, que pretendió identificar al sector con la Nación, ha buscado reinstalar en el sentido común el rechazo a la intervención del Estado. Cuando la incursión de productores y propietarios rurales de la pampa húmeda, absolutamente minoritarios entre los que reúne la actividad agraria del país, y de clases medias urbanas, ligadas directa o indirectamente al incremento de la renta agropecuaria extraordinaria, hizo estallar la confrontación y el debate, las estrategias discursivas de la nueva derecha reavivaron mitos oxidados de la ideología liberal, los cuales fueron intensamente multiplicados por las operaciones políticas de gran parte de los medios de comunicación.
Heterodoxia
El régimen económico heterodoxo, que viene sosteniendo el gobierno nacional como objetivo irrenunciable a nivel macro, reposa en el mantenimiento de un tipo de cambio elevado, competitivo y estable a través de la intervención del Banco Central para evitar la apreciación cambiaria. La obtención de superávit fiscal y externo permite recrear un régimen de acumulación solvente, enfatizando una mayor participación del Estado en la economía. Al mismo tiempo, se reduce la vulnerabilidad externa a partir de la acumulación virtuosa de reservas vía el sostenimiento del tipo de cambio alto y saldos positivos del comercio exterior. La cancelación de las obligaciones con el FMI, la reestructuración de la deuda pública y las renegociaciones de los compromisos externos a largo plazo son conquistas emblemáticas dirigidas a liberar al país de trampas y grilletes heredados del neoliberalismo y fortalecer su posición internacional.
La política económica de tipo de cambio real alto incrementa la competitividad de las exportaciones y promueve la sustitución de importaciones por producción local, conllevando un crecimiento sostenido de la actividad económica. A fines de este año se va a cumplir el ciclo histórico de crecimiento económico más extenso y de mayor magnitud de la tasa de expansión del PBI –más del 8 por ciento anual– de la historia económica argentina. La valoración productiva como eje del actual proceso, en reemplazo del regido por la valoración financiera, permitió la rehabilitación y reindustrialización de la estructura productiva local, que posibilitó aumentar la productividad e incentivar la creación de empleos. En este contexto, la política de negociación salarial hizo posible obtener incrementos en los salarios reales de los trabajadores formales, incorporar más de un millón de nuevos jubilados e ir recuperando significativamente la vergonzosa jubilación mínima heredada del neoliberalismo.
El sostenimiento de la política económica y la preservación de medidas macroprudenciales, como el control de capitales, el manejo racional de las reservas internacionales y la regulación del mercado cambiario, han permitido amortiguar los impactos en nuestra economía de la crisis financiera internacional. Así, la suerte de nuestro país en la actual coyuntura está más vinculada con las implicancias de la crisis en un socio regional tan relevante como Brasil y con la variación de los precios de los productos primarios exportables, que con los avatares directos del irracional funcionamiento del sistema financiero internacional, respecto del cual hemos logrado mayores grados de autonomía.
En materia de política internacional, durante los últimos años nuestro país ha jugado un rol fundamental en la crítica global al funcionamiento de instituciones como el FMI y ha participado en iniciativas internacionales tendientes a su radical transformación en beneficio de los países de desarrollo medio y bajo. Ha sido escenario de multitudinarias manifestaciones de repudio y contribuido al rechazo de estrategias tendientes al libre comercio, como el ALCA. Y ha colaborado activamente, junto a numerosos países de la región, en el establecimiento de agendas de integración económica, social y política. En el contexto de la actual crisis, las recientes intervenciones de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en foros internacionales sobre la irracionalidad del sistema financiero mundial y la necesidad de crear formas más virtuosas de regulación en esa materia evidencian una continuidad en la búsqueda colectiva de mayores grados de libertad para las políticas de desarrollo nacional y regional.
En este marco, llaman la atención las afirmaciones apologéticas de algunos funcionarios gubernamentales sobre la necesidad de “reconectarnos” a las, hoy en debacle, esferas financieras internacionales. El sentido ideológico y político de tales discursos, desconectados del carácter de la política exterior concreta actual y reciente, parece intentar discurrir en la dirección de una resignificación de los actos de gobierno hacia senderos más ortodoxos. En todo caso, resulta más racional y adecuado, en términos políticos y económicos, continuar la reconexión integradora con países de la región y de características relativas similares, como condición para establecer nuevas dinámicas de vinculación internacional tendientes al desarrollo y la equidad.
Intervención pública
El desafío de alcanzar avances significativos en materia de distribución del ingreso, luego de treinta años de concentración creciente, requiere un enfoque de la problemática del incremento de los precios radicalmente diferente de la vigente durante la etapa neoliberal, rescatada recientemente por algunos economistas de origen heterodoxo. La necesaria recuperación de los mecanismos de intervención pública en materia económica es un prerrequisito indispensable para desarrollar una política de ingresos que contemple la reciente aceleración en el incremento de los precios. El control de la evolución de los precios internos debe plantearse garantizando la preservación y el progreso de las mejoras que se han ido obteniendo en la distribución del ingreso. En tal sentido, la política antiinflacionaria debe ser funcional a políticas de distribución y no a la inversa, respondiendo al carácter estructural de la economía argentina.
Resulta prioritario e imprescindible tener en cuenta que el incremento sostenido de los precios erosiona los ingresos de la clase trabajadora y del conjunto de la población de ingresos fijos, al tiempo que amenaza uno de los pilares centrales del modelo económico: el tipo de cambio real. También es necesario considerar que las tradicionales y conocidas políticas de ajuste y estabilización sustentadas en apreciaciones cambiarias, restricciones al consumo popular y/o enfriamientos de la economía sólo se mantienen empeorando la vida de los sectores populares.
Dada la concentrada distribución de la riqueza, como rasgo estructural de la economía argentina, resulta fundamental una política pública intensa dirigida a la recuperación sostenida del mercado de trabajo e incrementos salariales que superen la inflación y los incrementos de productividad, de manera de aumentar la participación de los trabajadores en el ingreso total.
Sostenemos que el Estado debe enfrentar las tensiones entre los intereses de clase en torno de la apropiación de los frutos del crecimiento económico. Para ello es indispensable regular el comportamiento de los sectores económicos dominantes con el objetivo de viabilizar la redistribución social del ingreso. Todo lo cual exige dotar al Estado de instrumentos válidos para enfrentar la puja distributiva e intervenir eficientemente en el comportamiento de los agentes oligopólicos y monopólicos presentes en las cadenas productivas, fruto de un proceso histórico de concentración económica.
El esquema de retenciones propuesto en la resolución 125 y sus enmiendas aprobadas en la Cámara de Diputados habrían permitido mejorar el desacople de los precios internos de los alimentos de los fijados en el mercado internacional, preservando los salarios reales, y favorecer sustancialmente a los pequeños productores. En tanto las retenciones permiten mantener aislado el nivel de precios internos del vigente en el mercado internacional, la movilidad del esquema actúa moderando el efecto de las variaciones de este último. Su aplicación habría favorecido el desarrollo industrial nacional, al funcionar como un sistema de tipos de cambio múltiples. La experiencia reciente muestra que los propios productores se habrían visto protegidos ante una baja del precio internacional de oleaginosas y cereales. El debate sobre el uso de este mecanismo posee profundas raíces en nuestra historia nacional desde la imposición del esquema agroexportador de 1880.
La consolidación de una estructura productiva diversificada y el incremento de las ganancias de competitividad requieren de una intervención planificada del Estado. Es un ejercicio soberano imprescindible para coordinar los objetivos de la política económica en múltiples niveles, incorporando programas sectoriales específicos y regímenes de promoción a la exportación y a la innovación tecnológica, que apunten a resolver las problemáticas más complejas de los distintos sectores productivos. La ausencia de políticas efectivas en este sentido, así como de avances en el necesario diseño estratégico de un proyecto económico de transformación nacional, conducen a sostener la política económica exclusivamente en la reforma macroeconómica acompañada de medidas coyunturales aisladas. Por este sendero quedarían nuevamente postergadas las definiciones de largo plazo de orden estructural y restringido un diverso conjunto de estrategias eficientes para reducir la enorme brecha social heredada.
Encrucijada
Una mirada atenta permite advertir un escenario de intensas disputas por el rumbo que asumirá la política económica futura, su perfil socioeconómico, su influencia sobre los proyectos regionales posibles y el carácter de la democracia misma en nuestro país. Y es en el carácter de ese escenario, con los desafíos e interrogantes que nos propone, donde radica la enorme riqueza y oportunidad de la etapa.
Luego de un extenso período de vigoroso crecimiento económico, basado en una dinámica de acumulación endógena con incremento constante del empleo, y habiendo logrado la reconstrucción institucional con eje en la defensa de los Derechos Humanos, el Estado y la sociedad argentina enfrentan una encrucijada cuya profundidad la ubica como un dilema central con incumbencias de largo plazo: la profundización de un paradigma de desarrollo socioeconómico, cambio estructural, distribución de la riqueza y ampliación de un concepto de ciudadanía radicalmente más amplio que el impuesto por las “señales” del mercado, o la reconstrucción del –hoy en crisis– modelo neoliberal en el contexto de políticas heterodoxas de validez indiscutible, que ubique a un puñado de elites y grupos económicos como los principales perceptores del excedente económico.
Esta encrucijada, que convoca a formas diversas de organización popular, a un ejercicio de ciudadanía democrática ampliada y multilateral, constituye el desafío de un laberinto no sólo argentino sino ya latinoamericano. Los conflictos desatados en Bolivia por la construcción de una sociedad y un Estado capaces de contener y proyectar a todo un pueblo, la refundación de Ecuador, las perspectivas en Paraguay, las diversas iniciativas en Brasil, Chile, Uruguay, Venezuela y Nicaragua, forman parte de esa búsqueda y esa oportunidad.
El retorno de la política al debate económico constituye una condición insoslayable en la actual etapa. La viabilidad efectiva de un programa de desarrollo económico con inclusión y distribución resulta impensable sin la organización y expresión de las clases y sectores populares destinatarios de este cambio de época. Durante el reciente conflicto por la aplicación de retenciones móviles, el hoy escaso desarrollo de los movimientos sociales y políticos –en relación con la magnitud de los desafíos actuales y el surgimiento de la nueva derecha—, configuró un escenario cuyos actores fundamentales fueron el Gobierno y los empresarios del sector, devenidos estos últimos el grotesco intento de encarnación mediática de un supuesto “pueblo”.
Como emergente de las paradojas de la etapa, el Estado ejerció la representación de un pueblo cuya organización no fue suficiente para materializarse en la escena política, poniendo en cuestión con esa imposibilidad la legitimidad de una medida dirigida a preservar el salario real.
El rumbo de cambios iniciado hace escaso tiempo y la continuidad de las políticas de desarrollo requieren la recuperación y reconfiguración de un Estado de nuevas características. Lejos de la estructura burocratizada, que durante décadas ha mostrado sus estrechos límites en numerosos aspectos, se presenta la necesidad de construir un Estado dotado de las herramientas para intervenir activamente en el sendero social, económico, productivo y distributivo. Capaz de resignificar y recuperar su rol en la planificación del desarrollo y la construcción de un proyecto nacional y democrático. Consustanciado en su diagramación institucional e instrumental con objetivos económicos inclusivos, y consciente de las restricciones estructurales y sociales que enfrenta. Pensado de manera multilateral, en tanto regulador social imbricado por las demandas y necesidades de una sociedad civil activa y diversa, plural e incluso contradictoria.
Desarrollo nacional
Resulta fundamental continuar y profundizar la actual agenda regional e internacional de nuestro país. La crisis actual, centrada en las principales economías del planeta, evidencia la necesidad de avanzar en las iniciativas de integración. Más aún, constituye una oportunidad para establecer formas de coordinación diferentes de las impuestas por los estrechos límites del paradigma conceptual dominante hasta hace pocas semanas en materia de economía internacional. Tales acciones son: el crecimiento de Unasur, la profundización del Mercosur ampliado, la coordinación macroeconómica conjunta, la desdolarización de los intercambios, el Banco del Sur y la banca de desarrollo en general, el crecimiento de la demanda interna y la distribución de la riqueza a escala regional, la resolución de asimetrías, el desarrollo de ciencia y tecnología. Para su éxito, estas iniciativas deben contar con una escala regional que las haga posibles.
Sostenemos que sólo la intervención consciente y planificada del Estado, y en particular la dirigida a proteger a los sectores populares más vulnerables, es capaz de articular un modelo de desarrollo nacional que persiga el bienestar general por encima de los intereses económicos particulares. Una hipotética actitud pasiva ante los conflictos latentes y explícitos dejaría el camino libre para la imposición de los intereses de quienes concentran el poder económico en la Argentina.
Para impulsar un modelo económico de desarrollo con equidad es indispensable la reconstrucción de un imaginario social que recupere la relevancia de lo político y la intervención del Estado como requisito para promover el crecimiento de la Nación. Leer más...
Presentada como una ciencia exacta, independiente de cualquier conflictividad social, la economía convencional avanzó en el establecimiento de agendas de política económica dirigidas a limitar la intervención pública sobre las tendencias del mercado. El derecho ilimitado al lucro como principal incentivo del accionar privado, con prescindencia de su impacto sobre el conjunto social a corto, mediano y largo plazo, se impuso como principal noción cultural rectora de la política económica.
Problemáticas centrales del debate económico, como el desarrollo, la distribución del ingreso, el logro del pleno empleo, la preservación de los derechos laborales, la planificación y el estímulo a la industrialización, entre tantas otras, fueron erradicadas de la agenda económica, de los planes de estudio y aun ridiculizadas en ámbitos especializados.
Sucesos tan disímiles como el terrorismo de Estado aplicado por la última dictadura militar, las crisis hiperinflacionarias de finales de los años ’80 y comienzos de los ’90 y el supuesto triunfo histórico del mercado como único regulador social luego de la caída del Muro de Berlín, corporizado en el Consenso de Washington, indujeron cambios político-culturales profundos, redefiniendo los límites de los ámbitos público y privado.
El Estado, como principal esfera receptora de las tensiones y contradicciones entre clases y sectores sociales, privatizó sus potestades regulatorias en materia económica, transfiriéndolas al mercado. Liberadas las fuerzas asimétricas de los agentes económicos de los límites impuestos por la institución que debía velar por los intereses colectivos, el rumbo económico apuntó a la concentración de la riqueza, el empobrecimiento de las mayorías y la desintegración del aparato productivo.
Lejos de desaparecer, el Estado fue reconfigurado en función de los intereses de un núcleo económico de diversos orígenes. La desarticulación de las normas, instituciones y mecanismos públicos de intervención sobre el mercado –imprescindibles para conducir un programa de desarrollo con equidad –completó la reforma neoliberal del Estado y dio estabilidad de largo plazo a la descomunal transferencia de excedentes económicos desde las mayorías empobrecidas e indigentes hacia un núcleo concentrado de capital local y extranjero.
La reorganización neoliberal del Estado también incluyó la reducción de la cantidad, la calidad y formación de sus cuadros técnicos. En lugar de aprovechar la extensa experiencia acumulada durante décadas de regulación estatal, abriendo la posibilidad de reformular aspectos deficientes, se optó por su prescindencia. Se llegó incluso a nombrar funcionarios cuyo principal objetivo residía en destruir la calidad de los servicios y la situación económico-financiera de las empresas públicas con el fin de generar las condiciones necesarias para su posterior privatización.
El proverbio implantado rezaba: “achicar el Estado es agrandar la Nación”.
Es necesario destacar el inmenso costo social y económico impuesto por este tipo de políticas, en momentos en que diversos actores privilegiados comienzan a reclamar una vuelta a las tendencias de aquellos años. El corolario de esas reformas, combinadas con esquemas de tipo de cambio apreciado y acelerado endeudamiento externo, residió en la desarticulación del aparato productivo local, el aumento del desempleo y de la pobreza. El masivo ingreso de importaciones produjo la quiebra y liquidación de empresas que podrían haber sido eficientes en otros escenarios, interrumpiendo las trayectorias de aprendizaje tecnológico construidas en etapas previas, orientadas a la industrialización de la Nación. El desempleo alcanzó tasas exorbitantes, superiores al 20 por ciento, y la pobreza atrapó a más de la mitad de la población.
Nociones básicas
El reciente conflicto con los empresarios agropecuarios por la aplicación de derechos de exportación móviles profundizó una incipiente tendencia a recuperar nociones básicas de la Economía Política. “Renta extraordinaria”, “salarios y ganancia”, “distribución del ingreso”, “modelo nacional de desarrollo” y “rol activo del Estado” reaparecieron en el discurso colectivo, agregando entidad conceptual al conflicto expuesto en las calles. “Estado” y “mercado” fueron recuperados como significantes de visiones antagónicas sobre el rumbo económico.
El nucleamiento de la nueva derecha en torno del rechazo a las retenciones móviles aportó simultáneamente un punto de acumulación opositora hasta entonces ausente y un rechazo a la intervención del Estado en la economía. Y aunque intente disimularse, este hecho político-discursivo evidencia un parentesco innegable con la lógica neoliberal que dominó los programas económicos de la última dictadura y de la década del ’90. Supuso, en los hechos, un reeditado darwinismo social estrechamente vinculado con la liberalización comercial, la apertura financiera, la desregulación, las privatizaciones y la descentralización de la provisión de bienes públicos sin la transferencia de recursos hacia provincias y municipios, operados durante esos períodos de la historia reciente argentina.
Si la crisis de 1989-1990 tuvo un efecto disciplinador en la sociedad que coadyuvó a la consolidación del pensamiento y el modelo neoliberal, la implosión política, social y económica de 2001-2002 llevaría a un reconocimiento general de su fracaso. La transformación del escenario ideológico que tuvo lugar en los últimos años permitió el resurgimiento de un discurso nacional-transformador que revalorizó ya no sólo la eficiencia sino también –y centralmente– la equidad como pauta fundamental en los objetivos básicos del desarrollo y la aparición de un modelo económico alternativo a los programas neoliberales instalados a partir de 1976. Estos últimos, a diferencia del actual, se inspiraron en una concepción asentada en la valoración del capital financiero y se afirmaron en toda América latina, a partir de 1989, guiados por los principios del Consenso de Washington, cuyo fracaso económico y social sufrió prácticamente toda la región en la década siguiente.
No obstante, las disputas mantenidas recientemente reflotan viejas controversias planteadas en los años de incipiente industrialización con altos niveles de empleo y avances en la distribución del ingreso, en los que las antinomias Estado/mercado y agro/industria dirimían la orientación del modelo de desarrollo nacional. La experiencia de esa etapa muestra que la adopción de un sistema de tipos de cambio diferenciales a través de una tasa de cambio elevada con retenciones –destinada a captar para la sociedad la renta extraordinaria de carácter diferencial de la tierra más fértil del país (la pampa húmeda)– constituye una medida de política heterodoxa que incentiva la producción y promueve el desarrollo industrial.
Las declaraciones que buscaron imprimir un tinte “confiscatorio” a las retenciones –derecho cuya imposición es facultad legítima del gobierno nacional– y las fantasías de un pequeño grupo de actores supuestamente representativo del “campo”, que pretendió identificar al sector con la Nación, ha buscado reinstalar en el sentido común el rechazo a la intervención del Estado. Cuando la incursión de productores y propietarios rurales de la pampa húmeda, absolutamente minoritarios entre los que reúne la actividad agraria del país, y de clases medias urbanas, ligadas directa o indirectamente al incremento de la renta agropecuaria extraordinaria, hizo estallar la confrontación y el debate, las estrategias discursivas de la nueva derecha reavivaron mitos oxidados de la ideología liberal, los cuales fueron intensamente multiplicados por las operaciones políticas de gran parte de los medios de comunicación.
Heterodoxia
El régimen económico heterodoxo, que viene sosteniendo el gobierno nacional como objetivo irrenunciable a nivel macro, reposa en el mantenimiento de un tipo de cambio elevado, competitivo y estable a través de la intervención del Banco Central para evitar la apreciación cambiaria. La obtención de superávit fiscal y externo permite recrear un régimen de acumulación solvente, enfatizando una mayor participación del Estado en la economía. Al mismo tiempo, se reduce la vulnerabilidad externa a partir de la acumulación virtuosa de reservas vía el sostenimiento del tipo de cambio alto y saldos positivos del comercio exterior. La cancelación de las obligaciones con el FMI, la reestructuración de la deuda pública y las renegociaciones de los compromisos externos a largo plazo son conquistas emblemáticas dirigidas a liberar al país de trampas y grilletes heredados del neoliberalismo y fortalecer su posición internacional.
La política económica de tipo de cambio real alto incrementa la competitividad de las exportaciones y promueve la sustitución de importaciones por producción local, conllevando un crecimiento sostenido de la actividad económica. A fines de este año se va a cumplir el ciclo histórico de crecimiento económico más extenso y de mayor magnitud de la tasa de expansión del PBI –más del 8 por ciento anual– de la historia económica argentina. La valoración productiva como eje del actual proceso, en reemplazo del regido por la valoración financiera, permitió la rehabilitación y reindustrialización de la estructura productiva local, que posibilitó aumentar la productividad e incentivar la creación de empleos. En este contexto, la política de negociación salarial hizo posible obtener incrementos en los salarios reales de los trabajadores formales, incorporar más de un millón de nuevos jubilados e ir recuperando significativamente la vergonzosa jubilación mínima heredada del neoliberalismo.
El sostenimiento de la política económica y la preservación de medidas macroprudenciales, como el control de capitales, el manejo racional de las reservas internacionales y la regulación del mercado cambiario, han permitido amortiguar los impactos en nuestra economía de la crisis financiera internacional. Así, la suerte de nuestro país en la actual coyuntura está más vinculada con las implicancias de la crisis en un socio regional tan relevante como Brasil y con la variación de los precios de los productos primarios exportables, que con los avatares directos del irracional funcionamiento del sistema financiero internacional, respecto del cual hemos logrado mayores grados de autonomía.
En materia de política internacional, durante los últimos años nuestro país ha jugado un rol fundamental en la crítica global al funcionamiento de instituciones como el FMI y ha participado en iniciativas internacionales tendientes a su radical transformación en beneficio de los países de desarrollo medio y bajo. Ha sido escenario de multitudinarias manifestaciones de repudio y contribuido al rechazo de estrategias tendientes al libre comercio, como el ALCA. Y ha colaborado activamente, junto a numerosos países de la región, en el establecimiento de agendas de integración económica, social y política. En el contexto de la actual crisis, las recientes intervenciones de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en foros internacionales sobre la irracionalidad del sistema financiero mundial y la necesidad de crear formas más virtuosas de regulación en esa materia evidencian una continuidad en la búsqueda colectiva de mayores grados de libertad para las políticas de desarrollo nacional y regional.
En este marco, llaman la atención las afirmaciones apologéticas de algunos funcionarios gubernamentales sobre la necesidad de “reconectarnos” a las, hoy en debacle, esferas financieras internacionales. El sentido ideológico y político de tales discursos, desconectados del carácter de la política exterior concreta actual y reciente, parece intentar discurrir en la dirección de una resignificación de los actos de gobierno hacia senderos más ortodoxos. En todo caso, resulta más racional y adecuado, en términos políticos y económicos, continuar la reconexión integradora con países de la región y de características relativas similares, como condición para establecer nuevas dinámicas de vinculación internacional tendientes al desarrollo y la equidad.
Intervención pública
El desafío de alcanzar avances significativos en materia de distribución del ingreso, luego de treinta años de concentración creciente, requiere un enfoque de la problemática del incremento de los precios radicalmente diferente de la vigente durante la etapa neoliberal, rescatada recientemente por algunos economistas de origen heterodoxo. La necesaria recuperación de los mecanismos de intervención pública en materia económica es un prerrequisito indispensable para desarrollar una política de ingresos que contemple la reciente aceleración en el incremento de los precios. El control de la evolución de los precios internos debe plantearse garantizando la preservación y el progreso de las mejoras que se han ido obteniendo en la distribución del ingreso. En tal sentido, la política antiinflacionaria debe ser funcional a políticas de distribución y no a la inversa, respondiendo al carácter estructural de la economía argentina.
Resulta prioritario e imprescindible tener en cuenta que el incremento sostenido de los precios erosiona los ingresos de la clase trabajadora y del conjunto de la población de ingresos fijos, al tiempo que amenaza uno de los pilares centrales del modelo económico: el tipo de cambio real. También es necesario considerar que las tradicionales y conocidas políticas de ajuste y estabilización sustentadas en apreciaciones cambiarias, restricciones al consumo popular y/o enfriamientos de la economía sólo se mantienen empeorando la vida de los sectores populares.
Dada la concentrada distribución de la riqueza, como rasgo estructural de la economía argentina, resulta fundamental una política pública intensa dirigida a la recuperación sostenida del mercado de trabajo e incrementos salariales que superen la inflación y los incrementos de productividad, de manera de aumentar la participación de los trabajadores en el ingreso total.
Sostenemos que el Estado debe enfrentar las tensiones entre los intereses de clase en torno de la apropiación de los frutos del crecimiento económico. Para ello es indispensable regular el comportamiento de los sectores económicos dominantes con el objetivo de viabilizar la redistribución social del ingreso. Todo lo cual exige dotar al Estado de instrumentos válidos para enfrentar la puja distributiva e intervenir eficientemente en el comportamiento de los agentes oligopólicos y monopólicos presentes en las cadenas productivas, fruto de un proceso histórico de concentración económica.
El esquema de retenciones propuesto en la resolución 125 y sus enmiendas aprobadas en la Cámara de Diputados habrían permitido mejorar el desacople de los precios internos de los alimentos de los fijados en el mercado internacional, preservando los salarios reales, y favorecer sustancialmente a los pequeños productores. En tanto las retenciones permiten mantener aislado el nivel de precios internos del vigente en el mercado internacional, la movilidad del esquema actúa moderando el efecto de las variaciones de este último. Su aplicación habría favorecido el desarrollo industrial nacional, al funcionar como un sistema de tipos de cambio múltiples. La experiencia reciente muestra que los propios productores se habrían visto protegidos ante una baja del precio internacional de oleaginosas y cereales. El debate sobre el uso de este mecanismo posee profundas raíces en nuestra historia nacional desde la imposición del esquema agroexportador de 1880.
La consolidación de una estructura productiva diversificada y el incremento de las ganancias de competitividad requieren de una intervención planificada del Estado. Es un ejercicio soberano imprescindible para coordinar los objetivos de la política económica en múltiples niveles, incorporando programas sectoriales específicos y regímenes de promoción a la exportación y a la innovación tecnológica, que apunten a resolver las problemáticas más complejas de los distintos sectores productivos. La ausencia de políticas efectivas en este sentido, así como de avances en el necesario diseño estratégico de un proyecto económico de transformación nacional, conducen a sostener la política económica exclusivamente en la reforma macroeconómica acompañada de medidas coyunturales aisladas. Por este sendero quedarían nuevamente postergadas las definiciones de largo plazo de orden estructural y restringido un diverso conjunto de estrategias eficientes para reducir la enorme brecha social heredada.
Encrucijada
Una mirada atenta permite advertir un escenario de intensas disputas por el rumbo que asumirá la política económica futura, su perfil socioeconómico, su influencia sobre los proyectos regionales posibles y el carácter de la democracia misma en nuestro país. Y es en el carácter de ese escenario, con los desafíos e interrogantes que nos propone, donde radica la enorme riqueza y oportunidad de la etapa.
Luego de un extenso período de vigoroso crecimiento económico, basado en una dinámica de acumulación endógena con incremento constante del empleo, y habiendo logrado la reconstrucción institucional con eje en la defensa de los Derechos Humanos, el Estado y la sociedad argentina enfrentan una encrucijada cuya profundidad la ubica como un dilema central con incumbencias de largo plazo: la profundización de un paradigma de desarrollo socioeconómico, cambio estructural, distribución de la riqueza y ampliación de un concepto de ciudadanía radicalmente más amplio que el impuesto por las “señales” del mercado, o la reconstrucción del –hoy en crisis– modelo neoliberal en el contexto de políticas heterodoxas de validez indiscutible, que ubique a un puñado de elites y grupos económicos como los principales perceptores del excedente económico.
Esta encrucijada, que convoca a formas diversas de organización popular, a un ejercicio de ciudadanía democrática ampliada y multilateral, constituye el desafío de un laberinto no sólo argentino sino ya latinoamericano. Los conflictos desatados en Bolivia por la construcción de una sociedad y un Estado capaces de contener y proyectar a todo un pueblo, la refundación de Ecuador, las perspectivas en Paraguay, las diversas iniciativas en Brasil, Chile, Uruguay, Venezuela y Nicaragua, forman parte de esa búsqueda y esa oportunidad.
El retorno de la política al debate económico constituye una condición insoslayable en la actual etapa. La viabilidad efectiva de un programa de desarrollo económico con inclusión y distribución resulta impensable sin la organización y expresión de las clases y sectores populares destinatarios de este cambio de época. Durante el reciente conflicto por la aplicación de retenciones móviles, el hoy escaso desarrollo de los movimientos sociales y políticos –en relación con la magnitud de los desafíos actuales y el surgimiento de la nueva derecha—, configuró un escenario cuyos actores fundamentales fueron el Gobierno y los empresarios del sector, devenidos estos últimos el grotesco intento de encarnación mediática de un supuesto “pueblo”.
Como emergente de las paradojas de la etapa, el Estado ejerció la representación de un pueblo cuya organización no fue suficiente para materializarse en la escena política, poniendo en cuestión con esa imposibilidad la legitimidad de una medida dirigida a preservar el salario real.
El rumbo de cambios iniciado hace escaso tiempo y la continuidad de las políticas de desarrollo requieren la recuperación y reconfiguración de un Estado de nuevas características. Lejos de la estructura burocratizada, que durante décadas ha mostrado sus estrechos límites en numerosos aspectos, se presenta la necesidad de construir un Estado dotado de las herramientas para intervenir activamente en el sendero social, económico, productivo y distributivo. Capaz de resignificar y recuperar su rol en la planificación del desarrollo y la construcción de un proyecto nacional y democrático. Consustanciado en su diagramación institucional e instrumental con objetivos económicos inclusivos, y consciente de las restricciones estructurales y sociales que enfrenta. Pensado de manera multilateral, en tanto regulador social imbricado por las demandas y necesidades de una sociedad civil activa y diversa, plural e incluso contradictoria.
Desarrollo nacional
Resulta fundamental continuar y profundizar la actual agenda regional e internacional de nuestro país. La crisis actual, centrada en las principales economías del planeta, evidencia la necesidad de avanzar en las iniciativas de integración. Más aún, constituye una oportunidad para establecer formas de coordinación diferentes de las impuestas por los estrechos límites del paradigma conceptual dominante hasta hace pocas semanas en materia de economía internacional. Tales acciones son: el crecimiento de Unasur, la profundización del Mercosur ampliado, la coordinación macroeconómica conjunta, la desdolarización de los intercambios, el Banco del Sur y la banca de desarrollo en general, el crecimiento de la demanda interna y la distribución de la riqueza a escala regional, la resolución de asimetrías, el desarrollo de ciencia y tecnología. Para su éxito, estas iniciativas deben contar con una escala regional que las haga posibles.
Sostenemos que sólo la intervención consciente y planificada del Estado, y en particular la dirigida a proteger a los sectores populares más vulnerables, es capaz de articular un modelo de desarrollo nacional que persiga el bienestar general por encima de los intereses económicos particulares. Una hipotética actitud pasiva ante los conflictos latentes y explícitos dejaría el camino libre para la imposición de los intereses de quienes concentran el poder económico en la Argentina.
Para impulsar un modelo económico de desarrollo con equidad es indispensable la reconstrucción de un imaginario social que recupere la relevancia de lo político y la intervención del Estado como requisito para promover el crecimiento de la Nación. Leer más...
lunes, 22 de diciembre de 2008
El FMI pide más gasto y menos impuestos
LONDRES.- En un nuevo llamado que busca mitigar los devastadores efectos que podría tener la crisis financiera en 2009, el director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, instó ayer a los países más industrializados a implementar planes de estímulo económico más ambiciosos y bajar los impuestos, porque, de lo contrario, el año próximo será aún peor de lo previsto.
"Anticipamos un muy mal 2009, con una recesión en la mayoría de las economías desarrolladas, y un menor crecimiento en las economías emergentes", declaró Strauss-Kahn, en una entrevista con la BBC.
"Estoy especialmente preocupado por el hecho de que nuestros pronósticos, ya muy oscuros, sean aún más si no se implementa un estímulo fiscal suficiente", añadió el funcionario francés.
El FMI recomienda políticas de estímulo -aumento del gasto público y recortes impositivos temporarios- por un valor de 120 billones de dólares, el 2% del producto bruto interno (PBI) mundial, para reducir el riesgo de una recesión global.
Reunidos en una cumbre el 15 de noviembre en Washington, los dirigentes del G-20, el grupo de los principales países industrializados y emergentes, se comprometieron a adoptar planes para estimular la economía mundial.
"Veo que se han anunciado medidas, pero temo que sean insuficientes", advirtió Strauss-Kahn. "La amenaza es tal que hoy sólo pienso en dos problemas: el aumento del déficit, que nunca es bueno, y la lucha contra la recesión, que es peor. Debemos elegir la menos mala de las soluciones", dijo.
Gran Bretaña ya anunció estímulos fiscales por alrededor de un 1 por ciento del PBI, y, pese a los niveles "inquietantes" de deuda pública, Strauss-Kahn dijo que endeudarse más es, hoy en día, el mal menor.
"La cuestión de tener descontento social ha sido enfatizada por los periodistas, y entiendo eso, pero es sólo una parte del problema", dijo el funcionario. "El problema es que la sociedad entera va a sufrir", agregó.
El director del Fondo también dijo entender las reticencias de algunos países, como Alemania, a la hora de dar rienda suelta al gasto público.
"Respeto el punto de vista tradicional de los alemanes, pero pienso que estamos en un momento en que deberíamos ser más imaginativos que lo que fuimos en el pasado", declaró Strauss-Kahn.
En ese sentido, el equipo del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, ratificó ayer que el sucesor de George W. Bush tiene previsto implementar a partir del 20 de enero próximo un plan de reactivación de 850.000 millones de dólares (ver aparte).
Por otro lado, fuentes oficiales informaron ayer que el gobierno de Japón está preparando un presupuesto de más de un billón de dólares para 2009, con el fin de reactivar la segunda economía del planeta, afectada por recesión. La propuesta del Ministerio de Finanzas japonés de presupuesto para el año fiscal de 2009 supone un aumento del 6,6% con respecto al de 2008 y es el mayor en toda la historia del país.
La semana pasada, el FMI ya había alertado que su pronóstico sobre la economía para 2009 será peor de lo previsto en sus últimos informes.
El propio Strauss-Kahn dijo el lunes pasado en Madrid que el próximo informe del FMI podría pronosticar un crecimiento económico de cerca del 5% para China en 2009, un descenso notable desde el informe de noviembre, cuando se estimó un crecimiento del 8,5%. Más agresivamente
Las advertencias de Strauss-Kahn siguieron la línea de las formuladas el miércoles pasado por el primer subdirector del FMI, John Lipsky, que instó a las principales economías a actuar más agresivamente para alentar a los bancos a volver a prestar dinero. En ese contexto, dijo que el recorte de tasas de la Reserva Federal estadounidense a cerca de cero fue útil, pero instó a una acción más amplia y completa, incluido un estímulo fiscal que dure más de uno o dos trimestres.
En tanto, en otra advertencia sobre los efectos de la crisis, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, alertó ayer que se podrían endurecer las medidas proteccionistas y los países podrían cerrarse a la inmigración.
"Obviamente que, en situaciones de crisis, los riesgos de medidas proteccionistas y de cierre son siempre mayores. Y nosotros tenemos que hacer todo lo posible para evitar que eso suceda, ya sea en Europa o en el resto del mundo", advirtió.
"Es una tentación que debe ser evitada", añadió el representante europeo, que se encuentra en Río de Janeiro para participar hoy de la II Cumbre Brasil-UE.
En su opinión, nuevas restricciones a la migración, así como una nueva ola proteccionista, serían algo "negativo, dramático incluso para el mundo". Recordó que, durante la crisis económica de 1929, las medidas proteccionistas que se adoptaron empujaron la recesión hacia una Gran Depresión. Leer más...
"Anticipamos un muy mal 2009, con una recesión en la mayoría de las economías desarrolladas, y un menor crecimiento en las economías emergentes", declaró Strauss-Kahn, en una entrevista con la BBC.
"Estoy especialmente preocupado por el hecho de que nuestros pronósticos, ya muy oscuros, sean aún más si no se implementa un estímulo fiscal suficiente", añadió el funcionario francés.
El FMI recomienda políticas de estímulo -aumento del gasto público y recortes impositivos temporarios- por un valor de 120 billones de dólares, el 2% del producto bruto interno (PBI) mundial, para reducir el riesgo de una recesión global.
Reunidos en una cumbre el 15 de noviembre en Washington, los dirigentes del G-20, el grupo de los principales países industrializados y emergentes, se comprometieron a adoptar planes para estimular la economía mundial.
"Veo que se han anunciado medidas, pero temo que sean insuficientes", advirtió Strauss-Kahn. "La amenaza es tal que hoy sólo pienso en dos problemas: el aumento del déficit, que nunca es bueno, y la lucha contra la recesión, que es peor. Debemos elegir la menos mala de las soluciones", dijo.
Gran Bretaña ya anunció estímulos fiscales por alrededor de un 1 por ciento del PBI, y, pese a los niveles "inquietantes" de deuda pública, Strauss-Kahn dijo que endeudarse más es, hoy en día, el mal menor.
"La cuestión de tener descontento social ha sido enfatizada por los periodistas, y entiendo eso, pero es sólo una parte del problema", dijo el funcionario. "El problema es que la sociedad entera va a sufrir", agregó.
El director del Fondo también dijo entender las reticencias de algunos países, como Alemania, a la hora de dar rienda suelta al gasto público.
"Respeto el punto de vista tradicional de los alemanes, pero pienso que estamos en un momento en que deberíamos ser más imaginativos que lo que fuimos en el pasado", declaró Strauss-Kahn.
En ese sentido, el equipo del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, ratificó ayer que el sucesor de George W. Bush tiene previsto implementar a partir del 20 de enero próximo un plan de reactivación de 850.000 millones de dólares (ver aparte).
Por otro lado, fuentes oficiales informaron ayer que el gobierno de Japón está preparando un presupuesto de más de un billón de dólares para 2009, con el fin de reactivar la segunda economía del planeta, afectada por recesión. La propuesta del Ministerio de Finanzas japonés de presupuesto para el año fiscal de 2009 supone un aumento del 6,6% con respecto al de 2008 y es el mayor en toda la historia del país.
La semana pasada, el FMI ya había alertado que su pronóstico sobre la economía para 2009 será peor de lo previsto en sus últimos informes.
El propio Strauss-Kahn dijo el lunes pasado en Madrid que el próximo informe del FMI podría pronosticar un crecimiento económico de cerca del 5% para China en 2009, un descenso notable desde el informe de noviembre, cuando se estimó un crecimiento del 8,5%. Más agresivamente
Las advertencias de Strauss-Kahn siguieron la línea de las formuladas el miércoles pasado por el primer subdirector del FMI, John Lipsky, que instó a las principales economías a actuar más agresivamente para alentar a los bancos a volver a prestar dinero. En ese contexto, dijo que el recorte de tasas de la Reserva Federal estadounidense a cerca de cero fue útil, pero instó a una acción más amplia y completa, incluido un estímulo fiscal que dure más de uno o dos trimestres.
En tanto, en otra advertencia sobre los efectos de la crisis, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, alertó ayer que se podrían endurecer las medidas proteccionistas y los países podrían cerrarse a la inmigración.
"Obviamente que, en situaciones de crisis, los riesgos de medidas proteccionistas y de cierre son siempre mayores. Y nosotros tenemos que hacer todo lo posible para evitar que eso suceda, ya sea en Europa o en el resto del mundo", advirtió.
"Es una tentación que debe ser evitada", añadió el representante europeo, que se encuentra en Río de Janeiro para participar hoy de la II Cumbre Brasil-UE.
En su opinión, nuevas restricciones a la migración, así como una nueva ola proteccionista, serían algo "negativo, dramático incluso para el mundo". Recordó que, durante la crisis económica de 1929, las medidas proteccionistas que se adoptaron empujaron la recesión hacia una Gran Depresión. Leer más...
domingo, 21 de diciembre de 2008
La insensible guerra europea. Por Paul Krugman

(Publicado en El País (Madrid) - 21-12-2008)
Esta es la situación: la economía se enfrenta a la peor depresión que ha sufrido en décadas. La respuesta habitual a una crisis económica, recortar los tipos de interés, no está funcionando. Las ayudas gubernamentales a gran escala parecen la única forma de parar la caída en picado de la economía. Pero hay un problema: los políticos conservadores, aferrándose a una ideología pasada de moda, y puede que apostando [equivocadamente] por que sus electores están relativamente mejor situados para capear el temporal, están impidiendo que se tomen medidas.
No, no estoy hablando de Bob Corker, el senador de Nissan (perdón, de Tennessee) y sus amigos republicanos, que torpedearon el intento de la semana pasada de ganar tiempo para el sector del automóvil estadounidense. [¿Por qué se ha bloqueado el plan? Un mensaje de correo electrónico a entre los republicanos del Senado afirmaba que negar al sector automovilístico un préstamo era una oportunidad para que los republicanos "lanzasen un primer ataque contra el sindicalismo organizado"]. A quien me estoy refiriendo es a Angela Merkel, la canciller alemana, y a su equipo económico, que se han convertido en el principal obstáculo para un muy necesario plan europeo de rescate económico.
En Estados Unidos no se le está prestando mucha atención al caos económico europeo porque, comprensiblemente, estamos centrados en nuestros propios problemas. Pero se puede decir que la otra superpotencia económica mundial (Estados Unidos y la Unión Europea tienen aproximadamente el mismo PIB) está en los mismos apuros que nosotros.
Los problemas más graves se dan en la periferia europea, donde numerosas economías más pequeñas están experimentando crisis que recuerdan mucho a las pasadas crisis de Latinoamérica y Asia: Letonia es la nueva Argentina; Ucrania es la nueva Indonesia. Pero el dolor ha llegado a las grandes economías de Europa occidental: Reino Unido, Francia, Italia y la mayor de todas, Alemania.
Como en EE UU, la política monetaria de rebajas de los tipos de interés en un intento de reanimar la economía está llegando rápidamente a su límite. Esto deja una única vía para prevenir el peor desplome desde la Gran Depresión: un uso agresivo de la política fiscal consistente en aumentar el gasto o recortar los impuestos para impulsar la demanda. Ahora mismo todo el mundo ve la necesidad de un gran estímulo fiscal paneuropeo.
Mejor dicho, todo el mundo excepto los alemanes. Merkel se ha convertido en Frau Nein: si tiene que haber un rescate de la economía europea, no quiere tomar parte en él y ha dicho en una reunión de su partido que "no vamos a participar en esta carrera sin sentido por los billones".
La semana pasada, Peer Steinbrueck, el ministro de Economía de Merkel, fue todavía más lejos. No contento con negarse a desarrollar un plan serio de estímulo económico para su propio país denunció los planes de otros países europeos. Concretamente, el ministro acusó al Reino Unido de embarcarse en un "keynesianismo craso".
Los dirigentes alemanes parecen creer que su propia economía está en buena forma y no necesita grandes ayudas. Están, casi con toda seguridad, equivocados respecto a eso. Sin embargo, lo verdaderamente malo no es la valoración errónea de su propia situación, sino la forma en que la oposición de Alemania está impidiendo una acción común europea ante la crisis económica.
Para entender mejor el problema, piensen en lo que pasaría si, por ejemplo, Nueva Jersey intentase impulsar su economía mediante rebajas de impuestos u obras públicas sin que este esfuerzo estatal formase parte de un programa nacional. Evidentemente, gran parte del estímulo se "fugaría" hacia los Estados vecinos, de forma que Nueva Jersey terminaría cargando con toda la deuda, mientras que otros Estados se quedarían con muchos de los puestos de trabajo, si no con todos.
Los países europeos están en una situación muy parecida. Cualquier gobierno que actúe de forma unilateral se enfrenta a una posibilidad considerable de contraer una enorme deuda sin crear demasiados puestos de trabajos en el país en cuestión.
Sin embargo, para la economía europea en su conjunto esa clase de fuga supone un problema mucho menor: dos terceras partes de las importaciones de un miembro medio de la Unión Europea proceden de otros países europeos, por lo que el continente en su conjunto no es más dependiente de la importación que Estados Unidos. Esto significa que una iniciativa coordinada para estimular la economía, en la que cada país cuente con que sus vecinos harán un esfuerzo similar al suyo, le proporcionaría al euro un impulso mucho mayor que unos esfuerzos individuales y descoordinados.
Pero no es posible tener un esfuerzo europeo coordinado si la economía más grande de Europa no sólo se niega a participar, sino que además menosprecia los intentos de sus vecinos por frenar la crisis.
El gran nein de Alemania no durará eternamente. La semana pasada, el Ifo, un instituto de investigación muy respetado, advertía de que Alemania se enfrentará pronto a su peor crisis económica desde los años cuarenta. En el caso de que esto suceda, seguramente Merkel y sus ministros reconsiderarán su postura.
Pero en Europa, como en Estados Unidos, el problema es el tiempo. En todo el mundo las economías se hunden con rapidez mientras esperamos que alguien, cualquiera, proponga una respuesta política eficaz. ¿Cuántos destrozos más habrá antes de que esa respuesta llegue al fin? -
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No, no estoy hablando de Bob Corker, el senador de Nissan (perdón, de Tennessee) y sus amigos republicanos, que torpedearon el intento de la semana pasada de ganar tiempo para el sector del automóvil estadounidense. [¿Por qué se ha bloqueado el plan? Un mensaje de correo electrónico a entre los republicanos del Senado afirmaba que negar al sector automovilístico un préstamo era una oportunidad para que los republicanos "lanzasen un primer ataque contra el sindicalismo organizado"]. A quien me estoy refiriendo es a Angela Merkel, la canciller alemana, y a su equipo económico, que se han convertido en el principal obstáculo para un muy necesario plan europeo de rescate económico.
En Estados Unidos no se le está prestando mucha atención al caos económico europeo porque, comprensiblemente, estamos centrados en nuestros propios problemas. Pero se puede decir que la otra superpotencia económica mundial (Estados Unidos y la Unión Europea tienen aproximadamente el mismo PIB) está en los mismos apuros que nosotros.
Los problemas más graves se dan en la periferia europea, donde numerosas economías más pequeñas están experimentando crisis que recuerdan mucho a las pasadas crisis de Latinoamérica y Asia: Letonia es la nueva Argentina; Ucrania es la nueva Indonesia. Pero el dolor ha llegado a las grandes economías de Europa occidental: Reino Unido, Francia, Italia y la mayor de todas, Alemania.
Como en EE UU, la política monetaria de rebajas de los tipos de interés en un intento de reanimar la economía está llegando rápidamente a su límite. Esto deja una única vía para prevenir el peor desplome desde la Gran Depresión: un uso agresivo de la política fiscal consistente en aumentar el gasto o recortar los impuestos para impulsar la demanda. Ahora mismo todo el mundo ve la necesidad de un gran estímulo fiscal paneuropeo.
Mejor dicho, todo el mundo excepto los alemanes. Merkel se ha convertido en Frau Nein: si tiene que haber un rescate de la economía europea, no quiere tomar parte en él y ha dicho en una reunión de su partido que "no vamos a participar en esta carrera sin sentido por los billones".
La semana pasada, Peer Steinbrueck, el ministro de Economía de Merkel, fue todavía más lejos. No contento con negarse a desarrollar un plan serio de estímulo económico para su propio país denunció los planes de otros países europeos. Concretamente, el ministro acusó al Reino Unido de embarcarse en un "keynesianismo craso".
Los dirigentes alemanes parecen creer que su propia economía está en buena forma y no necesita grandes ayudas. Están, casi con toda seguridad, equivocados respecto a eso. Sin embargo, lo verdaderamente malo no es la valoración errónea de su propia situación, sino la forma en que la oposición de Alemania está impidiendo una acción común europea ante la crisis económica.
Para entender mejor el problema, piensen en lo que pasaría si, por ejemplo, Nueva Jersey intentase impulsar su economía mediante rebajas de impuestos u obras públicas sin que este esfuerzo estatal formase parte de un programa nacional. Evidentemente, gran parte del estímulo se "fugaría" hacia los Estados vecinos, de forma que Nueva Jersey terminaría cargando con toda la deuda, mientras que otros Estados se quedarían con muchos de los puestos de trabajo, si no con todos.
Los países europeos están en una situación muy parecida. Cualquier gobierno que actúe de forma unilateral se enfrenta a una posibilidad considerable de contraer una enorme deuda sin crear demasiados puestos de trabajos en el país en cuestión.
Sin embargo, para la economía europea en su conjunto esa clase de fuga supone un problema mucho menor: dos terceras partes de las importaciones de un miembro medio de la Unión Europea proceden de otros países europeos, por lo que el continente en su conjunto no es más dependiente de la importación que Estados Unidos. Esto significa que una iniciativa coordinada para estimular la economía, en la que cada país cuente con que sus vecinos harán un esfuerzo similar al suyo, le proporcionaría al euro un impulso mucho mayor que unos esfuerzos individuales y descoordinados.
Pero no es posible tener un esfuerzo europeo coordinado si la economía más grande de Europa no sólo se niega a participar, sino que además menosprecia los intentos de sus vecinos por frenar la crisis.
El gran nein de Alemania no durará eternamente. La semana pasada, el Ifo, un instituto de investigación muy respetado, advertía de que Alemania se enfrentará pronto a su peor crisis económica desde los años cuarenta. En el caso de que esto suceda, seguramente Merkel y sus ministros reconsiderarán su postura.
Pero en Europa, como en Estados Unidos, el problema es el tiempo. En todo el mundo las economías se hunden con rapidez mientras esperamos que alguien, cualquiera, proponga una respuesta política eficaz. ¿Cuántos destrozos más habrá antes de que esa respuesta llegue al fin? -
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Paul Krugman: "El Gobierno argentino está haciendo un poco mejor las cosas"
El Nobel de Economía dice que el país va a sufrir por la caída del comercio internacional. Piensa en un escenario global de deflación de precios y estancamiento. Por: Damián Migueles
"Hay un componente argentino en la crisis global: algunos países sufren igual que el nuestro en 2001", dijo Damián Migueles, economista.
Después de recibir la semana pasada el Premio Nobel de manos del rey de Suecia Karl Gustav. Paul Krugman discutió con alumnos y profesores de la Stockholm School of Economics. La actual crisis económica fue el tema dominante y durante un típico smörgåsbord (buffet) sueco, se explayó sobre la crisis mundial y su impacto sobre la Argentina. Pese a la alegría de haber ganado 10 millones de coronas (1,25 millones de dólares) por el premio, la sensación que dejó fue de un marcado pesimismo frente al futuro.
Para Krugman, la crisis actual tiene mucho de las crisis anteriores. En particular dice que Argentina dejó enseñanzas. "Letonia es La Nueva Argentina, con convertibilidad, posterior corrida bancaria y fuga de capitales. Luego cuando se devalúa la moneda la deuda denominada en moneda extranjera se hace impagable".
-En La Argentina como en otros países emergentes, la crisis ha tenido menor impacto que en muchos países desarrollados, ¿va a seguir así?
-Bueno, Argentina tiene una alta exposición al comercio internacional. Una caída fuerte del comercio va a afectar mucho a la región. Y el comercio va a caer porque cae la actividad económica.
-¿Cree que se avecina una crisis como la del 2001 en La Argentina?
En verdad no lo sé. Pero me da la impresión que el gobierno está manejando un poco mejor las cosas.
Cuando se le piden consejos concretos, Krugman bromea: "mejor me ahorro problemas y me amparo en que mi acuerdo con el New York Times me prohíbe asesorar" . Y si se le pregunta si hubiese aceptado un ofrecimiento de Obama, dice: "No, por el bien de mi país. Soy un mal administrador, un mal burócrata".
El Premio Nobel coincide con las políticas de salvataje del sistema financiero del actual gobierno estadounidense y piensa que haber dejado caer a Lehman Brothers, "fue un error". Krugman tampoco cree que sus modelos sirvan para entender todo lo que pasa ahora. "La economía como ciencia no necesariamente crea cimientos permanentes de conocimiento y predicción".
-¿Qué tan grande es esta crisis con respecto a otras?
-Es enorme! Y estoy preocupado. Los economistas que piensan que es un fenómeno interesante, son como un médico que dice "qué hermoso tumor". Sin una adecuada política económica puede ser peor a la del 30.
-¿En qué se diferencia esta crisis de la del 30?
-Tenemos más conocimiento sobre la economía, pero principalmente estamos políticamente mejor preparados. No hay dictaduras nacionalistas o fascistas y la coordinación y el entendimiento democrático están consolidados.
-¿Cuál es el origen de esta crisis?
-Un sistema financiero paralelo, que hace los negocios del banco, pero sin las regulaciones del tradicional "banco de mármol". Me culpo por no haberlo detectado a tiempo y hoy vemos una corrida bancaria, pero en vez de tener gente haciendo cola en las calles, están haciendo click con el mouse.
Paul Krugman entretiene, es articulado, hace chistes y mira a los ojos del público. Contrasta con la imagen privada de hombre tímido, según quienes lo conocen. Un compañero de estudios, lo describió como "un conjunto de un sólo elemento". Y su mundo privado parece ser acotado: no tiene hijos y fue a recibir el Premio con muy pocos allegados, además de su esposa. Todos saben que es adicto al trabajo, a tal punto que dice que ahora tiene que recuperar la semana "perdida" por el Nobel.
-¿Cuál es hoy el peor escenario para los países desarrollados?
-En el corto plazo podríamos ver que se repita el escenario japonés de los 90: bajas tasas de interés, inversión nula, deflación y estancamiento. Ya vimos que en esos casos bajar la tasa de interés no alcanza, la política monetaria no tiene efecto.
-¿Qué medidas de política son las adecuadas?
-Muchos países actúan adecuadamente con programas fiscales expansivos. Pero no está claro como invertir de la manera más eficiente el dinero de los contribuyentes. Lo que si es importante, dado el nivel de comercio, es que las medidas sean coordinadas, si no se corre el riesgo de que nadie lo quiera hacer: Si sube el gasto en Francia, una gran parte de ese gasto se destina en productos alemanes. Los franceses van a dudar en hacerlo a menos que los alemanes hagan lo mismo. Y los alemanes no están cooperando.
-¿Espera ver mucha intervención estatal?
-Si, veremos nacionalizaciones.
-¿Revive el Keynesianismo?
-Las ideas monetaristas pierden terreno frente al keynesianismo. Parte del problema es que la economía monetaria perdió anclaje con la economía real. Milton Friedman, por ejemplo, estaba en contra de la intervención del estado; yo no, porque lo asocio el estado de bienestar y al sistema de salud.
-Pero con los altos déficits que ya tienen los EEUU, ¿no le preocupan los déficits que estos programas acarrean? ¿Y por cuánto tiempo hay que llevarlos adelante?
-En EE.UU. se habla de destinar un 4% del PBI este año y de 7-8% el próximo. Goldman Sachs pronostica que el PBI podría caer un 9%. El 4% es entonces un precio barato. Si el desempleo llega a dos dígitos, 12 millones de norteamericanos estarán por debajo de la línea de pobreza y 10 millones sin cobertura médica.
(Publicado en Clarín. Martes 16-12-2008)
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"Hay un componente argentino en la crisis global: algunos países sufren igual que el nuestro en 2001", dijo Damián Migueles, economista.
Después de recibir la semana pasada el Premio Nobel de manos del rey de Suecia Karl Gustav. Paul Krugman discutió con alumnos y profesores de la Stockholm School of Economics. La actual crisis económica fue el tema dominante y durante un típico smörgåsbord (buffet) sueco, se explayó sobre la crisis mundial y su impacto sobre la Argentina. Pese a la alegría de haber ganado 10 millones de coronas (1,25 millones de dólares) por el premio, la sensación que dejó fue de un marcado pesimismo frente al futuro.
Para Krugman, la crisis actual tiene mucho de las crisis anteriores. En particular dice que Argentina dejó enseñanzas. "Letonia es La Nueva Argentina, con convertibilidad, posterior corrida bancaria y fuga de capitales. Luego cuando se devalúa la moneda la deuda denominada en moneda extranjera se hace impagable".
-En La Argentina como en otros países emergentes, la crisis ha tenido menor impacto que en muchos países desarrollados, ¿va a seguir así?
-Bueno, Argentina tiene una alta exposición al comercio internacional. Una caída fuerte del comercio va a afectar mucho a la región. Y el comercio va a caer porque cae la actividad económica.
-¿Cree que se avecina una crisis como la del 2001 en La Argentina?
En verdad no lo sé. Pero me da la impresión que el gobierno está manejando un poco mejor las cosas.
Cuando se le piden consejos concretos, Krugman bromea: "mejor me ahorro problemas y me amparo en que mi acuerdo con el New York Times me prohíbe asesorar" . Y si se le pregunta si hubiese aceptado un ofrecimiento de Obama, dice: "No, por el bien de mi país. Soy un mal administrador, un mal burócrata".
El Premio Nobel coincide con las políticas de salvataje del sistema financiero del actual gobierno estadounidense y piensa que haber dejado caer a Lehman Brothers, "fue un error". Krugman tampoco cree que sus modelos sirvan para entender todo lo que pasa ahora. "La economía como ciencia no necesariamente crea cimientos permanentes de conocimiento y predicción".
-¿Qué tan grande es esta crisis con respecto a otras?
-Es enorme! Y estoy preocupado. Los economistas que piensan que es un fenómeno interesante, son como un médico que dice "qué hermoso tumor". Sin una adecuada política económica puede ser peor a la del 30.
-¿En qué se diferencia esta crisis de la del 30?
-Tenemos más conocimiento sobre la economía, pero principalmente estamos políticamente mejor preparados. No hay dictaduras nacionalistas o fascistas y la coordinación y el entendimiento democrático están consolidados.
-¿Cuál es el origen de esta crisis?
-Un sistema financiero paralelo, que hace los negocios del banco, pero sin las regulaciones del tradicional "banco de mármol". Me culpo por no haberlo detectado a tiempo y hoy vemos una corrida bancaria, pero en vez de tener gente haciendo cola en las calles, están haciendo click con el mouse.
Paul Krugman entretiene, es articulado, hace chistes y mira a los ojos del público. Contrasta con la imagen privada de hombre tímido, según quienes lo conocen. Un compañero de estudios, lo describió como "un conjunto de un sólo elemento". Y su mundo privado parece ser acotado: no tiene hijos y fue a recibir el Premio con muy pocos allegados, además de su esposa. Todos saben que es adicto al trabajo, a tal punto que dice que ahora tiene que recuperar la semana "perdida" por el Nobel.
-¿Cuál es hoy el peor escenario para los países desarrollados?
-En el corto plazo podríamos ver que se repita el escenario japonés de los 90: bajas tasas de interés, inversión nula, deflación y estancamiento. Ya vimos que en esos casos bajar la tasa de interés no alcanza, la política monetaria no tiene efecto.
-¿Qué medidas de política son las adecuadas?
-Muchos países actúan adecuadamente con programas fiscales expansivos. Pero no está claro como invertir de la manera más eficiente el dinero de los contribuyentes. Lo que si es importante, dado el nivel de comercio, es que las medidas sean coordinadas, si no se corre el riesgo de que nadie lo quiera hacer: Si sube el gasto en Francia, una gran parte de ese gasto se destina en productos alemanes. Los franceses van a dudar en hacerlo a menos que los alemanes hagan lo mismo. Y los alemanes no están cooperando.
-¿Espera ver mucha intervención estatal?
-Si, veremos nacionalizaciones.
-¿Revive el Keynesianismo?
-Las ideas monetaristas pierden terreno frente al keynesianismo. Parte del problema es que la economía monetaria perdió anclaje con la economía real. Milton Friedman, por ejemplo, estaba en contra de la intervención del estado; yo no, porque lo asocio el estado de bienestar y al sistema de salud.
-Pero con los altos déficits que ya tienen los EEUU, ¿no le preocupan los déficits que estos programas acarrean? ¿Y por cuánto tiempo hay que llevarlos adelante?
-En EE.UU. se habla de destinar un 4% del PBI este año y de 7-8% el próximo. Goldman Sachs pronostica que el PBI podría caer un 9%. El 4% es entonces un precio barato. Si el desempleo llega a dos dígitos, 12 millones de norteamericanos estarán por debajo de la línea de pobreza y 10 millones sin cobertura médica.
(Publicado en Clarín. Martes 16-12-2008)
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domingo, 14 de diciembre de 2008
¿Dañará el gasto de hoy a la economía de mañana? Por Paul Krugman
Hay ahora mismo un intenso debate sobre lo dinámicos que deberían ser los intentos del Gobierno de EE UU por invertir la marcha de la economía. Muchos economistas, entre los que me incluyo, están pidiendo una gran expansión fiscal que impida que la economía entre en caída libre. A otros, sin embargo, les preocupa el lastre que unos grandes déficit presupuestarios puedan suponer para las generaciones futuras.
Pero quienes se preocupan por el déficit están completamente equivocados. En las condiciones actuales, no hay que sacrificar lo que es bueno a largo plazo por lo que lo es a corto plazo; una expansión fiscal fuerte mejoraría realmente las perspectivas económicas a largo plazo.
La afirmación de que los déficit presupuestarios empobrecen a la larga la economía se basa en la creencia de que los préstamos adquiridos por el Gobierno excluyen a la fuerza la inversión privada: que el Gobierno, al emitir grandes cantidades de deuda, impulsa al alza los tipos de interés, lo que hace que las empresas sean reacias a invertir en nuevas plantas y equipos, lo cual, a su vez, reduce la tasa de crecimiento económico a largo plazo. En circunstancias normales, este argumento tendría mucho a su favor.
Pero ahora mismo las circunstancias son de todo menos normales. Plantéense lo que sucedería el año que viene si la Administración de Obama cediese ante los halcones del déficit y redujese la escala de sus planes fiscales. ¿Haría esto que bajasen los tipos? Está claro que no conduciría a una disminución a corto plazo de los tipos de interés, que están más o menos controlados por la Reserva Federal. La Reserva ya está manteniendo esos tipos tan bajos como le es posible -prácticamente a cero- y no variará su política a menos que vea alguna señal de que la economía amenaza con recalentarse. Y esa perspectiva no parece realista por el momento.
¿Y qué hay de los tipos a más largo plazo? Estos tipos, que ya están en su nivel mínimo desde hace medio siglo, son principalmente el reflejo de los tipos a corto plazo que se esperan para el futuro. La austeridad fiscal podría hacerlos bajar aún más, pero a costa de generar expectativas de que la economía siga profundamente deprimida durante mucho tiempo, lo cual reduciría la inversión privada en lugar de incrementarla.
La idea de que, cuando la economía está deprimida, una política fiscal rígida reduce de hecho la inversión privada no es simplemente un razonamiento hipotético: es exactamente lo que sucedió en dos episodios históricos importantes.
El primero tuvo lugar en 1937, cuando Franklin Roosevelt cometió el error de seguir los consejos de quienes se preocupaban por el déficit en aquella época. Redujo radicalmente el gasto del Gobierno recortando a la mitad la inversión en la Administración para la Mejora del Trabajo y subiendo los impuestos, entre otras cosas. El resultado fue una grave recesión y una caída pronunciada de la inversión privada.
El segundo episodio tuvo lugar en Japón 60 años después. En 1996 y 1997, el Gobierno japonés intentó equilibrar su presupuesto recortando el gasto y subiendo los impuestos. Y, de nuevo, la recesión que provocó indujo una caída pronunciada de la inversión privada.
Para que quede claro, no estoy argumentando que tratar de reducir el déficit presupuestario sea siempre negativo para la inversión privada. Se puede afirmar razonablemente que la moderación fiscal de Bill Clinton en los años noventa contribuyó a alimentar la gran explosión de la inversión que se produjo en EE UU durante esa década, la cual, a su vez, llevó a una recuperación en el crecimiento de la productividad.
Lo que hizo que la austeridad fiscal fuese tan mala idea tanto en los EE UU de Roosevelt como en el Japón de los años noventa fue el hecho de que se daban unas circunstancias especiales: en ambos casos, el Gobierno dio marcha atrás frente a una trampa de la liquidez, una situación en la que, a pesar de que la autoridad monetaria había recortado los tipos de interés todo lo posible, la economía seguía funcionando muy por debajo de su capacidad.
Y ahora nos encontramos ante la misma clase de trampa, y por eso quienes se preocupan por el déficit están fuera de contexto.
Una cosa más: la expansión fiscal será todavía mejor para el futuro de EE UU si una gran parte de ella se lleva a cabo en forma de inversión pública: construcción de carreteras, reparación de puentes y desarrollo de nuevas tecnologías, todo lo cual hará más rico al país a largo plazo.
¿Debería el Gobierno mantener indefinidamente una política de grandes déficit presupuestarios? Desde luego que no. Aunque la deuda pública no es tan mala como mucha gente cree -básicamente, es dinero que nos debemos a nosotros mismos-, a la larga, el Gobierno, al igual que los particulares, tiene que compensar sus gastos con sus ingresos.
Pero ahora mismo tenemos un déficit básico en el gasto privado: los consumidores están redescubriendo las ventajas del ahorro en el mismo momento en que las empresas, quemadas por los excesos del pasado e incapacitadas por las dificultades del sistema financiero, están recortando sus inversiones. Ese desfase terminará por corregirse, pero, hasta que lo haga, el gasto del Gobierno debe cargar con el muerto. De otro modo, la inversión privada, y la economía en su conjunto, se hundirán aún más.
Resumiendo: la gente que piensa que una expansión fiscal hoy será mala para las generaciones futuras se equivoca radicalmente. La mejor línea de actuación, tanto para los trabajadores de hoy como para sus hijos, es hacer todo lo que haga falta para poner esta economía en el camino hacia su recuperación. - Leer más...
Pero quienes se preocupan por el déficit están completamente equivocados. En las condiciones actuales, no hay que sacrificar lo que es bueno a largo plazo por lo que lo es a corto plazo; una expansión fiscal fuerte mejoraría realmente las perspectivas económicas a largo plazo.
La afirmación de que los déficit presupuestarios empobrecen a la larga la economía se basa en la creencia de que los préstamos adquiridos por el Gobierno excluyen a la fuerza la inversión privada: que el Gobierno, al emitir grandes cantidades de deuda, impulsa al alza los tipos de interés, lo que hace que las empresas sean reacias a invertir en nuevas plantas y equipos, lo cual, a su vez, reduce la tasa de crecimiento económico a largo plazo. En circunstancias normales, este argumento tendría mucho a su favor.
Pero ahora mismo las circunstancias son de todo menos normales. Plantéense lo que sucedería el año que viene si la Administración de Obama cediese ante los halcones del déficit y redujese la escala de sus planes fiscales. ¿Haría esto que bajasen los tipos? Está claro que no conduciría a una disminución a corto plazo de los tipos de interés, que están más o menos controlados por la Reserva Federal. La Reserva ya está manteniendo esos tipos tan bajos como le es posible -prácticamente a cero- y no variará su política a menos que vea alguna señal de que la economía amenaza con recalentarse. Y esa perspectiva no parece realista por el momento.
¿Y qué hay de los tipos a más largo plazo? Estos tipos, que ya están en su nivel mínimo desde hace medio siglo, son principalmente el reflejo de los tipos a corto plazo que se esperan para el futuro. La austeridad fiscal podría hacerlos bajar aún más, pero a costa de generar expectativas de que la economía siga profundamente deprimida durante mucho tiempo, lo cual reduciría la inversión privada en lugar de incrementarla.
La idea de que, cuando la economía está deprimida, una política fiscal rígida reduce de hecho la inversión privada no es simplemente un razonamiento hipotético: es exactamente lo que sucedió en dos episodios históricos importantes.
El primero tuvo lugar en 1937, cuando Franklin Roosevelt cometió el error de seguir los consejos de quienes se preocupaban por el déficit en aquella época. Redujo radicalmente el gasto del Gobierno recortando a la mitad la inversión en la Administración para la Mejora del Trabajo y subiendo los impuestos, entre otras cosas. El resultado fue una grave recesión y una caída pronunciada de la inversión privada.
El segundo episodio tuvo lugar en Japón 60 años después. En 1996 y 1997, el Gobierno japonés intentó equilibrar su presupuesto recortando el gasto y subiendo los impuestos. Y, de nuevo, la recesión que provocó indujo una caída pronunciada de la inversión privada.
Para que quede claro, no estoy argumentando que tratar de reducir el déficit presupuestario sea siempre negativo para la inversión privada. Se puede afirmar razonablemente que la moderación fiscal de Bill Clinton en los años noventa contribuyó a alimentar la gran explosión de la inversión que se produjo en EE UU durante esa década, la cual, a su vez, llevó a una recuperación en el crecimiento de la productividad.
Lo que hizo que la austeridad fiscal fuese tan mala idea tanto en los EE UU de Roosevelt como en el Japón de los años noventa fue el hecho de que se daban unas circunstancias especiales: en ambos casos, el Gobierno dio marcha atrás frente a una trampa de la liquidez, una situación en la que, a pesar de que la autoridad monetaria había recortado los tipos de interés todo lo posible, la economía seguía funcionando muy por debajo de su capacidad.
Y ahora nos encontramos ante la misma clase de trampa, y por eso quienes se preocupan por el déficit están fuera de contexto.
Una cosa más: la expansión fiscal será todavía mejor para el futuro de EE UU si una gran parte de ella se lleva a cabo en forma de inversión pública: construcción de carreteras, reparación de puentes y desarrollo de nuevas tecnologías, todo lo cual hará más rico al país a largo plazo.
¿Debería el Gobierno mantener indefinidamente una política de grandes déficit presupuestarios? Desde luego que no. Aunque la deuda pública no es tan mala como mucha gente cree -básicamente, es dinero que nos debemos a nosotros mismos-, a la larga, el Gobierno, al igual que los particulares, tiene que compensar sus gastos con sus ingresos.
Pero ahora mismo tenemos un déficit básico en el gasto privado: los consumidores están redescubriendo las ventajas del ahorro en el mismo momento en que las empresas, quemadas por los excesos del pasado e incapacitadas por las dificultades del sistema financiero, están recortando sus inversiones. Ese desfase terminará por corregirse, pero, hasta que lo haga, el gasto del Gobierno debe cargar con el muerto. De otro modo, la inversión privada, y la economía en su conjunto, se hundirán aún más.
Resumiendo: la gente que piensa que una expansión fiscal hoy será mala para las generaciones futuras se equivoca radicalmente. La mejor línea de actuación, tanto para los trabajadores de hoy como para sus hijos, es hacer todo lo que haga falta para poner esta economía en el camino hacia su recuperación. - Leer más...
lunes, 8 de diciembre de 2008
Soluciones erradas para un problema de dólares. Por Enrique Szewach
Interesante reflexión de la presidenta Kirchner. Interesante, porque explicita el diagnóstico que hoy tiene el Gobierno sobre lo que nos pasa. Interesante, porque cuando la soja estaba a US$ 500 la tonelada, Brasil nos compraba autos y el dólar se devaluaba frente a las monedas regionales, no la escuché decir, ni a ella ni a su marido, “el mundo nos salvó”. Pero bueno, más allá de estas curiosidades de la vida conyugal de los K, las efectividades conducentes señalan que, efectivamente, los precios internacionales de nuestros productos de exportación han caído, que Brasil, la gran oportunidad perdida de la Argentina de los últimos años, se ha transformado casi en una amenaza y que el dólar es hoy una moneda fuerte.
Frente a ese escenario externo tan adverso, la respuesta de política económica local ha sido, por lo menos, equivocada. Los shocks externos negativos, que eso es lo que hemos sufrido en estos meses, implican que la Argentina, macroeconómicamente hablando, es más pobre en dólares de lo que era antes. A la inversa de los sucedido en los últimos años. Y resulta que necesitamos dólares para pagar importaciones imprescindibles y para hacer frente a compromisos de deuda en moneda extranjera –pública y privada–. Esos dólares antes los proveían los compradores de soja y otros productos pagando más caras nuestras exportaciones. Ese aumento de los precios nos financiaba mayor gasto privado, por la parte que los productores transformaban en pesos y gastaban internamente, y nos financiaba mayor gasto público, a través de los impuestos a la exportación. Aunque una parte de ese gasto –importaciones– es en dólares. Dicho de otra manera, la extraordinaria recuperación argentina de estos años –les guste o no a los K– fue producto de un fenomenal cambio de precios relativos a favor de nuestros exportables principales, que alentó un gran aumento de la producción agraria, vía incorporación masiva de tecnología. Esos mayores ingresos del campo y del resto de los exportadores se transformaron en más gasto, al convertir dólares del resto del mundo en pesos en la Argentina. Esos pesos los gastó el sector privado y también los gastó el sector público, que recaudó más impuestos, por los impuestos a la exportación y por la mayor actividad económica interna que produjo el aumento de gasto privado. Pero el origen de toda la recuperación fue la mayor cantidad de dólares que producía esta economía con el mismo esfuerzo, dada la suba de los precios. Cambio de planes. Ahora los precios han bajado. De manera que los dólares ya no los “producen” los precios. Y si queremos mantener el mismo nivel de actividad o parecido, los dólares, ahora, los tienen que producir las “cantidades”. Es decir, tenemos que exportar más cantidad de productos y servicios e importar menos cantidad de productos y servicios.Porque, insisto, necesitamos esos dólares para financiar la actividad económica interna y pagar deuda externa. Por lo tanto, nuestro problema no es un problema de “pesos”, es un problema de “dólares”. Pero las medidas anunciadas la semana pasada por la Presidenta, porque el mundo nos vino a complicar, son medidas para un problema de pesos, no de dólares. Al final de la historia, macroeconómicamente hablando, el aumento de crédito disponible equivale a reducir los requisitos de liquidez en pesos de los bancos a los que hoy les sobra plata, no les falta. En todo caso, es un subsidio a la tasa de interés y a los plazos, para los consumidores de electrodomésticos y automóviles. Pero esta medida, eventualmente, puede servir, si está orientada a sustituir importaciones, es decir a demandar bienes nacionales y que no necesitan “dólares” para su producción. Es decir si el crédito subsidiado –suponiendo que la gente quiera tomarlo– reduce la demanda de dólares para producir bienes. Pero, obviamente, esta medida es muy “chiquita” para pedirle mucho más que eso. Entonces, las últimas líneas para el resto. Si lo que hay que aumentar son las cantidades exportables y reducir las cantidades importables, hace falta alinear todas las variables de la economía en esa dirección. Y cuando digo todas las variables, me refiero a que el gasto público y el gasto privado tiene que caer en dólares, para liberar recursos para exportar y reducir la demanda de importables. Pero el gasto cae en dólares, si crece menos que el tipo de cambio. De manera que alentar un aumento del gasto por encima de la variación del tipo de cambio es agravar el problema, no solucionarlo. El Presupuesto de 2009 y todos los anuncios de aumento de gasto que se están haciendo van en la dirección equivocada, porque al aumentar el gasto en pesos hace falta devaluar más para bajarlo en dólares. Van en la dirección equivocada porque tenemos un problema muy distinto al del mundo desarrollado. El mundo desarrollado está en recesión por retracción del gasto privado. Por lo tanto, el gasto público intenta, ineficientemente, reemplazarlo, y tiene con qué porque los inversores se refugian en la deuda pública para ahorrar y no gastar. La Argentina, en cambio, ha entrado en recesión porque la política K de confrontación permanente y destrucción de mercados generó fuga de capitales –achicó el tamaño de la economía local– y porque se cayeron los precios de nuestras exportaciones. Es un problema muy distinto que requiere una solución distinta. Porque, además, la gente que huye, al contrario que en el mundo desarrollado, no se refugia en el Estado K de la confiscación: de ese Estado trata de escaparse. Mientras sigamos con la inconsistencia de decir que “el mundo nos complicó” pero que vamos a solucionar el problema con “pesos”, seguiremos sin solucionar el problema y eso es lo que, verdaderamente, nos complica.
Publicado en Perfil. Domingo 7 de diciembre de 2008.
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Frente a ese escenario externo tan adverso, la respuesta de política económica local ha sido, por lo menos, equivocada. Los shocks externos negativos, que eso es lo que hemos sufrido en estos meses, implican que la Argentina, macroeconómicamente hablando, es más pobre en dólares de lo que era antes. A la inversa de los sucedido en los últimos años. Y resulta que necesitamos dólares para pagar importaciones imprescindibles y para hacer frente a compromisos de deuda en moneda extranjera –pública y privada–. Esos dólares antes los proveían los compradores de soja y otros productos pagando más caras nuestras exportaciones. Ese aumento de los precios nos financiaba mayor gasto privado, por la parte que los productores transformaban en pesos y gastaban internamente, y nos financiaba mayor gasto público, a través de los impuestos a la exportación. Aunque una parte de ese gasto –importaciones– es en dólares. Dicho de otra manera, la extraordinaria recuperación argentina de estos años –les guste o no a los K– fue producto de un fenomenal cambio de precios relativos a favor de nuestros exportables principales, que alentó un gran aumento de la producción agraria, vía incorporación masiva de tecnología. Esos mayores ingresos del campo y del resto de los exportadores se transformaron en más gasto, al convertir dólares del resto del mundo en pesos en la Argentina. Esos pesos los gastó el sector privado y también los gastó el sector público, que recaudó más impuestos, por los impuestos a la exportación y por la mayor actividad económica interna que produjo el aumento de gasto privado. Pero el origen de toda la recuperación fue la mayor cantidad de dólares que producía esta economía con el mismo esfuerzo, dada la suba de los precios. Cambio de planes. Ahora los precios han bajado. De manera que los dólares ya no los “producen” los precios. Y si queremos mantener el mismo nivel de actividad o parecido, los dólares, ahora, los tienen que producir las “cantidades”. Es decir, tenemos que exportar más cantidad de productos y servicios e importar menos cantidad de productos y servicios.Porque, insisto, necesitamos esos dólares para financiar la actividad económica interna y pagar deuda externa. Por lo tanto, nuestro problema no es un problema de “pesos”, es un problema de “dólares”. Pero las medidas anunciadas la semana pasada por la Presidenta, porque el mundo nos vino a complicar, son medidas para un problema de pesos, no de dólares. Al final de la historia, macroeconómicamente hablando, el aumento de crédito disponible equivale a reducir los requisitos de liquidez en pesos de los bancos a los que hoy les sobra plata, no les falta. En todo caso, es un subsidio a la tasa de interés y a los plazos, para los consumidores de electrodomésticos y automóviles. Pero esta medida, eventualmente, puede servir, si está orientada a sustituir importaciones, es decir a demandar bienes nacionales y que no necesitan “dólares” para su producción. Es decir si el crédito subsidiado –suponiendo que la gente quiera tomarlo– reduce la demanda de dólares para producir bienes. Pero, obviamente, esta medida es muy “chiquita” para pedirle mucho más que eso. Entonces, las últimas líneas para el resto. Si lo que hay que aumentar son las cantidades exportables y reducir las cantidades importables, hace falta alinear todas las variables de la economía en esa dirección. Y cuando digo todas las variables, me refiero a que el gasto público y el gasto privado tiene que caer en dólares, para liberar recursos para exportar y reducir la demanda de importables. Pero el gasto cae en dólares, si crece menos que el tipo de cambio. De manera que alentar un aumento del gasto por encima de la variación del tipo de cambio es agravar el problema, no solucionarlo. El Presupuesto de 2009 y todos los anuncios de aumento de gasto que se están haciendo van en la dirección equivocada, porque al aumentar el gasto en pesos hace falta devaluar más para bajarlo en dólares. Van en la dirección equivocada porque tenemos un problema muy distinto al del mundo desarrollado. El mundo desarrollado está en recesión por retracción del gasto privado. Por lo tanto, el gasto público intenta, ineficientemente, reemplazarlo, y tiene con qué porque los inversores se refugian en la deuda pública para ahorrar y no gastar. La Argentina, en cambio, ha entrado en recesión porque la política K de confrontación permanente y destrucción de mercados generó fuga de capitales –achicó el tamaño de la economía local– y porque se cayeron los precios de nuestras exportaciones. Es un problema muy distinto que requiere una solución distinta. Porque, además, la gente que huye, al contrario que en el mundo desarrollado, no se refugia en el Estado K de la confiscación: de ese Estado trata de escaparse. Mientras sigamos con la inconsistencia de decir que “el mundo nos complicó” pero que vamos a solucionar el problema con “pesos”, seguiremos sin solucionar el problema y eso es lo que, verdaderamente, nos complica.
Publicado en Perfil. Domingo 7 de diciembre de 2008.
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Cómo Cristina puede parecerse a Bush. Por Jorge Oviedo
En el relato presidencial, el origen de la crisis financiera en los Estados Unidos que ahora contagia al mundo es la especulación financiera, el privilegio de la renta financiera sobre el aumento de la producción de bienes. El diagnóstico parece atractivo, pero es equivocado.
La crisis norteamericana se origina en políticas de estímulo fuera de control, en algún sentido parecidas a las que Cristina Fernández de Kirchner está anunciando en la Argentina. De modo tal que la Presidenta corre el riesgo de parecerse a un mandatario del que tanto parece querer diferenciarse.
Cuando Bill Clinton entregó el poder a George W. Bush, la economía norteamericana tenía un enorme superávit fiscal. La reducción del gasto en términos reales y la mejora del resultado del sector público generaron una muy fuerte entrada de capitales, que bajó aún más el costo del dinero y elevó el valor del dólar respecto de casi todas las monedas del mundo (con la excepción del yuan chino y el peso convertible argentino). Por ello, el déficit de la balanza comercial estadounidense llegó también a niveles récord.
Con la llegada de una recesión en 2001, acelerada luego por los atentados de Nueva York y Washington, la política cambió dramáticamente de sentido. El gasto público creció a un ritmo colosal -en gran medida, por las guerras en Afganistán, primero, e Irak, después-; aparecieron medidas proteccionistas; el dólar tuvo una depreciación sin precedente, impulsada, además, por una fortísima emisión. George W. Bush, que había visto a su padre perder la reelección a manos de Clinton, en gran medida, por una profunda recesión, quería evitar la caída de la economía de su país a cualquier precio. Y por un período prolongado lo logró.
Claro que la colosal burbuja de liquidez creada y la depreciación del dólar que encareció las materias primas generaron beneficios para muchos, entre ellos los productores de commodities , como la Argentina.
Pero la economía norteamericana lentamente acumuló desequilibrios que volvían insostenible el proceso. Gran parte de la revaluación de los activos estuvo basada en malos créditos otorgados en una compleja red de instrumentos novedosos que crearon la ilusión de que los riesgos eran mínimos.
¿Qué tiene de común esto con la Argentina? El gobierno del matrimonio Kirchner desde que asumió quiere mantener la economía al máximo nivel de actividad posible y ha sostenido e incrementado, para ello, enormes desequilibrios que parecen difíciles de sostener indefinidamente. Además, ha mantenido en crecimiento el gasto público por encima del nivel de alza de la recaudación.
Ahora se propone dar créditos utilizando los aportes previsionales para financiar el sostenimiento del nivel de actividad. La lentísima clarificación de algunos de los mecanismos que se utilizarían comienzan a mostrar que la discrecionalidad política tendrá mucha m
ás importancia que las calificaciones técnicas, generando riesgos ocultos que un día pueden terminar detonando un escándalo, una crisis o ambas cosas.
¿Se repetiría en la Argentina una crisis como la de las hipotecas de baja calidad norteamericanas? Parece improbable. El mercado de crédito argentino es tan pequeño que incluso un desastre importante allí parece incapaz de tener efectos mayúsculos en la economía. La inflación, las tarifas atrasadas, la falta de financiación para la deuda parecen mucho más urgentes, aunque nadie parece ocuparse de ellos.
También debe anotarse que, a pesar de que anuncian medidas de estímulo que funcionarán algún día, las autoridades ya pusieron en marcha un ajuste ortodoxo, con fuertes aumentos de tarifas e impuestos y reducciones de subsidios. El costado negativo de ese accionar es que profundiza la recesión que, por otro lado, se busca evitar.
Publicado en La Nación. Domingo 7 de diciembre de 2008.
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La crisis norteamericana se origina en políticas de estímulo fuera de control, en algún sentido parecidas a las que Cristina Fernández de Kirchner está anunciando en la Argentina. De modo tal que la Presidenta corre el riesgo de parecerse a un mandatario del que tanto parece querer diferenciarse.
Cuando Bill Clinton entregó el poder a George W. Bush, la economía norteamericana tenía un enorme superávit fiscal. La reducción del gasto en términos reales y la mejora del resultado del sector público generaron una muy fuerte entrada de capitales, que bajó aún más el costo del dinero y elevó el valor del dólar respecto de casi todas las monedas del mundo (con la excepción del yuan chino y el peso convertible argentino). Por ello, el déficit de la balanza comercial estadounidense llegó también a niveles récord.
Con la llegada de una recesión en 2001, acelerada luego por los atentados de Nueva York y Washington, la política cambió dramáticamente de sentido. El gasto público creció a un ritmo colosal -en gran medida, por las guerras en Afganistán, primero, e Irak, después-; aparecieron medidas proteccionistas; el dólar tuvo una depreciación sin precedente, impulsada, además, por una fortísima emisión. George W. Bush, que había visto a su padre perder la reelección a manos de Clinton, en gran medida, por una profunda recesión, quería evitar la caída de la economía de su país a cualquier precio. Y por un período prolongado lo logró.
Claro que la colosal burbuja de liquidez creada y la depreciación del dólar que encareció las materias primas generaron beneficios para muchos, entre ellos los productores de commodities , como la Argentina.
Pero la economía norteamericana lentamente acumuló desequilibrios que volvían insostenible el proceso. Gran parte de la revaluación de los activos estuvo basada en malos créditos otorgados en una compleja red de instrumentos novedosos que crearon la ilusión de que los riesgos eran mínimos.
¿Qué tiene de común esto con la Argentina? El gobierno del matrimonio Kirchner desde que asumió quiere mantener la economía al máximo nivel de actividad posible y ha sostenido e incrementado, para ello, enormes desequilibrios que parecen difíciles de sostener indefinidamente. Además, ha mantenido en crecimiento el gasto público por encima del nivel de alza de la recaudación.
Ahora se propone dar créditos utilizando los aportes previsionales para financiar el sostenimiento del nivel de actividad. La lentísima clarificación de algunos de los mecanismos que se utilizarían comienzan a mostrar que la discrecionalidad política tendrá mucha m
ás importancia que las calificaciones técnicas, generando riesgos ocultos que un día pueden terminar detonando un escándalo, una crisis o ambas cosas.
¿Se repetiría en la Argentina una crisis como la de las hipotecas de baja calidad norteamericanas? Parece improbable. El mercado de crédito argentino es tan pequeño que incluso un desastre importante allí parece incapaz de tener efectos mayúsculos en la economía. La inflación, las tarifas atrasadas, la falta de financiación para la deuda parecen mucho más urgentes, aunque nadie parece ocuparse de ellos.
También debe anotarse que, a pesar de que anuncian medidas de estímulo que funcionarán algún día, las autoridades ya pusieron en marcha un ajuste ortodoxo, con fuertes aumentos de tarifas e impuestos y reducciones de subsidios. El costado negativo de ese accionar es que profundiza la recesión que, por otro lado, se busca evitar.
Publicado en La Nación. Domingo 7 de diciembre de 2008.
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