domingo, 11 de julio de 2010

Pulseadas en el palacio global. Por Juan José LLach


Rara vez se hicieron tantos esfuerzos por "marcar la cancha" como en los días previos al encuentro de jefes de Estado del G20 en Toronto, el pasado fin de semana. Se evidenció el choque entre dos culturas económicas. La norteamericana, que privilegia el combate a la recesión por la memoria de la Gran Depresión, y la europea, que teme más a la inflación por el recuerdo de las hiperinflaciones de posguerra. El presidente Obama escribió a sus pares del G20 que era necesario volver a coordinar políticas globales y mantener los estímulos para reforzar la recuperación, dejando para el mediano plazo la reducción de los déficits fiscales. Economistas como Krugman también advirtieron el riesgo de una trampa deflacionaria si se quitan los estímulos. La canciller Merkel respondió defendiendo los ajustes presupuestarios europeos como el mejor camino para generar confianza e inducir más gasto, y también el modelo exportador alemán, desechando así un mayor impulso a la demanda interna.


Sobrevuelan los pájaros agoreros de los EEUU en 1937 y de Japón en los noventa, cuando se recayó en la recesión al cesar los estímulos fiscales. El FMI se pronunció algo más a favor de los EEUU, y estimó junto al Banco Mundial que con coordinación más reformas el PIB global aumentaría 8% más, se crearían 52 millones de empleos y casi 100 millones de personas saldrían de la pobreza. China hizo su parte, y anunció al fin formalmente la flotación administrada del yuan, sin que deba esperarse una rápida apreciación de su moneda. Pero huelgas inéditas mediante, lanzó también una campaña incitando al pueblo a consumir, claro indicio del mayor papel que se dará en Asia al mercado interno de aquí en más, gran noticia para toda Sudamérica.
Por cuerda separada, en la crucial cuestión de una nueva regulación financiera globalmente coordinada, EEUU llegó a Toronto con un acuerdo que se aprobará en el Congreso sobre una reforma que moderará excesos en la toma de riesgos, limitará las compensaciones a los ejecutivos bancarios, brindará mayor protección a los consumidores, dará más transparencia a los mercados de derivados, buscará alternativas para el problema de "demasiado grande para quebrar" y asegurará que al menos parte de los costos de las bancarrotas no sean pagados por los contribuyentes. Mucho más limitadamente, Europa anunció que publicará los resultados de las pruebas de fortaleza de sus bancos, las que deberán incluir la evaluación de los riesgos soberanos, pero no hizo aun concesiones sobre capitales mínimos, paraísos fiscales, fondos de cobertura y calificadoras de riesgo. Hay una sorda pero clara guerra por el negocio bancario entre Europa y los EEUU.
En un contexto como el descrito el comunicado final no podía ser sino diplomático. Su síntesis es "consolidación fiscal -nuevo nombre del ajuste- afín al crecimiento". EEUU y los keynesianos encontrarán aquí y allá párrafos a su gusto sobre la necesidad de continuar con los programas de estímulo, crear condiciones para una robusta demanda interna y reducir la dependencia de la demanda externa en los países superavitarios, claro mensaje a Alemania y China. Los ortodoxos y los europeos -sobre todo los alemanes- subrayarán los párrafos que exhortan a programas fiscales a medida para cada país y llaman a reducir a la mitad los déficits fiscales para el 2013 y a estabilizar o disminuir la relación deuda/PIB para 2016. En la cuestión financiera se reconoció que falta mucho por hacer, algo obvio, reiterando la larga lista de deberes antes mencionada al respecto de la fase preparatoria. Fue más relevante el compromiso de no imponer nuevas barreras al comercio -advertencia clara para la Argentina y otros países- ni medidas de promoción de exportaciones incompatibles con la OMC hasta 2013, llamándose en cambio más vagamente a finalizar la fonda Doha "tan pronto como sea posible". Por último, se decidió aumentar en 350 mil millones de dólares el capital de los bancos de desarrollo, lo que en el caso del BID permitirá llevar la cartera de préstamos anuales desde 6.700 a 12.000 millones de dólares, una buena noticia.
Un grande y peligroso experimento global se ha puesto así en marcha, el de seguir apostando por la globalización económica y aun financiera sin suficientes regulaciones mundiales comunes ni menos aun con una autoridad capaz de hacer cumplir las obligaciones. No es el mejor escenario, y debe recordarse que la salida de la peor crisis global desde 1929 se inició en abril de 2009, después de la reunión del G20 en Londres, cuando se dieron claras señales de coordinación de las políticas fiscales y monetarias más el mensaje de que se haría todo lo necesario para evitar los defaults soberanos y las quiebras de bancos, hasta nuevo aviso. Nada semejante ocurrió ahora. Claramente no era fácil, porque las urgencias no son las mismas de entonces y aprietan de modo diferente a unos y otros. Las garantías siguen de algún modo en pie, pero más discrecionales, como se mostró en las vacilaciones sobre Grecia y otros países. La mayor laxitud de los EEUU es posible porque, como se vio claramente a lo largo de esta crisis, su moneda sigue siendo, y por lejos, la de mayor demanda global. Esto les permite conservar el recurso de una emisión no inflacionaria de dinero si las cosas se agravaran. Europa está en situación distinta, ya que la demanda de euros ha caído claramente y, como se vio con la crisis griega, aun los bonos de países europeos importantes pueden sufrir el castigo de los mercados. Pero también es cierto que moderadas señales del Banco Europeo de mayor distensión monetaria podrían dar lugar a un poco más de inflación allí, para hacer más llevadera la reducción de los déficit, y también para afianzar la competitividad buscada en la reciente visión Europa 2020, documento que marca una fuerte apuesta al acceso a la sociedad del conocimiento, apuntando a invertir al 3% el PIB en ciencia y tecnología.
Como contracara de tantos desatinos al fin se ha "oficializado" el nuevo y decisivo rol de los países emergentes. Trichet les reconoce haber sido la fuente de fortaleza de la economía global y Ben Bernanke dice que ella dependerá cada vez más de los emergentes para mantener un crecimiento fuerte y lograr estabilidad económica y financiera. Aunque ellos no son inmunes a tantos desacuerdos empieza a perfilarse un nuevo escenario en el que Europa crezca poco pero el restante 80% de la economía global pueda compensarlo, cumpliéndose así los pronósticos coincidentes del FMI y la OECD de un crecimiento mundial mayor al 4% en 2010 y 2011. Ayudará a la continuidad de la recuperación el hecho de que los desequilibrios de balances de pagos se estén reduciendo, dado que ellos fueron los generadores de la excesiva liquidez que dio lugar a los excesos financieros depredadores, sobre todo por el exceso de gasto de los EEUU y el exceso de ahorros de los petroleros y los asiáticos, con China a la cabeza. Pero esta mejora se ha producido hasta ahora más bien por la vía negativa de una reducción del comercio, por lo que los desequilibrios pueden volver a aumentar si se afianza la recuperación. El camino no estará exento pues de turbulencias, aun fuertes, porque con bajo crecimiento aumentan los riesgos de contagios fiscales y financieros en Europa y de allí al mundo. Alienta que el propio Nouriel Roubini haya cambiado de opinión, dejando de lado el pronóstico de una recaída de la economía global y previendo en cambio una desaceleración en el segundo semestre, lo que sería lógico porque el mundo ha estado creciendo al 5%, una tasa probablemente insostenible sin riesgos de burbujas. Puede mantenerse así un moderado optimismo sobre la economía global, y claramente mayor para los países emergentes, los socios estratégicos de la Argentina. Pero cuanto mejor estaríamos hoy de haberse mostrado mayores y más acertados consensos en la cumbre que acaba de finalizar.
RARA vez se hicieron tantos esfuerzos por "marcar la cancha" como en los días previos al encuentro de jefes de Estado del G-20 en Toronto, el pasado fin de semana. Se evidenció el choque entre dos culturas económicas. La norteamericana, que privilegia el combate a la recesión por la memoria de la Gran Depresión, y la europea, que teme más a la inflación, por el recuerdo de las hiperinflaciones de posguerra. El presidente Obama escribió a sus pares del G-20 que era necesario volver a coordinar políticas globales y mantener los estímulos para reforzar la recuperación, dejando para el mediano plazo la reducción de los déficits fiscales. Economistas como Paul Krugman también advirtieron sobre el riesgo de una trampa deflacionaria si se quitan los estímulos. La canciller Merkel respondió defendiendo los ajustes presupuestarios europeos como el mejor camino para generar confianza e inducir más gasto, y también el modelo exportador alemán, desechando así un mayor impulso a la demanda interna. Sobrevuelan los pájaros agoreros de los EE.UU. en 1937 y de Japón en los noventa, cuando se recayó en la recesión al cesar los estímulos fiscales. El FMI se pronunció algo más a favor de los EE.UU., y estimó, con el Banco Mundial, que con coordinación más reformas el PBI global aumentaría 8% más, se crearían 52 millones de empleos y casi 100 millones de personas saldrían de la pobreza. China hizo su parte y anunció al fin formalmente la flotación administrada del yuan, sin que deba esperarse una rápida apreciación de su moneda. Pero, huelgas inéditas mediante, lanzó también una campaña incitando al pueblo a consumir, claro indicio del mayor papel que se dará en Asia al mercado interno de aquí en más. Gran noticia para América del Sur.
Por cuerda separada, en la crucial cuestión de una nueva regulación financiera globalmente coordinada, Estados Unidos llegó a Toronto con un acuerdo, que se aprobará en el Congreso, sobre una reforma que moderará excesos en la toma de riesgos, limitará las compensaciones a los ejecutivos bancarios, brindará mayor protección a los consumidores, dará más transparencia a los mercados de derivados, buscará alternativas para el problema de "demasiado grande para quebrar" y asegurará que al menos parte de los costos de las bancarrotas no sean pagados por los contribuyentes.
Mucho más limitadamente, Europa anunció que publicará los resultados de las pruebas de fortaleza de sus bancos, que deberán incluir la evaluación de los riesgos soberanos, pero no hizo aún concesiones sobre capitales mínimos, paraísos fiscales, fondos de cobertura y calificadoras de riesgo. Hay una sorda pero clara guerra por el negocio bancario entre Europa y los Estados Unidos.
En un contexto como el descripto, el comunicado final no podía haber sido sino diplomático. Su síntesis es "consolidación fiscal -nuevo nombre del ajuste- afín con el crecimiento". EE.UU. y los keynesianos encontrarán aquí y allá párrafos a su gusto sobre la necesidad de continuar con los programas de estímulo, crear condiciones para una robusta demanda interna y reducir la dependencia de la demanda externa en los países superavitarios, claro mensaje a Alemania y China.
Los ortodoxos y los europeos -sobre todo, los alemanes- subrayarán los párrafos que exhortan a adoptar programas fiscales a medida para cada país y llaman a reducir a la mitad los déficits fiscales para 2013 y a estabilizar o disminuir la relación deuda-PBI para 2016. En la cuestión financiera se reconoció que falta mucho por hacer -algo obvio-, reiterando la larga lista de deberes antes mencionada al respecto de la fase preparatoria.
Fue más relevante el compromiso de no imponer nuevas barreras al comercio -advertencia clara para la Argentina y otros países- ni medidas de promoción de exportaciones incompatibles con la OMC hasta 2013. En cambio, se llamó más vagamente a finalizar la Ronda de Doha "tan pronto como sea posible". Por último, se decidió aumentar en 350.000 millones de dólares el capital de los bancos de desarrollo, lo que en el caso del BID permitirá llevar la cartera de préstamos anuales de 6700 a 12.000 millones de dólares, una buena noticia.
Un grande y peligroso experimento global se ha puesto, así, en marcha: el de seguir apostando por la globalización económica y aun financiera sin suficientes regulaciones mundiales comunes y, menos aún, con una autoridad capaz de hacer cumplir las obligaciones. No es el mejor escenario, y debe recordarse que la salida de la peor crisis global desde 1929 se inició en abril de 2009, después de la reunión del G-20 en Londres, cuando se dieron claras señales de coordinación de las políticas fiscales y monetarias, además del mensaje de que se haría todo lo necesario para evitar los defaults soberanos y las quiebras de bancos hasta nuevo aviso. Nada semejante ocurrió ahora. Claramente no era fácil, porque las urgencias no son las mismas de entonces y aprietan de modo diferente a unos y otros. Las garantías siguen, de algún modo, en pie, pero son más discrecionales, como se mostró en las vacilaciones sobre Grecia y otros países. La mayor laxitud de los EE.UU. es posible porque, como se vio claramente a lo largo de esta crisis, su moneda sigue siendo, y por lejos, la de mayor demanda global. Esto les permite conservar el recurso de una emisión no inflacionaria de dinero si las cosas se agravan. Europa está en situación distinta, ya que la demanda de euros ha caído claramente y, como se vio con la crisis griega, aun los bonos de países europeos importantes pueden sufrir el castigo de los mercados. Pero también es cierto que moderadas señales del Banco Europeo de mayor distensión monetaria podrían dar lugar a un poco más de inflación allí, para hacer más llevadera la reducción del déficit y también para afianzar la competitividad buscada en la reciente visión de Europa 2020, documento que marca una fuerte apuesta al acceso a la sociedad del conocimiento, apuntando a invertir el 3% del PBI en ciencia y tecnología.
Como contracara de tantos desatinos, al fin se ha "oficializado" el nuevo y decisivo papel de los países emergentes. Trichet, el presidente del Banco Central Europeo, les reconoce haber sido la fuente de fortaleza de la economía global, y Ben Bernanke dice que ella dependerá cada vez más de los emergentes para mantener un crecimiento fuerte y lograr estabilidad. Aunque ellos no son inmunes a tantos desacuerdos, empieza a perfilarse un nuevo escenario en el que Europa crezca poco, pero el restante 80% de la economía global pueda compensarla. Así se cumplirían los pronósticos coincidentes del FMI y la OCDE de un crecimiento mundial superior al 4% en 2010 y 2011. Ayudará a la continuidad de la recuperación el hecho de que los desequilibrios de balances de pagos se estén reduciendo, dado que ellos fueron los generadores de la excesiva liquidez que dio lugar a los excesos financieros depredadores, sobre todo por el desmedido gasto de los EE.UU. y los ahorros de los países petroleros y los asiáticos, con China a la cabeza. Pero esta mejora se ha producido hasta ahora más bien por la vía negativa de una reducción del comercio, por lo que los desequilibrios pueden volver a aumentar si se afianza la recuperación. El camino no estará exento, pues, de turbulencias, aún fuertes, porque con bajo crecimiento aumentan los riesgos de contagios fiscales y financieros en Europa, y de allí al mundo. Alienta que el profesor Nouriel Roubini haya cambiado de opinión, dejando de lado el pronóstico de una recaída de la economía global y previendo, en cambio, una desaceleración en el segundo semestre, lo que sería lógico, porque el mundo ha estado creciendo al 5%, una tasa probablemente insostenible sin riesgos de burbujas. Puede mantenerse, así, un moderado optimismo sobre la economía global, claramente mayor para los países emergentes, los socios estratégicos de la Argentina. Pero ¡cuánto mejor estaríamos hoy de haberse mostrado mayores y más acertados consensos en la cumbre que acaba de finalizar!
Juan J. Llach es economista y sociólogo. Fue ministro de Educación de la Nación.


Leer más...

Declaración Final de la reunión del G-20, en Toronto (Canadá)

(Toronto, Junio 28 de 2010)
- En Toronto se ha celebrado la primera cumbre del G20 en su nueva capacidad como el principal fórum económico de cooperación internacional. - Tras los logros conseguidos en afrontar la crisis económica mundial, hemos acordado el siguiente paso que debemos tomar para retomar plenamente al crecimiento y al empleo, reformar y fortalecer los sistemas financieros, y crear un crecimiento mundial fuerte, sostenido y equilibrado. - Nuestros esfuerzos hasta la fecha han dado buenos resultados, pero sigue habiendo serios desafíos por delante. Aunque vuelve a haber crecimiento, la recuperación es desigual y frágil, el desempleo en muchos países está en niveles inaceptables, y el impacto social de la crisis se sigue sintiendo de manera muy fuerte. Fortalecer la recuperación es un factor clave. Para ello. necesitamos seguir con los planes de estímulo, mientras creamos las condiciones para aumentar la demanda interna.

Al mismo tiempo, eventos recientes han puesto de manifiesto la importancia de contar con unas finanzas públicas sostenibles, y de poner en marcha un plan creíble para lograrlo, un plan diferenciado y a la medida de cada país. Los países con serios problemas fiscales necesitan acelerar el camino de la consolidación. Se necesitan además más progresos para reformar el sistema financiero, para aumentar la transparencia, y mejorar la solvencia de las entidades. Marco para un crecimiento fuerte, sostenido y equilibrado ---------------------------------------------------------- - La principal prioridad del G20 es salvaguardar y reforzar la recuperación y sentar las bases de un crecimiento fuerte, sostenible, equilibrado y reforzar nuestros sistemas financieros frente a los riesgos. Por ello damos la bienvenida a las acciones y compromisos adoptados por un número de países del G20 para impulsar la demanda y equilibrar el crecimiento, fortalecer nuestras finanzas públicas y hacer nuestros sistemas financieros más fuertes y más transparentes. Estas medidas representan una contribución sustancial a nuestras prosperidad colectiva sobre la base de nuestras acciones previas. Continuaremos cooperando y adoptando las acciones que sean apropiadas para reforzar nuestro crecimiento económico y propiciar una recuperación fuerte y duradera. - El marco para un crecimiento fuerte, sostenible y equilibrado que lanzamos en Pittsburgh es el instrumento para alcanzar nuestros objetivos comunes, al evaluar la consistencia de nuestras políticas de manera conjunta y reforzar nuestros marcos de política - Hemos finalizado la primera etapa de nuestro proceso de evaluación mutua y hemos concluido que podemos hacerlo mucho mejor. El FMI y el BM estiman que si elegimos una senda más ambiciosa de reformas en el medio plazo: .El PIB mundial se incrementará en casi 4 billones de dólares .Se crearán decenas de millones de empleos .Un número mayor de personas saldrán de la pobreza .Y los desequilibrios globales se verán significativamente reducidos. -Incrementar el crecimiento global de manera sostenible es el paso más importante que podemos dar para mejorar las vidas de nuestros ciudadanos, incluidos los de los países más pobres - Estamos comprometidos para adoptar acciones conjuntas que permitan sostener la recuperación, crear empleos y alcanzar un crecimiento más fuerte, más equilibrado y más sostenible. Estas serán diferenciadas y adaptadas a las circunstancias nacionales. Hemos acordado hoy: - Continuar con los planes de estímulo fiscal y comunicar planes de consolidación fiscal que propicien el crecimiento en los países desarrollados, a ser implementados de ahora en adelante. Mantener unas finanzas públicas solventes es esencial para apoyar la recuperación y proveer flexibilidad para hacer frente a nuevas perturbaciones y asegurar la capacidad para asumir el reto del envejecimiento de la población, evitando dejar a las generaciones futuras un legado de déficit y deuda. La senda de ajuste debe de ser calibrada con cuidado para sostener la recuperación de la demanda privada. -Existe el riesgo de que un ajuste fiscal sincronizado en varias de las principales economías pueda afectar adversamente a la recuperación. También existe el riesgo de minar la confianza y afectar al crecimiento, en caso de no adoptar procesos de consolidación fiscal donde sean precisos. Reflejando este difícil equilibrio, las economías avanzadas han comprometido planes que implican reducir los déficit públicos al menos a la mitad en 2013 y estabilizar o reducir el nivel de deuda pública sobre el PIB en 2016. Reconociendo las circunstancias de Japón, damos la bienvenida al plan de consolidación fiscal anunciado recientemente por el Gobierno japonés junto a su estrategia de crecimiento. Aquellos países con serios retos fiscales deben acelerar el ritmo de consolidación. Los planes de consolidación fiscal deberán ser creíbles, claramente comunicados, diferenciados según las circunstancias nacionales y centrados en medidas que propicien el crecimiento económico. - Reforzar las redes de bienestar social, impulsar la reforma del gobierno corporativa, desarrollar los mercados financieros, incrementar el gasto en infraestructura y flexibilizar el mayor medida el tipo de cambio en algunas economías emergentes. - Impulsar las reformas estructurales en todos los miembros del G20 para incrementar y sostener nuestras expectativas de crecimiento y acometer mayores progresos para reequilibrar la demanda global -La política monetaria continuará siendo apropiada para alcanzar la estabilidad de precios y contribuir de esta forma a la recuperación. - los países desarrollados con déficit (por cuenta corriente) deberán adoptar medidas para incrementar el ahorro nacional, manteniendo abiertos, al mismo tiempo, los mercados e impulsando la competitividad de sus exportaciones. - Las economías con superávit, (por cuenta corriente) deberán adoptar reformas para reducir su dependencia de la demanda externa y centrarse más en fuentes de crecimiento domésticas - Estamos comprometidos en reducir la brecha entre los países desarrollados y en desarrollo y a considerar el impacto de nuestras medidas sobre los países de menor renta. Continuaremos apoyando la financiación al desarrollo, incluyendo nuevas medidas de impulso por parte de fuentes públicas y privadas. - Reconocemos que estas medidas deben ser implementadas a nivel nacional y que deben ser ajustadas a las condiciones de cada país. Para facilitar este proceso, hemos acordado que la segunda etapa de nuestra evaluación mutua será realizada a nivel de país y a nivel europeo, y que cada uno de nosotros identificaremos medidas adicionales si es preciso para alcanzar un crecimiento fuerte sostenible y equilibrado. Leer más...

domingo, 30 de mayo de 2010

Crece el déficit fiscal y sólo puede cubrirse con maquillaje. Por Ismael Bermúdez

(Publicado en iEco - Domingo 30/05/2010)
Las cuentas públicas están cada vez más "en rojo": sin el maquillaje de los ingresos extraordinarios del Banco Central y de los intereses del Fondo de la ANSeS, en los primeros 4 meses de 2010 y después del pago de los intereses, el sector público acumula un déficit financiero de $ 6.232 millones, cinco veces superior al de igual período del año pasado.
Incluso incorporando los fondos del BCRA, de la ANSeS y un saldo remanente de los Derechos Especiales de Giro (DEG) del FMI, el "rojo" del primer cuatrimestre ronda los $ 2.100 millones, un 175% superior al de igual periodo de 2009. En realidad, el déficit financiero propio del Tesoro entre enero y abril sumó $ 5.230 millones, pero se redujo a $ 2.100 millones por el superávit de las cuentas de la Seguridad Social.

Con todo, estos números no son definitivos porque habría que sumar los gastos que se están cubriendo con bonos, como las cancelaciones de juicios, los intereses del período que se capitalizan y el ajuste del CER, lo que agranda el agujero fiscal y la deuda pública.
Como señala, con precisión y experiencia técnica, Alcides Saldivia, ex subdirector de la Oficina Nacional de Presupuesto del Ministerio de Economía de la Nación, "dado que el nivel de endeudamiento es actualmente el concepto más relevante de la situación fiscal del Estado, hay que analizar en qué medida los indicadores Resultado Primario y Resultado Financiero reflejan el endeudamiento en que incurre el sector público. El Resultado Financiero deja fuera de su cálculo la IFN -- Inversión Financiera Neta (queda "debajo de la línea"), ítem de gran envergadura y el Resultado Primario está todavía más alejado porque, además de la IFN, deja afuera los intereses de la deuda. En síntesis, el déficit fiscal tal como se lo mide actualmente (Resultado Financiero) es una mala aproximación a la medición del endeudamiento en que incurre el gobierno, y el Resultado Primario lo es más aún". Saldivia concluye: "Por eso es necesario pasar a otro indicador presupuestario de déficit fiscal, que sea más atinente a la variación de la deuda pública y ese indicador es el Endeudamiento Neto, que sigue creciendo muy por encima del déficit financiero".
No obstante, y con esas limitaciones, según Nadin Argañaraz, titular del Instituto Argentina de Análisis Fiscal (IARAF), "en abril el gasto creció algo menos pero sigue orillando en el primer cuatrimestre un crecimiento interanual del 32%. También en abril hubo un descenso de las transferencias a las provincias atribuible a que el fuerte incremento del Fondo Sojero posibilitó un menor envío de las otras transferencias a las provincias".
Argañaraz agrega que "si se proyectaran las cifras de los primeros 4 meses a todo el año, el resultado fiscal neto de recursos extraordinarios, incluyendo el pago de intereses, treparía a $ 50.605 millones. Y aunque el Gobierno podría recibir en todo el año unos 24.000 millones por las utilidades contables del BCRA y $ 8.000 millones por los intereses del Fondo de Garantía de la ANSeS, quedaría un `rojo' de $ 18.605 millones".
Sumas en el aire Los $ 24.000 millones del BCRA que Hacienda toma como ingresos corrientes corresponden a la revalorización contable de los activos y títulos públicos por el aumento nominal del dólar y de los bonos que hubo en 2009. Son utilidades devengadas, pero no realizadas, que pueden variar en más o en menos según la evolución de esas variables. Al contabilizarlas como ingresos corrientes, el Tesoro maquilla sus números y, al distribuirlas, el BCRA "monetiza" gran parte del déficit público, con su impacto inflacionario. Esas transferencias aumentaron año tras año, pero el resultado fiscal siguió para abajo.
Con las transferencias de la ANSeS se desvaloriza el Fondo de Garantía del sistema porque se utilizan intereses que deberían capitalizar dicho Fondo y se destinan al pago de nuevas prestaciones que, en parte, absorben planes sociales que antes estaban a cargo del Tesoro. Así, el Fisco se alivia a costa del sistema previsional.
El año pasado, con ingresos extraordinarios del BCRA, la ANSeS y los Derechos Especiales de Giro (DEG) del FMI por un total $ 25.000 millones, el déficit sumó $ 7.138 millones.
Economía & Regiones (E&R) proyecta un déficit financiero en 2010 de casi $ 18.000 millones, contando los $ 32.000 millones del BCRA y la ANSeS y "teniendo en cuenta que supone que no hay aumentos en la asignación por hijo" pues de disponerse un aumento, el déficit sería superior.
Por su parte, NSH-Macroeconómica afirma que aun cuando la recaudación tributaria se recuperará fuertemente en 2010 con la mejora del nivel de actividad, la cosecha récord y la suba de precios, el resultado primario igual se deteriorará porque el gasto primario subirá por encima de los ingresos.
Este aumento del déficit fiscal se da porque, aunque hubo una mejora por el lado de los ingresos --la recaudación tributaria creció en estos 4 meses a un ritmo del 25% por la mayor actividad y la inflación--, el gasto también es sostenido y subió a más del 30%. Y en mayo el gasto habría pegado otro salto porque el Gobierno modificó la distribución del presupuesto con un aumento neto de $ 1.250 millones en los gastos corrientes y de capital de la Administración Nacional en su conjunto.
No obstante, el Informe del Banco Ciudad rescata que en abril hubo una moderación en el ritmo de aumento del gasto público, convirtiéndose así en "el primer mes desde 2008 en el que el gasto crece a una tasa inferior a la de los ingresos, sin incluir entre estos últimos recursos provenientes del giro de utilidades del BCRA o del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de la ANSES (tal como sí sucedió en el primer trimestre)". Pero, a renglón seguido, destaca que "la desaceleración del gasto primario respondió, entre otros factores, a los menores gastos de capital", en tanto "las transferencias al sector privado (básicamente subsidios) crecieron a un ritmo elevado (49%), a lo que se sumaron remuneraciones (34%), y prestaciones de la seguridad social (28%)". Por eso, si se confirman las proyecciones mencionadas para 2010, el déficit del sector público nacional se incrementaría en forma nominal más del 50%, ya que pasaría de $ 32.000 millones en 2009 a $ 50.000 millones en 2010. En términos del PBI, se pasaría de un déficit del 2,4% del PBI en 2009 al 3,2% del PBI en 2010. Y si se suma el desequilibrio de las provincias ­ otros $ 15.000 millones­, el déficit consolidado Nación/Provincias superaría los 4 puntos del PBI. Según la consultora Abeceb, "en vistas a las elecciones de 2011, se buscará sostener el mayor crecimiento del gasto posible, tanto como medida de impulso hacia la demanda como de estrategia de tejido político con los gobernadores". De todas maneras, advierte "que se debilita uno de los `fundamentals’ del modelo porque sin los fondos extras del BCRA y de la ANSeS, también hay déficit fiscal primario, antes del pago de los intereses". Todos estos números se proyectan cuando el Tesoro fue aprovechando la mejora "inflacionaria" de sus ingresos, mantuvo sin cambios el mínimo no imponible y los sueldos públicos y las jubilaciones y otras prestaciones sociales están retrasadas y semicongeladas. Ahora, el inminente ajuste del mínimo no imponible tendrá efectos retroactivos a enero ­abarca todo el ejercicio fiscal 2010­ y las presiones de ajustes en sueldos y jubilaciones son cada vez más intensas.
Leer más...

"La austeridad lleva al desastre". Reportaje a Joseph Stiglitz

(Publicado en iEco - Domingo 30/05/2010)
- Usted dijo hace poco que el euro no tenía futuro sin una gran reforma. ¿A qué se refiere? -­ Europa va en una mala dirección. Al adoptar la moneda única, los países renunciaron a dos instrumentos de política económica: el tipo de cambio y la tasa de interés. Entonces, había que encontrar otra cosa que les permitiera adaptarse a la coyuntura si hacía falta. Pero Bruselas no ha ido muy lejos en materia de regulación de los mercados, los ha considerado omnipotentes; y no ha previsto nada en ese sentido. Y hoy quiere un plan de austeridad. Si sigue así, va al desastre. Sabemos, desde la Gran Depresión de los años 30, que no es eso lo que hay que hacer


- ­ ¿Qué debería hacer Europa? ­- Hay varias posibilidades. Por ejemplo, podría crear un fondo de solidaridad para la estabilidad, así como creó un fondo para los nuevos ingresantes. Ese fondo, que se alimentaría en tiempos económicos más clementes, permitiría ayudar a los países en problemas cuando los problemas surgen. Europa necesita solidaridad, empatía. No una austeridad que va a hacer estallar el desempleo y traer depresión. En los Estados Unidos, cuando un estado está en dificultades, todos los otros se sienten implicados. Estamos todos en el mismo barco. Es la falta de solidaridad, especialmente, lo que amenaza el proyecto europeo. - ­ ¿Una especie de federalismo?- ­ Sí. De cohesión. El problema es que los países miembros de la Unión Europea no tienen todos las mismas creencias en materia de teoría económica. Nicolás Sarkozy tuvo razón al presionar sobre (la canciller alemana) Angela Merkel para obligarla a poner dinero para Grecia. En Alemania son muchos los que se remiten totalmente a los mercados. En su lógica, los países que andan mal son responsables y se las tienen que arreglar. - ­ ¿Y no es así? ­- No. El déficit estructural griego es inferior al 4%. Por cierto, el gobierno anterior, ayudado por Goldman Sachs, tiene su parte de responsabilidad. Pero es ante todo la crisis mundial la que ha provocado esta situación. En cuanto a España, antes de la crisis era excedentaria y no se la puede acusar de falta de disciplina. Seguro que España hubiera debido ser más prudente e impedir la formación de la burbuja inmobiliaria. Pero, de alguna manera, es el euro el que la ha permitdo, al procurarle tasas de interés más bajas que aquellas a las que Madrid habría accedido de no haber sido por la moneda única. Hoy, esos países sólo saldrán si la crisis europea se revierte. Y para eso hace falta sostener la economía con inversiones, y no frenarla con planes de ajuste. - ­ ¿La baja del euro sería entonces algo bueno? ­- Es lo mejor que le ha podido pasar a Europa. Es Francia, y más todavía Alemania, la que aprovechará más. Pero Grecia y España, dado que el turismo es una fuente importante de ingresos, serán igualmente beneficiarias. - ­Angela Merkel, sin embargo, dice que la solidaridad puede ser importante. Sin ella, no habría habido reunificación de Alemania. - ­ Sí. Pero, justamente, a Alemania le hicieron falta más de diez años para absorber la reunificación. Y en cierta forma, pienso que los alemanes del oeste estiman que ya han pagado un precio alto por la solidaridad europea. - ­ ¿Usted piensa que la viabilidad del euro está amenazada? ­- Yo espero que no. Es muy posible evitar que la moneda única perezca. Pero si se sigue así, no hay que dar por descartado nada. Aun cuando yo piense que el escenario más probable es el default. El desempleo de los jóvenes en Grecia se acerca al 30%. En España, supera el 44%. Imagínese la magnitud de los problemas si sube al 50% ó 60%. Hay un momento en el que en Atenas, Madrid o Lisboa se planteará seriamente la cuestión de saber si hay interés en seguir el plan que el Fondo Monetario le ha impuesto a Bruselas. Y si no hay interés de volver a ser los dueños de la propia política monetaria. Acuérdese de lo que sucedió en la Argentina. El peso estaba atado al dólar por un tipo de cambio fijo. Se pensaba que Buenos Aires no iba a romper la convertibilidad, que el costo sería demasiado. Los argentinos lo hicieron: devaluaron; como se preveía, fue un caos. Pero, al final de cuentas, fue más provechoso. Desde hace seis años, la Argentina crece a un ritmo del 8,5% por año. Y hoy son muchos los que piensan que tenía razón.
Leer más...

lunes, 24 de mayo de 2010

Los malos consejos de Cristina a Europa. Por Domingo Cavallo


Cristina Kirchner ha aprovechado su viaje a España como Presidente pro-tempore de UNASUR para sugerir a los países de la Unión Europea que han acumulado fuertes endeudamientos, que no lleven a cabo ajustes fiscales y tomen el ejemplo de la Argentina post-convertibilidad para reconquistar el crecimiento económico. Es, en general, lo que trasuntan las declaraciones públicas de los economistas y dirigentes políticos que en 2002 apoyaron el abandono del régimen de convertibilidad.
¡Pobre Europa si Grecia, España y Portugal siguieran este consejo! Por supuesto, no lo harán. En Europa, como en casi todo el resto del Mundo, quienes conocen la historia de Argentina en el último cuarto de siglo, saben que nuestro país salió del infierno hiperinflacionario, se modernizó y se integró al Mundo durante los años de la convertibilidad y, desde 2002 en adelante, volvió a introducir la inflación como problema crónico, se ha estado descapitalizando y está cada vez más auto-aislada del mundo, tanto en materia económica como política.


El crecimiento económico que se dio en Argentina desde 2003 en adelante, fue, como en casi todo el mundo emergente, fruto de la fuerte expansión de China y del alto precio que alcanzaron y están manteniendo las mercancías agropecuarias y mineras. Pero la inflación, la ausencia de crédito público, la escasa inversión, el autoritarismo político y la corrupción son manifestaciones claras del retroceso económico y político que ha experimentado Argentina desde que abandonó el régimen monetario que le había devuelto la estabilidad y la había insertado en el Mundo.
El proceso de integración Europea y, en particular, su sistema monetario que comenzó con bandas de flotación estrechas alrededor de paridades fijas entre las economías europeas (la denominada serpiente europea) y concluyó en la creación, primero del EMU y finalmente del EURO, permitió un proceso de convergencia de los países menos desarrollados hacia el nivel de vida de Alemania que no se observó en ninguna otra región del mundo. No solo consiguieron baja inflación sino un ritmo apreciable de crecimiento y, sobre todo, una reducción significativa de la dispersión en la calidad de la infraestructura, los niveles de productividad y el nivel de vida de sus pueblos.
Como ocurrió en casi todos los países y regiones del mundo durante los últimos siglos, el progreso no fue libre de errores, excesos, sobresaltos y crisis. Pero sería necio argumentar que por evitar la crisis que hoy están sufriendo Grecia, España y Portugal, estas naciones deberían haberse abstenido de entrar en el EURO. Y más necio aún argumentar que hoy deberían abandonar el EURO para evitar tener que incurrir en los costos del ajuste fiscal que han anunciado sus autoridades y que constituyen la condición para el apoyo financiero que han prometido la Unión Europea y el FMI.
Argumentar que abandonando el EURO Grecia, España y Portugal podrían evitar el ajuste fiscal es una burda mentira. Si esas tres naciones convirtieran todos sus contratos designados en EUROS a sus viejas monedas nacionales, para poder dejar que las mismas se devalúen frente al EURO y de esa forma reconstruyan inmediatamente la competitividad de sus economías, les pasaría lo mismo que aconteció en Argentina en el año 2002, cuando el gobierno dispuso la pesificación de todos los depósitos en dólares y generó una devaluación extrema de la moneda nacional.
La consecuencia fue un ajuste fiscal draconiano, que provocó la reducción del orden del 30 % de todos los salarios reales y de las jubilaciones y que llevó el gasto público social, como porcentaje del ingreso nacional, a los niveles reales más bajos de la historia. En el primer semestre de 2002 se acentuó el proceso recesivo y la inflación superó el 40 % anual. La economía quedó completamente desorganizada y aislada financieramente del Mundo.
En materia económica y política el aislamiento no fue total, pero Argentina perdió relevancia frente a sus socios comerciales y políticos y prácticamente desapareció del mapa de la inversión directa de las empresas que tienen estrategias globales. Lo mismo le pasaría a cualquier país europeo que saliera del EURO en los próximos meses como Argentina salió de la convertibilidad en 2002.
Hay sí, tres lecciones de Argentina del período 1999-2001 que Grecia, España y Portugal tienen que tener muy en cuenta:
Cuanto más temprano y rápido hagan los ajustes fiscales necesarios para disminuir el déficit fiscal, tanto mejor. Argentina se demoró mucho en hacerlo. La recesión por excesivo endeudamiento y sobrevaluación de la moneda a la que estábamos atados (el Dólar) comenzó en el segundo semestre de 1998 y se acentuó desde la devaluación del Real en febrero de 1999. Sin embargo, durante todo el año 1999 el Gobierno Nacional y la mayor parte de los gobiernos provinciales continuaron expandiendo su gasto y endeudándose con el sistema bancario argentino a corto plazo y a tasas flotantes de interés. Desde el año 2000 comenzó el ajuste fiscal nacional, pero hasta bien entrado el año 2001 ese ajuste no fue acompañado por las provincias, que siguieron endeudándose y emitiendo cuasi-monedas. Recién en el segundo semestre de 2001 las provincias se vieron obligadas a reducir sus gastos, pero sus respectivos gobiernos, en particular el de la Provincia de Buenos Aires, en lugar de hacerlo en forma explícita y dentro del sistema institucional, prefirieron adherir a la idea del abandono de la convertibilidad y la licuación de sus deudas por devaluación e inflación.
El ajuste fiscal debe incluir una reforma tributaria que reduzca a un mínimo los impuestos al trabajo. De esta forma se reduce el costo laboral en la economía formal sin que medie una devaluación de la moneda. Argentina intentó utilizar este mecanismo, pero demasiado tarde y en forma muy parcial. A partir de abril de 2001 se pusieron en marcha los planes de competitividad sectoriales, que permitieron que los impuestos al trabajo se tomaran como pago a cuenta del Impuesto al Valor Agregado, pero por tardío y limitado el esquema no llegó a producir una recuperación significativa de la competitividad externa de la economía.
El apoyo externo debe ser utilizado no para permitirle a los acreedores cobrar sus acreencias y retirarse de los países con problemas, sino para garantizar que los países cumplirán con sus obligaciones, pero en plazos más largos y pagando tasas de interés cercanas a las que paga Alemania. En Argentina utilizamos el apoyo del FMI, cuando lo conseguimos, para tratar de seguir atendiendo normalmente los servicios de la deuda, a pesar de que los mercados nos exigían tasas de interés muy elevadas. Y, cuando nos convencimos que era imprescindible reestructurar toda la deuda pública, canjeando los bonos y acreencias demasiado cortas y onerosas por deuda a más largo plazo y menores tasas de interés, el FMI nos retiró el apoyo y nos empujó al default desordenado de fines de diciembre de 2001. Sería terrible para Grecia, para España y para Portugal, que la Unión Europea y el FMI asumieran la actitud que asumió el FMI en noviembre de 2001 respecto de la Argentina. Los países europeos que hoy enfrentan una crisis de sus deudas, para evitar que les ocurra lo que aconteció en Argentina, deben aprovechar el apoyo externo para alargar los plazos y bajar la tasa de interés de toda la deuda que vence en el período en el que estarán llevando a cabo el ajuste fiscal. De esta forma evitarán que un repentino retiro de ese apoyo pueda poner a alguna de esas economías en la situación en la que se encontró Argentina en noviembre y diciembre de 2001.
Es muy probable que tanto los Gobiernos de la Unión Europea como el propio FMI tengan hoy en claro que provocar en Grecia, en España o en Portugal, una situación como la que vivió Argentina a fines del 2001, tendría consecuencias nefastas no sólo para esos países sino para toda Europa y, muy probablemente, para la economía global.
Pero vale la pena hacer la advertencia, porque no sólo en nuestro país se escuchan voces como las de Cristina Kirchner, que recomiendan como solución la salida de los países del EURO, sino que hay una corriente de opinión política y profesional en los EEUU, que hace la misma sugerencia. Se trata de los mismos economistas y políticos que piensan que la solución de la crisis norteamericana pasa por una fuerte depreciación del Dólar, inducida por una política monetaria muy laxa en ese país, mientras sigue expandiendo su gasto público y su endeudamiento.
A diferencia de la posición de Cristina, que es puramente ideológica y persigue seguir engañando a la opinión pública argentina, la posición de estos políticos y economistas norteamericanos responde a la pretensión de evitar que la moneda europea pueda llegar a jugar un papel equivalente al que ha venido jugando el Dólar en el Mundo. Sólo así se entiende que a la depreciación del EURO desde los niveles exorbitantes a los que lo había llevado la política monetaria norteamericana, mientras los Europeos seguían enfatizando la ortodoxia anti-inflacionaria alemana, se la presente como la “destrucción” del EURO.
Destruir al EURO sería precisamente forzar su reemplazo por las viejas monedas nacionales en los países que hoy enfrentan problemas. Que el EURO vuelva al valor que tuvo en su comienzo (1,17 dólares) o incluso el valor mínimo que alcanzó en 2001 (0,82 dólares) no significa que esa moneda se esté destruyendo, sino simplemente, que Europa está aplicando la misma metodología que utilizó EEUU para sacar a su economía de la crisis de las hipotecas.
A nadie le deberían caber dudas que un EURO más depreciado será el principio de la solución para Grecia, para España y para Portugal, tal como la depreciación del Dólar a partir de mediados del 2002 hubiera aportado buena parte de la solución a la crisis argentina, sin necesidad de que Argentina abandonara el régimen monetario que tantos beneficios le había aportado durante la década del 90.
Leer más...

La crisis de la UE deriva de su envejecimiento. Por Ricardo Arriazu


El término euroesclerosis fue muy utilizado a principios de la década de 1980 para describir la decadencia relativa de Europa en relación a los EE.UU., Japón y los tigres asiáticos, originada en una falta de innovación económica y en una estructura económica muy rígida. Nunca imaginaron los difusores de este concepto que el mismo serviría tres décadas más tarde para describir los efectos económicos del gradual envejecimiento de la población europea, que explican en gran medida su actual crisis económica.


Todo sistema de seguridad social está basado en el apoyo de los que trabajan a los que no pueden hacerlo, ya sea por su edad, por enfermedad o incapacidad, o por que no consiguen un trabajo. La aparición de una "generación egoísta", que priorizó su gozo individual, que prefirió no tener hijos y que creyó estar protegiendo su futuro en base a "supuestos" ahorros, no sólo debilitó instituciones básicas como la familia sino que ignoró el principio básico de este mecanismo de transferencia de poder de compra.¿Quién va a financiar mis gastos futuros si no existen trabajadores que puedan hacerlo? ¿A quién le prestaron sus ahorros? ¿A gobiernos que se los gastaron y no tienen capacidad para poner más impuestos? ¿A otras personas, también ancianas, que no tendrán ingresos para devolverlos? ¿A otros países, con poblaciones más jóvenes, pero que los utilizaron irresponsablemente? ¿Por qué los gobiernos no se dieron cuenta de esta tendencia? Porque estaban demasiados ocupados gastando los recursos que recibían de los contribuyentes. ¿Y los políticos? Porque su visión tiende a concentrarse en el corto plazo. ¿Hubo voces de advertencia? Muchas, pero fueron ignoradas calificándolas de alarmistas. Las serias deficiencias de la contabilidad pública también contribuyeron a ocultar esta dinámica. Cuando realizamos nuestro aporte a un sistema de seguridad social lo hacemos confiados en que, en el futuro, recibiremos como contrapartida un flujo de ingresos (una jubilación). De hecho estamos comprando un "bono", pero los registros públicos contabilizan estas contribuciones como "ingresos corrientes" e ignoran totalmente la "deuda" que se genera como contrapartida. Cuando la población es joven, los aportes superan ampliamente a los pagos de jubilaciones, los gobiernos anuncian contentos que tienen un "superávit" fiscal y hacen planes para gastarlos, mientras que las "deudas no registradas" son siempre ignoradas. Cuando la población envejece los ingresos se estancan o caen, los pagos de jubilaciones crecen, las cuentas públicas de desbalancean y el gobierno debe recurrir al endeudamiento "registrado" para cumplir con sus promesas. En realidad, lo que está pasando es que la "deuda no registrada" se está transformando gradualmente en registrada. A modo de ejemplo basta mencionar que en el caso particular de Grecia las transferencias sociales (en su mayoría, pagos de jubilaciones) se incrementaron en forma sostenida durante los últimos años y en la actualidad exceden el 20% del PIB (lo que representa el 50% de los gastos fiscales primarios de ese país), mientras que los aportes al sistema permanecen estancados y sólo representan el 13,6% del PIB. La deuda registrada se elevó al 130% del PIB y la deuda "no registrada" al 450%. Esta situación se agravará sensiblemente en Grecia en el futuro puesto que la población en edad de trabajar comenzará a disminuir este año, y la población total lo haría en el año 2017. Diversas estimaciones muestran que, de no reformarse el sistema, el desequilibrio en el sistema de seguridad social se incrementaría en casi 17% del PIB en las próximas décadas, no contando este país con los recursos económicos para financiar estos desequilibrios.A pesar de esta evidencia, Grecia se negó sistemáticamente a reconocer los efectos económicos negativos del envejecimiento. Hasta hace poco existían 133 cajas de jubilaciones y la edad jubilatoria promedio era de sólo 57 años. La reciente propuesta de elevar la edad de retiro (solución inevitable y aprobada por el Parlamente) generó airadas protestas de la población. Esta situación es común a todos los países europeos, pero pocos tomaron medidas para atenuar sus efectos (Noruega, Dinamarca, Alemania). La población en Europa (incluyendo Europa del Este y Rusia) en 1950 era de 547 millones de personas, con una edad promedio de 29,7 años y una expectativa de vida de 65 años. De ese total 292 millones estaban en edad de trabajar y superaban en 4,4 veces a los mayores de 60 años (66 millones).La situación en 2010 es totalmente distinta. La población se incrementó a 738 millones (una tasa de crecimiento de sólo 0,5% por año), con un incremento de la edad media a 40,2 años y en la expectativa de vida 76,1 años. La cantidad de personas en edad de trabajar se incrementó a 422 millones (45%), pero la de personas en edad de retiro se incrementó a 161 millones (143%), por lo que la relación entre ambos grupos se redujo a casi la mitad (2,61 veces). Las proyecciones para las próximas décadas muestran la gravedad de la situación. Se estima que para el 2050 la población total europea se reducirá a 691 millones de personas, que la cantidad de personas entre 20 y 69 años se reducirá a 317 millones (una caída del 25%) y que la cantidad de personas mayores de 60 años se elevará a 236 millones (una suba del 47%), por lo que la relación entre estos dos últimos grupos se reducirá a sólo 1,34. Los efectos económicos, financieros y fiscales de estas tendencias son dramáticos y ya se hicieron explícitos en el caso griego. Europa (y otros países) deben entender los graves efectos económicos del envejecimiento y tomar medidas oportunas para atenuarlos. Ya han perdido mucho tiempo, pero todavía pueden evitar los efectos más graves. La actual crisis es bienvenida si es que los hace recapacitar.

Leer más...

domingo, 9 de mayo de 2010

Grecia: sólo la punta de un iceberg. Por Nouriel Roubini


Muchas veces en la historia hubo crisis financieras. Son provocadas por burbujas insostenibles que estallan y por una toma de riesgo y apalancamiento de deuda excesivos del sector privado mientras dura la burbuja. Luego, como consecuencia del colapso económico y como parte de la respuesta a ese colapso, las deudas y déficits de los gobiernos crecen hasta llegar a niveles insostenibles que pueden llevar al default o a la alta inflación si no se los corrige.


La crisis que estamos viviendo sigue este patrón. Hoy se habla mucho de “desapalancamiento”, pero los datos indican que el desapalancamiento prácticamente no empezó. Los índices de endeudamiento de empresas y hogares estadounidenses se estabilizaron, en términos generales, en niveles altos. Al mismo tiempo, estamos ante un “reapalancamiento” generalizado del sector público, con déficits fiscales del orden del 10% del PBI.
El FMI y la OCDE proyectan que el stock de deuda pública en las economías avanzadas va a duplicarse y rondar el nivel del 100% del PBI en los próximos años.
En rigor, todo esto es lo que suele ocurrir en una crisis financiera. ¿Qué es lo que explica este reapalancamiento? Primero, los “estabilizadores automáticos” (como el pago por desempleo) entraron a jugar durante la recesión. Segundo, las políticas fiscales contracíclicas (como bajas de impuestos y subas del gasto) que adoptaron los gobiernos para evitar la depresión porque la demanda privada colapsa. Tercero, decidimos socializar parte de las pérdidas privadas de los sectores financiero, empresario e inmobiliario y ponerlas en el balance del gobierno.
Así, se produce una acumulación impresionante de deuda pública. Y la lección de la historia es que a menos que esta masa de deuda soberana sea encarada finalmente con subas de impuestos y control del gasto, existen sólo dos desenlaces posibles: default o inflación.
Históricamente, hemos visto una serie de defaults y crisis de deuda soberana tanto en economías avanzadas como en emergentes. Si uno es de un país como EE.UU., el Reino Unido o Japón, que pueden monetizar sus déficits fiscales, no tendrá un problema con la deuda soberana sino una inflación que erosione el valor de la deuda pública. Por eso, la inflación es básicamente una transferencia de capital de acreedores ahorrativos a deudores no ahorrativos, sobre todo del sector privado al público.
Grecia sólo es la punta del iceberg de un abanico de crisis fiscales. Mañana le tocará a España, Portugal, Irlanda, Islandia. Tarde o temprano, Japón y EE.UU. estarán en el ojo del problema, lo que hará temblar a la economía mundial.
Debemos reconocer que nos encontramos en la siguiente etapa de la crisis financiera. Lo que sigue serán no las obligaciones del sector privado, sino las obligaciones del sector público.
La reactivación del crecimiento económico, por sí sola, no va a generar suficientes ingresos fiscales para mitigar esta crisis de deuda soberana. Los déficits fiscales son enormes y estructurales. No se deben solamente a una caída cíclica del crecimiento sino a compromisos de largo plazo, como jubilaciones, seguridad social y salud.
Para evitar el default o la inflación, las economías avanzadas necesitarán alguna forma de subir los ingresos a través de gravámenes y recorte del gasto público. En Europa, donde los impuestos ya son bastante altos, el ajuste correcto es reducir el gasto y no subir más los impuestos. En EE.UU., la carga tributaria promedio como parte del PBI es mucho más baja. El ajuste correcto sería elevar los ingresos en forma gradual para no destruir la recuperación mientras se controla el crecimiento del gasto público. Lo que más me inquieta es la indefinición política de Washington. Aunque todos coinciden en que los déficits de US$ 10 billones (según cálculos del gobierno) para la próxima década no son sostenibles, no hay voluntad política de actuar.
Si los republicanos toman el control de la Cámara de Representantes en la próxima elección y rechazan cualquier aumento de ingresos y, a su vez, los demócratas vetan recortes de gastos, el camino más fácil serán los déficits fiscales galopantes que entonces serán monetizados por la Reserva, ya embarcada en este camino. Sólo el año pasado, la Fed compró US$ 1,8 billones de valores del Tesoro y deuda de organismos, un curso que, de no modificarse, inevitablemente desembocará en una inflación elevada. Es lo que popularmente se conoce como imprimir dinero.


Leer más...

¿Podrá sobrevivir el euro tras esta crisis? Por Joseph Stiglitz


La crisis financiera griega puso en riesgo la supervivencia misma del euro. En el momento de su creación, a muchos los preocupaba la viabilidad de la moneda a largo plazo. Cuando todo salió bien, esas preocupaciones pasaron al olvido. Pero el interrogante sobre cómo se aplicarían los ajustes si parte de la eurozona resultara afectada por un fuerte shock adverso perduró. Corregir el tipo de cambio y delegar la política monetaria al Banco Central Europeo eliminó dos recursos primordiales a través de los cuales los gobiernos nacionales estimulan sus economías para evitar la recesión. ¿Qué podía reemplazarlos?


La eliminación de barreras legales para el movimiento de trabajadores creó un mercado laboral único, pero las diferencias lingüísticas y culturales hacen que la movilidad laboral al estilo norteamericano resulte inalcanzable. Es más, Europa no tiene manera de ayudar a aquellos países que enfrentan problemas serios. Para los países más pequeños de la UE, la lección es clara: si no reducen sus déficits presupuestarios, existe un riesgo elevado de un ataque especulativo, con pocas esperanzas de una ayuda adecuada por parte de sus vecinos, al menos no sin limitaciones presupuestarias procíclicas que resultarán dolorosas y contraproducentes. Puede resultar útil analizar los problemas del euro desde una perspectiva global. Estados Unidos se ha quejado de los superávits (comerciales) de cuenta corriente de China; pero, como porcentaje del PBI, el superávit de Alemania es aún mayor. Supongamos que el euro se creó para que el comercio en la eurozona en su totalidad fuera equilibrado. En ese caso, el superávit de Alemania implica que el resto de Europa está en déficit. Y el hecho de que estos países importen más de lo que exportan contribuye a sus economías débiles. EE.UU. se ha quejado históricamente de la negativa china de permitir que se aprecie su tipo de cambio en relación al dólar. Pero el sistema del euro implica que el tipo de cambio de Alemania no puede aumentar en relación a los otros miembros de la eurozona. Si el tipo de cambio aumentara, a Alemania le costaría más exportar, y su modelo económico, basado en exportaciones fuertes, enfrentaría un desafío. Al mismo tiempo el resto de Europa exportaría más, el PBI aumentaría y el desempleo se reduciría. Alemania (como China) ve sus ahorros elevados y sus proezas exportadoras como virtudes, no vicios. Pero Keynes decía que los superávits conducen a una débil demanda agregada global -los países que tienen superávits ejercen una "externalidad negativa" en sus socios comerciales. De hecho, Keynes creía que eran los países con superávits, mucho más que los países con déficits, los que planteaban una amenaza a la prosperidad global; incluso llegó a recomendar un impuesto a los países con superávits.No debería obligarse a los países cuyos déficits aumentaron como resultado de la recesión global a caer en una espiral mortal -como ocurrió con Argentina. Una solución que se propone es que esos países pergeñen el equivalente de una devaluación -una disminución uniforme de los salarios. En mi opinión, esto es inalcanzable, y sus consecuencias distributivas son inaceptables. Las tensiones sociales serían enormes. Es una fantasía.Existe una segunda solución: la salida de Alemania de la eurozona o la división de la eurozona en dos subregiones. El euro fue un experimento interesante, pero, como el casi olvidado mecanismo de tipo de cambio (MTC) que lo antecedió y se desintegró cuando los especuladores atacaron la libra británica en 1992, carece del respaldo institucional necesario para que funcione. Existe una tercera solución que es la más promisoria: implementar las reformas institucionales, incluyendo el marco fiscal necesario, que deberían haberse implementado cuando se creó el euro. No es demasiado tarde para que Europa implemente estas reformas y, así, estar a la altura de los ideales, basados en la solidaridad, que subyacen la creación del euro. Pero si Europa no puede hacerlo, entonces quizá sea mejor admitir el fracaso y pasar a otra cosa en lugar de pagar un precio elevado en materia de desempleo y sufrimiento humano en nombre de un modelo económico fallido.


* Stiglitz es Premio Nobel de Economía

Leer más...

domingo, 18 de abril de 2010

Precios por ascensor, dólar por escalera. Por Néstor Scibona


La célebre frase del general Perón referida a la escalada precios-salarios, que los sindicalistas desempolvan en cada negociación paritaria, comenzó a ser adaptada por varios dirigentes empresarios con relación al tipo de cambio. La polémica fue alimentada luego por la extrema sensibilidad que existe sobre el tema en la Argentina, donde el aumento de un centavo en la cotización del dólar suele aparecer en la tapa de los diarios y hace perder la perspectiva.
Cuando Eduardo Buzzi, titular de Federación Agraria, dijo que el dólar debía costar 4 pesos se ganó un titular periodístico, pero pocos repararon en que ese nivel significaría un alza de apenas 2,5% con respecto al cierre del viernes. Cuando Cristiano Rattazzi, presidente de Fiat, advirtió que la industria está perdiendo competitividad, abrió preventivamente otro paraguas. Como él, muchos empresarios exportadores temen que la mayor inflación y los aumentos salariales superiores al 25% que trae aparejada provoquen una suba de costos en dólares difícil de contrarrestar. Rattazzi sostiene que un ajuste de esa magnitud equipararía los salarios en dólares de la industria automotriz local con los de Brasil, y que, por la diferencia de tamaño de ambos mercados, será difícil atraer nuevos proyectos de inversión de este lado de la frontera.
Detrás de estas prevenciones hay una realidad. En los últimos siete meses, el tipo de cambio nominal sólo tuvo una suba de 1%: a mediados de septiembre de 2009 se ubicaba en 3,85 pesos por dólar y ahora, en abril de 2010, alcanza a 3,90. Ningún precio de la economía subió tan poco en ese período, con excepción de las congeladas y subsidiadas tarifas de servicios públicos y sólo para los usuarios de menores consumos.
De ahí a suponer que el Gobierno está utilizando al dólar "planchado" para evitar mayores presiones inflacionarias hay un solo paso. No por casualidad, en el Relevamiento de Expectativas de los Mercados (REM), que recoge semanalmente el Banco Central, las consultoras privadas prevén un tipo de cambio nominal de 4,16 pesos para diciembre de 2010. Este nivel representa una suba de 6,6% con respecto al actual y de 9,7% con relación a diciembre de 2009. O sea, menos de la mitad de la inflación minorista para este año, que la mayoría de los pronósticos privados sitúa en torno de 25%, una vez y media más que las inverosímiles estadísticas de inflación anual del Indec.
Sin embargo, también hay que tener en cuenta que si el Banco Central decidiera elevar el tipo de cambio nominal, deberá emitir más pesos para comprar parte del superávit comercial récord de este año. Y como también debe emitir cada vez más para financiar al Tesoro, esto lo obligaría a un fenomenal esfuerzo de esterilización para no aportar más combustible a la inflación.
Nadie lo va a admitir públicamente en un gobierno que decidió erradicar del diccionario la palabra "inflación" como único plan para combatirla. Pero más de un funcionario debe seguramente añorar las épocas kirchneristas en que un robusto superávit fiscal primario le permitía al Tesoro transferirle al BCRA los pesos con los cuales compraba dólares para atender sus obligaciones externas sin afectar el nivel inflacionario. Esto permitía mantener genuinamente un tipo de cambio real alto. Ahora ocurre a la inversa: con el vapuleado Fondo de Desendeudamiento (FoDe), el BCRA le transfiere dólares al Tesoro sin otra contrapartida que un pagaré a 10 años; y además emite pesos de sus ganancias contables de 2009 para financiar el desbordado aumento del gasto público. El único atenuante es que lo hace con cierto gradualismo para evitar una espiralización inflacionaria que, afortunadamente, descarta la mayoría de los economistas privados.
Otro fenómeno peculiar se verifica en el sistema financiero. En los últimos meses han crecido los depósitos a plazo fijo, cuya tasa de interés se ubica en torno de 9% anual. La explicación que aportan los banqueros es que los ahorristas no comparan la tasa con la inflación, sino con la evolución del dólar, lo cual hace que en cualquier momento puedan pasarse de moneda para realizar ganancias, aprovechando la ausencia de grandes fluctuaciones cambiarias. En sentido inverso, pero con el mismo propósito, operan quienes atesoraron dólares y hoy adelantan consumos (autos, televisores, electrodomésticos, refacciones de vivienda, etc.) para cubrirse de mayores subas de precios debido a las mayores expectativas inflacionarias. Esto torna más endeble para la última parte del año el fuerte repunte que registró la actividad económica en los últimos tres trimestres, cuando el PBI creció a una tasa anualizada del orden de 7 por ciento.
Pilares desequilibrados
El deterioro de las expectativas también tiene que ver con lo que ocurre con los tres pilares del "modelo" económico kirchnerista. El superávit fiscal desapareció con el imparable aumento del gasto público. El superávit comercial, en cambio, se fortalece con la cosecha récord de soja y la mayor demanda brasileña de productos industriales argentinos. El tipo de cambio real alto, a su vez, depende según se mire la foto o la película.
Las estadísticas del BCRA muestran que el tipo de cambio real multilateral (que relaciona el peso con una canasta de monedas) era en febrero 12,6% más alto que el de hace un año, pero 5,2% más bajo que en noviembre de 2009. La explicación es que hacia fin del año pasado se frenó en el mundo la depreciación del dólar frente a otras monedas y, en la Argentina, la sucesión de miniajustes del tipo de cambio nominal frente a una inflación más baja que la actual. Esta tendencia es corroborada por un cálculo del Estudio Broda, que registra entre marzo de 2010 y noviembre de 2009, caídas de 9,6% en el TCRM y de 7,3% del tipo de cambio real bilateral (peso/dólar). A valores reales de 2001 (previos a la convertibilidad), un dólar equivalía en marzo pasado a 1,30 pesos, frente a 1,41 en noviembre de 2009 y 1,55 en enero de 2008. Para fin de 2010, Broda prevé un deterioro de 14,3% en el TCRM con respecto a diciembre de 2009 y de 24,3% frente al promedio 2003/2006.
Para los exportadores, una mayor o menor rentabilidad depende del mercado o la moneda en que operan, así como del precio internacional y el volumen de lo que venden, pero una suba de costos en dólares los descoloca. El argumento del "lobby devaluacionista", como se lo califica en algunos despachos oficiales, apunta a subir el tipo de cambio nominal para licuarlos, pero eso tiene patas cortas si la mayor inflación resultante no permite mejorar o deteriora el tipo de cambio real.
El problema, entonces, es la inflación más que el dólar. Aunque en el mercado interno a muchos empresarios les convenga para hacer diferencias rápidas y a los dirigentes sindicales fortalecerse gestionando aumentos salariales impactantes, que no pueden obtener quienes no tienen la misma capacidad de presión, como la legión de jubilados, trabajadores en negro, cuentapropistas y desocupados. A más largo plazo, sin embargo, una alta inflación les complica la vida a todos. Incluso al propio Gobierno, que dice desconocerla y retuerce las estadísticas para ocultarla.

Leer más...

Como combatir la inflación sin "ajustar" ni "enfriar" la economía. Por Aldo Ferrer


En el debate actual sobre la inflación y el pago de la deuda, predominan dos enfoques alternativos. Por un lado, ajustar y enfriar la economía. Para tales fines, sería necesario reducir la demanda agregada mediante la baja del gasto público y el aumento de la tasa de interés y apreciar el peso para sustituir producción interna por importaciones, reduciendo la presión de la demanda sobre la oferta nacional de bienes y servicios. Al mismo tiempo, se liberarían recursos del Presupuesto para pagar deuda sin uso de reservas del Banco Central. Por el otro lado, el enfoque alternativo propone pagar deuda con reservas y sostener un crecimiento del gasto por encima de los recursos disponibles sin atender el tema precios, con vistas a impulsar la demanda, la producción y el empleo.

Esta alternativa del problema actual de la inflación y la deuda se plantea como si subsistieran las circunstancias del pasado. Vale decir, una economía sometida a las restricciones externa y fiscal, a una deuda agobiante que excede su capacidad de pago y a de­sórdenes macroeconómicos e institucionales que, en el límite, culminaban en la hiperinflación.
Nos pasó durante más de la mitad del siglo pasado, cuando registramos el récord mundial de inflación, con varias híper incluidas. Sin embargo, como hemos visto en las tres últimas notas en este mismo espacio, en los últimos años se ha producido un cambio radical en el comportamiento de la economía argentina. Desde la salida de la crisis del 2001/2002, en el transcurso de esta primera década del siglo XXI, los pagos internacionales vienen operando con un elevado superávit en el balance comercial, el cual registra saldos positivos anuales superiores a los u$s15.000 millones.
A su vez, la cuenta corriente del balance de pagos registra ocho años consecutivos positivos, hecho inédito en la historia económica del país. En el 2009 alcanzó al 3% del PBI y cabe esperar un superávit semejante en el 2010. A su vez, al mismo tiempo, entre el 2003 y la actualidad la relación deuda externa pública y privada/PBI bajó de 160 a 40 por ciento. Desde el momento en que se logro salir del default, con el exitoso canje de deuda del 2005, el pago al FMI y encuadrar los pagos dentro de límites manejables con recursos propios, también aquí se produjo un cambio radical.
La solución de la restricción externa facilitó resolver la restricción fiscal derivada de los déficits crónicos de las finanzas públicas. La recaudación tributaria nacional aumentó en 10 puntos del PBI para ubicarse cerca del 30% del producto, proporción razonable en una economía del ingreso medio argentino. En el mismo sentido operó la incorporación, en la esfera pública, de los recursos del sistema previsional, que constituyen parte principal del ahorro interno. El comportamiento de las finanzas públicas desde la salida de la crisis del 2001/2002 demuestra, en efecto, que la restricción fiscal puede ser, también, un problema superado.
En el pasado, el país tuvo, entre 1930 y 1983, una “restricción institucional”, agregada a las externa y fiscal. En la experiencia reciente, aún los temas más polémicos (por ejemplo, la resolución 125, las reformas de los regímenes previsional y de medios audiovisuales, el uso de las reservas del Banco Central), se procesan conforme las reglas constitucionales y la división de poderes propio de una sociedad democrática. Ahora, la restricción institucional es también un problema de otros tiempos.
En resumen, en la nueva economía argentina ni la inflación ni la deuda son actualmente lo que fueron en el pasado. Por lo tanto, enfriar y ajustar, por una parte, o crecer sin atender el problema precios, por la otra, no son las alternativas reales que confrontamos actualmente. Corresponde, entonces, reflexionar sobre las cuestiones que son determinantes del actual cuadro de situación. A saber, las causas actuales del aumento de precios, la solvencia fiscal y el tipo de cambio.
Sobre la primera, cabe observar que no estamos en presencia de ninguna de las causas clásicas de inflación, a saber: exceso de demanda o presiones de costos. La economía viene operando a niveles razonables de ocupación de la capacidad productiva instalada, está aún distante el pleno empleo de la mano de obra y no hay restricciones de abastecimientos importados por insuficiencia de divisas. Por lo tanto, no hay inflación por exceso de demanda respecto de los recursos disponibles. Por otra parte, ninguno de los precios básicos de la economía (tipo de cambio, salarios, tarifas de servicios públicos) está fuertemente desalineado y, por lo tanto, no es previsible un alza brusca en ninguno de ellos. Por lo tanto, tampoco hay amenazas severas de inflación de costos. ¿Cómo se explica entonces que el nivel general de precios esté aumentando en torno del 20% anual, un nivel inconveniente y perturbador?
La respuesta es que estamos en presencia de un caso de inflación inercial. Es decir, los precios aumentan a un cierto ritmo porque los actores económicos y sociales incorporan una hipótesis de aumento de precios que se retroalimenta en ajustes continuos de precios y salarios, a pesar de la ausencia de inflación de demanda y de costos y de la existencia de equilibrios macroeconómicos razonablemente sólidos. La inflación inercial se sostiene en las expectativas y en un clima político tenso, en el cual se incluyen visiones catastróficas de la realidad y el futuro, incluida la explosión inflacionaria. En este escenario, por razones estacionales o circunstancias propias, algunos alimentos crecen más que el promedio, fenómeno que sucede también en economías con niveles generales de precios estables.
La inflación inercial no se evita con ajuste ni enfriando la economía. Por esta vía lo que se logra es frenar el crecimiento, aumentar el desempleo, el malestar social y la inseguridad. Pero tampoco se resuelve desatendiendo el problema precios o suponiendo que los aumentos provienen, esencialmente, de maniobras abusivas de formadores de precios en sectores concentrados. Cuando éstas existen tienen que ser reprimidas por el Estado, pero, en todo caso, la pregunta es por qué ahora esas maniobras son inflacionarias y en otros momentos no lo son. La respuesta es que ahora prevalece la inflación inercial . No hay ninguna medida aislada que resuelva el problema.
La respuesta radica en un programa de estabilidad y crecimiento fundado en la solidez de los equilibrios macroeconómicos y la política de ingresos para concertar, entre los actores económicos y sociales, privados y públicos, metas de precios y salarios, que tiendan a reducir la hipótesis inflacionaria implícita en el comportamiento de esos actores. En un momento como el actual, sería particularmente útil contar con un consejo económico y social, en cuyo seno el Gobierno concertara con los actores privados, del trabajo y la empresa, una estrategia de crecimiento con equidad y estabilidad razonable de precios.
El éxito de esa estrategia depende de la solidez de la macroeconomía y de continuar reduciendo los niveles de deuda. Para tales fines son centrales las otras dos cuestiones mencionadas. Es decir, la solvencia fiscal y el tipo de cambio.
Respecto de la deuda, conviene recordar que con o sin uso de reservas, con o sin canje, el país está en condiciones de cumplir sus compromisos externos y crecer. Los pagos de este año con reservas u otros recursos tienen una diferencia de tasa de interés, dato importante pero que no involucra la capacidad de pago. De todos modos, el pago con reservas es un recurso circunstancial. En el mediano y largo plazo, son los recursos genuinos de la actividad corriente de la economía los que proporcionan los medios de pago.
Sobre la solvencia fiscal, conviene recordar que, una vez iniciada la recuperación de los componentes de la demanda agregada (consumo, inversiones y exportaciones), no se justifica insistir en la inyección de demanda supletoria vía gasto público. La solvencia fiscal y la calidad del gasto recuperan así su papel fundamental en la gobernabilidad del sistema económico, la formación de las expectativas, la estabilidad y el desarrollo.
No es preciso “enfriar” ni “ajustar” la economía, es decir, bajar el gasto real indispensable para la oferta de bienes públicos, para frenar el aumento de precios. Si es preciso acomodar el crecimiento de gasto público a la de la recaudación lo cual permitiría recuperar, a breve plazo, el superávit primario. De otro modo, un crecimiento persistente del gasto por encima de los recursos públicos lleva inevitablemente al endeudamiento, a la apreciación del tipo de cambio, a restablecer las restricciones externa y fiscal y, consecuentemente, a la pérdida de soberanía. El desequilibrio fiscal y el aumento de la deuda no contribuyen a crear el escenario adecuado para llevar la actual tasa de inflación a niveles tolerables y posibles, en torno del 10% anual.
En relación con la política cambiaria, reducir la tasa actual de aumento de precios facilita mantener un tipo de cambio de equilibrio desarrollista (TCED) indispensable para el crecimiento de la producción y el empleo. Como lo demuestra nuestra experiencia y la de las economías en desarrollo más exitosas, el TCED es también necesario para la formación de una economía integrada y abierta, capaz de gestionar el conocimiento e integrada al mundo.
Crecer con equidad y una estabilidad razonable de precios está al alcance de los medios del país. Lograrlo o no depende de tomar nota del potencial de desarrollo de la nueva economía argentina una vez que se ha liberado, a menos de insistir en las decisiones del pasado, de las restricciones fiscal, externa e institucional.


Leer más...

domingo, 11 de abril de 2010

Inflación: las diez causas de un fenómeno que inquieta. Por Francisco Jueguen


No hay peor ciego que aquel que no quiere ver. El refrán, nacido de la profunda experiencia popular, hace justicia a la usual estrategia kirchnerista para enfrentar las contrariedades de la vida cotidiana que ponen en jaque su discurso progresista: la negación sistemática. Así, sin reconocimiento oficial, el más palpable de los problemas que sufren los argentinos se escurre, preocupante, hacia sus bolsillos. Esa incómoda verdad, más allá de la batalla semántica, tiene un único nombre. Se llama inflación.
Pero economistas cercanos al Gobierno, como el radical Aldo Ferrer o el justicialista Eduardo Curia, reconocen la existencia de la inflación. "Los precios están subiendo más de lo que conviene. Hay una inflación incómoda", confiesa Ferrer, director de Enarsa. Sin embargo, son originales a la hora de explicar las causas. La inflación, sugieren, es inercial y alentada por expectativas. Otros 17 economistas también ratificaron que la inflación existe, pero opinaron que su origen es otro. Aquí, un decálogo de las diferentes causas y mitos de la inflación:
1) Más gasto que ingresos
Cristina Kirchner dio la buena noticia. Dijo que la economía cerraba 2009 con un superávit fiscal primario (antes del pago de intereses de la deuda) de $ 17.277 millones, un 1,5% del PBI. Pero, como siempre ocurre con la información oficial, ciertos detalles fueron selectivamente olvidados. Se había registrado una caída del ahorro primario de un 47% en relación con 2008 y un déficit fiscal (tras el pago de intereses) de $ 7131,1 millones. Si no hubiera sido por recursos extraordinarios (el dinero de los jubilados y del FMI, por ejemplo), el resultado hubiese sido mucho peor. El gasto público había crecido un 30% anual, por arriba de los ingresos y de la inflación real, de un 15% en promedio, según los privados. Para el Gobierno, de cara a las elecciones de 2011, es fundamental mantener ese nivel de erogaciones: allí el germen del Fondo de Desendeudamiento, compuesto por reservas para pagar deuda. La mayoría de los economistas piensan que la inflación de hoy es consecuencia del incentivo (transferencias del Gobierno o cambios en la estructura impositiva) de la demanda agregada (la cantidad de bienes y servicios que demandan todos los habitantes de un país). Crece el gasto ?financiado con emisión monetaria? muy por encima del ritmo de la recaudación. Según Bein & Asociados, se pasó de un superávit primario de 3,9% del PBI en 2004 a un déficit de 1% del PBI si no se consideran los recursos extraordinarios.
Pero ¿cuál es esa política fiscal que fogonea la inflación? La obra pública, salarios estatales, aumentos a jubilados y la asignación por hijo, por ejemplo, sobre lo que es difícil producir un ajuste. Pero también aparecen, entre otros, los millonarios subsidios a privados (firmas energéticas, de transporte de pasajeros y compensaciones a productores agropecuarios), el sostenimiento del Fútbol para Todos o los US$ 57 millones que perdió Aerolíneas Argentinas durante enero y febrero de este año.
Para el economista Roberto Cachanosky hay un stock de subsidios que "gatilla el aumento del gasto público". Según sus cifras, en 2006 los subsidios al sector energético fueron de $ 4032 millones, mientras que en 2009 llegaron a 15.944 millones. En tanto, el sector transporte, que en 2006 tenía subsidios por 1876 millones, recibió el año pasado 11.584 millones. El total de subsidios y préstamos del sector público al sector privado pasó de 8800 millones en 2006 a 33.300 millones el año pasado.

2) Inversión insuficiente
"En vez de aumentar la oferta, los empresarios incrementan los precios", vociferó el ministro del Interior, Florencio Randazzo. El Gobierno admite, así, que la inversión ?el motor de la oferta? está por lo menos amesetada en relación con la creciente demanda. El último informe del Centro de Estudios para la Producción (CEP) indicó que, a pesar de que superan ampliamente los promedios registrados durante la convertibilidad, ya en 2008 todos los componentes de la inversión comenzaron a mostrar una merma con respecto a 2007.
Los números del economista Orlando Ferreres no reflejan semejante amplitud con relación a los años 90. Mientras entre 1991 y 1994 se registró un crecimiento acumulado del PBI de un 36%, la tasa IBIF/PBI (la relación entre la inversión y el producto bruto interno) fue de 17,9%. En el período 1996-1998, con una expansión de un 18%, la tasa IBIF/PBI fue de 19,7%. Esto no cambió mucho durante el kirchnerismo. Durante 2003 y 2008, el crecimiento del PBI acumulado fue de un 50%, mientras que la inversión en relación con el producto fue de 19,8 por ciento.
"Hoy se invierte, pero no hay proyectos grandes y nuevos. Buena parte de la inversión es amortización; reponer lo que se desgasta", explica Ferreres, para quien la inversión está en un 19%, una tasa insuficiente. La meseta de la inversión tiene una explicación. Los empresarios se quejan de la falta de reglas claras e incentivos, la incertidumbre que genera la ausencia de estadísticas creíbles, la pérdida de competitividad del peso ?casi anclado frente al dólar, pese a la inflación? y "un clima hostil de negocios".

3) La expansión monetaria
El Banco Central de Martín Redrado recibió muchas críticas en los últimos años. A grandes rasgos, los economistas cuestionaron la expansión de la base monetaria ?mediante emisión de pesos? para financiar el aumento del gasto público, hecho que fogoneó la inflación en vez de ponerle un techo. Además, se criticó la pasividad del BCRA a la hora de inducir tasas de interés reales más altas, que promuevan el ahorro en vez del consumo.
El circulante, dice Marina Dal Poggetto, del estudio Bein & Asociados, avanzó un 18% anual en 2009 y estuvo en sintonía con el Programa Monetario difundido por el BCRA. Para este año, el mismo informe oficial prevé una expansión del M2 [en la jerga de los economistas, la sumatoria del dinero circulante y el depositado en cajas de ahorro y cuentas corrientes] de entre el 11,9% y el 18,9%, contra un 20,2% estimado por Bein.
El ex secretario de Política Económica de Martín Lousteau, Gastón Rossi, completa el cuadro. "En 2006 y hasta principios de 2008, la expansión monetaria era un subproducto de la política cambiaria: se emitía para comprar el excedente de dólares y sostener la paridad cambiaria nominal. Hoy debido al afiebrado ritmo de expansión del gasto y de la incapacidad para obtener financiamiento, la política monetaria pasó a estar determinada por la política fiscal. El Central emite para financiar al Tesoro", concluye.
Mario Brodersohn, ex secretario de Hacienda de Raúl Alfonsín, puso el foco en otro lugar. "Hay una política monetaria muy pasiva para los depositantes con tasas de interés negativas, o sea, muy por debajo de la inflación real".

4) Problemas de expectativas
Sin puntos de referencia sobre la verdadera realidad de los precios con los que indexar contratos y salarios, y determinar costos, algunos economistas creen que se genera una inercia inflacionaria que se monta en los problemas puramente estructurales. Desde la destrucción de la credibilidad del Instituto de Estadística y Censos (Indec), ningún actor económico y social sabe con certeza cuánto suben los precios. Así prolifera una decena de índices para medir la inflación.
Pero, desconociendo la variación promedio, se amplifican los saltos en los precios y los formadores compran cobertura frente al riesgo. Remarcan mirando al vecino y por las dudas. "Creo que la responsabilidad del estímulo fiscal y monetario son fenómenos sobrestimados", opina el economista de la consultora Prefinex Osvaldo Cado. "Una inflación del 15% anual a la par de un derrumbe de la demanda agregada de un 6% durante 2009 es la prueba incontrastable de que hoy la evolución de los precios tiene una dinámica que se explica a sí misma", agrega Cado.
Así, no son pocas las voces que coinciden en que, para empezar a atacar el problema de la inflación, es necesario antes encontrar una solución al problema de la falta de estadísticas confiables.

5) Paritarias y costos empresariales
Los salarios no son la causa de la inflación. Pero en un contexto de expectativas inflacionarias que se suma a un descontrol fiscal, reclamos desmedidos en las paritarias pueden impulsar la suba de precios. Ningún gremio reclama alzas menores al 23%. Usan, claro está, el "Indec del supermercado".
Pero además de los salarios, otros costos empresariales siguen subiendo mientras se recalienta la economía, algo que obliga a las compañías al ajuste para mantener su rentabilidad. Sólo para citar algunos ejemplos, los costos del sector de la construcción tuvieron un alza de un 27,02% (materiales y salarios) durante el último año, según la Cámara Argentina de la Construcción (CAC). En tanto, el índice de la Cámara Empresaria de Operadores Logísticos (Cedol) ?que incluye el transporte? avanzó, en sólo tres meses, un 5,75 por ciento.

6) La matriz productiva
La Argentina sufre, aunque no debiera, por ser "el granero del mundo". De esa hipótesis nació el uso de las retenciones a la exportación. La idea es simple: la matriz productiva nacional es fundamentalmente agropecuaria o agroindustrial. Son también estos productos los que mayormente se exportan. Cuando el mundo crece y demanda alimentos o derivados, los precios internos suben al ritmo de los internacionales. Las soluciones se duplican: mayor producción ?más inversión? o un ajuste por precios.
Actualmente, créase o no, la Argentina elabora alimentos para 300 millones de personas. Pero la inversión en el sector agroalimentario (el campo y su industria) está en standby. "Las trabas a las exportaciones, las normativas oficiales, las alzas en los impuestos nacionales, provinciales y municipales, la intervención en todos los mercados retrotraen la inversión. Se produce, pero no se sabe a cuánto se va a vender. Hay mucha incertidumbre", afirma Ernesto Ambrosetti, economista de la Sociedad Rural Argentina (SRA).
Las retenciones, que gravan todos los productos, no sólo al agro, fueron impuestas para diferenciar precios internos de los externos. Pero los empresarios del agro y la agroindustria desestiman que fueran usadas para proteger el plato de comida de los argentinos. El fin fue recaudar más, dicen.

7) Bendito dólar
Hoy se habla de atraso cambiario. Esto suele ocurrir cuando la inflación diluye la competitividad del tipo de cambio real. En el país, el Gobierno y los empresarios impulsaron principalmente sólo una competitividad cambiaria ?aquella que se basa en el valor de la moneda? en vez de una real, apoyada en la inversión tecnológica?. Pero más allá de eso, una política de tipo de cambio alto mal administrada genera presiones inflacionarias. No es el caso actual de China o de Chile entre mediados de los 80 y mediados de los 90, según Roberto Frenkel y Martín Rapetti, del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes). Además, según Rossi, actualmente la política cambiaria sólo tiene "incertidumbre hacia la suba" (la devaluación fue de un 27,62% desde 2006, según datos del BCRA). El economista afirma que nadie anticipa una apreciación nominal del peso, lo que desincentiva su demanda. Esto se agrava por tasas reales de interés fuertemente negativas.
La relación dólar-salario desaparece, explica Cado, si la moneda local es la de referencia, como ocurre en Brasil. "Al ser baja la inflación, la gente ahorra en reales", aclara. La cultura dolarizadora en la Argentina destruye esa opción.

8) Oligopolios y formadores de precios
Los oligopolios en sectores formadores de precios clave aceleran la tasa de inflación, pero siempre una vez que ésta está lanzada. Nunca "crean" inflación.
Ante la acusación oficial, Nicolás Salvatore, economista de la Universidad de Buenos Aires (UBA), asegura que hoy existen los mismos grupos concentrados que funcionaban en el país en 2005. Aunque aclara: la inflación en ese entonces era de un dígito. Advierte, además, que grupos concentrados también existen en América latina, cuyo PBI crece al 5% y con un 5% de inflación anual desde hace diez años. "¿Serán los capitalistas argentinos los más avaros del mundo, más avaros que hace cinco años?", se pregunta Salvatore.
Luego de esa pregunta, y siguiendo la premisa oficial, viene una reflexión aún más interesante: si en la economía actual hubiera una mayor concentración, como dicen los funcionarios más cercanos a la Presidenta, significaría que la política del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, fracasó. Desde hace cuatro años tiene bajo su mando la política de defensa de la competencia. Además indicaría que la política económica del Gobierno en los últimos años no generó nuevas pymes.
"Es un Gobierno que generaliza algo no generalizable. La de concentración es una definición sectorial y geográfica", afirma Fernando Navajas, de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL). No obstante, estima que no es visible que haya un aumento de la concentración.

9) Incentivo al consumo
El efecto "vuelo de la perdiz" aparece cuando, en tiempos de inflación, parece que el consumo interno crece, pero en realidad se consume porque es la mejor manera de ahorrar. A la larga se asoma el freno de la economía. El sistema financiero fogoneó esta idea. Los consumidores (según la encuesta de expectativas de la Universidad Torcuato Di Tella) esperan una inflación del 25% para los próximos 12 meses, un ritmo levemente superior al 2% mensual. En tanto, el sistema bancario local ofrece una tasa promedio del 8,93% anual (o 0,73% mensual) por dejar inmovilizado su dinero por al menos un mes en un plazo fijo. Es un rendimiento casi tres veces menor que el ritmo de depreciación que espera en su poder de compra. A esto se suman virulentas campañas publicitarias con el afán de incrementar las ventas.
A contramano, los empresarios de todos los sectores se quejan de la falta de créditos blandos para aumentar la oferta.

10 ) La teoría del crecimiento
"El sendero del crecimiento sostenido con adecuados niveles de empleo sólo se logrará con estabilidad de precios; la inflación es el principal obstáculo." La definición no proviene de la Reserva Federal de los Estados Unidos ni del Banco Central Europeo, sino del Banco Popular de China.
Las experiencias de otros países desmienten la tesis oficial que indica que la suba de precios es una consecuencia del exitoso crecimiento económico, una idea difundida por la Comisión Económica para América Latina (Cepal) entre los año 60 y 70 y que tiene cada vez menos adeptos a nivel internacional. "A nivel teórico, esa idea no se discute más. Es poco seria", califica el economista de Fimades Luis Palma Cané.
La inflación en la Argentina "es nueve veces más alta que la internacional y cinco o seis veces más elevada que la de los países vecinos", estima Brodersohn. Pero esos países también crecieron.
La variación del IPC de la Argentina en 2009 fue superada sólo por seis naciones (Congo, Etiopía, Venezuela, Paquistán, Ghana y Egipto). La inflación local triplicó el promedio de América latina (excluyendo del cálculo a Venezuela).
Otro ejemplo sirve para ilustrar este fenómeno. Durante el ciclo de expansión de la economía mundial más importante de la historia (2003-2007) fue la Argentina la que más inflación reflejó si se la compara con economías avanzadas, Estados Unidos, la zona del euro, Japón y China.
Leer más...

Acelerar el gasto vs. frenar la inflación. Por Néstor Scibona

(Publicado en La Nación del 11 de abril de 2010. Suplemento Económico)
Faltan todavía 16 largos meses para las internas obligatorias que definirán las candidaturas presidenciales de 2011 y tanto el oficialismo como la oposición enfrentan el mismo dilema. Nadie quiere mostrarse anticipadamente como candidato, para evitar el desgaste que supone el implacable clima de confrontación política. La excepción en el PJ es Eduardo Duhalde, pero aún comparte, por encima de Néstor Kirchner, los últimos puestos de imagen positiva en las encuestas de opinión pública. La ubicación de ambos de la mitad de tabla para abajo se asemeja a la de River y Boca en el actual campeonato de fútbol. Unicamente Cristina Kirchner está en una posición aún más desfavorable.
La falta de un referente detrás de quien encolumnarse por ahora no parece inquietar demasiado a gobernadores, intendentes, legisladores y sindicalistas del justicialismo. Prácticos como de costumbre razonan que, pese a todo, Néstor Kirchner sigue siendo el dueño de la abultada chequera del gasto público. Y hoy por hoy, esto les interesa mucho más que las difusas encuestas de intención de voto. Ya tendrán tiempo para realinearse, si hiciera falta, detrás de éstos o de otro candidato partidario con más chances ganadoras en 2011. Algunos con más énfasis que otros suelen repetir una premisa cara al PJ: las lealtades se acompañan sólo hasta la puerta del cementerio.
Mientras tanto, buena parte de los 17 mandatarios oficialistas y semioficialistas que compartieron con CFK el primer almuerzo de gobernadores se fueron de Olivos con la certeza de que la Casa Rosada los abastecerá de fondos suficientes para pagar aumentos salariales, terminar obras públicas y refinanciar deudas con la Nación. En otras palabras, que no sufrirán apremios fiscales hasta fin de año si no sacan los pies del plato.
De ahí que la mayoría haya mostrado escaso o nulo entusiasmo con la propuesta de tornar más equitativa la coparticipación del impuesto al cheque, promovida por el heterogéneo arco opositor para poner en aprietos al kirchnerismo. Descuentan que si esa ley fuera sancionada finalmente por el Congreso, la Presidenta habrá de vetarla, pero, para atenuar el costo político, la acompañará con la promesa de una eliminación o reducción gradual del gravamen a partir de 2011. Algunas ideas que se barajan en el oficialismo pasan por bajar alícuotas y computar parte de los pagos a cuenta del impuesto a las Ganancias, aunque nadie ha dicho claramente cómo habrán de compensarse los ingresos fiscales que resignaría la Casa Rosada por este impuesto, que aporta 24.000 millones de pesos anuales; o sea, el equivalente a otro Fondo de Desendeudamiento.
La otra zanahoria ofrecida a los gobernadores aliados tiene fecha de lanzamiento y marketing político ad hoc , pero por ahora poco contenido. En la última semana de abril, se constituiría la comisión para reformar el régimen de coparticipación federal de impuestos que, en realidad, poco podrá reformar si se tiene en cuenta que cualquier cambio debería ser convalidado por las 24 legislaturas provinciales en un año preelectoral. Aquí, la idea sería constituir el denominado Fondo de Equidad Social (FES) con una proporción aún indefinida de los excedentes de recaudación impositiva nacional, que siempre son subestimados en la ley de presupuesto. Si hubiera acuerdo sobre el monto, el FES se redistribuiría automáticamente entre las provincias en función de los actuales porcentajes de coparticipación. Algo así como un Fondo Sojero Bis, que gobernadores e intendentes recibirán en plena campaña electoral. Meses de prueba
Con este panorama por delante, el matrimonio Kirchner no tendría demasiados escollos para seguir bombeando el gasto público y la demanda interna como lo ha hecho en los últimos meses. Tiempo atrás Néstor Kirchner dijo que su objetivo es que el PBI crezca 7% este año para mejorar las chances electorales del oficialismo. El comportamiento de la actividad económica en los últimos tres trimestres no estuvo demasiado lejos de esa meta. Hasta los economistas más escépticos pronostican que el crecimiento de 2010 podría ubicarse entre 5 y 6 por ciento.
La contracara de esta recuperación a marcha forzada de la economía es en una inflación en escalones más altos y que el Gobierno niega como si estuviera en otro país. Si bien el ritmo de suba en los precios de los alimentos se ha moderado en la última semana, ahora se producen ajustes en otros rubros que recogen las fuertes alzas del primer trimestre y elevan a 25% anual el piso de aumento de precios al consumidor, independientemente de lo que vaya a informar esta semana el Indec.
A diferencia de años anteriores, la expansión del gasto público (que en el primer trimestre promedió el 35% frente a una suba del 25% en la recaudación) tiene esta vez mucho más incidencia inflacionaria. Desapareció el superávit fiscal; no hay margen para subir impuestos ni retenciones y el Gobierno recurrió a todas las cajas disponibles para financiarla. Ahora les toca el turno a las reservas del Banco Central transferidas al Tesoro y no se descarta que aproveche el canje para colocar deuda voluntaria.
Un cálculo del Estudio Broda estima que si el gasto público creciera 30% este año, las necesidades financieras (netas de refinanciaciones dentro del sector público) serían de 67.000 millones de pesos (frente a 52.000 millones en 2009 y 15.300 millones en 2008). Pero si se el gasto se elevara 35% treparían a 79.000 millones y si lo hace al 42% llegarían a casi 96.000 millones. Esta última hipótesis tiene un antecedente: en los nueve meses previos a las elecciones presidenciales de 2007, el gasto había crecido 49% interanual. Se trata de una receta conocida para el kirchnerismo, aunque en este caso buena parte del financiamiento recaerá en una mayor emisión monetaria del BCRA.
Para buena parte de los políticos oficialistas y la mayoría de los sindicalistas, la inflación más alta no sería un problema serio, porque podría contrarrestarse con ajustes salariales superiores al 20%, que crean la falsa ilusión de que con más plata en los bolsillos es posible ganarle a la inflación. Pero es un drama para la legión de trabajadores en negro, jubilados, cuentapropistas, desocupados y beneficiarios de planes sociales, que ven deteriorar sus ingresos reales mes tras mes.
Tampoco el cuadro es tranquilizante para muchos empresarios, sobre todo desde que el discurso oficial apunta a culparlos con exclusividad por la suba de precios y amenaza con movilizar a la dupla Guillermo Moreno-Hugo Moyano para vigilarlos. Este factor de desconfianza neutraliza además la hipótesis oficial de que con más inversión para aumentar la oferta y crédito a tasas negativas será posible contener las presiones y las expectativas inflacionarias.
En los próximos meses, el kirchnerismo deberá probar hasta qué punto la táctica de subir el gasto por encima de lo que crecen los recursos y estimular la demanda por encima del crecimiento de la oferta, puede ser redituable políticamente frente a una inflación cada vez más difícil de manejar por las distorsiones socioeconómicas que acarrea. Sus aliados están a la expectativa para saber si siguen alineados o no. Sus opositores también, aunque encuentren cada vez más estrecho el margen para apelar a la racionalidad económica.
Leer más...