En el curso del corriente año, la Argentina ha atravesado circunstancias, en los planos económico y político, que han deparado desafíos de magnitud. Entre ellos, se cuentan la crisis política ocasionada por la discusión en torno de la movilidad de las retenciones a las exportaciones agrícolas, la reestatización de las jubilaciones y el nuevo contexto que se perfila a partir de la implosión del sistema financiero internacional. Ello ha motivado respuestas diversas desde el ámbito gubernamental; entre ellas, la ratificación del anterior régimen de retenciones agrícolas, el anuncio de la cancelación de la deuda con el Club de París, la posible reapertura del canje de la deuda, y por último la reciente propuesta de restablecimiento del carácter solidario para el conjunto del sistema previsional argentino. En un escenario complejo no hay cabida para análisis y recomendaciones simplistas. Una vez más, desde el Plan Fénix sometemos a la discusión pública nuestra apreciación acerca de la actual situación y los cursos de acción a seguir.
El conflicto entre Gobierno y sector ruralista marcó el ritmo político –más quizás que el económico– de la primera mitad del año, tanto por su extensión en el tiempo como por sus repercusiones en diversos estamentos sociales y políticos. El fragor de las medidas de fuerza –que en algún momento llegaron a comprometer el abastecimiento de la actividad productiva y el consumo, además del nivel de las exportaciones primarias– y cierta intemperancia en la postura y los procedimientos oficiales llevaron a un dramático desenlace parlamentario, que implicó retrotraer las medidas originalmente adoptadas por el Gobierno. Sin duda, fueron poderosos los intereses en juego y no siempre actuaron éstos de modo transparente ni legítimo; tal es el caso de los sectores proveedores de insumos y de la exportación agrícola.
El régimen adoptado a la postre tuvo efectos relativamente neutros sobre la rentabilidad agraria, por la caída de los precios de los productos primarios involucrados en el mercado internacional; incluso, resulta claro ahora que la normativa finalmente derogada habría sido más favorable para los productores de menor escala.
Ahora bien, conviene llamar la atención sobre dos aspectos de importancia en relación con este episodio.
En primer lugar, en su gran mayoría, la producción agrícola objeto de debate no se encontró –en momento alguno– en real peligro en cuanto a su viabilidad. No se trató de un debate acerca de la supervivencia de un sector, sino de una batalla por la apropiación de la renta agraria.
En segundo término, se soslayó una cuestión de fondo que resulta esencial: la de la adecuada política cambiaria que la Argentina debe adoptar. Como ya señaláramos en documentos anteriores, en la economía argentina abundan los recursos primarios. Ellos no permiten sin embargo el sostenimiento de la totalidad de su población, ni tampoco aseguran la sostenibilidad externa. Resulta imperativo entonces la vigencia de un tipo de cambio diferencial, que viabilice un modelo de desarrollo capaz de combinar del mejor modo las actividades primarias e industriales. Un modelo, por lo demás, para el que la Argentina ha mostrado aptitud tanto en el pasado lejano –hasta fines de los años ’70– como durante el último ciclo de crecimiento, iniciado luego de la debacle de 2001-2002. Este es el sentido de las retenciones, caricaturizadas tan frecuentemente como una “arbitraria” o “distorsiva” medida fiscal. Por el contrario, se trata de un instrumento que, en un adecuado contexto de políticas, apunta a la vez al desarrollo productivo, a la creación de empleo y a la redistribución del ingreso. Muy poco acerca de estas importantes cuestiones ha salido a la luz en la polémica pública, ni siquiera por parte de los sectores manufactureros que tienen un objetivo interés en ella. Antes bien, se escucha ahora a voceros rurales –acompañados por algunos actores políticos– que piden lisa y llanamente la eliminación de las retenciones. Una postura inaceptable en las presentes circunstancias, ya sea desde el punto de vista distributivo como desde el de una sana política de crecimiento (aun en el hipótetico caso de un contexto que asegurase holgura fiscal).
De hecho, la revaluación cambiaria operada en los últimos meses –ligada a una sostenida inflación– parece reflejar, además, una menor capacidad de compra de divisas por parte del Estado. En consecuencia, lo ganado en el campo impositivo por el sector de la producción agroexportable se había perdido –en buena medida– por efecto de la apreciación cambiaria. Este proceso acarreó además serias dificultades a la exportación industrial, que ha mostrado en el pasado una performance excepcionalmente dinámica (un incremento de alrededor de 100 por ciento, en relación con 1998). Es indispensable, en este punto, insistir en la necesidad de la recuperación de un tipo de cambio real de nivel competitivo, que permita contribuir al equilibrio externo y al desarrollo manufacturero exportador; la evolución más reciente parece apuntar en tal sentido. Sólo el sostenimiento en el largo plazo de una política de este tipo permitirá cambiar el perfil productivo y el nivel y el carácter del empleo en nuestro país.
Al mismo tiempo, la cuestión agraria debe ser encarada desde un enfoque integral, que supere la discusión puntual acerca de las retenciones. En particular, debe avanzarse en un proceso de diversificación, que revierta la excesiva concentración en el cultivo de soja, en perjuicio de otros cultivos, de la ganadería y de la actividad lechera. Se requiere de medidas prontas, antes del inicio de la próxima campaña. También se deberán definir y sostener activas políticas a favor de las pequeñas explotaciones familiares, consolidando la propiedad de sus tierras y apoyándolas tanto en los aspectos técnicos como crediticios.
La derrota parlamentaria parece haber derivado, por momentos, en una deriva parcial del Gobierno hacia la agenda planteada desde la oposición. Los anuncios de las reaperturas del canje a los holdouts y de las negociaciones con el Club de París son claros ejemplos de cursos de acción que parecieron satisfacer –en un momento particularmente inadecuado– el reclamo de ciertos sectores empresarios y de la “ortodoxia” económica a favor del retorno al mercado de capitales externos.
En el actual escenario –caracterizado por una inédita crisis financiera internacional– no resulta conveniente, esto parece casi obvio, que estas instancias sean abiertas. Resulta de todos modos esencial, en caso de avanzarse en este sentido, que el país se asegure condiciones dignas y sostenibles de refinanciamiento. Esto debe ser especialmente cuidado en el caso de la renegociación de los préstamos garantizados, para los que no deben aceptarse tasas de interés excesivas tratándose de un país que muestra un razonable nivel de solvencia.
Por sobre todas las cosas, debe asegurarse la sostenibilidad en el tiempo del crecimiento a partir de la capacidad local del ahorro, evitando caer una vez más en las históricas actitudes mendicantes que han sostenido (y sostienen) el carácter “inevitable” de un alto nivel de endeudamiento externo. Estas posturas le han costado en el pasado grandes sufrimientos a la Argentina, cuando los ciclos de toma de crédito externo culminaban, sucesivamente, en profundas e irremontables crisis. Hoy día la Argentina ha alcanzado los más elevados niveles de inversión sobre el producto de los últimos 20 años, con una cuenta externa de capital excedentaria (no deficitaria, como lo fue –por ejemplo– durante la convertibilidad).
La crisis internacional
La implosión del sistema financiero internacional constituye un evento inédito en la historia mundial reciente, a menos en los últimos 80 años (un período que equivale al de más de tres generaciones). Ello plantea un escenario complejo, a la vez que brinda enseñanzas que deberán ser capitalizadas.
Como es sabido, el factor que ha detonado este episodio es la insolvencia de una parte de la deuda hipotecaria de los Estados Unidos. Sus efectos se han visto potenciados, en virtud de mecanismos de “apalancamiento” (multiplicación) que generaron una plétora financiera de enorme alcance, caracterizada por un notable expansión de múltiples burbujas durante un largo período de tiempo, que fue facilitado por la pasividad de los reguladores financieros de los países centrales. Se facilitó el desarrollo descontrolado de significativos segmentos del negocio financiero, todo ello sustentado por una doctrina –con pretensiones de “ciencia económica”– que ha hecho del “libre mercado” una suerte de dogma milagroso que ahora muestra su engaño (como suele ocurrir siempre, a la larga, con los dogmas y muchos supuestos “milagros”).
Este fenómeno reconoce a su vez un conjunto de causas. El enorme grado de endeudamiento de la población estadounidense unido a su agresiva estrategia bélica ha sido en realidad el vehículo a través del cual se han motorizado los abultadísimos pasivos externos de su economía. Ello ha resultado de la acumulación de déficit casi permanente en su cuenta corriente externa, a un promedio de 2,5 puntos del PIB en los últimos 25 años. La particular dimensión e inserción de la economía americana, el reconocimiento de su moneda como reserva de valor y un favorable desempeño en términos de crecimiento han permitido “sustentar”, entonces, este ciclo de extraordinaria expansión de los pasivos durante un período de tiempo tan largo. El sistema financiero estadounidense compensó así con deuda los déficit corrientes externos; la “burbuja” financiera fue, entonces, una instancia inevitable de la pervivencia de este singular patrón de “expansión” (posible, por otra parte, debido a la acumulación indefinida de reservas en dólares por parte del resto del mundo).
Todo esto parece estar en vías de mutación, por obra de una crisis cuya magnitud aún no se puede avizorar con suficiente claridad, pero que ya brinda un conjunto de enseñanzas.
Por lo pronto, la entronización del mercado como institución central, fundante, impuesta con particular fuerza desde fines de los ’70, ha mostrado ser –una vez más– una opción a la postre inviable. En particular, los procesos de valorización financiera descontrolada no sólo contribuyen a anarquizar los mercados de capitales sino que también “atacan” desde diversos flancos a la economía real y al empleo, induciendo espirales acumulativas que terminan desestabilizando a la actividad económica, corroyendo los lazos sociales y, finalmente, dañando gravemente a los propios Estados-Nación. Instalan el despilfarro, la polarización en la distribución de la riqueza y los ingresos, la desvalorización del trabajo a favor de la especulación y la “economía-casino” y, finalmente, la anomia moral.
No resulta un hecho casual que el sector financiero haya sido el que con mayor insistencia ha machacado acerca de la necesidad de “liberar” el accionar individual de toda traba estatal. Paradójicamente resulta, a la vez, el sector menos robusto, el que –invariablemente– debe recurrir al auxilio generoso del Estado ante la amenaza de crisis sistémica. Entonces sí, ante el peligro de muerte, se apela al carácter de “servicio público” de la actividad financiera, impulsándose la socialización de las pérdidas para conservar el patrimonio en manos privadas.
De hecho, las respuestas que comenzaron a estructurarse han mostrado el papel que los Estados deben de todos modos jugar –de modo imperfecto y tardío en este caso– en cuanto agentes de la sociedad civil, para encauzar las tendencias perversas gestadas por decisiones meramente individuales en ámbitos puramente mercantiles. Se ha visto, además, la necesidad de emprender acciones globales unificadas –todavía al casi exclusivo nivel de los países centrales y sin considerar debidamente los intereses del resto del mundo– a fin de evitar la propagación de efectos en cadenas.
No puede negarse que los efectos de esta crisis internacional llegarán a nuestro país (esto ya ocurre, de modo aún limitado). Pero, al haberse interrumpido abruptamente el proceso de endeudamiento operado durante la vigencia de la convertibilidad, Argentina se encuentra hoy –en principio– menos expuesta, al menos en el “canal financiero” de propagación de la crisis. Su dependencia del ahorro externo es hoy día más baja y tampoco ha sido especialmente relevante el rol de los movimientos de capitales de corto plazo. Esto es también atribuible a las restricciones implementadas a este tipo de operaciones, que deben ser perfeccionadas.
Esto no es óbice, sin embargo, para que se adopten medidas de salvaguardia, en particular en lo atinente a la balanza comercial y al componente de servicios financieros de la cuenta corriente. Estas medidas deben hacer pie tanto en la economía real como en el sector financiero, apuntando a preservar los equilibrios externo y fiscal, a fin de asegurar márgenes de maniobra al Estado, que es en última instancia el que debe garantizar el marco de estabilidad y crecimiento posibles. Una temática que requiere atención, en este proceso de adaptación a las nuevas circunstancias internacionales, es el del ritmo inflacionario. Al respecto, debe asegurarse el mantenimiento de los equilibrios macroeconómicos; a este fin, además, es indispensable generar un ámbito donde las pujas distributivas sean dirimidas en beneficio del conjunto.
En tal sentido, la intención recientemente anunciada de restablecer un sistema previsional solidario, más allá de representar un paso de importancia histórica, constituye una decisión en el sentido correcto por dos razones. Por un lado, permitirá un nivel de ingreso futuro a los beneficiarios que el sector financiero privado no ha sido capaz de otorgar, al someter el valor de las cuotas-parte al vaivén de mercados intrínsecamente inestables (y a la previa punción de “comisiones” escandalosas). El cambio indispensable demanda, a futuro, una administración transparente y criteriosa de los recursos involucrados (que evite los históricos desvíos públicos que en los años ’90 formaron parte de los argumentos “vendedores” del inconsistente “régimen privado” hoy a punto de terminar su ciclo). Por el otro, otorga una base adicional de sustentación al Estado, en las turbulentas circunstancias actuales (y las previsibles). Desde ya, las medidas reformistas deberán ser acompañadas de adecuadas salvaguardias acerca del empleo de los recursos que se acumulen bajo gestión pública, a fin de asegurar su retorno en tiempo y forma para el pago de los beneficios.
En el plano regional, por otro lado, la actual coyuntura debe resultar propicia para afianzar la estrategia de inserción internacional que tiene como pilar a un Mercosur que se proyecta hacia el espacio regional a través de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). La integración sudamericana es una de las opciones estratégicas de los gobiernos de la región que permitirá sintetizar el objetivo de una mejor inserción internacional de sus países, a la vez que genera condiciones de paz y desarrollo integral que puedan dar respuesta a las aspiraciones enraizadas en nuestra historia y geografía comunes. Deben construirse, para ello, instituciones y mecanismos que permitan avanzar en el tratamiento de los inevitables conflictos que conllevan estos procesos.
De esta manera, desde el Plan Fénix destacamos nuevamente que la integración regional debe constituir un capítulo central de la política exterior argentina, principalmente por ser el espacio económico y político ampliado con mayor potencial para sustentar el modelo de desarrollo interno del país. La crisis actual debe motorizar entonces esfuerzos en este sentido, previniendo eventuales salidas individuales que en definitiva resultarían estériles.
Conclusiones
La Argentina ha enfrentado en el curso de este año vicisitudes que han planteado desafíos y la necesidad de definiciones. El futuro inmediato se perfila, a su vez, como un escenario problemático, en comparación con el entorno en el que se desarrolló la actividad económica durante los últimos cinco años. Se requiere diseñar y avanzar entonces en respuestas inmediatas y eficaces. Pero, más allá de lo que dicten la coyuntura y la nueva estructura eventualmente resultante del desarrollo de la crisis global, resulta imperativo desarrollar una visión de largo plazo, que dé marco y sentido a las decisiones cotidianas.
Una vez más, tal como hemos señalado en forma permanente desde el Plan Fénix, se requiere explicitar definiciones estratégicas, que marquen un rumbo claro: proteger y fortalecer el desarrollo primario e industrial; diseñar e impulsar un patrón de crecimiento e inserción diversificado; salvaguardar los avances sociales logrados y avanzar para saldar la brecha social persistente, incorporando a través del sistema educativo y del mundo del trabajo a todos los argentinos; progresar en el esfuerzo de equilibrar la distribución del ingreso; y, crucialmente, fortalecer las posibilidades del ejercicio activo de las responsabilidades de la ciudadanía, asegurando el libre acceso a una información confiable en los medios de comunicación y transparencia en el ejercicio de la función pública. Estos principios deben ser corporizados en un plan que brinde un marco coherente al accionar diario del Estado y demás actores sociales.
La vocación a favor del impulso de estos principios debe ser reiterada cotidianamente, en la práctica concreta de todos nosotros, en especial cuando episodios de origen interno o externo se presentan como serias amenazas. Su concreción sólo podrá ser efectiva a través de la constitución de una coalición social y política amplia, consistente y sólida. Esta es la tarea política aun pendiente, cuando se presentan –operando en sentido contrario– algunas tendencias centrífugas que apuntan a la fragmentación.
Los argentinos debemos, sobre las bases acordadas de un proyecto nacional para el Bicentenario, comprometer todos los esfuerzos necesarios para consensuar acciones que, dirigidas a defender nuestros recursos y potenciales, nos lleven a la consolidación de un pacto social y productivo transformador de larga duración. Persistiendo en las ideas y las acciones pertinentes, convirtamos los argentinos esta crisis en una oportunidad.
Publicado en el diario Página 12 – 09-11-2008
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martes, 25 de noviembre de 2008
El ocaso de la matemática financiera. Por Rosendo Fraga
Hasta el estallido de la crisis financiera mundial, en 2008, el hombre clave para el sistema financiero era el matemático. Las finanzas, que hasta la década pasada estaban dominadas por los economistas, habían pasado a ser el ámbito de dominio de los matemáticos.
Los bancos seleccionaban los mejores promedios en matemáticas de las universidades, rápidamente los ponían a trabajar con grandes sueldos y generosos bonus, y estos jóvenes y aguzados cerebros, entrenados para las ecuaciones, generaban las que permitían multiplicar sin control el valor del dinero virtual. Los bancos estaban presididos por banqueros, pero éstos administraban, promovían y vendían un nuevo sistema elaborado por los matemáticos. Las ecuaciones que generaban los jóvenes expertos en esta materia, en la mayoría de los casos, escapaban a la comprensión de los banqueros tradicionales, que usufructuaban los beneficios que generaban los primeros. En los últimos años se fue incorporando cada vez más matemática a las carreras de Economía y Finanzas, y la cantidad de horas dedicadas a dicha disciplina en una determinada carrera había pasado a ser indicador de su calidad y nivel. En la segunda mitad del siglo XX, los economistas fueron criticados más de una vez por su desconexión con lo político y lo social, por considerar la realidad sólo como un número. La ley de la oferta y la demanda no deja de tener una relación con lo social. Marx plantea una teoría de interpretación de la historia y la economía al mismo tiempo, que después se transforma en ideología. Lord Keynes, que vuelve a estar de moda por las semejanzas con la crisis de los años treinta, no sólo era un economista sino un profundo humanista, que tomaba posiciones muy definidas y muchas veces incorrectas para la época. En nuestro país, Belgrano (que era abogado, político y militar) fue quizá nuestro primer economista. Alberdi, además de ser el inspirador de la Constitución de 1853, también fue un pensador económico, como lo mostraron sus trabajos sobre el sistema rentístico. En la Generación del Ochenta, tanto Carlos Pellegrini como Vicente Fidel López fueron pensadores y actores políticos y culturales, además de escribir sobre economía y ser los precursores de la protección de la industria. Probablemente Frondizi fue el último líder político con comprensión simultánea de los problemas políticos, económicos y sociales. El economista recién se diferencia de la realidad política y social en la segunda mitad del siglo XX, y la economía pasa a ser una ciencia específica y más aislada de los demás saberes en esos años. Pese a ello, más de un economista ha mostrado vocación por lo político, y la Argentina tiene varios ejemplos de ello en la historia contemporánea. Pero es muy difícil encontrar matemáticos que se hayan dedicado a la política o las ciencias sociales. En una visión sociológica, detrás del estallido de la burbuja financiera de los derivados, creo que está el hecho de que las finanzas en manos de los matemáticos terminaron fuera del control de banqueros y economistas, además de no ser materia de la regulación estatal. Las matemáticas son una disciplina fundamental para el desarrollo del pensamiento, y el hecho de que la computadora haya dejado a un lado antiguos mecanismos de enseñanza, como los concursos de cálculo mental, no contribuye al desarrollo del pensamiento. También es cierto que las matemáticas resultan fundamentales para el desarrollo científico, tienen una relación con la lógica y hasta con la filosofía y permiten una tarea de cuantificación sin la cual se harían imposibles los diagnósticos en el mundo moderno, y sin ellos no se podrían tomar decisiones adecuadas. Pero el haber dejado el sistema financiero en manos de los matemáticos, además de haberse demostrado negativo por sus resultados, refuerza la idea de que es necesario humanizar las ciencias exactas o duras, sobre todo cuando sus consecuencias afectan a la humanidad.
*Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría.
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Los bancos seleccionaban los mejores promedios en matemáticas de las universidades, rápidamente los ponían a trabajar con grandes sueldos y generosos bonus, y estos jóvenes y aguzados cerebros, entrenados para las ecuaciones, generaban las que permitían multiplicar sin control el valor del dinero virtual. Los bancos estaban presididos por banqueros, pero éstos administraban, promovían y vendían un nuevo sistema elaborado por los matemáticos. Las ecuaciones que generaban los jóvenes expertos en esta materia, en la mayoría de los casos, escapaban a la comprensión de los banqueros tradicionales, que usufructuaban los beneficios que generaban los primeros. En los últimos años se fue incorporando cada vez más matemática a las carreras de Economía y Finanzas, y la cantidad de horas dedicadas a dicha disciplina en una determinada carrera había pasado a ser indicador de su calidad y nivel. En la segunda mitad del siglo XX, los economistas fueron criticados más de una vez por su desconexión con lo político y lo social, por considerar la realidad sólo como un número. La ley de la oferta y la demanda no deja de tener una relación con lo social. Marx plantea una teoría de interpretación de la historia y la economía al mismo tiempo, que después se transforma en ideología. Lord Keynes, que vuelve a estar de moda por las semejanzas con la crisis de los años treinta, no sólo era un economista sino un profundo humanista, que tomaba posiciones muy definidas y muchas veces incorrectas para la época. En nuestro país, Belgrano (que era abogado, político y militar) fue quizá nuestro primer economista. Alberdi, además de ser el inspirador de la Constitución de 1853, también fue un pensador económico, como lo mostraron sus trabajos sobre el sistema rentístico. En la Generación del Ochenta, tanto Carlos Pellegrini como Vicente Fidel López fueron pensadores y actores políticos y culturales, además de escribir sobre economía y ser los precursores de la protección de la industria. Probablemente Frondizi fue el último líder político con comprensión simultánea de los problemas políticos, económicos y sociales. El economista recién se diferencia de la realidad política y social en la segunda mitad del siglo XX, y la economía pasa a ser una ciencia específica y más aislada de los demás saberes en esos años. Pese a ello, más de un economista ha mostrado vocación por lo político, y la Argentina tiene varios ejemplos de ello en la historia contemporánea. Pero es muy difícil encontrar matemáticos que se hayan dedicado a la política o las ciencias sociales. En una visión sociológica, detrás del estallido de la burbuja financiera de los derivados, creo que está el hecho de que las finanzas en manos de los matemáticos terminaron fuera del control de banqueros y economistas, además de no ser materia de la regulación estatal. Las matemáticas son una disciplina fundamental para el desarrollo del pensamiento, y el hecho de que la computadora haya dejado a un lado antiguos mecanismos de enseñanza, como los concursos de cálculo mental, no contribuye al desarrollo del pensamiento. También es cierto que las matemáticas resultan fundamentales para el desarrollo científico, tienen una relación con la lógica y hasta con la filosofía y permiten una tarea de cuantificación sin la cual se harían imposibles los diagnósticos en el mundo moderno, y sin ellos no se podrían tomar decisiones adecuadas. Pero el haber dejado el sistema financiero en manos de los matemáticos, además de haberse demostrado negativo por sus resultados, refuerza la idea de que es necesario humanizar las ciencias exactas o duras, sobre todo cuando sus consecuencias afectan a la humanidad.
*Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría.
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lunes, 24 de noviembre de 2008
Los bancos deberán buscar un nuevo rol. Edmund Phelps
Es ridículo hablar, como algunos europeos, del "fin del capitalismo". Una buena vida requiere un lugar de trabajo gratificante -de cambio y desafío- y eso requiere algún tipo de capitalismo que funcione bien.
Es indudable que el sector bancario en Estados Unidos se desquició. Al comprar hipotecas para armar paquetes con valores respaldados por hipotecas, los bancos exportaron al resto del mundo una profusión de activos que fueron sobrevaluados por las sociedades financieras que los compraron.Las calificadoras, que hicieron sus cálculos sólo en base a hipótesis rosadas y nunca pensando en el peor escenario, fueron cómplices en esta sobrevaluación.Al vender instrumentos derivados, como seguro frente a impagos ("default insurance") y otras obligaciones de deuda colateralizada, los bancos estaban vendiendo activos tan complejos que era imposible para muchos inversores entenderlos.Por último, los bancos terminaron transformándose en sus propios peores enemigos. El nivel de sus créditos y sus endeudamientos para otorgar esos créditos alcanzaron un nivel tan alto en relación con su capital o sus acciones, que cualquier perturbación seria en los precios de los activos -el efecto de un incumplimiento de pago o el efecto de una reposición de márgenes de garantía- podía repercutir de manera devastadora sobre el capital de cualquier banco y por ende sobre su capacidad para funcionar y sobrevivir. En algunos bancos, el apalancamiento medido no era extraordinariamente alto pero la opacidad de los activos y la incertidumbre resultante en cuanto a sus retornos futuros eran muy elevadas.El hecho de que los bancos optaran por asumir niveles de riesgo cada vez mayores, sin un fin a la vista hasta el colapso, fue un efecto de la remuneración a los empleados: podían ganarse fortunas por cada día adicional que el banco pudiera operar. No había ninguna disposición de recuperación que estipulara el pago de bonificaciones solamente por el desempeño a largo plazo.¿Es necesaria una regulación para eso? Indudablemente hacen falta algunas regulaciones nuevas en ciertos casos.Sin embargo, numerosos observadores sostienen que la falta de restricciones en el sector bancario se debió más a la incapacidad de las autoridades reguladoras en el ejercicio de sus poderes que al hecho de que la autoridad reguladora no actuara. Hace falta, por sobre todo, una nueva mentalidad.Un tema fundamental que las discusiones sobre regulación deben abordar, de todas maneras, es qué función necesita la sociedad que desempeñe el sector bancario. En las últimas dos décadas, los bancos fueron tratando cada vez más de hacer dinero con hipotecas, residenciales y comerciales. Como esto ya demostró ser difícil, los bancos tendrán que reducir su oferta de crédito a la economía en su conjunto o de lo contrario redireccionar parte de su crédito al sector empresarial.Lamentablemente, en líneas generales los bancos parecen haber perdido la habilidad para crear créditos e inversiones empresariales que supieron tener en los fabulosos años de los bancos de inversión como el Deutsche Bank y J.P. Morgan.¿Los grandes bancos en Estados Unidos serán capaces de recobrar esa habilidad?Lo más probable es que bancos muy regulados no sean fuentes ideales de finanzas para la inversión empresarial, sobre todo para inversiones en empresas innovadoras. Una fuente natural de financiación para nuevas firmas son los tíos ricos, llamados "inversores ángeles", que saben más sobre la creación de nuevas empresas de lo que podría llegar a saber un banquero. Otra fuente natural de financiación son los capitalistas de riesgo, que también tienen una historia de emprendimientos como para ser capaces de asumir el rol de mentores y financiar a las empresas jóvenes. Algunos de los "hedge funds" (fondos especulativos) también están haciendo un trabajo creativo en la financiación de proyectos innovadores.Obviamente, a la sociedad no le conviene regular a los tíos ricos, los capitalistas de riesgo y los hedge funds que invierten o prestan a pequeñas o nuevas empresas. Si la sociedad comete el error de hacerlo, la innovación sufrirá. Como lo harán los reconocimientos al trabajo. Y la oferta de empleos.
TRADUCCION: CRISTINA SARDOY.
* Premio Nobel de Economía en el año 2006, se destacó en el análisis de la macroeconomía.Estudió y escribió sobre los efectos que la inflación tiene sobre la tasa de desocupación.
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Es indudable que el sector bancario en Estados Unidos se desquició. Al comprar hipotecas para armar paquetes con valores respaldados por hipotecas, los bancos exportaron al resto del mundo una profusión de activos que fueron sobrevaluados por las sociedades financieras que los compraron.Las calificadoras, que hicieron sus cálculos sólo en base a hipótesis rosadas y nunca pensando en el peor escenario, fueron cómplices en esta sobrevaluación.Al vender instrumentos derivados, como seguro frente a impagos ("default insurance") y otras obligaciones de deuda colateralizada, los bancos estaban vendiendo activos tan complejos que era imposible para muchos inversores entenderlos.Por último, los bancos terminaron transformándose en sus propios peores enemigos. El nivel de sus créditos y sus endeudamientos para otorgar esos créditos alcanzaron un nivel tan alto en relación con su capital o sus acciones, que cualquier perturbación seria en los precios de los activos -el efecto de un incumplimiento de pago o el efecto de una reposición de márgenes de garantía- podía repercutir de manera devastadora sobre el capital de cualquier banco y por ende sobre su capacidad para funcionar y sobrevivir. En algunos bancos, el apalancamiento medido no era extraordinariamente alto pero la opacidad de los activos y la incertidumbre resultante en cuanto a sus retornos futuros eran muy elevadas.El hecho de que los bancos optaran por asumir niveles de riesgo cada vez mayores, sin un fin a la vista hasta el colapso, fue un efecto de la remuneración a los empleados: podían ganarse fortunas por cada día adicional que el banco pudiera operar. No había ninguna disposición de recuperación que estipulara el pago de bonificaciones solamente por el desempeño a largo plazo.¿Es necesaria una regulación para eso? Indudablemente hacen falta algunas regulaciones nuevas en ciertos casos.Sin embargo, numerosos observadores sostienen que la falta de restricciones en el sector bancario se debió más a la incapacidad de las autoridades reguladoras en el ejercicio de sus poderes que al hecho de que la autoridad reguladora no actuara. Hace falta, por sobre todo, una nueva mentalidad.Un tema fundamental que las discusiones sobre regulación deben abordar, de todas maneras, es qué función necesita la sociedad que desempeñe el sector bancario. En las últimas dos décadas, los bancos fueron tratando cada vez más de hacer dinero con hipotecas, residenciales y comerciales. Como esto ya demostró ser difícil, los bancos tendrán que reducir su oferta de crédito a la economía en su conjunto o de lo contrario redireccionar parte de su crédito al sector empresarial.Lamentablemente, en líneas generales los bancos parecen haber perdido la habilidad para crear créditos e inversiones empresariales que supieron tener en los fabulosos años de los bancos de inversión como el Deutsche Bank y J.P. Morgan.¿Los grandes bancos en Estados Unidos serán capaces de recobrar esa habilidad?Lo más probable es que bancos muy regulados no sean fuentes ideales de finanzas para la inversión empresarial, sobre todo para inversiones en empresas innovadoras. Una fuente natural de financiación para nuevas firmas son los tíos ricos, llamados "inversores ángeles", que saben más sobre la creación de nuevas empresas de lo que podría llegar a saber un banquero. Otra fuente natural de financiación son los capitalistas de riesgo, que también tienen una historia de emprendimientos como para ser capaces de asumir el rol de mentores y financiar a las empresas jóvenes. Algunos de los "hedge funds" (fondos especulativos) también están haciendo un trabajo creativo en la financiación de proyectos innovadores.Obviamente, a la sociedad no le conviene regular a los tíos ricos, los capitalistas de riesgo y los hedge funds que invierten o prestan a pequeñas o nuevas empresas. Si la sociedad comete el error de hacerlo, la innovación sufrirá. Como lo harán los reconocimientos al trabajo. Y la oferta de empleos.
TRADUCCION: CRISTINA SARDOY.
* Premio Nobel de Economía en el año 2006, se destacó en el análisis de la macroeconomía.Estudió y escribió sobre los efectos que la inflación tiene sobre la tasa de desocupación.
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El dólar ya no sirve como reserva. Joseph Stiglitz
En un mundo globalizado no debería sorprender que no sólo lo bueno atraviese las fronteras con más facilidad, sino que también lo haga lo malo. Estados Unidos exporta ahora su crisis al mundo entero.
Una crisis financiera global exige una solución global. Las políticas macroeconómicas no coordinadas, por ejemplo, contribuyeron a los problemas de Europa. Cuando el Banco Central de Europa se negó este año a bajar las tasas de interés porque estaba concentrado en la amenaza de la inflación, mientras que el de Estados Unidos lo hizo dado que se concentraba en la inminente desaceleración, la situación dio lugar a un euro más fuerte. Eso contribuyó a la desaceleración europea. Ahora esa desaceleración alcanza a Estados Unidos.Lo mismo pasó en lo que respecta a la regulación. En buena medida -demasiada- hubo una carrera detrás del mito según el cual la desregulación alienta la innovación. En lugar de ello, la innovación tuvo su apogeo cuando fue acompañada de regulaciones que garantizaron un sistema financiero seguro y sensato.Se supone que los mercados financieros son un medio para alcanzar un fin: una economía más próspera y estable, producto de la buena asignación de recursos y de un mejor manejo del riesgo. En lugar de eso, los mercados no manejaron el riesgo, sino que lo crearon. No permitieron que las familias estadounidenses manejaran el riesgo de tasas de interés volátiles, por lo que ahora millones de personas pierden su casa. Peor aún, hicieron una pésima asignación de centenares de miles de millones de dólares.Las consecuencias de esos errores van a ser billones: no sólo el dinero que se está gastando en los rescates, sino la brecha entre el crecimiento económico global posible y el desempeño real.Más allá de eso, por supuesto, están las víctimas humanas, las familias cuyos sueños quedan destruidos al perder la casa, el empleo y los ahorros de toda la vida. Si queremos conservar la libre circulación de los productos financieros a través de las fronteras, debemos asegurarnos de que esos productos sean seguros y de que las instituciones financieras que los venden puedan respaldarlos.Los reguladores del mercado financiero fracasaron, tanto en el plano nacional como en el internacional. En buena medida, Basilea II, el nuevo marco de regulación bancaria, se basaba en la autorregulación, que constituye un oxímoron. Los bancos demostraron que no están a la altura de manejar su propio riesgo. Pero incluso si lo estuvieran, hay un problema más fundamental que es el del riesgo sistémico. La actual arquitectura financiera global no funciona bien. Ante todo, sin embargo, es injusta, en especial en lo que respecta a los países en vías de desarrollo, que se van a encontrar entre las víctimas inocentes de esta crisis global "made in USA". Hasta los países que hicieron todo bien; los que manejaron su economía con una regulación mucho mejor y con más prudencia macroeconómica que Estados Unidos. Peor aún, el Fondo Monetario Internacional exigió -por lo menos en el pasado- políticas procíclicas (aumento de tasas de interés e impuestos, reducción de gastos cuando una economía entra en recesión), mientras que Europa y Estados Unidos hacen exactamente lo contrario. El resultado es que el capital huye de los países en vías de desarrollo en épocas de crisis, lo que refuerza el ciclo vicioso.Cada vez hay más indicios de que los países en vías de desarrollo pueden necesitar grandes cantidades de dinero, superiores a la capacidad del FMI. Las fuentes de fondos líquidos se encuentran en Asia y Medio Oriente. ¿Pero por qué deberían volcar el dinero que tanto esfuerzo les costó ganar a una institución que fracasó, que impulsó las políticas de desregulación que llevaron al mundo a este caos, que sigue alentando las políticas asimétricas que contribuyen a la inestabilidad global y cuya estructura de gobierno tiene tantas falencias?Necesitamos una nueva institución financiera que ayude a los países en vías de desarrollo, una institución cuya gobernancia refleje la realidad actual. Esa nueva institución podría impulsar profundas reformas en el FMI. Es necesario crearla con rapidez. Si se le prestan los especialistas de los ministerios de finanzas y los bancos centrales, podría estar funcionando muy pronto.También hay que abordar otras reformas. El sistema de reserva global basado en el dólar ya está desgastado: el dólar demostró no ser una buena fuente de almacenamiento de valor. Sin embargo, pasar a un sistema dólar-euro o dólar-euro-yen podría ser aún más inestable. Necesitamos un sistema de reserva global para un sistema financiero global. Keynes aspiraba a que el FMI creara una nueva divisa de reserva global a la que él dio el nombre de Bancor. Es una idea cuyo momento por fin puede haber llegado.Es inconcebible que Estados Unidos pudieran haber prosperado si hubieran dejado el manejo de su sistema financiero en manos de cada uno de los cincuenta Estados. Éstos desempeñan un papel, pero el del gobierno nacional es esencial. Ahora tenemos un sistema financiero global, pero dejamos su manejo en manos de cada país. Ese sistema no puede funcionar.Nunca lograremos una estabilidad perfecta de nuestros mercados financieros ni de nuestra economía. Los mercados no se autocorrigen. Pero podemos hacer las cosas mucho mejor. Es de esperar que tras la cumbre de Washington los gobernantes de Europa y Asia inicien la tarea de crear la arquitectura financiera global que el mundo necesita para tener un siglo XXI estable y próspero.Traducción de Joaquín Ibarburu* Premio Nobel de Economía en el año 2001. Neokeynesiano, fue directivo del FMI entre 1997 y 2000, cuando renunció en medio de críticas a los organismos multilaterales y a la globalización. Leer más...
Una crisis financiera global exige una solución global. Las políticas macroeconómicas no coordinadas, por ejemplo, contribuyeron a los problemas de Europa. Cuando el Banco Central de Europa se negó este año a bajar las tasas de interés porque estaba concentrado en la amenaza de la inflación, mientras que el de Estados Unidos lo hizo dado que se concentraba en la inminente desaceleración, la situación dio lugar a un euro más fuerte. Eso contribuyó a la desaceleración europea. Ahora esa desaceleración alcanza a Estados Unidos.Lo mismo pasó en lo que respecta a la regulación. En buena medida -demasiada- hubo una carrera detrás del mito según el cual la desregulación alienta la innovación. En lugar de ello, la innovación tuvo su apogeo cuando fue acompañada de regulaciones que garantizaron un sistema financiero seguro y sensato.Se supone que los mercados financieros son un medio para alcanzar un fin: una economía más próspera y estable, producto de la buena asignación de recursos y de un mejor manejo del riesgo. En lugar de eso, los mercados no manejaron el riesgo, sino que lo crearon. No permitieron que las familias estadounidenses manejaran el riesgo de tasas de interés volátiles, por lo que ahora millones de personas pierden su casa. Peor aún, hicieron una pésima asignación de centenares de miles de millones de dólares.Las consecuencias de esos errores van a ser billones: no sólo el dinero que se está gastando en los rescates, sino la brecha entre el crecimiento económico global posible y el desempeño real.Más allá de eso, por supuesto, están las víctimas humanas, las familias cuyos sueños quedan destruidos al perder la casa, el empleo y los ahorros de toda la vida. Si queremos conservar la libre circulación de los productos financieros a través de las fronteras, debemos asegurarnos de que esos productos sean seguros y de que las instituciones financieras que los venden puedan respaldarlos.Los reguladores del mercado financiero fracasaron, tanto en el plano nacional como en el internacional. En buena medida, Basilea II, el nuevo marco de regulación bancaria, se basaba en la autorregulación, que constituye un oxímoron. Los bancos demostraron que no están a la altura de manejar su propio riesgo. Pero incluso si lo estuvieran, hay un problema más fundamental que es el del riesgo sistémico. La actual arquitectura financiera global no funciona bien. Ante todo, sin embargo, es injusta, en especial en lo que respecta a los países en vías de desarrollo, que se van a encontrar entre las víctimas inocentes de esta crisis global "made in USA". Hasta los países que hicieron todo bien; los que manejaron su economía con una regulación mucho mejor y con más prudencia macroeconómica que Estados Unidos. Peor aún, el Fondo Monetario Internacional exigió -por lo menos en el pasado- políticas procíclicas (aumento de tasas de interés e impuestos, reducción de gastos cuando una economía entra en recesión), mientras que Europa y Estados Unidos hacen exactamente lo contrario. El resultado es que el capital huye de los países en vías de desarrollo en épocas de crisis, lo que refuerza el ciclo vicioso.Cada vez hay más indicios de que los países en vías de desarrollo pueden necesitar grandes cantidades de dinero, superiores a la capacidad del FMI. Las fuentes de fondos líquidos se encuentran en Asia y Medio Oriente. ¿Pero por qué deberían volcar el dinero que tanto esfuerzo les costó ganar a una institución que fracasó, que impulsó las políticas de desregulación que llevaron al mundo a este caos, que sigue alentando las políticas asimétricas que contribuyen a la inestabilidad global y cuya estructura de gobierno tiene tantas falencias?Necesitamos una nueva institución financiera que ayude a los países en vías de desarrollo, una institución cuya gobernancia refleje la realidad actual. Esa nueva institución podría impulsar profundas reformas en el FMI. Es necesario crearla con rapidez. Si se le prestan los especialistas de los ministerios de finanzas y los bancos centrales, podría estar funcionando muy pronto.También hay que abordar otras reformas. El sistema de reserva global basado en el dólar ya está desgastado: el dólar demostró no ser una buena fuente de almacenamiento de valor. Sin embargo, pasar a un sistema dólar-euro o dólar-euro-yen podría ser aún más inestable. Necesitamos un sistema de reserva global para un sistema financiero global. Keynes aspiraba a que el FMI creara una nueva divisa de reserva global a la que él dio el nombre de Bancor. Es una idea cuyo momento por fin puede haber llegado.Es inconcebible que Estados Unidos pudieran haber prosperado si hubieran dejado el manejo de su sistema financiero en manos de cada uno de los cincuenta Estados. Éstos desempeñan un papel, pero el del gobierno nacional es esencial. Ahora tenemos un sistema financiero global, pero dejamos su manejo en manos de cada país. Ese sistema no puede funcionar.Nunca lograremos una estabilidad perfecta de nuestros mercados financieros ni de nuestra economía. Los mercados no se autocorrigen. Pero podemos hacer las cosas mucho mejor. Es de esperar que tras la cumbre de Washington los gobernantes de Europa y Asia inicien la tarea de crear la arquitectura financiera global que el mundo necesita para tener un siglo XXI estable y próspero.Traducción de Joaquín Ibarburu* Premio Nobel de Economía en el año 2001. Neokeynesiano, fue directivo del FMI entre 1997 y 2000, cuando renunció en medio de críticas a los organismos multilaterales y a la globalización. Leer más...
Mercado no es igual a capitalismo sin regulación. Paul Samuelson
Sobre la base de mis observaciones de la historia económica, tanto a corto como a largo plazo, considero que no hay ninguna alternativa a los sistemas de mercado como forma de organizar tanto a las poblaciones ricas como a las pobres.
Sin embargo, la utilización de los mercados no es lo mismo que el capitalismo sin regulación que tanto ponderan los partidarios del liberalismo económico. Esos sistemas no pueden autorregularse en el plano microeconómico ni en el macroeconómico. Siempre que se los instrumentó, generaron desigualdades intolerables. Por otra parte, en lugar de ser el precio necesario para alentar un progreso dinámico a través de innovaciones tecnológicas y administrativas, esa desigualdad crea un déficit disfuncional en lo que los economistas llaman "productividad de factor total".Una prueba convincente de ello, puede verse en el deterioro de los Estados Unidos entre 2001 y 2008. Los ingresos de los CEOs crecieron en comparación con el sueldo medio de los empleados -de una relación de 40 a uno, pasaron a una relación de 400 a uno, o a diferencias aún mayores- y el progreso industrial se deterioró en lugar de acelerarse.En consecuencia, mi posición es de un centrismo irredimible. Ese debería ser el objetivo de Estados Unidos a partir de 2009. Debe ser también el objetivo de todos los países, grandes y chicos, cualquiera sea su grado de desarrollo o su ubicación en el mapa. Los liberales a ultranza no sólo son discapacitados emocionales. Son también malos consejeros. Me refiero, por supuesto, a los puntos de vista de Milton Friedman y de Friedrich Hayek. La "esclavitud" que les inspira alarma no es la de Genghis Khan. Tampoco la de Lenin-Stalin-Mao ni la de Hitler-Mussolini. Lo que les produce alarma son los Estados centristas del mundo moderno. Basta con pensar en Suiza, Gran Bretaña, Estados Unidos, los países escandinavos y los de la cuenca del Pacífico. ¿Por qué los ciudadanos de esos lugares tienen un elevado índice de "felicidad" y gozan de amplias libertades de expresión y de culto?El presidente George W. Bush figurará en los libros de historia como el peor presidente de los 234 años de la historia estadounidense. Uno de sus legados inevitables será, entre otros, el peligro de que en 2009-2014 una mayoría de los Estados Unidos efectúe un viraje mucho más a la izquierda del centro. Si Estados Unidos se vuelve proteccionista, hay que culpar de ello a la desregulación republicana anterior, lo que constituiría un buen ejemplo de la Ley de las Consecuencias No Buscadas.Sí, la política pública debe regular (de forma racional) la vida empresaria y trabajar por la estabilización de la macroeconomía. Sí, los futuros sistemas fiscales pueden, en un grado limitado, reducir los males más evidentes de la desigualdad. Sin embargo, un sistema centrista puede generar daños si actúa con demasiada fuerza para reducir la desigualdad. Mi objetivo es el Estado Centrista Limitado.No soy centrista porque no pueda decidirme entre la derecha y la izquierda, sino porque esas dos opciones demostraron ser tan poco adecuadas, que la racionalidad y la experiencia me llevan hacia el centro dinámico.
Traducción de Joaquín Ibarburu*
Premio Nobel de Economía en el año 1970, es considerado uno de los fundadores de la economía neoclásica moderna. En 2003 se opuso al recorte de los impuestos a los ricos decidido por George Bush. Leer más...
Sin embargo, la utilización de los mercados no es lo mismo que el capitalismo sin regulación que tanto ponderan los partidarios del liberalismo económico. Esos sistemas no pueden autorregularse en el plano microeconómico ni en el macroeconómico. Siempre que se los instrumentó, generaron desigualdades intolerables. Por otra parte, en lugar de ser el precio necesario para alentar un progreso dinámico a través de innovaciones tecnológicas y administrativas, esa desigualdad crea un déficit disfuncional en lo que los economistas llaman "productividad de factor total".Una prueba convincente de ello, puede verse en el deterioro de los Estados Unidos entre 2001 y 2008. Los ingresos de los CEOs crecieron en comparación con el sueldo medio de los empleados -de una relación de 40 a uno, pasaron a una relación de 400 a uno, o a diferencias aún mayores- y el progreso industrial se deterioró en lugar de acelerarse.En consecuencia, mi posición es de un centrismo irredimible. Ese debería ser el objetivo de Estados Unidos a partir de 2009. Debe ser también el objetivo de todos los países, grandes y chicos, cualquiera sea su grado de desarrollo o su ubicación en el mapa. Los liberales a ultranza no sólo son discapacitados emocionales. Son también malos consejeros. Me refiero, por supuesto, a los puntos de vista de Milton Friedman y de Friedrich Hayek. La "esclavitud" que les inspira alarma no es la de Genghis Khan. Tampoco la de Lenin-Stalin-Mao ni la de Hitler-Mussolini. Lo que les produce alarma son los Estados centristas del mundo moderno. Basta con pensar en Suiza, Gran Bretaña, Estados Unidos, los países escandinavos y los de la cuenca del Pacífico. ¿Por qué los ciudadanos de esos lugares tienen un elevado índice de "felicidad" y gozan de amplias libertades de expresión y de culto?El presidente George W. Bush figurará en los libros de historia como el peor presidente de los 234 años de la historia estadounidense. Uno de sus legados inevitables será, entre otros, el peligro de que en 2009-2014 una mayoría de los Estados Unidos efectúe un viraje mucho más a la izquierda del centro. Si Estados Unidos se vuelve proteccionista, hay que culpar de ello a la desregulación republicana anterior, lo que constituiría un buen ejemplo de la Ley de las Consecuencias No Buscadas.Sí, la política pública debe regular (de forma racional) la vida empresaria y trabajar por la estabilización de la macroeconomía. Sí, los futuros sistemas fiscales pueden, en un grado limitado, reducir los males más evidentes de la desigualdad. Sin embargo, un sistema centrista puede generar daños si actúa con demasiada fuerza para reducir la desigualdad. Mi objetivo es el Estado Centrista Limitado.No soy centrista porque no pueda decidirme entre la derecha y la izquierda, sino porque esas dos opciones demostraron ser tan poco adecuadas, que la racionalidad y la experiencia me llevan hacia el centro dinámico.
Traducción de Joaquín Ibarburu*
Premio Nobel de Economía en el año 1970, es considerado uno de los fundadores de la economía neoclásica moderna. En 2003 se opuso al recorte de los impuestos a los ricos decidido por George Bush. Leer más...
Crear una regulación que no pueda evitarse. Reinhard Selten *
Me gustaría recordarle a la gente que la crisis del mercado financiero tuvo sus raíces en una burbuja del mercado inmobiliario estadounidense. El problema no es sólo una cuestión de los mercados financieros, pero por lo general se lo vincula a los mercados de activos. Esos mercados son mucho menos estables que otros mercados de productos. En esos mercados suelen surgir expectativas falsas.
Muchos esperaban que el aumento de los precios de los bienes raíces se prolongara por tiempo indefinido en Estados Unidos. La gente creía que como consecuencia de la creciente prosperidad, el crecimiento de la población y la escasez de tierra, los precios de las propiedades no podían sino subir. Esa expectativa se desplomó.
Debido a la falta de estabilidad de los mercados de activos, la regulación del mercado financiero es importante. Tenemos que asegurarnos de que las inversiones especulativas cuenten con el respaldo de un capital social suficiente. Eso también vale para las hipotecas. En los Estados Unidos se aprobaron hipotecas hasta por el 110 por ciento del valor de mercado. Por otra parte, esas hipotecas tenían tasas de interés variables y una limitación de la responsabilidad del titular de la hipoteca en relación con el valor de la casa.
Cuando el banco central de los Estados Unidos, el Banco de la Reserva Federal, aumentó constantemente las tasas preferenciales a intervalos regulares y un 0,25 por ciento cada vez, las tasas de interés de las hipotecas terminaron por duplicarse y muchos deudores hipotecarios optaron por entregar las llaves al banco y alquilar otro lugar por menos dinero. Eso, por supuesto, se tradujo en una declinación de los precios de los bienes raíces, lo que finalmente ocasionó dificultades a los bancos.
En los últimos años tuvo lugar una revolución en el sector bancario. Los bancos vendieron cada vez más un nuevo tipo de título en el que se combinaban centenares de activos hipotecarios de aproximadamente el mismo riesgo en un solo título. Las titulizaciones de préstamos, conocidas como subprimes, eran grupos de préstamos de muy alto riesgo. No se esperaba que los deudores dejaran de cumplir con las obligaciones de muchas de esas hipotecas al mismo tiempo. Por esa razón los bancos alemanes vendieron gran cantidad de esos títulos, que eran sumamente rentables, como inversión. Las agencias de calificación dieron a esos títulos una calificación AAA.
Aparentemente, el mercado no valúa de forma adecuada nuevos tipos de títulos complejos. Por ese motivo es necesario establecer normas para el registro de nuevos tipos de títulos. Los títulos, a la manera de los alimentos, deberían tener etiquetas relacionadas con los riesgos.
La descripción dominante del comportamiento económico en la teoría económica se basa en asunciones muy fuertes de racionalidad que no se cumplen en la realidad. Si los temas económicos fueran por completo racionales, como se los define en la teoría económica, los mercados podrían quedar librados a sus propios recursos sin que se corriera el riesgo de que se generaran desequilibrios graves y prolongados.
Ese optimismo respecto de la estabilidad, sin embargo, es injustificado. La teoría económica debe avanzar y presentar un panorama más realista del comportamiento humano. Hace falta mucha investigación empírica y experimental para concretar ese objetivo.
Por otra parte, las reglas de los mercados financieros no deben afectar sólo a los bancos, sino también a otras instituciones que se muestran activas en los mercados financieros, como los fondos de cobertura. En ninguna circunstancia puede ser posible que los bancos deriven negocios sumamente especulativos a entidades de fines especiales, como pasó con algunos bancos estatales de Alemania. Esas entidades de fines especiales no están sujetas a las estrictas normas que se imponen a los bancos.
Debemos tomar medidas para asegurarnos de que las regulaciones que se proponen sean, por un lado, lo más claras posibles y, por otro, que no puedan sortearse. Por supuesto, hacen falta minuciosos conocimientos institucionales y legales para crear esas reglas ya que, como suele pasar, los problemas se cuelan en lo que está en letra chica.
Traducción de Joaquín Ibarburu
* Premio Nobel de Economía 1994, es considerado uno de los padres de la economía experimental. Desarrolló la teoría del equilibrio en los juegos no cooperativos.
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Muchos esperaban que el aumento de los precios de los bienes raíces se prolongara por tiempo indefinido en Estados Unidos. La gente creía que como consecuencia de la creciente prosperidad, el crecimiento de la población y la escasez de tierra, los precios de las propiedades no podían sino subir. Esa expectativa se desplomó.
Debido a la falta de estabilidad de los mercados de activos, la regulación del mercado financiero es importante. Tenemos que asegurarnos de que las inversiones especulativas cuenten con el respaldo de un capital social suficiente. Eso también vale para las hipotecas. En los Estados Unidos se aprobaron hipotecas hasta por el 110 por ciento del valor de mercado. Por otra parte, esas hipotecas tenían tasas de interés variables y una limitación de la responsabilidad del titular de la hipoteca en relación con el valor de la casa.
Cuando el banco central de los Estados Unidos, el Banco de la Reserva Federal, aumentó constantemente las tasas preferenciales a intervalos regulares y un 0,25 por ciento cada vez, las tasas de interés de las hipotecas terminaron por duplicarse y muchos deudores hipotecarios optaron por entregar las llaves al banco y alquilar otro lugar por menos dinero. Eso, por supuesto, se tradujo en una declinación de los precios de los bienes raíces, lo que finalmente ocasionó dificultades a los bancos.
En los últimos años tuvo lugar una revolución en el sector bancario. Los bancos vendieron cada vez más un nuevo tipo de título en el que se combinaban centenares de activos hipotecarios de aproximadamente el mismo riesgo en un solo título. Las titulizaciones de préstamos, conocidas como subprimes, eran grupos de préstamos de muy alto riesgo. No se esperaba que los deudores dejaran de cumplir con las obligaciones de muchas de esas hipotecas al mismo tiempo. Por esa razón los bancos alemanes vendieron gran cantidad de esos títulos, que eran sumamente rentables, como inversión. Las agencias de calificación dieron a esos títulos una calificación AAA.
Aparentemente, el mercado no valúa de forma adecuada nuevos tipos de títulos complejos. Por ese motivo es necesario establecer normas para el registro de nuevos tipos de títulos. Los títulos, a la manera de los alimentos, deberían tener etiquetas relacionadas con los riesgos.
La descripción dominante del comportamiento económico en la teoría económica se basa en asunciones muy fuertes de racionalidad que no se cumplen en la realidad. Si los temas económicos fueran por completo racionales, como se los define en la teoría económica, los mercados podrían quedar librados a sus propios recursos sin que se corriera el riesgo de que se generaran desequilibrios graves y prolongados.
Ese optimismo respecto de la estabilidad, sin embargo, es injustificado. La teoría económica debe avanzar y presentar un panorama más realista del comportamiento humano. Hace falta mucha investigación empírica y experimental para concretar ese objetivo.
Por otra parte, las reglas de los mercados financieros no deben afectar sólo a los bancos, sino también a otras instituciones que se muestran activas en los mercados financieros, como los fondos de cobertura. En ninguna circunstancia puede ser posible que los bancos deriven negocios sumamente especulativos a entidades de fines especiales, como pasó con algunos bancos estatales de Alemania. Esas entidades de fines especiales no están sujetas a las estrictas normas que se imponen a los bancos.
Debemos tomar medidas para asegurarnos de que las regulaciones que se proponen sean, por un lado, lo más claras posibles y, por otro, que no puedan sortearse. Por supuesto, hacen falta minuciosos conocimientos institucionales y legales para crear esas reglas ya que, como suele pasar, los problemas se cuelan en lo que está en letra chica.
Traducción de Joaquín Ibarburu
* Premio Nobel de Economía 1994, es considerado uno de los padres de la economía experimental. Desarrolló la teoría del equilibrio en los juegos no cooperativos.
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Lo urgente es la recesión. Robert Lucas *
En una crisis financiera las cosas suceden velozmente y el boom inmobiliario y las hipotecas "subprime" de alto riesgo ya son historia antigua.
La responsabilidad de la Reserva Federal de los Estados Unidos en esta situación es proveer más reservas de dinero, y en ese sentido está haciendo lo que corresponde. Las reservas totales alcanzaban 47.000 millones de dólares el 10 de septiembre, 180.000 millones el 8 de octubre y 329.000 millones de dólares el 22 de octubre. Eso es cumplir bien con la función de banco central.
¿Debe preocuparnos que la gente se aferre a las nuevas reservas y siga bajando el gasto? Es algo que sin duda está ocurriendo, pero siempre pueden sumarse más reservas.
¿Debe preocuparnos la inflación? Por supuesto, siempre.
Pero en este momento el problema más inmediato es la recesión. Si vuelve a haber inflación, las reservas pueden sacarse tan rápido como fueron agregadas. Esta es la clásica situación de prestamista de última instancia, y es importante estar atentos.
En mi opinión, estas son las consideraciones más importantes para la política estadounidense hoy. Creo que si las actuales políticas de crédito de la Reserva Federal se continúan agresivamente, tenemos muy buenas probabilidades de evitar una recesión peor que la de 1982. A esta altura, creo que es lo mejor que podemos esperar, y es mucho mejor que repetir la década de 1930.
La estructura regulatoria que permitió que se produjeran estos hechos tendrá que ser rediseñada, pero no es una tarea que deba hacerse esta semana ni que pueda realizarse puntualmente para poder enfrentar la presente crisis.
El problema regulatorio que debe resolverse es en líneas generales el siguiente: el pueblo necesita un medio de cambio convenientemente establecido que esté libre del riesgo de default o de "corridas bancarias". La mejor forma de lograrlo sería tener un sistema bancario competitivo con depósitos asegurados por el Estado.
Pero esto sólo puede funcionar si los activos de estos bancos están fuertemente regulados. Si pudiera lograrse ese equilibrio, una institución ajena a ese sistema regulado podría seguir ofreciendo depósitos que fueran apenas un poco más riesgosos pero que también pagaran una renta más alta que los depósitos en los bancos regulados. Algunos consumidores y empresas podrían ver esta opción como una inversión más atractiva, y cambiarían sus depósitos. Claro que si todos lo hacen, las regulaciones ya no protegerán a nadie. La estructura regulatoria diseñada en la década de 1930 resolvió este problema durante 60 años. Para los próximos 60 años hará falta otra cosa.
TRADUCCION Cristina Sardoy
Premio Nobel de Economía en el año 1995. Es el referente de la llamada "nueva economía clásica", cuya cuna es la liberal Universidad de Chicago.
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La responsabilidad de la Reserva Federal de los Estados Unidos en esta situación es proveer más reservas de dinero, y en ese sentido está haciendo lo que corresponde. Las reservas totales alcanzaban 47.000 millones de dólares el 10 de septiembre, 180.000 millones el 8 de octubre y 329.000 millones de dólares el 22 de octubre. Eso es cumplir bien con la función de banco central.
¿Debe preocuparnos que la gente se aferre a las nuevas reservas y siga bajando el gasto? Es algo que sin duda está ocurriendo, pero siempre pueden sumarse más reservas.
¿Debe preocuparnos la inflación? Por supuesto, siempre.
Pero en este momento el problema más inmediato es la recesión. Si vuelve a haber inflación, las reservas pueden sacarse tan rápido como fueron agregadas. Esta es la clásica situación de prestamista de última instancia, y es importante estar atentos.
En mi opinión, estas son las consideraciones más importantes para la política estadounidense hoy. Creo que si las actuales políticas de crédito de la Reserva Federal se continúan agresivamente, tenemos muy buenas probabilidades de evitar una recesión peor que la de 1982. A esta altura, creo que es lo mejor que podemos esperar, y es mucho mejor que repetir la década de 1930.
La estructura regulatoria que permitió que se produjeran estos hechos tendrá que ser rediseñada, pero no es una tarea que deba hacerse esta semana ni que pueda realizarse puntualmente para poder enfrentar la presente crisis.
El problema regulatorio que debe resolverse es en líneas generales el siguiente: el pueblo necesita un medio de cambio convenientemente establecido que esté libre del riesgo de default o de "corridas bancarias". La mejor forma de lograrlo sería tener un sistema bancario competitivo con depósitos asegurados por el Estado.
Pero esto sólo puede funcionar si los activos de estos bancos están fuertemente regulados. Si pudiera lograrse ese equilibrio, una institución ajena a ese sistema regulado podría seguir ofreciendo depósitos que fueran apenas un poco más riesgosos pero que también pagaran una renta más alta que los depósitos en los bancos regulados. Algunos consumidores y empresas podrían ver esta opción como una inversión más atractiva, y cambiarían sus depósitos. Claro que si todos lo hacen, las regulaciones ya no protegerán a nadie. La estructura regulatoria diseñada en la década de 1930 resolvió este problema durante 60 años. Para los próximos 60 años hará falta otra cosa.
TRADUCCION Cristina Sardoy
Premio Nobel de Economía en el año 1995. Es el referente de la llamada "nueva economía clásica", cuya cuna es la liberal Universidad de Chicago.
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¿Y si López Murphy tiene razón? Por Roberto Cachanosky
En 1946, finalizada la Segunda Guerra Mundial, un corresponsal de guerra norteamericano entrevistó a Hermann Goering, que estaba en prisión. En un pasaje de la entrevista, el jerarca nazi le dijo a Henry Taylor: "Ustedes en su América están tomando una serie de medidas que a nosotros nos causaron problemas. Intentan controlar los salarios y precios, es decir, el trabajo del pueblo. Si hacen esto, también deben controlar la vida del pueblo. Y ningún país puede hacerlo en forma parcial. Yo lo intenté y fracasé. Tampoco pueden hacerlo en forma total. También lo intenté y fracasé? Creo que sus economistas deberían enterarse de lo que pasó aquí".
Este pasaje viene a cuento porque hay mucha experiencia histórica sobre los fracasos del intervencionismo estatal, pero el Gobierno desconoce los estrepitosos fracasos de los "burócratas iluminados" que creen saber mejor que la gente qué se debe producir, en qué calidades y a qué precios debe venderse. De acuerdo con las declaraciones de Goering, lo que se percibe en la Argentina es no sólo el rumbo que tomará la economía en los tiempos que vienen, sino, lo que es más preocupante, cuál será el grado de cercenamiento de las libertades individuales a que seremos sometidos en la medida en que la situación económica se complique más. Dicho en otras palabras, la ausencia de calidad institucional llevó a la actual crisis económica y, a su vez, ante las crecientes complicaciones, todo indica que, para el Gobierno, la solución pasa por deteriorar aún más las instituciones para imponer el supuesto "iluminismo burocrático", "iluminismo" que seguirá negando la realidad.
Un par de semanas atrás, Cristina Kirchner anunció como gran éxito de la política económica que la desocupación bajó al 7,8%. Pocos días más tarde, el ministro Tomada mantuvo reuniones con empresarios para frenar los despidos, mientras otros funcionarios presionaban a empresas para que no redujeran personal. Luego se habló de subsidiar empresas para que no echaran empleados, y Moyano reclamó la doble o triple indemnización. Es decir, del anuncio del "exitoso" plan económico que había bajado la desocupación, pasamos al pánico por la suba del desempleo.
Del efecto jazz y la fortaleza con que la economía local podía enfrentar la crisis global, ahora resulta que la culpa de lo que pasa se debe al impacto internacional en la economía local. De la holgura fiscal, pasamos a la confiscación de los ahorros previsionales. Del desendeudamiento, pasamos al borde del default. Del "chau, Fondo", a que el presidente del Banco Central le reclamara al FMI créditos para enfrentar las corridas cambiarias con la condición de que no se fiscalice.
De pagarle con cash al Club de París y arreglar con los holds outs, pasamos a la búsqueda de fondos para no defaultear. No caben dudas de que el matrimonio tiene un serio problema con la realidad y son incapaces de ruborizarse frente a sus discursos tan contradictorios. El problema es que un gobierno contradictorio genera incertidumbre, y ésta produce fuga de capitales y ausencia de inversiones. Y todo esto produce pobreza.
Ahora bien, si en los años en que el Gobierno se benefició por el viento de cola que traía el mundo, igual recurrió a medidas arbitrarias en materia de política económica, es de imaginar que ahora, con viento de frente, se refuercen las medidas arbitrarias, lo cual, dicho sea de paso, produce otro temor adicional: el miedo a que se liquide lo poco que queda del sistema republicano. Puesto en otras palabras, la crisis económica, que se hubiese producido aun sin la internacional, puede conducir a un mayor grado de autocracia, en la que, para enfrentar la crisis, haya que violar más derechos de propiedad y esto lleve a que sea necesario avanzar sobre los derechos individuales y violentar más las instituciones. Ese es el mensaje que enviaba el jerarca nazi en la entrevista. El peligro, entonces, es que entremos en un círculo vicioso en el que, a mayor negación de la realidad, más arbitrariedad, y a más arbitrariedad, menos república.
Cuando había el viento de cola, el Gobierno incrementó y amplió los controles de precios con mecanismos que están reñidos con la moral y se acercan a lo delictivo. Prohibió exportaciones y les puso cupos. Intervino el Indec. Acusó a los ganaderos de lucrar con el hambre del pueblo; adoptó medidas con las que destruyó la actividad ganadera, y luego le echó la culpa a la soja de la destrucción ganadera. Cuando le frenaron la 125, lejos de sentarse a resolver los problemas del sector agropecuario, dejó las cosas como estaban, como una especie de escarmiento.
Ahora que los números fiscales no cierran, optan por confiscar los ahorros de la gente, medida que, dicho sea de paso, puede llegar a ser puro costos y cero beneficio porque no queda claro que los $ 82.000 millones ahorrados en las AFJP tengan ese valor de mercado y puedan ser vendidos tan fácilmente. Por el lado de la fuga de capitales, no se entiende por qué, si el BCRA tiene reservas récord (que los economistas sabemos que no lo son), ha limitado la salida de capitales mientras Moreno utiliza su primitiva tecnología para amedrentar a los que pretenden defender su patrimonio. Si el BCRA tiene tanto poder de fuego para dominar el mercado, ¿por qué no utilizarlo en vez de adoptar más medidas arbitrarias y extorsivas para frenar la fuga?
¿Se meterán con las cajas de seguridad? La sola existencia de este temor muestra el grado de desconfianza en el Gobierno en materia de respeto por los derechos de propiedad. Como reza el dicho: hazte fama y échate a dormir. La gente espera del Gobierno cualquier medida. Resultado: el ciudadano sólo atina a resguardar sus ahorros y se paraliza a la espera de que se despeje el horizonte.
Como el problema económico es un emergente del problema institucional, se le reclama a la oposición que se una para que la Argentina no termine en el control total que describía Goering. Mi reclamo a la oposición es que no la una sólo el espanto, sino un proyecto de país.
Mi amigo Ricardo López Murphy me dijo que, si bien está de acuerdo conmigo, cree que lo prioritario es salvar la democracia republicana, dado que, sin ella, no hay proyecto de país posible ni economía que pueda funcionar. Tal vez por ser yo algo más joven que él, es que le pido más a la oposición. En cambio, López Murphy, que debo reconocer que tiene más horas de vuelo que yo (disculpas, Ricardo, por tratarte de más viejo), siendo economista de profesión está más preocupado por el futuro de la salud de la República y la democracia que por la economía. Posiblemente, López Murphy tenga razón. Lo cierto es que el Gobierno nos llevó a la encrucijada de tener que postergar, probablemente, la prosperidad económica para primero apagar el incendio que han hecho de los valores republicanos. Debo reconocer que sin un gobierno limitado y respeto por la seguridad jurídica, es decir, sin instituciones, no hay posibilidad alguna de pensar en el crecimiento económico. Este es el drama en que nos ha metido el kirchnerismo. Un drama que incluye a la economía pero la también la excede.
Para LA NACION
Domingo 23 de noviembre de 2008
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Este pasaje viene a cuento porque hay mucha experiencia histórica sobre los fracasos del intervencionismo estatal, pero el Gobierno desconoce los estrepitosos fracasos de los "burócratas iluminados" que creen saber mejor que la gente qué se debe producir, en qué calidades y a qué precios debe venderse. De acuerdo con las declaraciones de Goering, lo que se percibe en la Argentina es no sólo el rumbo que tomará la economía en los tiempos que vienen, sino, lo que es más preocupante, cuál será el grado de cercenamiento de las libertades individuales a que seremos sometidos en la medida en que la situación económica se complique más. Dicho en otras palabras, la ausencia de calidad institucional llevó a la actual crisis económica y, a su vez, ante las crecientes complicaciones, todo indica que, para el Gobierno, la solución pasa por deteriorar aún más las instituciones para imponer el supuesto "iluminismo burocrático", "iluminismo" que seguirá negando la realidad.
Un par de semanas atrás, Cristina Kirchner anunció como gran éxito de la política económica que la desocupación bajó al 7,8%. Pocos días más tarde, el ministro Tomada mantuvo reuniones con empresarios para frenar los despidos, mientras otros funcionarios presionaban a empresas para que no redujeran personal. Luego se habló de subsidiar empresas para que no echaran empleados, y Moyano reclamó la doble o triple indemnización. Es decir, del anuncio del "exitoso" plan económico que había bajado la desocupación, pasamos al pánico por la suba del desempleo.
Del efecto jazz y la fortaleza con que la economía local podía enfrentar la crisis global, ahora resulta que la culpa de lo que pasa se debe al impacto internacional en la economía local. De la holgura fiscal, pasamos a la confiscación de los ahorros previsionales. Del desendeudamiento, pasamos al borde del default. Del "chau, Fondo", a que el presidente del Banco Central le reclamara al FMI créditos para enfrentar las corridas cambiarias con la condición de que no se fiscalice.
De pagarle con cash al Club de París y arreglar con los holds outs, pasamos a la búsqueda de fondos para no defaultear. No caben dudas de que el matrimonio tiene un serio problema con la realidad y son incapaces de ruborizarse frente a sus discursos tan contradictorios. El problema es que un gobierno contradictorio genera incertidumbre, y ésta produce fuga de capitales y ausencia de inversiones. Y todo esto produce pobreza.
Ahora bien, si en los años en que el Gobierno se benefició por el viento de cola que traía el mundo, igual recurrió a medidas arbitrarias en materia de política económica, es de imaginar que ahora, con viento de frente, se refuercen las medidas arbitrarias, lo cual, dicho sea de paso, produce otro temor adicional: el miedo a que se liquide lo poco que queda del sistema republicano. Puesto en otras palabras, la crisis económica, que se hubiese producido aun sin la internacional, puede conducir a un mayor grado de autocracia, en la que, para enfrentar la crisis, haya que violar más derechos de propiedad y esto lleve a que sea necesario avanzar sobre los derechos individuales y violentar más las instituciones. Ese es el mensaje que enviaba el jerarca nazi en la entrevista. El peligro, entonces, es que entremos en un círculo vicioso en el que, a mayor negación de la realidad, más arbitrariedad, y a más arbitrariedad, menos república.
Cuando había el viento de cola, el Gobierno incrementó y amplió los controles de precios con mecanismos que están reñidos con la moral y se acercan a lo delictivo. Prohibió exportaciones y les puso cupos. Intervino el Indec. Acusó a los ganaderos de lucrar con el hambre del pueblo; adoptó medidas con las que destruyó la actividad ganadera, y luego le echó la culpa a la soja de la destrucción ganadera. Cuando le frenaron la 125, lejos de sentarse a resolver los problemas del sector agropecuario, dejó las cosas como estaban, como una especie de escarmiento.
Ahora que los números fiscales no cierran, optan por confiscar los ahorros de la gente, medida que, dicho sea de paso, puede llegar a ser puro costos y cero beneficio porque no queda claro que los $ 82.000 millones ahorrados en las AFJP tengan ese valor de mercado y puedan ser vendidos tan fácilmente. Por el lado de la fuga de capitales, no se entiende por qué, si el BCRA tiene reservas récord (que los economistas sabemos que no lo son), ha limitado la salida de capitales mientras Moreno utiliza su primitiva tecnología para amedrentar a los que pretenden defender su patrimonio. Si el BCRA tiene tanto poder de fuego para dominar el mercado, ¿por qué no utilizarlo en vez de adoptar más medidas arbitrarias y extorsivas para frenar la fuga?
¿Se meterán con las cajas de seguridad? La sola existencia de este temor muestra el grado de desconfianza en el Gobierno en materia de respeto por los derechos de propiedad. Como reza el dicho: hazte fama y échate a dormir. La gente espera del Gobierno cualquier medida. Resultado: el ciudadano sólo atina a resguardar sus ahorros y se paraliza a la espera de que se despeje el horizonte.
Como el problema económico es un emergente del problema institucional, se le reclama a la oposición que se una para que la Argentina no termine en el control total que describía Goering. Mi reclamo a la oposición es que no la una sólo el espanto, sino un proyecto de país.
Mi amigo Ricardo López Murphy me dijo que, si bien está de acuerdo conmigo, cree que lo prioritario es salvar la democracia republicana, dado que, sin ella, no hay proyecto de país posible ni economía que pueda funcionar. Tal vez por ser yo algo más joven que él, es que le pido más a la oposición. En cambio, López Murphy, que debo reconocer que tiene más horas de vuelo que yo (disculpas, Ricardo, por tratarte de más viejo), siendo economista de profesión está más preocupado por el futuro de la salud de la República y la democracia que por la economía. Posiblemente, López Murphy tenga razón. Lo cierto es que el Gobierno nos llevó a la encrucijada de tener que postergar, probablemente, la prosperidad económica para primero apagar el incendio que han hecho de los valores republicanos. Debo reconocer que sin un gobierno limitado y respeto por la seguridad jurídica, es decir, sin instituciones, no hay posibilidad alguna de pensar en el crecimiento económico. Este es el drama en que nos ha metido el kirchnerismo. Un drama que incluye a la economía pero la también la excede.
Para LA NACION
Domingo 23 de noviembre de 2008
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