lunes, 30 de agosto de 2010

Argentina en la economía global. Por Domingo Cavallo. Nota II


Durante los últimos ocho años de la década que está finalizando, el proceso de globalización significó para la Argentina una muy fuerte demanda para sus productos de exportación, lo que permitió que su economía se pudiera recuperar de la fuerte recesión del período 1998-2002. Esta recuperación no habría sido posible si Argentina no hubiera llegado muy bien preparada por el lado de su capacidad productiva.
La inversión elevada y eficiente de los años 90 permitió un fuerte aumento de la productividad tanto en la agricultura como en las actividades de la industria manufacturera. Las inversiones en energía, transportes y comunicaciones removieron los cuellos de botella que hacia fines de los 80s habían restringido grandemente la producción y deteriorado los niveles de productividad.


Las inversiones en agricultura y en las industrias proveedoras de insumos y elaboradoras de sus productos permitieron la introducción de cambios tecnológicos que produjeron un importante aumento de los rendimientos y de la producción primaria y agroindustrial.
También en las industrias pesada y manufacturera, incluida la industria automotriz, se realizaron durante la década de los 90s inversiones modernizadoras que crearon la capacidad productiva que permitió atender la fuerte expansión de la demanda externa e interna de los últimos ocho años.
El elevado endeudamiento de empresas, familias y gobiernos locales que llevó a la crisis financiera de 2001 y la pesificación seguida de fuerte devaluación monetaria de 2002, si bien llevaron a que la economía argentina se quedara sin crédito a lo largo de la década, por varios años no constituyó en un factor inhibidor del aprovechamiento de la favorables condiciones externas. La falta de crédito fue reemplazada por la generación de ingresos internos en las actividades beneficiadas por el mejoramiento de los términos del intercambio externo y por el rezago con que los salarios y los precios de muchos insumos terminaron acompañando el aumento de los precios de venta de los productos. Pero este fenómeno está totalmente agotado y si la Argentina no recupera pronto el crédito, este factor se transformará en un fuerte hándicap para el crecimiento futuro de su economía.
Hacia el futuro la Argentina aparece mucho peor preparada para aprovechar las buenas perspectivas de la economía global que lo que lo estuvo para aprovechar las oportunidades que se abrieron desde 2003 en adelante. Las razones de este peor posicionamiento son varias.
En primer lugar ya se han agotado las reservas de capacidad productiva que se habían acumulado durante la década de los 90s. La falta de inversión, sumada a la muy baja eficiencia de la poca inversión que se realizó en los sectores de la energía está llevando a escasez de combustibles básicos (gas y petróleo) y de generación eléctrica. La infraestructura de transporte y el equipamiento en material rodante también se ha deteriorado. En la agricultura y en la industria manufacturera sólo ha existido inversión de mantenimiento y de expansión marginal de la capacidad productiva, pero no ha habido un proceso de creación de nueva capacidad productiva ni de incorporación masiva de tecnologías más avanzadas. En ganadería, como en los sectores de la energía hubo una clara disminución de la capacidad productiva que llevará varios años superar, aún con fuertes incentivos como los que aportan los precios actuales de la carne.
La apertura económica que en la década de los 90s preparó a la economía argentina para aprovechar la expansión de la economía global se fue revirtiendo a lo largo de la última década. Hoy la economía argentina tiene la típica política comercial externa de los países que aún confían en la estrategia de crecimiento basada en la sustitución de importaciones y en la fuerte protección a las actividades orientadas a satisfacer la demanda interna de bienes y servicios. Predominan las restricciones cuantitativas y arancelarias a las importaciones y también se aplican fuertes gravámenes, e incluso prohibiciones, a las exportaciones. Argentina, lejos de negociar más tratados de libre comercio bilaterales, como lo han hecho Chile, Perú, Colombia y México, entre otros, ha violado los acuerdos regionales con sus vecinos del Mercosur y se ha desentendido totalmente de cualquier contribución al avance de las negociaciones comerciales multilaterales. En este sentido la actitud de nuestro país contrasta desfavorablemente con la de Brasil, país que tampoco avanzó con negociaciones bilaterales, pero que tuvo una actitud muy activa de defender los arreglos regionales y bregar por la apertura de los mercados en el plano multilateral.
La política comercial hacia China, la economía emergente que claramente liderará el proceso de expansión global en las próximas décadas, ha sido particularmente equivocada. Argentina asumió una clara actitud defensiva, imponiendo fuertes restricciones a la importación de productos chinos en los que esa economía tiene claras ventajas comparativas. Como consecuencia de ello China ha retaliado con restricciones a la importación de aceites vegetales. Nuestra política comercial externa en relación al gigante asiático ha sido opuesta a la de Chile. El país trasandino fue el primero en negociar un tratado bilateral de libre comercio con China y ha logrado que aquel gran mercado esté plenamente abierto a sus exportaciones. Muchos países están tratando de imitar la estrategia chilena en relación a la economía china. Nosotros hacemos exactamente lo opuesto.
En la economía global del futuro, el comercio entre los países emergentes será crecientemente más importante que entre ellos y el mundo desarrollado, salvo en el rubro de las nuevas tecnologías y los servicios intensivos en conocimiento. Las economías emergentes, en la competencia entre ellas, no podrán hacer valer fuertes diferencias en los niveles de remuneración al trabajo no calificado, porque casi todas ellas tienen fuertes “ejércitos de reservas” en sus sectores tradicionales o en sus respectivas economías informales. Será crucial el nivel de productividad de los factores de la producción que alcancen cada una, como complemento a las ventajas comparativas que se deriven de sus respectivos recursos naturales y del aprovechamiento que cada una de esas economías sea capaz de hacer de sus recursos humanos más calificados. Lamentablemente, en esta carrera competitiva, las políticas de la última década también están poniendo a nuestra economía en una situación muy desfavorable.
Argentina está perdiendo rápidamente competitividad, no por apreciación artificial de su moneda sino por falta de inversión modernizadora de los procesos productivos, por distorsiones en la estructura de precios relativos y por crecientes ineficiencias en los servicios de infraestructura. Muchos de los recursos humanos más capacitados, en particular aquellos jóvenes, con capacidad organizativa y generadores de nuevos negocios, buscan oportunidades en el exterior porque el clima de inseguridad jurídica y la incertidumbre sobre las reglas de juego futuras desalientan los emprendimientos que podrían llevar a cabo en el país.
La inseguridad jurídica y la incertidumbre sobre las reglas de juego del futuro tienen su manifestación más elocuente en el proceso inflacionario. En un mundo en el que la inflación ha prácticamente desaparecido, que Argentina sufra una inflación anual del 25 al 30 % aún cuando mantiene congelados y subsidiados muchos precios de bienes y servicios públicos es una suerte de preanuncio de cambios futuros en las políticas monetarias y fiscales, que, aún cuando estuvieran bien direccionados, impondrán costos económicos y sociales que los poderes corporativos tratarán de hacer soportar a los sectores menos organizados de la sociedad. Es prácticamente imposible predecir cuánto tiempo (y con qué distribución de costos y beneficios) demandará un proceso exitoso de reestablecimiento de la estabilidad monetaria y de precios.
La inseguridad jurídica y la incertidumbre sobre las reglas de juego futuro explican que Argentina haya quedado muy rezagada, en comparación con sus vecinos en materia de inversión extranjera directa y que la acumulación de ahorros de los argentinos, en la última década, se haya producido predominantemente en el exterior. Sin inversión extranjera directa y sin retorno de los ahorros argentinos que están en el exterior, será imposible financiar la inversión eficiente que demandaría un aprovechamiento eficiente de las oportunidades que ofrecerá la economía global en las próximas décadas.
La economía global seguirá en expansión, como lo estuvo durante la primera década de los 2000, pero, lamentablemente, Argentina está ahora mal preparada para insertarse con eficacia en esta economía global cuya expansión estará motorizada por las economías emergentes más que por el mundo desarrollado. En este sentido la herencia de los 2000 será mucho menos favorable al aprovechamiento de la bonanza global que lo que fue la herencia de los 90s.
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Argentina en la economía global. Por Domingo Cavallo - Nota I


En esta primera nota voy a tratar de responder a la siguiente pregunta ¿Cómo evolucionará la economía global en las próximas décadas?
Hay gente que piensa que la crisis global que arrancó con el colapso del mercado de las hipotecas “sub-prime” en los EEUU, en el verano boreal de 2007, significa que el proceso de globalización de la economía se está agotando. En mi opinión, están equivocados. El proceso de globalización, lejos de debilitarse, está saliendo fortalecido.


Lo que ha quedado debilitado es el crecimiento económico en las economías más desarrolladas porque se combinan dos tipos de problemas: uno financiero y uno real. El financiero es que muchas familias y empresas y, crecientemente, muchos gobiernos nacionales y locales, se han sobre-endeudado o están en proceso de encontrar fuertes límites a la posibilidad de seguir financiando déficits con endeudamiento.
El problema real es que, como productores de bienes y servicios, enfrentan competencia creciente de la producción originada en las economías emergentes y no pueden sostener el elevado nivel de ingresos que alcanzaron sus trabajadores ni los onerosos sistemas de seguridad social que crearon en las épocas de bonanza.
El problema financiero tardará en resolverse, pero será superado, porque los países desarrollados, en última instancia podrán saldar sus deudas con emisión monetaria: emisión de dólares, emisión de euros o emisión de yenes. En el proceso seguirá habiendo quiebras de algunos intermediarios financieros, las tasas de interés manejadas por los bancos centrales seguirán siendo bajas por mucho tiempo y, eventualmente, habrá inflación moderada, 4 o 5 % anual, que producirá tasas de interés negativas y licuará gradualmente las deudas.
El problema real se superará por emigración de trabajadores, por avances científicos y tecnológicos originados en sus universidades, centros de investigación y departamentos de investigación y desarrollo de sus empresas y por los servicios de administración de empresas tecnológicas que difundan sus avances en todos los rincones del mundo.
Muchos de los trabajadores de los países en desarrollo que en el pasado emigraron desde sus países a Europa o a los Estados Unidos, regresarán a sus lugares de origen o rumbearán hacia otros países en proceso de desarrollo que demanden su experiencia y sus servicios. Incluso muchos jóvenes emprendedores y bien entrenados en las universidades americanas y europeas buscarán nuevos horizontes en los países en desarrollo que ofrezcan buenas oportunidades de empleo calificado. Se dará, en fin, un proceso migratorio muy diferente al que predominó en las cuatro o cinco últimas décadas.
En los Estados Unidos y en Europa se intensificará la actividad universitaria de alto nivel, contarán con más recursos sus centros de investigación y las empresas invertirán cada vez más en investigación y desarrollo, así como en la prestación de servicios de alta calidad, particularmente relacionados con el cuidado de la salud y la tercera edad. El ingreso real de quienes trabajen en estas actividades irá mejorando, no sólo en términos relativos frente al ingreso real de quienes continúen trabajando en sectores más tradicionales con menos ingrediente de conocimiento y más competencia externa, sino también en términos absolutos.
En cualquier caso, el ritmo de crecimiento de estas economías avanzadas será bastante más lento que lo que fue en el pasado y, es posible, que muestren síntomas de estancamiento por muchos años, tal como ocurrió con Japón desde 1990 en adelante. Sólo recuperarán un ritmo mayor de crecimiento en la medida que los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos generados por sus universidades, centros de investigación y departamentos de investigación y desarrollo de sus empresas logren empujar significativamente la frontera tecnológica para la economía global. Allí reside su única ventaja comparativa frente a una gran cantidad de países emergentes que están aprendiendo a utilizar las tecnologías disponibles para aprovechar cada vez más eficientemente sus recursos humanos y materiales y que cuentan con los ahorros necesarios para financiar altos niveles de inversión modernizadora de sus economías nacionales.
A pesar de esta tendencia al estancamiento de las economías avanzadas, la economía global seguirá creciendo a un ritmo no muy diferente al de la última década porque el rápido crecimiento de China y los tigres asiáticos se irá observando también en la mayor parte de las economías emergentes de América Latina, Asia, Europa Oriental y África. Este crecimiento no será liderado ni por la sustitución de importaciones ni por la promoción artificial de sus exportaciones sino por el proceso de inversión e incorporación de tecnología que permitirá importantes aumentos de productividad y del empleo para satisfacer las crecientes demandas internas de las respectivas economías.
El comercio externo entre las economías en desarrollo aumentará mucho como consecuencia de la necesidad de aprovisionamiento eficiente de insumos y partes y también por las ganancias para los consumidores que se derivarán de la competencia no sólo interna sino también internacional. Como el motor más importante del crecimiento del comercio será la economía china y ésta comenzó a expandirse cuando decidió abrirse al mundo y aprovechar la tecnología disponible en el mundo desarrollado, su política comercial externa apuntará a negociar bilateralmente y, eventualmente, en forma multilateral, un comercio internacional cada vez más libre de trabas cuantitativas y arancelarias.
Los países pequeños y medianos que opten por encerrarse sobre sí mismos se verán perjudicados porque perderán acceso a los mercados más dinámicos. Por eso sostengo que prevalecerán las estrategias nacionales de desarrollo basadas en la inversión eficiente y la incorporación de tecnologías avanzadas y no en la sustitución de importaciones o en la promoción artificial de exportaciones. La clave para el crecimiento será disponer de fuentes de financiamiento para esta inversión eficiente. Los países con baja tasa de ahorro interno deberán hacerse elegibles para la entrada de ahorros procedentes del exterior.
La disminución de oportunidades de aplicación de los recursos financieros que los bancos y fondos de inversión encontrarán en los países desarrollados debido al menor dinamismo de su economías y al elevado endeudamiento de sus familias, empresas y gobiernos, impulsará a los intermediarios financieros globales a buscar oportunidades de aplicación de sus fondos en el mundo en desarrollo. Los países que creen un buen clima de negocios y provean seguridad jurídica a los capitales que se inviertan en sus respectivas economías no tendrán dificultades para financiar altas tasas de inversión.
Los mercados de bienes y servicios de los países desarrollados tendrán poca expansión, pero el comercio entre estos y los países en desarrollo continuará aumentando a partir de la exportación de servicios tecnológicos intensivos en conocimiento, desde los países avanzados, e importación de manufacturas y servicios intensivos en mano de obra, procedente de los países en desarrollo. Se intensificará la prestación de servicios financieros y de mercado de capitales desde las economías financieramente más sofisticadas hacia las economías emergentes, en particular hacia aquellas que se mantengan financieramente abiertas y consigan estabilidad monetaria y seguridad jurídica.
En mi próxima nota voy a tratar de responder a la siguiente pregunta ¿Cómo se prepara Argentina para esta próxima etapa de la economía global?

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sábado, 28 de agosto de 2010

Una recuperación inexistente. Por Paul Krugman


(Publicado en La Nación. Sábado 28 de agosto de 2010)

¿Qué iba a decir Ben Bernanke, director de la Reserva Federal, en su gran discurso en Jackson Hole, Wyoming? ¿Acaso aludir a nuevas medidas destinadas a alentar la economía?
Lo que dijo es que se mantiene la recuperación económica, aunque está "lejos de haber terminado". Desafortunadamente, eso no es verdad: esto no es una recuperación, en ningún sentido importante. Y los políticos deberían estar haciendo todo lo posible para cambiar esa situación.
El pequeñísimo fragmento de verdad existente en la afirmación de que vivimos una recuperación es el hecho de que el PBI aún sigue aumentando: no estamos en una recesión clásica, donde todo baja. ¿Y qué?


La pregunta importante es si el crecimiento es suficientemente rápido como para reducir un índice de desempleo que está por las nubes. Necesitamos un crecimiento del 2,5% tan sólo para impedir que el desempleo aumente, y un crecimiento mucho más rápido para lograr que se reduzca significativamente. Sin embargo, el crecimiento se mantiene en la actualidad entre el 1 y el 2%, con buenas probabilidades de hacerse aún más lento durante los próximos meses. ¿Verdaderamente la economía sufrirá una recaída en la recesión, con reducción del PBI? ¿A quién le importa? Si el desempleo aumenta durante el resto del año, cosa que parece probable, no importará si las cifras del PBI son levemente positivas o levemente negativas.
Todo esto es obvio. Sin embargo, los políticos lo niegan.
Después de su última reunión sobre política monetaria, la Reserva Federal emitió una declaración en la que afirmaba que "prevé un retorno gradual a niveles más altos de utilización de recursos", jerga de la Fed para referirse a la reducción del desempleo.
Mientras tanto, Tim Geithner, secretario del Tesoro, dice que estamos en el "camino de la recuperación". No, no estamos. ¿Por qué la gente que sabe más y mejor se la pasa edulcorando la realidad económica? La respuesta, lamento decirlo, es que todos tratan de evadir la responsabilidad.
En el caso de la Fed, admitir que la economía no se está recuperando pondría a la institución bajo presión para hacer más de lo que ha hecho. Y hasta ahora, al menos, la Fed parece tener más miedo de quedar mal parada si presta ayuda a la economía que de los costos que tendrá que pagar el pueblo estadounidense si no hace nada, y prefiere hablar de una recuperación que no existe.
En el caso de la administración Obama, los funcionarios aparentemente detestan admitir que el estímulo original era demasiado pequeño. Es cierto, bastó para limitar la profundidad de la crisis, pero no fue suficientemente grande como para reducir significativamente el índice de desempleo.
¿Qué deberían estar haciendo los funcionarios, además de decir la verdad sobre la economía?
La Reserva Federal tiene una cantidad de opciones. Puede comprar más deuda a largo plazo y privada; puede bajar las tasas a largo plazo y anunciar su intención de mantener bajas las tasas a corto plazo; puede subir su objetivo a mediano plazo para la inflación, para lograr que a las empresas les resultara menos atractiva la idea de retener tranquilamente su dinero en efectivo.
La administración tiene menos libertad de acción, ya que no puede conseguir que las leyes pasen el bloqueo republicano. Pero aún tiene opciones. Puede renovar su nada exitoso intento de ayudar a los propietarios en problemas. Puede usar a Fannie Mae y Fredie Mae, las entidades crediticias patrocinadas por el gobierno, para articular un refinanciamiento de hipotecas que ponga dinero en manos de las familias estadounidenses? Sí, los republicanos aullarán, pero de todas maneras eso es lo que están haciendo. Finalmente, puede enfrentar en serio a China por su manipulación monetaria.
¿Cuál de todas estas opciones deben elegir los funcionarios? De ser por mí, todas ellas.
Sé lo que dirán algunos, tanto en la Fed como en la administración: nos advertirán sobre los riesgos de hacer cualquier cosa no convencional. Pero ya hemos visto cuáles son las consecuencias de apostar a lo seguro y esperar que la recuperación se produzca por sí misma: nos ha situado en lo que parece cada vez más un estado de estancamiento permanente y de elevado desempleo. Es hora de admitir que lo que tenemos no es una recuperación, y de hacer lo posible por cambiar esa situación.
Traducción de Mirta Rosenberg

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sábado, 14 de agosto de 2010

Una economía fantasiosa. Por Juan J. LLach


Parecería que nada más debería pedirle la política a la economía. El PBI crecerá 7,5%, el clima llevó la cosecha de granos cerca del máximo histórico, muchas industrias producen como nunca, el consumo vuela, proliferan los nuevos propietarios de autos, electrodomésticos y computadoras, y la recaudación bate récords y baja el riesgo país.


Inciden en este buen desempeño decisiones del Gobierno como el canje de la deuda y la asignación por hijo, la mejor política social en mucho tiempo, inexplicablemente lejos de ser universal. Otros datos son menos rutilantes. El desempleo baja, pero el empleo aumenta todavía lentamente. Las exportaciones crecen sólo la mitad que las importaciones, y el superávit fiscal se ha transformado en déficit. Aunque las autoridades lo soslayen, esta bonanza debe mucho al retorno del mismo viento de cola que empujó la economía desde 2002 hasta la crisis de 2008, con una fuerza no vista desde la década del 20, en el siglo pasado, por el vigoroso crecimiento de los países emergentes, que atravesaron airosamente la crisis y aumentan su demanda de alimentos y otros bienes básicos producidos por todas las provincias argentinas.
La más sonora nota discordante la da la inflación, que llegará este año a 25%, la segunda entre las más altas del mundo luego de Venezuela. El Gobierno sigue desechando la opción más lógica de hacer un programa de estabilización porque se niega a admitir las falsedades del Indec, aunque tal vez intentará en 2011 algún programa cosmético de cara a las elecciones. Otra alternativa era seguir como hasta ahora, usando al tipo de cambio como ancla, cumpliendo el programa monetario y desacelerando un poco el gasto fiscal. Ambas permitirían reducir gradualmente la inflación, consiguiendo idénticos resultados en los ingresos y gastos reales con menores aumentos nominales. En cambio, con las decisiones recientes de aumentar las jubilaciones, la asignación por hijo y el salario mínimo sin programa estabilizador se insinúa una peligrosa indexación de la economía. Es indudable la justicia y la legalidad de estos aumentos. Pero uno de los dramas de la inflación es, precisamente, la necesidad de aumentarla para hacer una justicia que ella misma se encargará de hacer efímera, como ocurre ahora mismo con las jubilaciones.
La inflación se nota y aparece día tras día. Hay muchos otros problemas, en cambio, que permanecen ocultos, pero que también amenazan seriamente la sostenibilidad del crecimiento argentino. Ellos son la contracara fantasiosa, la opuesta a las maravillas de esta economía fantástica. Comenzando por la producción, la demanda mundial, pero también las políticas agropecuarias están llevando a una sojización que degrada los suelos. Nos consumimos diez millones de cabezas de ganado en pocos años, y su naciente reposición será lenta y muy costosa. En esta década, se han reducido sustancialmente las reservas de petróleo de 488 a 380 millones de metros cúbicos, y las de gas de 777 a 350 millones. Pese a indudables logros, también la industria manufacturera, nave insignia del modelo, muestra escasísimas nuevas plantas grandes, aunque sí mucho mantenimiento y ampliaciones, junto al bienvenido crecimiento de muchas pymes. Ha habido algunas inversiones de porte en la industria automotriz, clave del crecimiento manufacturero de esta década, pero ello no ha impedido seguir aumentando su déficit comercial, que superará este año los 5000 millones de dólares. Las exportaciones en volumen físico han crecido desde 2001 un 4,5% anual, menos que el 7,5% de la década anterior y, aunque sorprenda, las exportaciones de manufacturas industriales crecieron 8,9% anual, también menos que el 9,5% de la anterior.
Todos estos son sólo algunos de los indicios que muestran que, pese a los discursos, poco se ha progresado en esta década para lograr una estructura productiva diversificada y centrada en el valor agregado y el conocimiento. No es sorprendente, porque el país carece todavía de una genuina estrategia de desarrollo -carencia que viene de muy lejos- pese a las erráticas cataratas de anuncios ceremoniales muchas veces incumplidos.
Parejas carencias estratégicas se observan en materia de infraestructura. Se cifraron con el siglo demasiadas esperanzas en el tipo de cambio alto, elemento importante pero insuficiente, casi sin atender la construcción de competitividad basada en instituciones y en inversiones de calidad. Se ha abandonado el discurso del tipo de cambio alto, el superávit externo está en retroceso y el primer trimestre de este año la cuenta corriente externa ha mostrado déficit por primera vez desde 2001. El sistema financiero y el mercado de capitales ya eran pequeños, pero se han achicado aún más y no hay instrumentos para ahorrar o tomar créditos a mediano o largo plazo. La inversión de los particulares argentinos en el exterior, llamada fuga de capitales, aumentó en esta década de 81.900 a 134.200 millones de dólares y la proyección inversora de las empresas argentinas ha sido exigua, aumentando sólo de 13.300 a 20.600 millones. Los números de la inversión extranjera en el país no son mejores y Perú está a punto de desplazarnos al sexto lugar en América latina. La inversión total recuperará este año lo perdido en 2009, pero su nivel es claramente insuficiente para sostener el actual ritmo de crecimiento, basado como está, en buena medida, en el consumo de capital, en la alta inflación y en distorsiones de precios como los de la energía y el tipo de cambio.
En materia fiscal, encontramos una virtual destrucción de la carrera de la función pública que había empezado a construirse; la reaparición del déficit y muchas ineficiencias en la prestación estatal de servicios públicos; una clara caída de la moral tributaria media a partir de la suspensión de las penas a quienes se acogieron a la moratoria. Diversas reformas previsionales han cargado con gravosas deudas a las generaciones futuras y la estatización de las AFJP se presentó engañosamente como una opción entre sector público y privado, cuando el verdadero dilema era entre un sistema de reparto, por el que se optó, o un más previsor sistema de capitalización, que bien podría haber sido estatal. El nivel del gasto público como proporción del PIB se encuentra en un valor récord cercano al 44%, y para financiarlo se recurre al impuesto inflacionario y al desplazamiento del crédito al sector privado. Hay, sí, un dato claramente positivo y es la reducción del peso de la deuda pública, que hacia fin de año se ubicará alrededor de un 43% del PIB y en valores aun menores si no se considera a los acreedores del propio sector público.
Ocurre pues que, como tantas otras veces en el pasado, el crecimiento del país no es sostenible y se basa en hipotecar parte importante del bienestar de las generaciones futuras. No obstante, la Argentina cumplirá en 2010 nueve años sin un derrumbe macroeconómico, acercándose al récord de 1963 a 1974, y esto es muy bueno para el país, para la democracia y para los más pobres, siempre los que más sufren esas catástrofes. El marco mundial favorable centrado en los países emergentes puede durar aún un par de décadas, por lo que habrá nuevas oportunidades de lograr un desarrollo integral y sostenible sin pasar necesariamente por un nuevo trauma.
Por ello es difícil que la campaña electoral de 2011 esté centrada en el problema económico, salvo en el caso de la inflación, que sí será protagonista. En parte será así porque las generaciones futuras no votan o no tienen información completa sobre los costos que les acarrearán las actuales políticas. Por ejemplo, los más jóvenes no han vivido los dramas nacionales con la inflación. Ante un Gobierno que esgrimirá sólo la cara complaciente de esta economía fantástica, la oposición se las deberá ingeniar para mostrar que es posible un futuro verdaderamente mejor en lo económico, pero también en lo político y en lo social.

El autor es economista y sociólogo. Fue ministro de Educación de la Nación
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domingo, 11 de julio de 2010

Pulseadas en el palacio global. Por Juan José LLach


Rara vez se hicieron tantos esfuerzos por "marcar la cancha" como en los días previos al encuentro de jefes de Estado del G20 en Toronto, el pasado fin de semana. Se evidenció el choque entre dos culturas económicas. La norteamericana, que privilegia el combate a la recesión por la memoria de la Gran Depresión, y la europea, que teme más a la inflación por el recuerdo de las hiperinflaciones de posguerra. El presidente Obama escribió a sus pares del G20 que era necesario volver a coordinar políticas globales y mantener los estímulos para reforzar la recuperación, dejando para el mediano plazo la reducción de los déficits fiscales. Economistas como Krugman también advirtieron el riesgo de una trampa deflacionaria si se quitan los estímulos. La canciller Merkel respondió defendiendo los ajustes presupuestarios europeos como el mejor camino para generar confianza e inducir más gasto, y también el modelo exportador alemán, desechando así un mayor impulso a la demanda interna.


Sobrevuelan los pájaros agoreros de los EEUU en 1937 y de Japón en los noventa, cuando se recayó en la recesión al cesar los estímulos fiscales. El FMI se pronunció algo más a favor de los EEUU, y estimó junto al Banco Mundial que con coordinación más reformas el PIB global aumentaría 8% más, se crearían 52 millones de empleos y casi 100 millones de personas saldrían de la pobreza. China hizo su parte, y anunció al fin formalmente la flotación administrada del yuan, sin que deba esperarse una rápida apreciación de su moneda. Pero huelgas inéditas mediante, lanzó también una campaña incitando al pueblo a consumir, claro indicio del mayor papel que se dará en Asia al mercado interno de aquí en más, gran noticia para toda Sudamérica.
Por cuerda separada, en la crucial cuestión de una nueva regulación financiera globalmente coordinada, EEUU llegó a Toronto con un acuerdo que se aprobará en el Congreso sobre una reforma que moderará excesos en la toma de riesgos, limitará las compensaciones a los ejecutivos bancarios, brindará mayor protección a los consumidores, dará más transparencia a los mercados de derivados, buscará alternativas para el problema de "demasiado grande para quebrar" y asegurará que al menos parte de los costos de las bancarrotas no sean pagados por los contribuyentes. Mucho más limitadamente, Europa anunció que publicará los resultados de las pruebas de fortaleza de sus bancos, las que deberán incluir la evaluación de los riesgos soberanos, pero no hizo aun concesiones sobre capitales mínimos, paraísos fiscales, fondos de cobertura y calificadoras de riesgo. Hay una sorda pero clara guerra por el negocio bancario entre Europa y los EEUU.
En un contexto como el descrito el comunicado final no podía ser sino diplomático. Su síntesis es "consolidación fiscal -nuevo nombre del ajuste- afín al crecimiento". EEUU y los keynesianos encontrarán aquí y allá párrafos a su gusto sobre la necesidad de continuar con los programas de estímulo, crear condiciones para una robusta demanda interna y reducir la dependencia de la demanda externa en los países superavitarios, claro mensaje a Alemania y China. Los ortodoxos y los europeos -sobre todo los alemanes- subrayarán los párrafos que exhortan a programas fiscales a medida para cada país y llaman a reducir a la mitad los déficits fiscales para el 2013 y a estabilizar o disminuir la relación deuda/PIB para 2016. En la cuestión financiera se reconoció que falta mucho por hacer, algo obvio, reiterando la larga lista de deberes antes mencionada al respecto de la fase preparatoria. Fue más relevante el compromiso de no imponer nuevas barreras al comercio -advertencia clara para la Argentina y otros países- ni medidas de promoción de exportaciones incompatibles con la OMC hasta 2013, llamándose en cambio más vagamente a finalizar la fonda Doha "tan pronto como sea posible". Por último, se decidió aumentar en 350 mil millones de dólares el capital de los bancos de desarrollo, lo que en el caso del BID permitirá llevar la cartera de préstamos anuales desde 6.700 a 12.000 millones de dólares, una buena noticia.
Un grande y peligroso experimento global se ha puesto así en marcha, el de seguir apostando por la globalización económica y aun financiera sin suficientes regulaciones mundiales comunes ni menos aun con una autoridad capaz de hacer cumplir las obligaciones. No es el mejor escenario, y debe recordarse que la salida de la peor crisis global desde 1929 se inició en abril de 2009, después de la reunión del G20 en Londres, cuando se dieron claras señales de coordinación de las políticas fiscales y monetarias más el mensaje de que se haría todo lo necesario para evitar los defaults soberanos y las quiebras de bancos, hasta nuevo aviso. Nada semejante ocurrió ahora. Claramente no era fácil, porque las urgencias no son las mismas de entonces y aprietan de modo diferente a unos y otros. Las garantías siguen de algún modo en pie, pero más discrecionales, como se mostró en las vacilaciones sobre Grecia y otros países. La mayor laxitud de los EEUU es posible porque, como se vio claramente a lo largo de esta crisis, su moneda sigue siendo, y por lejos, la de mayor demanda global. Esto les permite conservar el recurso de una emisión no inflacionaria de dinero si las cosas se agravaran. Europa está en situación distinta, ya que la demanda de euros ha caído claramente y, como se vio con la crisis griega, aun los bonos de países europeos importantes pueden sufrir el castigo de los mercados. Pero también es cierto que moderadas señales del Banco Europeo de mayor distensión monetaria podrían dar lugar a un poco más de inflación allí, para hacer más llevadera la reducción de los déficit, y también para afianzar la competitividad buscada en la reciente visión Europa 2020, documento que marca una fuerte apuesta al acceso a la sociedad del conocimiento, apuntando a invertir al 3% el PIB en ciencia y tecnología.
Como contracara de tantos desatinos al fin se ha "oficializado" el nuevo y decisivo rol de los países emergentes. Trichet les reconoce haber sido la fuente de fortaleza de la economía global y Ben Bernanke dice que ella dependerá cada vez más de los emergentes para mantener un crecimiento fuerte y lograr estabilidad económica y financiera. Aunque ellos no son inmunes a tantos desacuerdos empieza a perfilarse un nuevo escenario en el que Europa crezca poco pero el restante 80% de la economía global pueda compensarlo, cumpliéndose así los pronósticos coincidentes del FMI y la OECD de un crecimiento mundial mayor al 4% en 2010 y 2011. Ayudará a la continuidad de la recuperación el hecho de que los desequilibrios de balances de pagos se estén reduciendo, dado que ellos fueron los generadores de la excesiva liquidez que dio lugar a los excesos financieros depredadores, sobre todo por el exceso de gasto de los EEUU y el exceso de ahorros de los petroleros y los asiáticos, con China a la cabeza. Pero esta mejora se ha producido hasta ahora más bien por la vía negativa de una reducción del comercio, por lo que los desequilibrios pueden volver a aumentar si se afianza la recuperación. El camino no estará exento pues de turbulencias, aun fuertes, porque con bajo crecimiento aumentan los riesgos de contagios fiscales y financieros en Europa y de allí al mundo. Alienta que el propio Nouriel Roubini haya cambiado de opinión, dejando de lado el pronóstico de una recaída de la economía global y previendo en cambio una desaceleración en el segundo semestre, lo que sería lógico porque el mundo ha estado creciendo al 5%, una tasa probablemente insostenible sin riesgos de burbujas. Puede mantenerse así un moderado optimismo sobre la economía global, y claramente mayor para los países emergentes, los socios estratégicos de la Argentina. Pero cuanto mejor estaríamos hoy de haberse mostrado mayores y más acertados consensos en la cumbre que acaba de finalizar.
RARA vez se hicieron tantos esfuerzos por "marcar la cancha" como en los días previos al encuentro de jefes de Estado del G-20 en Toronto, el pasado fin de semana. Se evidenció el choque entre dos culturas económicas. La norteamericana, que privilegia el combate a la recesión por la memoria de la Gran Depresión, y la europea, que teme más a la inflación, por el recuerdo de las hiperinflaciones de posguerra. El presidente Obama escribió a sus pares del G-20 que era necesario volver a coordinar políticas globales y mantener los estímulos para reforzar la recuperación, dejando para el mediano plazo la reducción de los déficits fiscales. Economistas como Paul Krugman también advirtieron sobre el riesgo de una trampa deflacionaria si se quitan los estímulos. La canciller Merkel respondió defendiendo los ajustes presupuestarios europeos como el mejor camino para generar confianza e inducir más gasto, y también el modelo exportador alemán, desechando así un mayor impulso a la demanda interna. Sobrevuelan los pájaros agoreros de los EE.UU. en 1937 y de Japón en los noventa, cuando se recayó en la recesión al cesar los estímulos fiscales. El FMI se pronunció algo más a favor de los EE.UU., y estimó, con el Banco Mundial, que con coordinación más reformas el PBI global aumentaría 8% más, se crearían 52 millones de empleos y casi 100 millones de personas saldrían de la pobreza. China hizo su parte y anunció al fin formalmente la flotación administrada del yuan, sin que deba esperarse una rápida apreciación de su moneda. Pero, huelgas inéditas mediante, lanzó también una campaña incitando al pueblo a consumir, claro indicio del mayor papel que se dará en Asia al mercado interno de aquí en más. Gran noticia para América del Sur.
Por cuerda separada, en la crucial cuestión de una nueva regulación financiera globalmente coordinada, Estados Unidos llegó a Toronto con un acuerdo, que se aprobará en el Congreso, sobre una reforma que moderará excesos en la toma de riesgos, limitará las compensaciones a los ejecutivos bancarios, brindará mayor protección a los consumidores, dará más transparencia a los mercados de derivados, buscará alternativas para el problema de "demasiado grande para quebrar" y asegurará que al menos parte de los costos de las bancarrotas no sean pagados por los contribuyentes.
Mucho más limitadamente, Europa anunció que publicará los resultados de las pruebas de fortaleza de sus bancos, que deberán incluir la evaluación de los riesgos soberanos, pero no hizo aún concesiones sobre capitales mínimos, paraísos fiscales, fondos de cobertura y calificadoras de riesgo. Hay una sorda pero clara guerra por el negocio bancario entre Europa y los Estados Unidos.
En un contexto como el descripto, el comunicado final no podía haber sido sino diplomático. Su síntesis es "consolidación fiscal -nuevo nombre del ajuste- afín con el crecimiento". EE.UU. y los keynesianos encontrarán aquí y allá párrafos a su gusto sobre la necesidad de continuar con los programas de estímulo, crear condiciones para una robusta demanda interna y reducir la dependencia de la demanda externa en los países superavitarios, claro mensaje a Alemania y China.
Los ortodoxos y los europeos -sobre todo, los alemanes- subrayarán los párrafos que exhortan a adoptar programas fiscales a medida para cada país y llaman a reducir a la mitad los déficits fiscales para 2013 y a estabilizar o disminuir la relación deuda-PBI para 2016. En la cuestión financiera se reconoció que falta mucho por hacer -algo obvio-, reiterando la larga lista de deberes antes mencionada al respecto de la fase preparatoria.
Fue más relevante el compromiso de no imponer nuevas barreras al comercio -advertencia clara para la Argentina y otros países- ni medidas de promoción de exportaciones incompatibles con la OMC hasta 2013. En cambio, se llamó más vagamente a finalizar la Ronda de Doha "tan pronto como sea posible". Por último, se decidió aumentar en 350.000 millones de dólares el capital de los bancos de desarrollo, lo que en el caso del BID permitirá llevar la cartera de préstamos anuales de 6700 a 12.000 millones de dólares, una buena noticia.
Un grande y peligroso experimento global se ha puesto, así, en marcha: el de seguir apostando por la globalización económica y aun financiera sin suficientes regulaciones mundiales comunes y, menos aún, con una autoridad capaz de hacer cumplir las obligaciones. No es el mejor escenario, y debe recordarse que la salida de la peor crisis global desde 1929 se inició en abril de 2009, después de la reunión del G-20 en Londres, cuando se dieron claras señales de coordinación de las políticas fiscales y monetarias, además del mensaje de que se haría todo lo necesario para evitar los defaults soberanos y las quiebras de bancos hasta nuevo aviso. Nada semejante ocurrió ahora. Claramente no era fácil, porque las urgencias no son las mismas de entonces y aprietan de modo diferente a unos y otros. Las garantías siguen, de algún modo, en pie, pero son más discrecionales, como se mostró en las vacilaciones sobre Grecia y otros países. La mayor laxitud de los EE.UU. es posible porque, como se vio claramente a lo largo de esta crisis, su moneda sigue siendo, y por lejos, la de mayor demanda global. Esto les permite conservar el recurso de una emisión no inflacionaria de dinero si las cosas se agravan. Europa está en situación distinta, ya que la demanda de euros ha caído claramente y, como se vio con la crisis griega, aun los bonos de países europeos importantes pueden sufrir el castigo de los mercados. Pero también es cierto que moderadas señales del Banco Europeo de mayor distensión monetaria podrían dar lugar a un poco más de inflación allí, para hacer más llevadera la reducción del déficit y también para afianzar la competitividad buscada en la reciente visión de Europa 2020, documento que marca una fuerte apuesta al acceso a la sociedad del conocimiento, apuntando a invertir el 3% del PBI en ciencia y tecnología.
Como contracara de tantos desatinos, al fin se ha "oficializado" el nuevo y decisivo papel de los países emergentes. Trichet, el presidente del Banco Central Europeo, les reconoce haber sido la fuente de fortaleza de la economía global, y Ben Bernanke dice que ella dependerá cada vez más de los emergentes para mantener un crecimiento fuerte y lograr estabilidad. Aunque ellos no son inmunes a tantos desacuerdos, empieza a perfilarse un nuevo escenario en el que Europa crezca poco, pero el restante 80% de la economía global pueda compensarla. Así se cumplirían los pronósticos coincidentes del FMI y la OCDE de un crecimiento mundial superior al 4% en 2010 y 2011. Ayudará a la continuidad de la recuperación el hecho de que los desequilibrios de balances de pagos se estén reduciendo, dado que ellos fueron los generadores de la excesiva liquidez que dio lugar a los excesos financieros depredadores, sobre todo por el desmedido gasto de los EE.UU. y los ahorros de los países petroleros y los asiáticos, con China a la cabeza. Pero esta mejora se ha producido hasta ahora más bien por la vía negativa de una reducción del comercio, por lo que los desequilibrios pueden volver a aumentar si se afianza la recuperación. El camino no estará exento, pues, de turbulencias, aún fuertes, porque con bajo crecimiento aumentan los riesgos de contagios fiscales y financieros en Europa, y de allí al mundo. Alienta que el profesor Nouriel Roubini haya cambiado de opinión, dejando de lado el pronóstico de una recaída de la economía global y previendo, en cambio, una desaceleración en el segundo semestre, lo que sería lógico, porque el mundo ha estado creciendo al 5%, una tasa probablemente insostenible sin riesgos de burbujas. Puede mantenerse, así, un moderado optimismo sobre la economía global, claramente mayor para los países emergentes, los socios estratégicos de la Argentina. Pero ¡cuánto mejor estaríamos hoy de haberse mostrado mayores y más acertados consensos en la cumbre que acaba de finalizar!
Juan J. Llach es economista y sociólogo. Fue ministro de Educación de la Nación.


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Declaración Final de la reunión del G-20, en Toronto (Canadá)

(Toronto, Junio 28 de 2010)
- En Toronto se ha celebrado la primera cumbre del G20 en su nueva capacidad como el principal fórum económico de cooperación internacional. - Tras los logros conseguidos en afrontar la crisis económica mundial, hemos acordado el siguiente paso que debemos tomar para retomar plenamente al crecimiento y al empleo, reformar y fortalecer los sistemas financieros, y crear un crecimiento mundial fuerte, sostenido y equilibrado. - Nuestros esfuerzos hasta la fecha han dado buenos resultados, pero sigue habiendo serios desafíos por delante. Aunque vuelve a haber crecimiento, la recuperación es desigual y frágil, el desempleo en muchos países está en niveles inaceptables, y el impacto social de la crisis se sigue sintiendo de manera muy fuerte. Fortalecer la recuperación es un factor clave. Para ello. necesitamos seguir con los planes de estímulo, mientras creamos las condiciones para aumentar la demanda interna.

Al mismo tiempo, eventos recientes han puesto de manifiesto la importancia de contar con unas finanzas públicas sostenibles, y de poner en marcha un plan creíble para lograrlo, un plan diferenciado y a la medida de cada país. Los países con serios problemas fiscales necesitan acelerar el camino de la consolidación. Se necesitan además más progresos para reformar el sistema financiero, para aumentar la transparencia, y mejorar la solvencia de las entidades. Marco para un crecimiento fuerte, sostenido y equilibrado ---------------------------------------------------------- - La principal prioridad del G20 es salvaguardar y reforzar la recuperación y sentar las bases de un crecimiento fuerte, sostenible, equilibrado y reforzar nuestros sistemas financieros frente a los riesgos. Por ello damos la bienvenida a las acciones y compromisos adoptados por un número de países del G20 para impulsar la demanda y equilibrar el crecimiento, fortalecer nuestras finanzas públicas y hacer nuestros sistemas financieros más fuertes y más transparentes. Estas medidas representan una contribución sustancial a nuestras prosperidad colectiva sobre la base de nuestras acciones previas. Continuaremos cooperando y adoptando las acciones que sean apropiadas para reforzar nuestro crecimiento económico y propiciar una recuperación fuerte y duradera. - El marco para un crecimiento fuerte, sostenible y equilibrado que lanzamos en Pittsburgh es el instrumento para alcanzar nuestros objetivos comunes, al evaluar la consistencia de nuestras políticas de manera conjunta y reforzar nuestros marcos de política - Hemos finalizado la primera etapa de nuestro proceso de evaluación mutua y hemos concluido que podemos hacerlo mucho mejor. El FMI y el BM estiman que si elegimos una senda más ambiciosa de reformas en el medio plazo: .El PIB mundial se incrementará en casi 4 billones de dólares .Se crearán decenas de millones de empleos .Un número mayor de personas saldrán de la pobreza .Y los desequilibrios globales se verán significativamente reducidos. -Incrementar el crecimiento global de manera sostenible es el paso más importante que podemos dar para mejorar las vidas de nuestros ciudadanos, incluidos los de los países más pobres - Estamos comprometidos para adoptar acciones conjuntas que permitan sostener la recuperación, crear empleos y alcanzar un crecimiento más fuerte, más equilibrado y más sostenible. Estas serán diferenciadas y adaptadas a las circunstancias nacionales. Hemos acordado hoy: - Continuar con los planes de estímulo fiscal y comunicar planes de consolidación fiscal que propicien el crecimiento en los países desarrollados, a ser implementados de ahora en adelante. Mantener unas finanzas públicas solventes es esencial para apoyar la recuperación y proveer flexibilidad para hacer frente a nuevas perturbaciones y asegurar la capacidad para asumir el reto del envejecimiento de la población, evitando dejar a las generaciones futuras un legado de déficit y deuda. La senda de ajuste debe de ser calibrada con cuidado para sostener la recuperación de la demanda privada. -Existe el riesgo de que un ajuste fiscal sincronizado en varias de las principales economías pueda afectar adversamente a la recuperación. También existe el riesgo de minar la confianza y afectar al crecimiento, en caso de no adoptar procesos de consolidación fiscal donde sean precisos. Reflejando este difícil equilibrio, las economías avanzadas han comprometido planes que implican reducir los déficit públicos al menos a la mitad en 2013 y estabilizar o reducir el nivel de deuda pública sobre el PIB en 2016. Reconociendo las circunstancias de Japón, damos la bienvenida al plan de consolidación fiscal anunciado recientemente por el Gobierno japonés junto a su estrategia de crecimiento. Aquellos países con serios retos fiscales deben acelerar el ritmo de consolidación. Los planes de consolidación fiscal deberán ser creíbles, claramente comunicados, diferenciados según las circunstancias nacionales y centrados en medidas que propicien el crecimiento económico. - Reforzar las redes de bienestar social, impulsar la reforma del gobierno corporativa, desarrollar los mercados financieros, incrementar el gasto en infraestructura y flexibilizar el mayor medida el tipo de cambio en algunas economías emergentes. - Impulsar las reformas estructurales en todos los miembros del G20 para incrementar y sostener nuestras expectativas de crecimiento y acometer mayores progresos para reequilibrar la demanda global -La política monetaria continuará siendo apropiada para alcanzar la estabilidad de precios y contribuir de esta forma a la recuperación. - los países desarrollados con déficit (por cuenta corriente) deberán adoptar medidas para incrementar el ahorro nacional, manteniendo abiertos, al mismo tiempo, los mercados e impulsando la competitividad de sus exportaciones. - Las economías con superávit, (por cuenta corriente) deberán adoptar reformas para reducir su dependencia de la demanda externa y centrarse más en fuentes de crecimiento domésticas - Estamos comprometidos en reducir la brecha entre los países desarrollados y en desarrollo y a considerar el impacto de nuestras medidas sobre los países de menor renta. Continuaremos apoyando la financiación al desarrollo, incluyendo nuevas medidas de impulso por parte de fuentes públicas y privadas. - Reconocemos que estas medidas deben ser implementadas a nivel nacional y que deben ser ajustadas a las condiciones de cada país. Para facilitar este proceso, hemos acordado que la segunda etapa de nuestra evaluación mutua será realizada a nivel de país y a nivel europeo, y que cada uno de nosotros identificaremos medidas adicionales si es preciso para alcanzar un crecimiento fuerte sostenible y equilibrado. Leer más...

domingo, 30 de mayo de 2010

Crece el déficit fiscal y sólo puede cubrirse con maquillaje. Por Ismael Bermúdez

(Publicado en iEco - Domingo 30/05/2010)
Las cuentas públicas están cada vez más "en rojo": sin el maquillaje de los ingresos extraordinarios del Banco Central y de los intereses del Fondo de la ANSeS, en los primeros 4 meses de 2010 y después del pago de los intereses, el sector público acumula un déficit financiero de $ 6.232 millones, cinco veces superior al de igual período del año pasado.
Incluso incorporando los fondos del BCRA, de la ANSeS y un saldo remanente de los Derechos Especiales de Giro (DEG) del FMI, el "rojo" del primer cuatrimestre ronda los $ 2.100 millones, un 175% superior al de igual periodo de 2009. En realidad, el déficit financiero propio del Tesoro entre enero y abril sumó $ 5.230 millones, pero se redujo a $ 2.100 millones por el superávit de las cuentas de la Seguridad Social.

Con todo, estos números no son definitivos porque habría que sumar los gastos que se están cubriendo con bonos, como las cancelaciones de juicios, los intereses del período que se capitalizan y el ajuste del CER, lo que agranda el agujero fiscal y la deuda pública.
Como señala, con precisión y experiencia técnica, Alcides Saldivia, ex subdirector de la Oficina Nacional de Presupuesto del Ministerio de Economía de la Nación, "dado que el nivel de endeudamiento es actualmente el concepto más relevante de la situación fiscal del Estado, hay que analizar en qué medida los indicadores Resultado Primario y Resultado Financiero reflejan el endeudamiento en que incurre el sector público. El Resultado Financiero deja fuera de su cálculo la IFN -- Inversión Financiera Neta (queda "debajo de la línea"), ítem de gran envergadura y el Resultado Primario está todavía más alejado porque, además de la IFN, deja afuera los intereses de la deuda. En síntesis, el déficit fiscal tal como se lo mide actualmente (Resultado Financiero) es una mala aproximación a la medición del endeudamiento en que incurre el gobierno, y el Resultado Primario lo es más aún". Saldivia concluye: "Por eso es necesario pasar a otro indicador presupuestario de déficit fiscal, que sea más atinente a la variación de la deuda pública y ese indicador es el Endeudamiento Neto, que sigue creciendo muy por encima del déficit financiero".
No obstante, y con esas limitaciones, según Nadin Argañaraz, titular del Instituto Argentina de Análisis Fiscal (IARAF), "en abril el gasto creció algo menos pero sigue orillando en el primer cuatrimestre un crecimiento interanual del 32%. También en abril hubo un descenso de las transferencias a las provincias atribuible a que el fuerte incremento del Fondo Sojero posibilitó un menor envío de las otras transferencias a las provincias".
Argañaraz agrega que "si se proyectaran las cifras de los primeros 4 meses a todo el año, el resultado fiscal neto de recursos extraordinarios, incluyendo el pago de intereses, treparía a $ 50.605 millones. Y aunque el Gobierno podría recibir en todo el año unos 24.000 millones por las utilidades contables del BCRA y $ 8.000 millones por los intereses del Fondo de Garantía de la ANSeS, quedaría un `rojo' de $ 18.605 millones".
Sumas en el aire Los $ 24.000 millones del BCRA que Hacienda toma como ingresos corrientes corresponden a la revalorización contable de los activos y títulos públicos por el aumento nominal del dólar y de los bonos que hubo en 2009. Son utilidades devengadas, pero no realizadas, que pueden variar en más o en menos según la evolución de esas variables. Al contabilizarlas como ingresos corrientes, el Tesoro maquilla sus números y, al distribuirlas, el BCRA "monetiza" gran parte del déficit público, con su impacto inflacionario. Esas transferencias aumentaron año tras año, pero el resultado fiscal siguió para abajo.
Con las transferencias de la ANSeS se desvaloriza el Fondo de Garantía del sistema porque se utilizan intereses que deberían capitalizar dicho Fondo y se destinan al pago de nuevas prestaciones que, en parte, absorben planes sociales que antes estaban a cargo del Tesoro. Así, el Fisco se alivia a costa del sistema previsional.
El año pasado, con ingresos extraordinarios del BCRA, la ANSeS y los Derechos Especiales de Giro (DEG) del FMI por un total $ 25.000 millones, el déficit sumó $ 7.138 millones.
Economía & Regiones (E&R) proyecta un déficit financiero en 2010 de casi $ 18.000 millones, contando los $ 32.000 millones del BCRA y la ANSeS y "teniendo en cuenta que supone que no hay aumentos en la asignación por hijo" pues de disponerse un aumento, el déficit sería superior.
Por su parte, NSH-Macroeconómica afirma que aun cuando la recaudación tributaria se recuperará fuertemente en 2010 con la mejora del nivel de actividad, la cosecha récord y la suba de precios, el resultado primario igual se deteriorará porque el gasto primario subirá por encima de los ingresos.
Este aumento del déficit fiscal se da porque, aunque hubo una mejora por el lado de los ingresos --la recaudación tributaria creció en estos 4 meses a un ritmo del 25% por la mayor actividad y la inflación--, el gasto también es sostenido y subió a más del 30%. Y en mayo el gasto habría pegado otro salto porque el Gobierno modificó la distribución del presupuesto con un aumento neto de $ 1.250 millones en los gastos corrientes y de capital de la Administración Nacional en su conjunto.
No obstante, el Informe del Banco Ciudad rescata que en abril hubo una moderación en el ritmo de aumento del gasto público, convirtiéndose así en "el primer mes desde 2008 en el que el gasto crece a una tasa inferior a la de los ingresos, sin incluir entre estos últimos recursos provenientes del giro de utilidades del BCRA o del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de la ANSES (tal como sí sucedió en el primer trimestre)". Pero, a renglón seguido, destaca que "la desaceleración del gasto primario respondió, entre otros factores, a los menores gastos de capital", en tanto "las transferencias al sector privado (básicamente subsidios) crecieron a un ritmo elevado (49%), a lo que se sumaron remuneraciones (34%), y prestaciones de la seguridad social (28%)". Por eso, si se confirman las proyecciones mencionadas para 2010, el déficit del sector público nacional se incrementaría en forma nominal más del 50%, ya que pasaría de $ 32.000 millones en 2009 a $ 50.000 millones en 2010. En términos del PBI, se pasaría de un déficit del 2,4% del PBI en 2009 al 3,2% del PBI en 2010. Y si se suma el desequilibrio de las provincias ­ otros $ 15.000 millones­, el déficit consolidado Nación/Provincias superaría los 4 puntos del PBI. Según la consultora Abeceb, "en vistas a las elecciones de 2011, se buscará sostener el mayor crecimiento del gasto posible, tanto como medida de impulso hacia la demanda como de estrategia de tejido político con los gobernadores". De todas maneras, advierte "que se debilita uno de los `fundamentals’ del modelo porque sin los fondos extras del BCRA y de la ANSeS, también hay déficit fiscal primario, antes del pago de los intereses". Todos estos números se proyectan cuando el Tesoro fue aprovechando la mejora "inflacionaria" de sus ingresos, mantuvo sin cambios el mínimo no imponible y los sueldos públicos y las jubilaciones y otras prestaciones sociales están retrasadas y semicongeladas. Ahora, el inminente ajuste del mínimo no imponible tendrá efectos retroactivos a enero ­abarca todo el ejercicio fiscal 2010­ y las presiones de ajustes en sueldos y jubilaciones son cada vez más intensas.
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"La austeridad lleva al desastre". Reportaje a Joseph Stiglitz

(Publicado en iEco - Domingo 30/05/2010)
- Usted dijo hace poco que el euro no tenía futuro sin una gran reforma. ¿A qué se refiere? -­ Europa va en una mala dirección. Al adoptar la moneda única, los países renunciaron a dos instrumentos de política económica: el tipo de cambio y la tasa de interés. Entonces, había que encontrar otra cosa que les permitiera adaptarse a la coyuntura si hacía falta. Pero Bruselas no ha ido muy lejos en materia de regulación de los mercados, los ha considerado omnipotentes; y no ha previsto nada en ese sentido. Y hoy quiere un plan de austeridad. Si sigue así, va al desastre. Sabemos, desde la Gran Depresión de los años 30, que no es eso lo que hay que hacer


- ­ ¿Qué debería hacer Europa? ­- Hay varias posibilidades. Por ejemplo, podría crear un fondo de solidaridad para la estabilidad, así como creó un fondo para los nuevos ingresantes. Ese fondo, que se alimentaría en tiempos económicos más clementes, permitiría ayudar a los países en problemas cuando los problemas surgen. Europa necesita solidaridad, empatía. No una austeridad que va a hacer estallar el desempleo y traer depresión. En los Estados Unidos, cuando un estado está en dificultades, todos los otros se sienten implicados. Estamos todos en el mismo barco. Es la falta de solidaridad, especialmente, lo que amenaza el proyecto europeo. - ­ ¿Una especie de federalismo?- ­ Sí. De cohesión. El problema es que los países miembros de la Unión Europea no tienen todos las mismas creencias en materia de teoría económica. Nicolás Sarkozy tuvo razón al presionar sobre (la canciller alemana) Angela Merkel para obligarla a poner dinero para Grecia. En Alemania son muchos los que se remiten totalmente a los mercados. En su lógica, los países que andan mal son responsables y se las tienen que arreglar. - ­ ¿Y no es así? ­- No. El déficit estructural griego es inferior al 4%. Por cierto, el gobierno anterior, ayudado por Goldman Sachs, tiene su parte de responsabilidad. Pero es ante todo la crisis mundial la que ha provocado esta situación. En cuanto a España, antes de la crisis era excedentaria y no se la puede acusar de falta de disciplina. Seguro que España hubiera debido ser más prudente e impedir la formación de la burbuja inmobiliaria. Pero, de alguna manera, es el euro el que la ha permitdo, al procurarle tasas de interés más bajas que aquellas a las que Madrid habría accedido de no haber sido por la moneda única. Hoy, esos países sólo saldrán si la crisis europea se revierte. Y para eso hace falta sostener la economía con inversiones, y no frenarla con planes de ajuste. - ­ ¿La baja del euro sería entonces algo bueno? ­- Es lo mejor que le ha podido pasar a Europa. Es Francia, y más todavía Alemania, la que aprovechará más. Pero Grecia y España, dado que el turismo es una fuente importante de ingresos, serán igualmente beneficiarias. - ­Angela Merkel, sin embargo, dice que la solidaridad puede ser importante. Sin ella, no habría habido reunificación de Alemania. - ­ Sí. Pero, justamente, a Alemania le hicieron falta más de diez años para absorber la reunificación. Y en cierta forma, pienso que los alemanes del oeste estiman que ya han pagado un precio alto por la solidaridad europea. - ­ ¿Usted piensa que la viabilidad del euro está amenazada? ­- Yo espero que no. Es muy posible evitar que la moneda única perezca. Pero si se sigue así, no hay que dar por descartado nada. Aun cuando yo piense que el escenario más probable es el default. El desempleo de los jóvenes en Grecia se acerca al 30%. En España, supera el 44%. Imagínese la magnitud de los problemas si sube al 50% ó 60%. Hay un momento en el que en Atenas, Madrid o Lisboa se planteará seriamente la cuestión de saber si hay interés en seguir el plan que el Fondo Monetario le ha impuesto a Bruselas. Y si no hay interés de volver a ser los dueños de la propia política monetaria. Acuérdese de lo que sucedió en la Argentina. El peso estaba atado al dólar por un tipo de cambio fijo. Se pensaba que Buenos Aires no iba a romper la convertibilidad, que el costo sería demasiado. Los argentinos lo hicieron: devaluaron; como se preveía, fue un caos. Pero, al final de cuentas, fue más provechoso. Desde hace seis años, la Argentina crece a un ritmo del 8,5% por año. Y hoy son muchos los que piensan que tenía razón.
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lunes, 24 de mayo de 2010

Los malos consejos de Cristina a Europa. Por Domingo Cavallo


Cristina Kirchner ha aprovechado su viaje a España como Presidente pro-tempore de UNASUR para sugerir a los países de la Unión Europea que han acumulado fuertes endeudamientos, que no lleven a cabo ajustes fiscales y tomen el ejemplo de la Argentina post-convertibilidad para reconquistar el crecimiento económico. Es, en general, lo que trasuntan las declaraciones públicas de los economistas y dirigentes políticos que en 2002 apoyaron el abandono del régimen de convertibilidad.
¡Pobre Europa si Grecia, España y Portugal siguieran este consejo! Por supuesto, no lo harán. En Europa, como en casi todo el resto del Mundo, quienes conocen la historia de Argentina en el último cuarto de siglo, saben que nuestro país salió del infierno hiperinflacionario, se modernizó y se integró al Mundo durante los años de la convertibilidad y, desde 2002 en adelante, volvió a introducir la inflación como problema crónico, se ha estado descapitalizando y está cada vez más auto-aislada del mundo, tanto en materia económica como política.


El crecimiento económico que se dio en Argentina desde 2003 en adelante, fue, como en casi todo el mundo emergente, fruto de la fuerte expansión de China y del alto precio que alcanzaron y están manteniendo las mercancías agropecuarias y mineras. Pero la inflación, la ausencia de crédito público, la escasa inversión, el autoritarismo político y la corrupción son manifestaciones claras del retroceso económico y político que ha experimentado Argentina desde que abandonó el régimen monetario que le había devuelto la estabilidad y la había insertado en el Mundo.
El proceso de integración Europea y, en particular, su sistema monetario que comenzó con bandas de flotación estrechas alrededor de paridades fijas entre las economías europeas (la denominada serpiente europea) y concluyó en la creación, primero del EMU y finalmente del EURO, permitió un proceso de convergencia de los países menos desarrollados hacia el nivel de vida de Alemania que no se observó en ninguna otra región del mundo. No solo consiguieron baja inflación sino un ritmo apreciable de crecimiento y, sobre todo, una reducción significativa de la dispersión en la calidad de la infraestructura, los niveles de productividad y el nivel de vida de sus pueblos.
Como ocurrió en casi todos los países y regiones del mundo durante los últimos siglos, el progreso no fue libre de errores, excesos, sobresaltos y crisis. Pero sería necio argumentar que por evitar la crisis que hoy están sufriendo Grecia, España y Portugal, estas naciones deberían haberse abstenido de entrar en el EURO. Y más necio aún argumentar que hoy deberían abandonar el EURO para evitar tener que incurrir en los costos del ajuste fiscal que han anunciado sus autoridades y que constituyen la condición para el apoyo financiero que han prometido la Unión Europea y el FMI.
Argumentar que abandonando el EURO Grecia, España y Portugal podrían evitar el ajuste fiscal es una burda mentira. Si esas tres naciones convirtieran todos sus contratos designados en EUROS a sus viejas monedas nacionales, para poder dejar que las mismas se devalúen frente al EURO y de esa forma reconstruyan inmediatamente la competitividad de sus economías, les pasaría lo mismo que aconteció en Argentina en el año 2002, cuando el gobierno dispuso la pesificación de todos los depósitos en dólares y generó una devaluación extrema de la moneda nacional.
La consecuencia fue un ajuste fiscal draconiano, que provocó la reducción del orden del 30 % de todos los salarios reales y de las jubilaciones y que llevó el gasto público social, como porcentaje del ingreso nacional, a los niveles reales más bajos de la historia. En el primer semestre de 2002 se acentuó el proceso recesivo y la inflación superó el 40 % anual. La economía quedó completamente desorganizada y aislada financieramente del Mundo.
En materia económica y política el aislamiento no fue total, pero Argentina perdió relevancia frente a sus socios comerciales y políticos y prácticamente desapareció del mapa de la inversión directa de las empresas que tienen estrategias globales. Lo mismo le pasaría a cualquier país europeo que saliera del EURO en los próximos meses como Argentina salió de la convertibilidad en 2002.
Hay sí, tres lecciones de Argentina del período 1999-2001 que Grecia, España y Portugal tienen que tener muy en cuenta:
Cuanto más temprano y rápido hagan los ajustes fiscales necesarios para disminuir el déficit fiscal, tanto mejor. Argentina se demoró mucho en hacerlo. La recesión por excesivo endeudamiento y sobrevaluación de la moneda a la que estábamos atados (el Dólar) comenzó en el segundo semestre de 1998 y se acentuó desde la devaluación del Real en febrero de 1999. Sin embargo, durante todo el año 1999 el Gobierno Nacional y la mayor parte de los gobiernos provinciales continuaron expandiendo su gasto y endeudándose con el sistema bancario argentino a corto plazo y a tasas flotantes de interés. Desde el año 2000 comenzó el ajuste fiscal nacional, pero hasta bien entrado el año 2001 ese ajuste no fue acompañado por las provincias, que siguieron endeudándose y emitiendo cuasi-monedas. Recién en el segundo semestre de 2001 las provincias se vieron obligadas a reducir sus gastos, pero sus respectivos gobiernos, en particular el de la Provincia de Buenos Aires, en lugar de hacerlo en forma explícita y dentro del sistema institucional, prefirieron adherir a la idea del abandono de la convertibilidad y la licuación de sus deudas por devaluación e inflación.
El ajuste fiscal debe incluir una reforma tributaria que reduzca a un mínimo los impuestos al trabajo. De esta forma se reduce el costo laboral en la economía formal sin que medie una devaluación de la moneda. Argentina intentó utilizar este mecanismo, pero demasiado tarde y en forma muy parcial. A partir de abril de 2001 se pusieron en marcha los planes de competitividad sectoriales, que permitieron que los impuestos al trabajo se tomaran como pago a cuenta del Impuesto al Valor Agregado, pero por tardío y limitado el esquema no llegó a producir una recuperación significativa de la competitividad externa de la economía.
El apoyo externo debe ser utilizado no para permitirle a los acreedores cobrar sus acreencias y retirarse de los países con problemas, sino para garantizar que los países cumplirán con sus obligaciones, pero en plazos más largos y pagando tasas de interés cercanas a las que paga Alemania. En Argentina utilizamos el apoyo del FMI, cuando lo conseguimos, para tratar de seguir atendiendo normalmente los servicios de la deuda, a pesar de que los mercados nos exigían tasas de interés muy elevadas. Y, cuando nos convencimos que era imprescindible reestructurar toda la deuda pública, canjeando los bonos y acreencias demasiado cortas y onerosas por deuda a más largo plazo y menores tasas de interés, el FMI nos retiró el apoyo y nos empujó al default desordenado de fines de diciembre de 2001. Sería terrible para Grecia, para España y para Portugal, que la Unión Europea y el FMI asumieran la actitud que asumió el FMI en noviembre de 2001 respecto de la Argentina. Los países europeos que hoy enfrentan una crisis de sus deudas, para evitar que les ocurra lo que aconteció en Argentina, deben aprovechar el apoyo externo para alargar los plazos y bajar la tasa de interés de toda la deuda que vence en el período en el que estarán llevando a cabo el ajuste fiscal. De esta forma evitarán que un repentino retiro de ese apoyo pueda poner a alguna de esas economías en la situación en la que se encontró Argentina en noviembre y diciembre de 2001.
Es muy probable que tanto los Gobiernos de la Unión Europea como el propio FMI tengan hoy en claro que provocar en Grecia, en España o en Portugal, una situación como la que vivió Argentina a fines del 2001, tendría consecuencias nefastas no sólo para esos países sino para toda Europa y, muy probablemente, para la economía global.
Pero vale la pena hacer la advertencia, porque no sólo en nuestro país se escuchan voces como las de Cristina Kirchner, que recomiendan como solución la salida de los países del EURO, sino que hay una corriente de opinión política y profesional en los EEUU, que hace la misma sugerencia. Se trata de los mismos economistas y políticos que piensan que la solución de la crisis norteamericana pasa por una fuerte depreciación del Dólar, inducida por una política monetaria muy laxa en ese país, mientras sigue expandiendo su gasto público y su endeudamiento.
A diferencia de la posición de Cristina, que es puramente ideológica y persigue seguir engañando a la opinión pública argentina, la posición de estos políticos y economistas norteamericanos responde a la pretensión de evitar que la moneda europea pueda llegar a jugar un papel equivalente al que ha venido jugando el Dólar en el Mundo. Sólo así se entiende que a la depreciación del EURO desde los niveles exorbitantes a los que lo había llevado la política monetaria norteamericana, mientras los Europeos seguían enfatizando la ortodoxia anti-inflacionaria alemana, se la presente como la “destrucción” del EURO.
Destruir al EURO sería precisamente forzar su reemplazo por las viejas monedas nacionales en los países que hoy enfrentan problemas. Que el EURO vuelva al valor que tuvo en su comienzo (1,17 dólares) o incluso el valor mínimo que alcanzó en 2001 (0,82 dólares) no significa que esa moneda se esté destruyendo, sino simplemente, que Europa está aplicando la misma metodología que utilizó EEUU para sacar a su economía de la crisis de las hipotecas.
A nadie le deberían caber dudas que un EURO más depreciado será el principio de la solución para Grecia, para España y para Portugal, tal como la depreciación del Dólar a partir de mediados del 2002 hubiera aportado buena parte de la solución a la crisis argentina, sin necesidad de que Argentina abandonara el régimen monetario que tantos beneficios le había aportado durante la década del 90.
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La crisis de la UE deriva de su envejecimiento. Por Ricardo Arriazu


El término euroesclerosis fue muy utilizado a principios de la década de 1980 para describir la decadencia relativa de Europa en relación a los EE.UU., Japón y los tigres asiáticos, originada en una falta de innovación económica y en una estructura económica muy rígida. Nunca imaginaron los difusores de este concepto que el mismo serviría tres décadas más tarde para describir los efectos económicos del gradual envejecimiento de la población europea, que explican en gran medida su actual crisis económica.


Todo sistema de seguridad social está basado en el apoyo de los que trabajan a los que no pueden hacerlo, ya sea por su edad, por enfermedad o incapacidad, o por que no consiguen un trabajo. La aparición de una "generación egoísta", que priorizó su gozo individual, que prefirió no tener hijos y que creyó estar protegiendo su futuro en base a "supuestos" ahorros, no sólo debilitó instituciones básicas como la familia sino que ignoró el principio básico de este mecanismo de transferencia de poder de compra.¿Quién va a financiar mis gastos futuros si no existen trabajadores que puedan hacerlo? ¿A quién le prestaron sus ahorros? ¿A gobiernos que se los gastaron y no tienen capacidad para poner más impuestos? ¿A otras personas, también ancianas, que no tendrán ingresos para devolverlos? ¿A otros países, con poblaciones más jóvenes, pero que los utilizaron irresponsablemente? ¿Por qué los gobiernos no se dieron cuenta de esta tendencia? Porque estaban demasiados ocupados gastando los recursos que recibían de los contribuyentes. ¿Y los políticos? Porque su visión tiende a concentrarse en el corto plazo. ¿Hubo voces de advertencia? Muchas, pero fueron ignoradas calificándolas de alarmistas. Las serias deficiencias de la contabilidad pública también contribuyeron a ocultar esta dinámica. Cuando realizamos nuestro aporte a un sistema de seguridad social lo hacemos confiados en que, en el futuro, recibiremos como contrapartida un flujo de ingresos (una jubilación). De hecho estamos comprando un "bono", pero los registros públicos contabilizan estas contribuciones como "ingresos corrientes" e ignoran totalmente la "deuda" que se genera como contrapartida. Cuando la población es joven, los aportes superan ampliamente a los pagos de jubilaciones, los gobiernos anuncian contentos que tienen un "superávit" fiscal y hacen planes para gastarlos, mientras que las "deudas no registradas" son siempre ignoradas. Cuando la población envejece los ingresos se estancan o caen, los pagos de jubilaciones crecen, las cuentas públicas de desbalancean y el gobierno debe recurrir al endeudamiento "registrado" para cumplir con sus promesas. En realidad, lo que está pasando es que la "deuda no registrada" se está transformando gradualmente en registrada. A modo de ejemplo basta mencionar que en el caso particular de Grecia las transferencias sociales (en su mayoría, pagos de jubilaciones) se incrementaron en forma sostenida durante los últimos años y en la actualidad exceden el 20% del PIB (lo que representa el 50% de los gastos fiscales primarios de ese país), mientras que los aportes al sistema permanecen estancados y sólo representan el 13,6% del PIB. La deuda registrada se elevó al 130% del PIB y la deuda "no registrada" al 450%. Esta situación se agravará sensiblemente en Grecia en el futuro puesto que la población en edad de trabajar comenzará a disminuir este año, y la población total lo haría en el año 2017. Diversas estimaciones muestran que, de no reformarse el sistema, el desequilibrio en el sistema de seguridad social se incrementaría en casi 17% del PIB en las próximas décadas, no contando este país con los recursos económicos para financiar estos desequilibrios.A pesar de esta evidencia, Grecia se negó sistemáticamente a reconocer los efectos económicos negativos del envejecimiento. Hasta hace poco existían 133 cajas de jubilaciones y la edad jubilatoria promedio era de sólo 57 años. La reciente propuesta de elevar la edad de retiro (solución inevitable y aprobada por el Parlamente) generó airadas protestas de la población. Esta situación es común a todos los países europeos, pero pocos tomaron medidas para atenuar sus efectos (Noruega, Dinamarca, Alemania). La población en Europa (incluyendo Europa del Este y Rusia) en 1950 era de 547 millones de personas, con una edad promedio de 29,7 años y una expectativa de vida de 65 años. De ese total 292 millones estaban en edad de trabajar y superaban en 4,4 veces a los mayores de 60 años (66 millones).La situación en 2010 es totalmente distinta. La población se incrementó a 738 millones (una tasa de crecimiento de sólo 0,5% por año), con un incremento de la edad media a 40,2 años y en la expectativa de vida 76,1 años. La cantidad de personas en edad de trabajar se incrementó a 422 millones (45%), pero la de personas en edad de retiro se incrementó a 161 millones (143%), por lo que la relación entre ambos grupos se redujo a casi la mitad (2,61 veces). Las proyecciones para las próximas décadas muestran la gravedad de la situación. Se estima que para el 2050 la población total europea se reducirá a 691 millones de personas, que la cantidad de personas entre 20 y 69 años se reducirá a 317 millones (una caída del 25%) y que la cantidad de personas mayores de 60 años se elevará a 236 millones (una suba del 47%), por lo que la relación entre estos dos últimos grupos se reducirá a sólo 1,34. Los efectos económicos, financieros y fiscales de estas tendencias son dramáticos y ya se hicieron explícitos en el caso griego. Europa (y otros países) deben entender los graves efectos económicos del envejecimiento y tomar medidas oportunas para atenuarlos. Ya han perdido mucho tiempo, pero todavía pueden evitar los efectos más graves. La actual crisis es bienvenida si es que los hace recapacitar.

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domingo, 9 de mayo de 2010

Grecia: sólo la punta de un iceberg. Por Nouriel Roubini


Muchas veces en la historia hubo crisis financieras. Son provocadas por burbujas insostenibles que estallan y por una toma de riesgo y apalancamiento de deuda excesivos del sector privado mientras dura la burbuja. Luego, como consecuencia del colapso económico y como parte de la respuesta a ese colapso, las deudas y déficits de los gobiernos crecen hasta llegar a niveles insostenibles que pueden llevar al default o a la alta inflación si no se los corrige.


La crisis que estamos viviendo sigue este patrón. Hoy se habla mucho de “desapalancamiento”, pero los datos indican que el desapalancamiento prácticamente no empezó. Los índices de endeudamiento de empresas y hogares estadounidenses se estabilizaron, en términos generales, en niveles altos. Al mismo tiempo, estamos ante un “reapalancamiento” generalizado del sector público, con déficits fiscales del orden del 10% del PBI.
El FMI y la OCDE proyectan que el stock de deuda pública en las economías avanzadas va a duplicarse y rondar el nivel del 100% del PBI en los próximos años.
En rigor, todo esto es lo que suele ocurrir en una crisis financiera. ¿Qué es lo que explica este reapalancamiento? Primero, los “estabilizadores automáticos” (como el pago por desempleo) entraron a jugar durante la recesión. Segundo, las políticas fiscales contracíclicas (como bajas de impuestos y subas del gasto) que adoptaron los gobiernos para evitar la depresión porque la demanda privada colapsa. Tercero, decidimos socializar parte de las pérdidas privadas de los sectores financiero, empresario e inmobiliario y ponerlas en el balance del gobierno.
Así, se produce una acumulación impresionante de deuda pública. Y la lección de la historia es que a menos que esta masa de deuda soberana sea encarada finalmente con subas de impuestos y control del gasto, existen sólo dos desenlaces posibles: default o inflación.
Históricamente, hemos visto una serie de defaults y crisis de deuda soberana tanto en economías avanzadas como en emergentes. Si uno es de un país como EE.UU., el Reino Unido o Japón, que pueden monetizar sus déficits fiscales, no tendrá un problema con la deuda soberana sino una inflación que erosione el valor de la deuda pública. Por eso, la inflación es básicamente una transferencia de capital de acreedores ahorrativos a deudores no ahorrativos, sobre todo del sector privado al público.
Grecia sólo es la punta del iceberg de un abanico de crisis fiscales. Mañana le tocará a España, Portugal, Irlanda, Islandia. Tarde o temprano, Japón y EE.UU. estarán en el ojo del problema, lo que hará temblar a la economía mundial.
Debemos reconocer que nos encontramos en la siguiente etapa de la crisis financiera. Lo que sigue serán no las obligaciones del sector privado, sino las obligaciones del sector público.
La reactivación del crecimiento económico, por sí sola, no va a generar suficientes ingresos fiscales para mitigar esta crisis de deuda soberana. Los déficits fiscales son enormes y estructurales. No se deben solamente a una caída cíclica del crecimiento sino a compromisos de largo plazo, como jubilaciones, seguridad social y salud.
Para evitar el default o la inflación, las economías avanzadas necesitarán alguna forma de subir los ingresos a través de gravámenes y recorte del gasto público. En Europa, donde los impuestos ya son bastante altos, el ajuste correcto es reducir el gasto y no subir más los impuestos. En EE.UU., la carga tributaria promedio como parte del PBI es mucho más baja. El ajuste correcto sería elevar los ingresos en forma gradual para no destruir la recuperación mientras se controla el crecimiento del gasto público. Lo que más me inquieta es la indefinición política de Washington. Aunque todos coinciden en que los déficits de US$ 10 billones (según cálculos del gobierno) para la próxima década no son sostenibles, no hay voluntad política de actuar.
Si los republicanos toman el control de la Cámara de Representantes en la próxima elección y rechazan cualquier aumento de ingresos y, a su vez, los demócratas vetan recortes de gastos, el camino más fácil serán los déficits fiscales galopantes que entonces serán monetizados por la Reserva, ya embarcada en este camino. Sólo el año pasado, la Fed compró US$ 1,8 billones de valores del Tesoro y deuda de organismos, un curso que, de no modificarse, inevitablemente desembocará en una inflación elevada. Es lo que popularmente se conoce como imprimir dinero.


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¿Podrá sobrevivir el euro tras esta crisis? Por Joseph Stiglitz


La crisis financiera griega puso en riesgo la supervivencia misma del euro. En el momento de su creación, a muchos los preocupaba la viabilidad de la moneda a largo plazo. Cuando todo salió bien, esas preocupaciones pasaron al olvido. Pero el interrogante sobre cómo se aplicarían los ajustes si parte de la eurozona resultara afectada por un fuerte shock adverso perduró. Corregir el tipo de cambio y delegar la política monetaria al Banco Central Europeo eliminó dos recursos primordiales a través de los cuales los gobiernos nacionales estimulan sus economías para evitar la recesión. ¿Qué podía reemplazarlos?


La eliminación de barreras legales para el movimiento de trabajadores creó un mercado laboral único, pero las diferencias lingüísticas y culturales hacen que la movilidad laboral al estilo norteamericano resulte inalcanzable. Es más, Europa no tiene manera de ayudar a aquellos países que enfrentan problemas serios. Para los países más pequeños de la UE, la lección es clara: si no reducen sus déficits presupuestarios, existe un riesgo elevado de un ataque especulativo, con pocas esperanzas de una ayuda adecuada por parte de sus vecinos, al menos no sin limitaciones presupuestarias procíclicas que resultarán dolorosas y contraproducentes. Puede resultar útil analizar los problemas del euro desde una perspectiva global. Estados Unidos se ha quejado de los superávits (comerciales) de cuenta corriente de China; pero, como porcentaje del PBI, el superávit de Alemania es aún mayor. Supongamos que el euro se creó para que el comercio en la eurozona en su totalidad fuera equilibrado. En ese caso, el superávit de Alemania implica que el resto de Europa está en déficit. Y el hecho de que estos países importen más de lo que exportan contribuye a sus economías débiles. EE.UU. se ha quejado históricamente de la negativa china de permitir que se aprecie su tipo de cambio en relación al dólar. Pero el sistema del euro implica que el tipo de cambio de Alemania no puede aumentar en relación a los otros miembros de la eurozona. Si el tipo de cambio aumentara, a Alemania le costaría más exportar, y su modelo económico, basado en exportaciones fuertes, enfrentaría un desafío. Al mismo tiempo el resto de Europa exportaría más, el PBI aumentaría y el desempleo se reduciría. Alemania (como China) ve sus ahorros elevados y sus proezas exportadoras como virtudes, no vicios. Pero Keynes decía que los superávits conducen a una débil demanda agregada global -los países que tienen superávits ejercen una "externalidad negativa" en sus socios comerciales. De hecho, Keynes creía que eran los países con superávits, mucho más que los países con déficits, los que planteaban una amenaza a la prosperidad global; incluso llegó a recomendar un impuesto a los países con superávits.No debería obligarse a los países cuyos déficits aumentaron como resultado de la recesión global a caer en una espiral mortal -como ocurrió con Argentina. Una solución que se propone es que esos países pergeñen el equivalente de una devaluación -una disminución uniforme de los salarios. En mi opinión, esto es inalcanzable, y sus consecuencias distributivas son inaceptables. Las tensiones sociales serían enormes. Es una fantasía.Existe una segunda solución: la salida de Alemania de la eurozona o la división de la eurozona en dos subregiones. El euro fue un experimento interesante, pero, como el casi olvidado mecanismo de tipo de cambio (MTC) que lo antecedió y se desintegró cuando los especuladores atacaron la libra británica en 1992, carece del respaldo institucional necesario para que funcione. Existe una tercera solución que es la más promisoria: implementar las reformas institucionales, incluyendo el marco fiscal necesario, que deberían haberse implementado cuando se creó el euro. No es demasiado tarde para que Europa implemente estas reformas y, así, estar a la altura de los ideales, basados en la solidaridad, que subyacen la creación del euro. Pero si Europa no puede hacerlo, entonces quizá sea mejor admitir el fracaso y pasar a otra cosa en lugar de pagar un precio elevado en materia de desempleo y sufrimiento humano en nombre de un modelo económico fallido.


* Stiglitz es Premio Nobel de Economía

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domingo, 18 de abril de 2010

Precios por ascensor, dólar por escalera. Por Néstor Scibona


La célebre frase del general Perón referida a la escalada precios-salarios, que los sindicalistas desempolvan en cada negociación paritaria, comenzó a ser adaptada por varios dirigentes empresarios con relación al tipo de cambio. La polémica fue alimentada luego por la extrema sensibilidad que existe sobre el tema en la Argentina, donde el aumento de un centavo en la cotización del dólar suele aparecer en la tapa de los diarios y hace perder la perspectiva.
Cuando Eduardo Buzzi, titular de Federación Agraria, dijo que el dólar debía costar 4 pesos se ganó un titular periodístico, pero pocos repararon en que ese nivel significaría un alza de apenas 2,5% con respecto al cierre del viernes. Cuando Cristiano Rattazzi, presidente de Fiat, advirtió que la industria está perdiendo competitividad, abrió preventivamente otro paraguas. Como él, muchos empresarios exportadores temen que la mayor inflación y los aumentos salariales superiores al 25% que trae aparejada provoquen una suba de costos en dólares difícil de contrarrestar. Rattazzi sostiene que un ajuste de esa magnitud equipararía los salarios en dólares de la industria automotriz local con los de Brasil, y que, por la diferencia de tamaño de ambos mercados, será difícil atraer nuevos proyectos de inversión de este lado de la frontera.
Detrás de estas prevenciones hay una realidad. En los últimos siete meses, el tipo de cambio nominal sólo tuvo una suba de 1%: a mediados de septiembre de 2009 se ubicaba en 3,85 pesos por dólar y ahora, en abril de 2010, alcanza a 3,90. Ningún precio de la economía subió tan poco en ese período, con excepción de las congeladas y subsidiadas tarifas de servicios públicos y sólo para los usuarios de menores consumos.
De ahí a suponer que el Gobierno está utilizando al dólar "planchado" para evitar mayores presiones inflacionarias hay un solo paso. No por casualidad, en el Relevamiento de Expectativas de los Mercados (REM), que recoge semanalmente el Banco Central, las consultoras privadas prevén un tipo de cambio nominal de 4,16 pesos para diciembre de 2010. Este nivel representa una suba de 6,6% con respecto al actual y de 9,7% con relación a diciembre de 2009. O sea, menos de la mitad de la inflación minorista para este año, que la mayoría de los pronósticos privados sitúa en torno de 25%, una vez y media más que las inverosímiles estadísticas de inflación anual del Indec.
Sin embargo, también hay que tener en cuenta que si el Banco Central decidiera elevar el tipo de cambio nominal, deberá emitir más pesos para comprar parte del superávit comercial récord de este año. Y como también debe emitir cada vez más para financiar al Tesoro, esto lo obligaría a un fenomenal esfuerzo de esterilización para no aportar más combustible a la inflación.
Nadie lo va a admitir públicamente en un gobierno que decidió erradicar del diccionario la palabra "inflación" como único plan para combatirla. Pero más de un funcionario debe seguramente añorar las épocas kirchneristas en que un robusto superávit fiscal primario le permitía al Tesoro transferirle al BCRA los pesos con los cuales compraba dólares para atender sus obligaciones externas sin afectar el nivel inflacionario. Esto permitía mantener genuinamente un tipo de cambio real alto. Ahora ocurre a la inversa: con el vapuleado Fondo de Desendeudamiento (FoDe), el BCRA le transfiere dólares al Tesoro sin otra contrapartida que un pagaré a 10 años; y además emite pesos de sus ganancias contables de 2009 para financiar el desbordado aumento del gasto público. El único atenuante es que lo hace con cierto gradualismo para evitar una espiralización inflacionaria que, afortunadamente, descarta la mayoría de los economistas privados.
Otro fenómeno peculiar se verifica en el sistema financiero. En los últimos meses han crecido los depósitos a plazo fijo, cuya tasa de interés se ubica en torno de 9% anual. La explicación que aportan los banqueros es que los ahorristas no comparan la tasa con la inflación, sino con la evolución del dólar, lo cual hace que en cualquier momento puedan pasarse de moneda para realizar ganancias, aprovechando la ausencia de grandes fluctuaciones cambiarias. En sentido inverso, pero con el mismo propósito, operan quienes atesoraron dólares y hoy adelantan consumos (autos, televisores, electrodomésticos, refacciones de vivienda, etc.) para cubrirse de mayores subas de precios debido a las mayores expectativas inflacionarias. Esto torna más endeble para la última parte del año el fuerte repunte que registró la actividad económica en los últimos tres trimestres, cuando el PBI creció a una tasa anualizada del orden de 7 por ciento.
Pilares desequilibrados
El deterioro de las expectativas también tiene que ver con lo que ocurre con los tres pilares del "modelo" económico kirchnerista. El superávit fiscal desapareció con el imparable aumento del gasto público. El superávit comercial, en cambio, se fortalece con la cosecha récord de soja y la mayor demanda brasileña de productos industriales argentinos. El tipo de cambio real alto, a su vez, depende según se mire la foto o la película.
Las estadísticas del BCRA muestran que el tipo de cambio real multilateral (que relaciona el peso con una canasta de monedas) era en febrero 12,6% más alto que el de hace un año, pero 5,2% más bajo que en noviembre de 2009. La explicación es que hacia fin del año pasado se frenó en el mundo la depreciación del dólar frente a otras monedas y, en la Argentina, la sucesión de miniajustes del tipo de cambio nominal frente a una inflación más baja que la actual. Esta tendencia es corroborada por un cálculo del Estudio Broda, que registra entre marzo de 2010 y noviembre de 2009, caídas de 9,6% en el TCRM y de 7,3% del tipo de cambio real bilateral (peso/dólar). A valores reales de 2001 (previos a la convertibilidad), un dólar equivalía en marzo pasado a 1,30 pesos, frente a 1,41 en noviembre de 2009 y 1,55 en enero de 2008. Para fin de 2010, Broda prevé un deterioro de 14,3% en el TCRM con respecto a diciembre de 2009 y de 24,3% frente al promedio 2003/2006.
Para los exportadores, una mayor o menor rentabilidad depende del mercado o la moneda en que operan, así como del precio internacional y el volumen de lo que venden, pero una suba de costos en dólares los descoloca. El argumento del "lobby devaluacionista", como se lo califica en algunos despachos oficiales, apunta a subir el tipo de cambio nominal para licuarlos, pero eso tiene patas cortas si la mayor inflación resultante no permite mejorar o deteriora el tipo de cambio real.
El problema, entonces, es la inflación más que el dólar. Aunque en el mercado interno a muchos empresarios les convenga para hacer diferencias rápidas y a los dirigentes sindicales fortalecerse gestionando aumentos salariales impactantes, que no pueden obtener quienes no tienen la misma capacidad de presión, como la legión de jubilados, trabajadores en negro, cuentapropistas y desocupados. A más largo plazo, sin embargo, una alta inflación les complica la vida a todos. Incluso al propio Gobierno, que dice desconocerla y retuerce las estadísticas para ocultarla.

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