domingo, 12 de diciembre de 2010

Hay otras maneras de bajar el déficit. Por Joseph Stiglitz


Como resultado de la gran recesión, los países se han quedado con déficits inéditos en tiempos de paz e inquietos por sus crecientes deudas nacionales. En muchos países, a eso se está respondiendo con medidas de austeridad, políticas que ocasionarán una pérdida de dinamismo de las economías nacionales y mundiales y una desaceleración sustancial en el ritmo de la recuperación. Quienes esperan que los déficits se reduzcan significativamente tendrán una profunda decepción, porque la desaceleración económica presionará a la baja los ingresos fiscales y aumentará las demandas de seguro de desempleo y otros beneficios sociales.


El intento de frenar el aumento de la deuda obliga a los países a centrarse en sus prioridades y sopesar sus valores. Es improbable que en el corto plazo EE.UU. realice grandes recortes al presupuesto, al estilo Reino Unido. Sin embargo, el pronóstico de largo plazo ­que es especialmente alarmante por la escasa mella que la reforma del sistema de salud está haciendo en los crecientes costos médicos­ es lo suficientemente sombrío que se está haciendo un creciente esfuerzo bipartidario para hacer algo. El presidente Barack Obama ha nombrado una comisión bipartidaria de reducción del déficit, cuyos presidentes presentaron algunos avances de lo que sería su informe final. Técnicamente, reducir el déficit es simple: reducir el gastos o aumentar los impuestos. Pero es evidente que el programa de reducción del déficit, al menos en EE.UU., va más allá. Es un intento de debilitar la protección social, reducir la progresividad del sistema fiscal y achicar el Estado, todo ello sin afectar intereses, como los del sector militar industrial. En los Estados Unidos (y en otros países avanzados), cualquier programa de reducción del déficit tiene que ser acorde con lo que ha sucedido en la última década: un aumento masivo del gasto de defensa impulsado por dos guerras inútiles, pero que va más allá; un aumento de las desigualdades, en el que el 1% reúne más del 20% del ingreso del país, acompañado de una declinación de la clase media (la mediana del ingreso de los hogares cayó más de 5% en la última década y ya venía en baja incluso antes de la recesión); una subinversión en el sector público, incluida la infraestructura, dramáticamente puesta de relieve por el colapso de los diques en Nueva Orleans, y un aumento de los sostenes a empresas, desde los rescates bancarios hasta los subsidios al etanol y a la agricultura, aun cuando esos subsidios han sido declarado ilegales por la OMC. Como resultado, es relativamente fácil formular un paquete de reducción del déficit que fomente la eficiencia, impulse el crecimiento y reduzca la desigualdad. Se necesitan cinco ingredientes principales. Primero, debe haber un aumento de las inversiones públicas de alto rendimiento. Incluso si esto amplía el déficit en el corto plazo, a largo plazo la deuda nacional se reducirá. ¿Qué empresa no aprovecharía oportunidades de inversión con rendimientos superiores al 10% si pudiera obtener crédito ­como lo puede hacer el gobierno estadounidense­ con un interés menor al 3%? Segundo, se debe recortar el gastos militar: no sólo los fondos para guerras inútiles sino también para las armas que no funcionan contra enemigos inexistentes. Seguimos actuando como si la Guerra Fría nunca hubiera finalizado, gastando tanto en defensa como todo el resto del mundo junto. Lo anterior es necesario para eliminar los subsidios a las empresas. Pese a haber despojado a las personas de su red de seguridad, EE.UU. ha fortalecido la red de seguridad para las empresas, lo que ha quedado evidenciado claramente en la gran recesión con los rescates de IG, Goldman Sachs y otros bancos. Los sostenes a las empresas representan casi la mitad del ingreso total en algunos sectores de las agroindustrias estadounidenses; por ejemplo, se conceden miles de millones de dólares en subsidios al algodón a unos cuantos agricultores ricos, mientras que los precios bajan y hay una pobreza creciente entre sus competidores del mundo en desarrollo. Una forma particularmente notoria de tratamiento especial a las empresas es el que se les da a las farmacéuticas. Aun siendo el mayor comprador de sus productos, no puede negociar precios, lo cual deriva en un incremento significativo de los ingresos empresarios ­y de los costos del Estado­ que se acerca al billón de dólares en una última década. Otro ejemplo es la gran variedad de beneficios especiales previstos para el sector energético, especialmente petróleo y el gas, con lo que simultáneamente se roba al Tesoro, se distorsiona la asignación de recursos y se destruye el medio ambiente. Después, están las dádivas, que no parecen tener fin, de recursos nacionales, desde la gratuidad del espectro a las emisoras, hasta los subsidios a las madereras, pasando por las bajas regalías de las empresas mineras. También es necesario crear un sistema fiscal más eficiente y justo mediante la eliminación del tratamiento especial a las ganancias de capital y dividendos. ¿Por qué aquéllos que trabajan para vivir tienen que estar sujetos a impuestos más altos que los que viven de la especulación (a menudo a expensas de los demás)? Finalmente, con más del 20% de los ingresos totales concentrado en el 1% de los que más ganan, un pequeño aumento de 5%, por decir, en los impuestos cobrados efectivamente, recaudaría más de un billón de dólares en una década. Un paquete de reducción del déficit diseñado según estas directrices satisfaría las demandas hasta de los halcones del déficit. Aumentaría la eficiencia, promovería el crecimiento y mejoraría el medio ambiente, y beneficiaría a los trabajadores de la clase media. Sólo hay un problema: no beneficiaría a los que están arriba, a los intereses corporativos y otros que han venido dominando el diseño de las políticas en los Estados Unidos. Justamente es por su lógica convincente que hay pocas probabilidades de que dicha propuesta razonable se pueda llegar a adoptar.

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Gas, de la abundancia a la necesidad y urgencia. Por Néstor Scibona

La mayoría de los especialistas coincide en que el anuncio de YPF sobre explotación no convencional de gas natural en la cuenca neuquina es un hecho auspicioso, pero que sus alcances sólo podrán precisarse a mediano plazo. No fue éste, precisamente, el tono empleado por la presidenta Cristina Kirchner al oficializar el hallazgo, cuando prefirió el triunfalismo con que su gobierno suele magnificar cada buena noticia. Así, cualquier observador no muy informado podría deducir que la Argentina está cerca de recuperar su autoabastecimiento de gas y mantener los bajos precios (regulados y subsidiados) que catapultaron el consumo interno en los últimos años. La realidad, sin embargo, no se corresponde con esta perspectiva.

Una primera aproximación la aportó el propio gobernador del Neuquén, Jorge Sapag, cuando corrigió a la Presidenta señalándole que su provincia podrá contar con más fondos pero no en lo inmediato. Previamente, el subsecretario provincial de Energía, Héctor Mendiberry, había aclarado que, como son muy costosos de explorar y extraer, estos importantes recursos de shale gas (provenientes de arcillas) o tight gas (de areniscas más permeables) aún no están en condiciones de ser certificados para elevar de seis a 16 años el horizonte actual de reservas, como fue anunciado. A su manera, ambos apuntaron a una cuestión de la que suele hablarse poco en la Argentina: no basta con contar con recursos naturales si la inversión no es suficiente para extraerlos, para lo cual el precio es un factor clave. Quizás esto explique que, por cuerda separada, se conociera el acuerdo entre la Secretaría de Energía y el gobierno neuquino por el cual YPF podrá cobrar entre 4,5 y 7,5 dólares (por millón de BTU, la unidad de medida) el gas que extraiga de esos reservorios. Esta franja, que se aplicaría a otras petroleras con inversiones en esa cuenca, se ubica entre el piso establecido por el plan Gas Plus (por la producción adicional con nuevas inversiones) y el techo del gas natural importado (que llega desde Bolivia, o licuado en barcazas -GNL- para ser regasificado). Y resulta entre dos y tres veces más alto que el promedio que se reconoce a los productores locales (2,40 dólares) en los yacimientos convencionales.
A primera vista podría deducirse que, con precios más atractivos, las compañías aumentarán inversiones en exploración y producción que permitirían sustituir importaciones. Pero todo indica, por un lado, que estos incentivos se limitan a una porción marginal de la producción, frente a una demanda interna que no para de crecer y obliga a importaciones crecientes. Por otro, que el riesgo es mayor, no sólo a nivel geológico y de costos tecnológicos, sino porque hasta ahora los precios diferenciales se manejan con un alto grado de discrecionalidad. Una prueba de ello son los discretos resultados alcanzados con el plan Gas Plus en yacimientos convencionales. A través de este régimen, las petroleras primero deben invertir en nuevos pozos y acordar contratos con clientes mayoristas (industrias o generadoras eléctricas), pero el precio finalmente queda sujeto a la aprobación del Ministerio de Planificación. Por eso nadie en el sector está demasiado seguro, aun con el nuevo esquema para el shale o tight gas, de que ante una situación de escasez de gas no aparezca el llamado de algún funcionario (Roberto Baratta o Guillermo Moreno) para desviar el destino del suministro y desvirtuar la mejora de precios. Tampoco hay consenso de que éste sea el camino más directo para ampliar el acotado horizonte de reservas: sin ir más lejos, la Argentina cuenta con 19 cuencas de hidrocarburos (en el continente y en el mar) de las cuales sólo seis se encuentran en explotación por falta de incentivos y de seguridad jurídica para invertir.
El estancamiento de la producción de gas natural frente al aumento del consumo con precios virtualmente congelados (para usuarios residenciales y de GNC) obliga a aumentar importaciones y también subsidios. La Argentina dejó de exportar gas hace cuatro años y perdió el autoabastecimiento poco después. En números redondos, la demanda interna alcanza a unos 130 millones de metros cúbicos diarios, de los cuales unos 110 millones son atendidos por producción local y el resto se cubre con importaciones desde Bolivia (unos 5/6 millones) y de GNL (8/14 millones), a través del buque regasificador arrendado desde 2008 en Bahía Blanca, al que próximamente se sumaría otro en la zona de Escobar/Campana. Aun así, en los picos de consumo invernal resultan insuficientes para abastecerla y por eso es necesario cortar el suministro de gas a industrias y a generadoras eléctricas (que deben utilizar combustibles líquidos aún más caros y subsidiados).A cinco años vista
Este problema no podrá resolverse a corto plazo. Incluso, si tuvieran pleno éxito los proyectos de explotación no convencional de gas en la cuenca neuquina (y se ampliaran en 30% las reservas), los especialistas estiman que insumirá no menos de cinco años y enormes inversiones reemplazar el equivalente al volumen que se importa desde Bolivia.
Pero otro problema aún más difícil de resolver es cómo frenar la cuenta de subsidios del Tesoro, que a su vez presiona sobre la inflación. Según el ex secretario radical de Energía, Daniel Montamat, en 2010 sumarán 24.000 millones de pesos y, junto con los destinados a las tarifas del transporte (otros 20.000 millones), equivalen al total de la recaudación por retenciones agrícolas. Hace cinco años (en 2005) ascendían a 3000 millones, o sea que se multiplicaron por ocho sin que se haya mejorado en equidad social. De hecho, explica que los sectores más pobres que deben consumir gas en garrafas pagan un precio equivalente a 1,20 peso por metro cúbico, mientras que los usuarios conectados a redes abonan sólo 0,30. A esto suma que los precios regulados de la electricidad mayorista (120 pesos por MW/h) frente a costos de producción casi cuatro veces superiores por la escasez de gas (del cual depende el 50% de la matriz energética), obligan al Estado a compensar las diferencias con más gasto público. Por eso propone un período de transición de cinco años para corregir las distorsiones de precios y tarifas e incluir compromisos de inversión para aumentar la oferta. Su colega peronista Alieto Guadagni también coincide con la necesidad de un período similar, con un diagnóstico inquietante: "En julio de este año -explica- la balanza energética fue negativa (en 230 millones de dólares) por primera vez en 20 años. Se cierra un ciclo de dos décadas de energía abundante, barata y exportada y se abre otro de energía escasa, cara e importada".
Es difícil saber si la presencia de Cristina Kirchner en YPF avalando mayores precios para la producción local, aun en forma limitada, significa una primera aproximación a esa perspectiva. Por lo pronto, sirvió para suspender de la propaganda oficial del fútbol por TV un engañoso aviso que rezaba: "Tenemos [sic] un buque que regasifica gas y lo inyecta en los gasoductos. Beneficios para un millón de argentinos".
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lunes, 6 de diciembre de 2010

Las lecciones que Europa puede aprender de América Latina. Por Bob Davis


(Publicado en WSJ en español. Contiene interesantes referencias a Brasil y la Argentina)

En las últimas seis décadas, América Latina ha soportado más crisis financieras que ninguna otra parte del mundo. La región ha aprendido lecciones que son importantes ahora para la zona euro, que todavía no ha podido detener la propagación de un incendio financiero.
Aunque las dos regiones tienen niveles de riqueza muy diferentes, hay importantes similitudes. Los problemas financieros en ambas partes se contagian de un país a otro a través del comercio, las finanzas y la psicología de grupo. Muchos países latinoamericanos ligaron sus monedas estrechamente al dólar, dejando su política monetaria en manos de la Reserva Federal de Estados Unidos, de la misma forma que los países de la zona euro dejaron de lado sus propias monedas a favor del euro y del Banco Central Europeo.


¿Cómo enfrentar una crisis que amenaza con salirse de control? La receta tradicional de recortar el presupuesto y reducir los programas sociales para pagar las deudas, impulsada por el Fondo Monetario Internacional como requisito de sus préstamos, puede funcionar, como es evidente en la experiencia latinoamericana. En parte eso se debe a que el FMI esencialmente refinancia los créditos para los países que progresan en el cumplimiento de las metas de reducción del gasto público. En Europa, el FMI está trabajando en conjunto con un fondo de rescate europeo para dar forma a préstamos de ayuda.
Cuando los inversionistas abruptamente retiraron dinero de Brasil en 1998, lo que amenazó con llevar a la bancarrota al país, el FMI concedió un crédito ese año que fue seguido de otro en 2001 y un último en 2002. El último préstamo no expiró hasta 2005, con lo que el país tuvo siete años para ordenar sus asuntos, evitar el incumplimiento de pagos y colocarse en el camino al crecimiento.
Pero América Latina también muestra que la cesación de pagos sobre una deuda soberana, que los países de la zona euro están luchando por evitar, puede tener un importante lado positivo. "La reestructuración puede ser menos dolorosa de lo que parece si se hace limpia y rápidamente", dice el economista venezolano de la Universidad de Harvard, Ricardo Hausmann, que ha trabajado por varios años en problemas vinculados a la deuda latinoamericana. "Hubo reestructuraciones que tuvieron efectos saludables" reduciendo el peso de la deuda, sostuvo.
Orquestar una reestructuración es complicado. Andrew Powell, un investigador del Banco Interamericano de Desarrollo, distingue entre las cesaciones de pago favorables al mercado y las que son contrarias o "agresivas". Jamaica persuadió este año a más del 99% de sus acreedores para que aceptaran una reducción en la tasa de interés de la deuda interna de la isla y la postergación del vencimiento. Eso redujo los pagos anuales de intereses del gobierno en alrededor de un tercio, calcula Powell. El FMI y agencias multilaterales de desarrollo proveyeron un crédito de US$2.200 millones para respaldar a los bancos, que tenían parte importante de la deuda.
El lado negativo: la solución favorable al mercado no redujo la deuda total de Jamaica que equivale a 140% del Producto Interno Bruto, debido a que el valor nominal de la deuda interna no fue tocado y la externa no fue incluida en el plan. "Le da a los países tiempo para ajustarse el cinturón, pero igual tienen que reducir el gasto", consideró Powell.
El modelo argentino
El ejemplo más prominente de una cesación de pagos "agresiva" es Argentina, que asestó a sus acreedores un golpe de 70% del valor nominal de su deuda en 2005 y todavía tiene muchos inversionistas que están intentando que Buenos Aires pague más. Desde entonces, Argentina ha estado marginada de los mercados financieros internacionales.
El lado positivo: la carga de la deuda del país se redujo un tercio después de la cesación de pagos y la economía comenzó a tener un alto crecimiento. Parte de la razón es el incremento de la demanda por el trigo, la carne y otras materias primas argentinas, gracias a China. Pero también esto se debe, en parte, a que el crecimiento de la economía no se vio estancado debido a pagos de deuda demasiado onerosos.
"La suspensión de pagos agresiva significa que usted va a ser considerado como un deudor poco fiable y será excluido de los mercados de capitales, pero existe la posibilidad de que pueda solucionar sus problemas más rápido", explicó Powell.
Alemania quiere que los países de la zona euro obliguen a sus acreedores a aceptar una reducción de lo que se les debe en futuras crisis, aunque está proponiendo un esquema financiero complicado que podría hacer improbable ese desenlace. Pero los países de la zona euro no pueden devaluar sus monedas para obtener ventajas competitivas, como lo hizo Argentina, a menos de que se retiren del euro.
Hausmann dice que una decisión así sería difícil y tendría consecuencias impredecibles, pero podría reducir rápidamente la deuda externa de un país. Si Irlanda declarase que una libra irlandesa equivale a un euro, podría convertir su deuda en euros a deuda en libras.
Luego, podría hacer que el valor de la libra flotara en los mercados de divisas, agregó. La inevitable devaluación incrementaría la competitividad de las exportaciones, sin empeorar la carga de la deuda interna. "El tigre irlandés podría renacer", opinó.
El caso de Brasil en 1995 sugiere una alternativa menos drástica. Esa vez, el país salió del pánico financiero cuando el peso argentino se apreció rápidamente debido a que estaba atado a lo que entonces era un dólar en alza. Las exportaciones agrícolas brasileñas tuvieron un auge mientras que las argentinas se hundieron. Sin darse cuenta, Argentina se volvió un motor económico para Brasil.
Alemania podría jugar el mismo rol en Europa—aunque esta vez deliberadamente— si incrementara la demanda doméstica para captar las importaciones de Irlanda, Grecia, España y otros países de Europa que están en problemas. El economista Joseph Stiglitz , ganador del premio Nobel, dijo que Alemania también necesita ayudar a otros países a reducir sus deudas, en lugar de solamente proveer otros préstamos.
"Estos países (europeos) podrían probablemente sobrevivir simplemente insistiendo en que los acreedores acepten reducciones de pagos", en lugar de abandonar el euro. "Pero necesitarán otra herramienta, una enorme cantidad de ayuda", consideró.


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domingo, 5 de diciembre de 2010

En la órbita de China. Por Niall Ferguson

(Nota aparecida en The Wall Street Journal)
Ahora nosotros somos los amos". Me pregunto si el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, vio esas palabras escritas en la frente de su par chino, Hu Jintao, durante la cumbre del G-20 que se celebró en noviembre en Seúl. Quizás el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, también escuchó la misma declaración cuando los chinos desestimaron su propuesta de limitar los desequilibrios en las cuentas corrientes globales. El presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, fue tratado de la misma forma cuando anunció una nueva ronda de "relajación cuantitativa" para darle un impulso a la economía estadounidense, medida descrita por un destacado comentarista chino como "irresponsable".


"Ahora nosotros somos los amos". Eso fue sin duda lo que escuchaba una y otra vez en mi cabeza durante mi reciente visita a China. No fue tanto la fastuosa fiesta a la que asistí en el Templo Tai Miao, cerca de la Ciudad Prohibida, la que me dio esta impresión. Fue la confianza en sí mismos, subestimada pero inconfundible, de los economistas con los que hablé la que me dijo que algo había cambiado en las relaciones entre China y Occidente.
Uno de ellos, Cheng Siwei, explicó durante la cena cuál es el plan de China para convertirse en un líder de la tecnología de energía verde. Entre tragos de vino de arroz, Xia Bin, un asesor del Banco Popular de China, delineó la necesidad de un amplio programa de privatización. Y en un inglés perfecto, David Li, de la Universidad de Tsinghua, confesó que no estaba satisfecho con la calidad de los doctorados chinos.
No se podría pedir gente más inteligente para debatir sobre las dos preguntas más interesantes en la historia económica actual: ¿por qué Occidente llegó a dominar no sólo a China sino al resto del mundo en los cinco siglos posteriores a la construcción de la Ciudad Prohibida? y ¿ha llegado a su fin ese período de dominio occidental?
En un brillante ensayo que aún no ha sido traducido al inglés o al español, Li y su coautor, Guan Hanhui, echan por tierra la idea de que China estaba económicamente a la par con Occidente hasta por lo menos principios del siglo XIX. El Producto Interno Bruto per cápita, señalan, se estancó en la era Ming (1402-1626) y fue significativamente más bajo que el de la Gran Bretaña preindustrial. La economía de China seguía siendo abrumadoramente agrícola, donde los cultivos de baja productividad representaban 90% del PIB. Durante un siglo después de 1520, la tasa de ahorro nacional china de hecho fue negativa.
La historia de lo que Kenneth Pomeranz, un profesor de historia de la Universidad de California, denominó "la Gran Divergencia" entre Oriente y Occidente comenzó mucho antes.
Entre 1600 y 1800, China continuó estancándose y, en el siglo XX, incluso se contrajo, mientras el mundo angloparlante, seguido de cerca por el noroeste de Europa, se abría camino. Para 1820, el PIB per cápita de EE.UU. era el doble que el de China y para 1870 era casi cinco veces mayor; para 1913, la proporción era de casi 10 a 1.
A pesar de la dolorosa interrupción de la Gran Depresión, EE.UU. no sufrió nada tan devastador como la odisea de China de mediados del siglo XX: primero una revolución, luego una guerra civil y una invasión japonesa, seguidas de más revolución, una hambruna y aún más revolución (cultural). En 1968, el estadounidense promedio era 33 veces más rico que el chino, según cifras calculadas sobre la base de paridad de poder de compra (que contempla los diferentes costos de vida en ambos países). Calculado en términos actuales de dólar, el diferencial en su momento álgido llegó a ser de 70 a 1.
Tras dos años de investigaciones para mi próximo libro, concluí que Occidente desarrolló seis "aplicaciones infalibles" que "el Resto" no tenía. Eran las siguientes:
Competencia: Europa estaba fragmentada políticamente y dentro de cada monarquía o república había múltiples entidades corporativas que competían.
La Revolución Científica: Todos los descubrimientos clave del siglo XVII en matemáticas, astronomía, física, química y biología se produjeron en Europa Occidental.
El imperio de la ley y el gobierno representativo: Este sistema óptimo de orden social y político surgió en el mundo anglosajón, basado en los derechos de propiedad y la representación de propietarios en legislaturas electas.
Medicina moderna: Todos los grandes avances en salud de los siglos XIX y XX, incluido el control de enfermedades tropicales, fueron logrados por europeos occidentales y norteamericanos.
La sociedad de consumo: La Revolución Industrial cobró fuerza donde coincidían la oferta de tecnologías que mejoraban la producción con una demanda de más y mejores productos más asequibles.
Ética laboral: Los occidentales fueron los primeros en combinar trabajo más extendido e intensivo con tasas de ahorro más altas, lo que permitió una acumulación de capital sustancial.
Esas seis "aplicaciones infalibles" fueron la clave para el ascenso de Occidente. La historia de nuestro tiempo es que "el Resto" finalmente comenzó a descargarlas, en un proceso que no fue nada fácil. Japón no tenía ni idea de cuáles eran los elementos cruciales de la cultura occidental y acabó copiándolo todo, desde la ropa a los peinados. Desafortunadamente, emprendieron la construcción de imperios en un momento en que los costos del imperialismo empezaron a superar las ventajas. Otras economías asiáticas, especialmente India, perdieron décadas sobre la premisa de que las instituciones socialistas de la Unión Soviética eran superiores a las de Occidente, basadas en el mercado libre.
A comienzos de la década de los 50, sin embargo, un grupo creciente de países del Este de Asia siguió a Japón al copiar el modelo industrial de Occidente, primero con los textiles y el acero, para luego ascender por la cadena de valor. La descarga de "aplicaciones occidentales" se volvió más selectiva. La competencia y el gobierno representativo no figuraban mucho en la receta del desarrollo asiático. Hoy, Singapur ocupa el tercer puesto en el ránking del Foro Económico Mundial de competitividad. Hong Kong es el número 11, seguido de Taiwán (13), Corea del Sur (22) y China (27). En términos generales, es el orden en el que históricamente estos países occidentalizaron sus economías.
Hoy, el PIB per cápita de China representa 19% del de EE.UU., comparado con 4% cuando comenzó la reforma económica hace más de 30 años. La revolución de la industrialización china fue la más rápida de todas. Según el Fondo Monetario Internacional, la participación de China en el PIB global (medida en precios actuales) pasará la marca de 10% en 2013. Goldman Sachs sigue pronosticando que China superará el PIB de EE.UU. en 2027, igual que superó hace poco a Japón.
Pero, en algunos aspectos, el siglo asiático ya está aquí. China está a punto de superar la participación estadounidense de manufactura global, habiendo adelantado a Alemania y Japón. Pero nada acelerará de forma más certera el traslado del poder económico global que la crisis fiscal de EE.UU., un país que tiene una proporción de ingresos-deuda de 358%, según Morgan Stanley.
Si tuviera que resumir la nueva gran estrategia de China, lo haría al estilo chino, con los cuatro "Más": consumir más, importar más, invertir más en el extranjero e innovar más. En cada caso, un cambio de la estrategia económica se traduciría en un buen dividendo geopolítico.
Lo que estamos viviendo es el fin de 500 años de supremacía occidental. Quizás los chinos no sean todavía los amos. Pero algo es seguro: ya no son los aprendices.
—Niall Ferguson es profesor de la Universidad de Harvard. Su nuevo libro, "Civilization: The West and The Rest", será publicado en EE.UU. en marzo.

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Congelar la esperanza. Por Paul Krugman

(Nota publicada en El País (Madrid), el 5 de diciembre de 2010)
Tras la "aplastante derrota" demócrata en las elecciones de mitad de mandato, todo el mundo se preguntaba cómo respondería el presidente Obama. ¿Demostraría lo que vale? ¿Defendería firmemente los valores en los que cree, incluso ante la adversidad política?
El lunes obtuvimos la respuesta: anunció la congelación de los sueldos de los trabajadores federales. Fue un anuncio que lo tenía todo. Era abiertamente cínico; era insignificante en cuanto a su magnitud, pero descaminado en cuanto al rumbo; y al hacer el anuncio, Obama reconoció el argumento político de esa misma gente que está tratando -parece que con éxito- de destruirle. Por eso supongo que, de hecho, estamos viendo lo que vale Obama.

En cuanto a esa congelación salarial, al presidente le gusta hablar de "momentos aleccionadores". Bien, en este caso parece ansioso por enseñar algo falso a los estadounidenses. La verdad es que el problema del déficit de larga duración de Estados Unidos no tiene nada que ver en absoluto con pagar demasiado a los trabajadores federales. Para empezar, esos trabajadores no cobran un sueldo excesivo. Los sueldos federales son, de media, ligeramente inferiores a los de los trabajadores del sector privado con aptitudes equivalentes. Y en cualquier caso, el salario de los empleados solo es una pequeña parte del gasto federal, por lo que incluso aunque se redujese la nómina a la mitad, el gasto público disminuiría menos de un 3%.
Por eso la congelación salarial es un escenario cínico de reducción del déficit. Es un truco (literalmente) barato que solo parece impresionar a la gente que no sabe nada de la realidad presupuestaria. El ahorro real, unos 5.000 millones de dólares en dos años, es calderilla dada la magnitud del déficit.
De cualquier manera, recortar el gasto público en un momento en el que la economía está deprimida es exactamente lo que no hay que hacer. Si no que se lo pregunten a los responsables de la Reserva Federal, que últimamente han estado más o menos suplicando que les echen una mano en sus esfuerzos para fomentar un crecimiento más rápido del empleo.
Mientras tanto, hay un verdadero problema del déficit sobre el tapete: si se ampliarán, como exigen los republicanos, los recortes impositivos para los ricos. Sirva como recordatorio que, en los próximos 75 años, el coste de hacer permanentes esas rebajas fiscales equivaldría aproximadamente a todo el déficit financiero previsto de la Seguridad Social. La estratagema de los sueldos de Obama podría, solo podría, haber estado justificada si hubiera usado el anuncio de la congelación como una oportunidad para adoptar una postura firme frente a las exigencias republicanas y declarar que en un momento en que los déficits son un problema importante, las exenciones tributarias para los más ricos son inaceptables.
Pero no lo hizo. Por el contrario, por lo visto pretendía que el anuncio de la congelación salarial se considerase un gesto de paz hacia los republicanos en vísperas de una cumbre bipartidista. En esa reunión, Obama, que se ha enfrentado a dos años de una oposición totalmente de tierra quemada, declaró que no había logrado acercarse lo suficiente a sus implacables enemigos. No llevaba, que se sepa, un letrero en la espalda que dijera "dadme una patada", aunque bien podría haberlo llevado.
No hubo gestos comparables por parte del otro bando. En vez de eso, los senadores republicanos declararon que nada de la legislación que quedaba sobre la mesa -una legislación que incluye cosas como un tratado sobre armas estratégicas que es vital para la seguridad nacional- se aprobaría hasta que se resolviera el tema del recorte impositivo, presumiblemente según sus condiciones.
Es difícil no tener la impresión de que los republicanos le han tomado la medida a Obama y que le están poniendo en evidencia convencidos de que seguramente fracasará. Y también es difícil no tener la impresión de que tienen razón.
La verdadera cuestión es qué están pensando Obama y su círculo más cercano. ¿De verdad creen, después de todo este tiempo, que con los gestos de apaciguamiento hacia el partido republicano obtendrán una respuesta de buena fe?
Lo que resulta todavía más desconcertante es la aparente indiferencia del equipo de Obama en cuanto al efecto que esos gestos tienen en sus seguidores. Uno habría esperado que un candidato al que el entusiasmo de los activistas llevó a una inesperada victoria en las primarias demócratas se diera cuenta de que ese entusiasmo era un activo importante. En cambio, parece casi como si Obama estuviese tratando, sistemáticamente, de decepcionar a unos seguidores antaño apasionados y de convencer a la gente que lo puso donde está de que cometió un error lamentable.
Sea lo que sea que esté sucediendo en la Casa Blanca, desde fuera parece un hundimiento moral, un fracaso total en lo que se refiere al propósito y una pérdida de rumbo.
Entonces ¿qué tienen que hacer los demócratas? Parece que la respuesta, cada vez más, es que tendrán que valerse por sí mismos. Concretamente, los demócratas siguen teniendo la capacidad de poner a sus oponentes en apuros en el Congreso, como hicieron el jueves cuando forzaron la votación sobre el aumento de los recortes impositivos para la clase media, poniendo a los republicanos en la incómoda postura de votar contra la clase media para proteger las rebajas de impuestos de los ricos.
Lógicamente, a los demócratas les resultaría más fácil hacer borrón y cuenta nueva si Obama pusiera de su parte. Pero todos los indicios apuntan a que el partido tendrá que buscar en otra parte el liderazgo que necesita.
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En Seúl se escuchó fuerte la palabra de los emergentes- Por Jeffrey D. Sachs


La cumbre del G-20 en Seúl fue notable por la influencia política cada vez mayor de los países emergentes.
En dos sectores decisivos -la macroeconomía y el desarrollo económico mundial-, prevaleció la opinión de las economías en desarrollo y de la cumbre resultó una propuesta excelente de vincular los dos programas -el de la macroeconomía y del desarrollo-, que se aplicará en 2011. Un rasgo fundamental de la economía actual es que funciona con dos velocidades. Los Estados Unidos y gran parte de Europa siguen empantanados con las secuelas de la crisis financiera. Sin embargo, los mercados en ascenso superaron la crisis. Mientras que 2009 fue un año duro para la economía mundial, en 2010 los emergentes se recuperaron con fuerza.


Los datos recientes de Perspectivas de la Economía Mundial del Fondo Monetario Internacional explican por qué. Durante 2010, se espera que los países con renta elevada logren un modesto crecimiento anual del PBI de 2,7%, mientras que para las economías en ascenso del G-20, junto con el resto del mundo en desarrollo, se espera una tasa de 7,1%. Las economías en desarrollo de Asia están disparadas, con un 9,4% de crecimiento. Se espera para América latina un 5,7% y para Africa subsahariana un 5% de crecimiento en 2010.
Esa economía mundial de dos velocidades es en gran medida un reflejo de que el comienzo de la crisis financiera de 2008 se debiera al excesivo endeudamiento de los países ricos. Estados Unidos, donde los consumidores, ayudados por la imprudente concesión de créditos a familias insolventes, se endeudaron para comprar casas y automóviles, fue el principal responsable. En la periferia de la Unión Europea -Irlanda, Portugal, España y Grecia- comenzó una orgía de endeudamiento hace un decenio, lo que alimentó un auge inmobiliario que acabó en una depresión.
La mayoría de las economías en ascenso no cayeron en un endeudamiento excesivo tan desastroso. Desde luego, una razón fue el vívido recuerdo en Asia de la crisis financiera de 1997, que puso de relieve la necesidad de poner límites a los préstamos bancarios y a las entradas de capitales.Más demanda interna
Antes de la cumbre de Seúl, los EE.UU. lanzaron la propuesta de que las regiones del mundo con superávit aumentaran su demanda interna -principalmente el consumo- para impulsar las importaciones y ayudar así a las regiones con déficit (incluidos los EE.UU.) a recuperarse. Los emergentes del G-20 no se dejaron impresionar. Su respuesta fue muy sencilla: la crisis comenzó con el endeudamiento excesivo de los EE.UU, por lo que les corresponde a ellos resolver el embrollo.
Los emergentes reaccionaron de forma similar ante otra iniciativa de los EE.UU.: la llamada "relajación cuantitativa" de la Reserva Federal. Una vez más los países con economías en ascenso hablaron al unísono. Dijeron a los EE.UU. que no aumentara artificialmente la masa monetaria, pues con ello crearía el riesgo de otra burbuja financiera, esa vez en las economías en ascenso y los mercados de materias primas.
El resultado de la deliberación es un nuevo marco para las relaciones del G-20 con el resto de los países en desarrollo, conocido como Consenso de Seúl sobre el Desarrollo para el Crecimiento Compartido. El G-20 decidió centrarse en los sectores del programa mundial de desarrollo en los que las economías más importantes tienen una ventaja relativa: la financiación de infraestructuras, como, por ejemplo, las carreteras o la energía eléctrica, la creación de empresas y el apoyo a las mejoras de la agricultura en los países más pobres. Otros aspectos del programa de desarrollo -por ejemplo, la salud y la educación- no serán objeto de atención especial del G-20.
Los EE.UU. incitaron a China, Alemania, Japón, entre otros, a aumentar el consumo, pero hay una forma mejor de utilizar las elevadas tasas de ahorro de esos países. En lugar de incitar el consumo, el G-20 debe esforzarse más por encauzar esos ahorros hacia los países más pobres con miras a financiar inversiones en infraestructuras.
El primer ministro de la India, Manmohan Singh, lo expresó perfectamente al observar que ahora el Africa subsahariana está en condiciones de absorber más entradas de capitales para la construcción de infraestructuras. Recomendó que se reciclaran los superávits del G-20 en ésos y otros países pobres para financiar esas inversiones. "Dicho de otro modo -dijo Singh-, debemos allanar los desequilibrios de un tipo para reducir los del otro tipo."
Encauzando los ahorros de China, Alemania o Japón hacia inversiones en infraestructuras en los países pobres, las economías del mundo funcionarían de verdad en armonía. La cumbre del G-20 en Seúl puede haber iniciado ese importante proceso.

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jueves, 25 de noviembre de 2010

Inflación: las diez causas de un fenómeno que inquieta. Por Francisco Jueguen

No hay peor ciego que aquel que no quiere ver. El refrán, nacido de la profunda experiencia popular, hace justicia a la usual estrategia kirchnerista para enfrentar las contrariedades de la vida cotidiana que ponen en jaque su discurso progresista: la negación sistemática. Así, sin reconocimiento oficial, el más palpable de los problemas que sufren los argentinos se escurre, preocupante, hacia sus bolsillos. Esa incómoda verdad, más allá de la batalla semántica, tiene un único nombre. Se llama inflación.

Hasta economistas cercanos al Gobierno, como el radical Aldo Ferrer o el justicialista Eduardo Curia, reconocen la existencia de la inflación. "Los precios están subiendo más de lo que conviene. Hay una inflación incómoda", confiesa Ferrer, director de Enarsa. Sin embargo, son originales a la hora de explicar las causas. La inflación, sugieren, es inercial y alentada por expectativas. Otros 17 economistas también ratificaron que la inflación existe, pero opinaron que su origen es otro. Aquí, un decálogo de las diferentes causas y mitos de la inflación:
Foro: 1) Más gasto que ingresos
Cristina Kirchner dio la buena noticia. Dijo que la economía cerraba 2009 con un superávit fiscal primario (antes del pago de intereses de la deuda) de $ 17.277 millones, un 1,5% del PBI. Pero, como siempre ocurre con la información oficial, ciertos detalles fueron selectivamente olvidados. Se había registrado una caída del ahorro primario de un 47% en relación con 2008 y un déficit fiscal (tras el pago de intereses) de $ 7131,1 millones. Si no hubiera sido por recursos extraordinarios (el dinero de los jubilados y del FMI, por ejemplo), el resultado hubiese sido mucho peor. El gasto público había crecido un 30% anual, por arriba de los ingresos y de la inflación real, de un 15% en promedio, según los privados. Para el Gobierno, de cara a las elecciones de 2011, es fundamental mantener ese nivel de erogaciones: allí el germen del Fondo de Desendeudamiento, compuesto por reservas para pagar deuda. La mayoría de los economistas piensan que la inflación de hoy es consecuencia del incentivo (transferencias del Gobierno o cambios en la estructura impositiva) de la demanda agregada (la cantidad de bienes y servicios que demandan todos los habitantes de un país). Crece el gasto ?financiado con emisión monetaria? muy por encima del ritmo de la recaudación. Según Bein & Asociados, se pasó de un superávit primario de 3,9% del PBI en 2004 a un déficit de 1% del PBI si no se consideran los recursos extraordinarios.
Pero ¿cuál es esa política fiscal que fogonea la inflación? La obra pública, salarios estatales, aumentos a jubilados y la asignación por hijo, por ejemplo, sobre lo que es difícil producir un ajuste. Pero también aparecen, entre otros, los millonarios subsidios a privados (firmas energéticas, de transporte de pasajeros y compensaciones a productores agropecuarios), el sostenimiento del Fútbol para Todos o los US$ 57 millones que perdió Aerolíneas Argentinas durante enero y febrero de este año.
Para el economista Roberto Cachanosky hay un stock de subsidios que "gatilla el aumento del gasto público". Según sus cifras, en 2006 los subsidios al sector energético fueron de $ 4032 millones, mientras que en 2009 llegaron a 15.944 millones. En tanto, el sector transporte, que en 2006 tenía subsidios por 1876 millones, recibió el año pasado 11.584 millones. El total de subsidios y préstamos del sector público al sector privado pasó de 8800 millones en 2006 a 33.300 millones el año pasado. 2) Inversión insuficiente
"En vez de aumentar la oferta, los empresarios incrementan los precios", vociferó el ministro del Interior, Florencio Randazzo. El Gobierno admite, así, que la inversión ?el motor de la oferta? está por lo menos amesetada en relación con la creciente demanda. El último informe del Centro de Estudios para la Producción (CEP) indicó que, a pesar de que superan ampliamente los promedios registrados durante la convertibilidad, ya en 2008 todos los componentes de la inversión comenzaron a mostrar una merma con respecto a 2007.
Los números del economista Orlando Ferreres no reflejan semejante amplitud con relación a los años 90. Mientras entre 1991 y 1994 se registró un crecimiento acumulado del PBI de un 36%, la tasa IBIF/PBI (la relación entre la inversión y el producto bruto interno) fue de 17,9%. En el período 1996-1998, con una expansión de un 18%, la tasa IBIF/PBI fue de 19,7%. Esto no cambió mucho durante el kirchnerismo. Durante 2003 y 2008, el crecimiento del PBI acumulado fue de un 50%, mientras que la inversión en relación con el producto fue de 19,8 por ciento.
"Hoy se invierte, pero no hay proyectos grandes y nuevos. Buena parte de la inversión es amortización; reponer lo que se desgasta", explica Ferreres, para quien la inversión está en un 19%, una tasa insuficiente. La meseta de la inversión tiene una explicación. Los empresarios se quejan de la falta de reglas claras e incentivos, la incertidumbre que genera la ausencia de estadísticas creíbles, la pérdida de competitividad del peso ?casi anclado frente al dólar, pese a la inflación? y "un clima hostil de negocios". 3) La expansión monetaria
El Banco Central de Martín Redrado recibió muchas críticas en los últimos años. A grandes rasgos, los economistas cuestionaron la expansión de la base monetaria ?mediante emisión de pesos? para financiar el aumento del gasto público, hecho que fogoneó la inflación en vez de ponerle un techo. Además, se criticó la pasividad del BCRA a la hora de inducir tasas de interés reales más altas, que promuevan el ahorro en vez del consumo.
El circulante, dice Marina Dal Poggetto, del estudio Bein & Asociados, avanzó un 18% anual en 2009 y estuvo en sintonía con el Programa Monetario difundido por el BCRA. Para este año, el mismo informe oficial prevé una expansión del M2 [en la jerga de los economistas, la sumatoria del dinero circulante y el depositado en cajas de ahorro y cuentas corrientes] de entre el 11,9% y el 18,9%, contra un 20,2% estimado por Bein.
El ex secretario de Política Económica de Martín Lousteau, Gastón Rossi, completa el cuadro. "En 2006 y hasta principios de 2008, la expansión monetaria era un subproducto de la política cambiaria: se emitía para comprar el excedente de dólares y sostener la paridad cambiaria nominal. Hoy debido al afiebrado ritmo de expansión del gasto y de la incapacidad para obtener financiamiento, la política monetaria pasó a estar determinada por la política fiscal. El Central emite para financiar al Tesoro", concluye.
Mario Brodersohn, ex secretario de Hacienda de Raúl Alfonsín, puso el foco en otro lugar. "Hay una política monetaria muy pasiva para los depositantes con tasas de interés negativas, o sea, muy por debajo de la inflación real". 4) Problemas de expectativas
Sin puntos de referencia sobre la verdadera realidad de los precios con los que indexar contratos y salarios, y determinar costos, algunos economistas creen que se genera una inercia inflacionaria que se monta en los problemas puramente estructurales. Desde la destrucción de la credibilidad del Instituto de Estadística y Censos (Indec), ningún actor económico y social sabe con certeza cuánto suben los precios. Así prolifera una decena de índices para medir la inflación.
Pero, desconociendo la variación promedio, se amplifican los saltos en los precios y los formadores compran cobertura frente al riesgo. Remarcan mirando al vecino y por las dudas. "Creo que la responsabilidad del estímulo fiscal y monetario son fenómenos sobrestimados", opina el economista de la consultora Prefinex Osvaldo Cado. "Una inflación del 15% anual a la par de un derrumbe de la demanda agregada de un 6% durante 2009 es la prueba incontrastable de que hoy la evolución de los precios tiene una dinámica que se explica a sí misma", agrega Cado.
Así, no son pocas las voces que coinciden en que, para empezar a atacar el problema de la inflación, es necesario antes encontrar una solución al problema de la falta de estadísticas confiables. 5) Paritarias y costos empresariales
Los salarios no son la causa de la inflación. Pero en un contexto de expectativas inflacionarias que se suma a un descontrol fiscal, reclamos desmedidos en las paritarias pueden impulsar la suba de precios. Ningún gremio reclama alzas menores al 23%. Usan, claro está, el "Indec del supermercado".
Pero además de los salarios, otros costos empresariales siguen subiendo mientras se recalienta la economía, algo que obliga a las compañías al ajuste para mantener su rentabilidad. Sólo para citar algunos ejemplos, los costos del sector de la construcción tuvieron un alza de un 27,02% (materiales y salarios) durante el último año, según la Cámara Argentina de la Construcción (CAC). En tanto, el índice de la Cámara Empresaria de Operadores Logísticos (Cedol) ?que incluye el transporte? avanzó, en sólo tres meses, un 5,75 por ciento. 6) La matriz productiva
La Argentina sufre, aunque no debiera, por ser "el granero del mundo". De esa hipótesis nació el uso de las retenciones a la exportación. La idea es simple: la matriz productiva nacional es fundamentalmente agropecuaria o agroindustrial. Son también estos productos los que mayormente se exportan. Cuando el mundo crece y demanda alimentos o derivados, los precios internos suben al ritmo de los internacionales. Las soluciones se duplican: mayor producción ?más inversión? o un ajuste por precios.
Actualmente, créase o no, la Argentina elabora alimentos para 300 millones de personas. Pero la inversión en el sector agroalimentario (el campo y su industria) está en standby. "Las trabas a las exportaciones, las normativas oficiales, las alzas en los impuestos nacionales, provinciales y municipales, la intervención en todos los mercados retrotraen la inversión. Se produce, pero no se sabe a cuánto se va a vender. Hay mucha incertidumbre", afirma Ernesto Ambrosetti, economista de la Sociedad Rural Argentina (SRA).
Las retenciones, que gravan todos los productos, no sólo al agro, fueron impuestas para diferenciar precios internos de los externos. Pero los empresarios del agro y la agroindustria desestiman que fueran usadas para proteger el plato de comida de los argentinos. El fin fue recaudar más, dicen. 7) Bendito dólar
Hoy se habla de atraso cambiario. Esto suele ocurrir cuando la inflación diluye la competitividad del tipo de cambio real. En el país, el Gobierno y los empresarios impulsaron principalmente sólo una competitividad cambiaria ?aquella que se basa en el valor de la moneda? en vez de una real, apoyada en la inversión tecnológica?. Pero más allá de eso, una política de tipo de cambio alto mal administrada genera presiones inflacionarias. No es el caso actual de China o de Chile entre mediados de los 80 y mediados de los 90, según Roberto Frenkel y Martín Rapetti, del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes). Además, según Rossi, actualmente la política cambiaria sólo tiene "incertidumbre hacia la suba" (la devaluación fue de un 27,62% desde 2006, según datos del BCRA). El economista afirma que nadie anticipa una apreciación nominal del peso, lo que desincentiva su demanda. Esto se agrava por tasas reales de interés fuertemente negativas.
La relación dólar-salario desaparece, explica Cado, si la moneda local es la de referencia, como ocurre en Brasil. "Al ser baja la inflación, la gente ahorra en reales", aclara. La cultura dolarizadora en la Argentina destruye esa opción. 8) Oligopolios y formadores de precios
Los oligopolios en sectores formadores de precios clave aceleran la tasa de inflación, pero siempre una vez que ésta está lanzada. Nunca "crean" inflación.
Ante la acusación oficial, Nicolás Salvatore, economista de la Universidad de Buenos Aires (UBA), asegura que hoy existen los mismos grupos concentrados que funcionaban en el país en 2005. Aunque aclara: la inflación en ese entonces era de un dígito. Advierte, además, que grupos concentrados también existen en América latina, cuyo PBI crece al 5% y con un 5% de inflación anual desde hace diez años. "¿Serán los capitalistas argentinos los más avaros del mundo, más avaros que hace cinco años?", se pregunta Salvatore.
Luego de esa pregunta, y siguiendo la premisa oficial, viene una reflexión aún más interesante: si en la economía actual hubiera una mayor concentración, como dicen los funcionarios más cercanos a la Presidenta, significaría que la política del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, fracasó. Desde hace cuatro años tiene bajo su mando la política de defensa de la competencia. Además indicaría que la política económica del Gobierno en los últimos años no generó nuevas pymes.
"Es un Gobierno que generaliza algo no generalizable. La de concentración es una definición sectorial y geográfica", afirma Fernando Navajas, de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL). No obstante, estima que no es visible que haya un aumento de la concentración. 9) Incentivo al consumo
El efecto "vuelo de la perdiz" aparece cuando, en tiempos de inflación, parece que el consumo interno crece, pero en realidad se consume porque es la mejor manera de ahorrar. A la larga se asoma el freno de la economía. El sistema financiero fogoneó esta idea. Los consumidores (según la encuesta de expectativas de la Universidad Torcuato Di Tella) esperan una inflación del 25% para los próximos 12 meses, un ritmo levemente superior al 2% mensual. En tanto, el sistema bancario local ofrece una tasa promedio del 8,93% anual (o 0,73% mensual) por dejar inmovilizado su dinero por al menos un mes en un plazo fijo. Es un rendimiento casi tres veces menor que el ritmo de depreciación que espera en su poder de compra. A esto se suman virulentas campañas publicitarias con el afán de incrementar las ventas.
A contramano, los empresarios de todos los sectores se quejan de la falta de créditos blandos para aumentar la oferta. 10 ) La teoría del crecimiento
"El sendero del crecimiento sostenido con adecuados niveles de empleo sólo se logrará con estabilidad de precios; la inflación es el principal obstáculo." La definición no proviene de la Reserva Federal de los Estados Unidos ni del Banco Central Europeo, sino del Banco Popular de China.
Las experiencias de otros países desmienten la tesis oficial que indica que la suba de precios es una consecuencia del exitoso crecimiento económico, una idea difundida por la Comisión Económica para América Latina (Cepal) entre los año 60 y 70 y que tiene cada vez menos adeptos a nivel internacional. "A nivel teórico, esa idea no se discute más. Es poco seria", califica el economista de Fimades Luis Palma Cané.
La inflación en la Argentina "es nueve veces más alta que la internacional y cinco o seis veces más elevada que la de los países vecinos", estima Brodersohn. Pero esos países también crecieron.
La variación del IPC de la Argentina en 2009 fue superada sólo por seis naciones (Congo, Etiopía, Venezuela, Paquistán, Ghana y Egipto). La inflación local triplicó el promedio de América latina (excluyendo del cálculo a Venezuela).
Otro ejemplo sirve para ilustrar este fenómeno. Durante el ciclo de expansión de la economía mundial más importante de la historia (2003-2007) fue la Argentina la que más inflación reflejó si se la compara con economías avanzadas, Estados Unidos, la zona del euro, Japón y China.
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Sólo la verdad nos hará libres. Por Alfonso Prat Gay


En el país normal que prometió Néstor Kirchner, yo no estaría escribiendo esta nota. En rigor, tampoco debería escribirla en el país real que nos dejó: mi tesis es evidente para más de 40 millones de argentinos. Si malgasto mi tiempo y el de mi paciente lector es porque el puñado de compatriotas que insiste en negar la realidad tiene, en la mentira, la posibilidad de provocar aún mucho más daño todavía. Las perogrulladas que siguen me ayudan, además, a no perder la capacidad de asombro. Espero contribuir al menos a que usted tampoco pierda la suya.


En un país normal, la gente creería en el instituto nacional de estadísticas y no sería entonces necesario que el jefe de Gabinete desmintiera las evidencias que todos padecen a diario. En un país normal, el ministro de Economía sabría que la inflación la sufren más los pobres que los ricos, y, consecuentemente, haría algo para reducirla. En un país normal no cabría la sospecha de que los empresarios de una provincia fronteriza son tanto más perversos que sus colegas de la Capital y que la inflación de allá triplica la de acá. En un país normal, el Banco Central no encontraría en la inflación un incentivo para acelerar la emisión de moneda, sino, seguramente, lo contrario. Un país normal no pagaría hasta US$ 17.000 millones para sortear al auditor (¿quién le teme al auditor si no hay nada que ocultar?). En un país normal, el gobierno no armaría su programa anual de gestión atado a los supuestos falsos que le impone su propia mentira.
Nuestro Indec solía publicar cada mes el precio unitario de una serie de bienes de la canasta alimentaria. Para la población general, los precios unitarios son más fácilmente contrastables con la realidad que los números índice; por eso es que aquella publicación frecuente y detallada fortalecía la transparencia y la credibilidad de esas estadísticas. El Indec abandonó esa práctica, seguramente porque dejaba muy al desnudo su mentira. Lo hizo en el mismo momento en que discontinuó el IPC nacional, que ahora dice querer revivir, paradójicamente, con la asistencia técnica del FMI. La última publicación de esos datos fue en abril de 2008.
Entonces, el kilo de asado costaba $ 9,53; el litro de leche fresca entera, $ 1,71; la docena de huevos, $ 3,71; el kilo de pan francés, $ 2,96; la docena de facturas, $ 5,8; el paquete de 500 g de fideos secos, $ 3,45; la cerveza en botella de litro, $ 2,59; el paquete de yerba mate de 500 g, $ 2,66; el kilo de zapallo, $ 0,4. Invito al lector a que compare estos precios de abril de 2008 con los de su última compra para calcular cuánto aumentaron los precios de los alimentos en los últimos dos años y medio. Yo le ofrezco un cálculo sencillo y objetivo: comparo aquellos precios de abril de 2008 con los vigentes en el sitio web de un supermercado cuyo dueño se quedó solo por criticar, precisamente, el aumento de la inflación que provocaban las políticas del gobierno. En promedio, el precio de los 54 alimentos de la muestra subió un? ¡148%!
En nuestra querida Argentina, los precios de los alimentos -de todos, no de algunos, como propone el ministro que sostiene que "no hay inflación"- aumentan a un ritmo del 3% mensual (más del 40% anual). Por eso es que la pobreza no baja aun con la economía creciendo al 9%: los frutos del crecimiento se siguen concentrando en algunos pocos.
En nuestra república federal, la inflación oficial de Jujuy, de 31,8% en los últimos 12 meses, triplica la que mide el Indec en el Gran Buenos Aires.
En la Argentina, el Tesoro paga deudas a acreedores privados con las reservas que el Banco Central compra con la emisión que provoca esa inflación que afecta a los más pobres.
No es posible construir un país normal a partir de la mentira. No ayudan a esa construcción quienes mienten, desde luego. Tampoco ayudarían a lograr aquel anhelo quienes, en atención a un bien supuestamente superior, convalidaran esa mentira con la omisión.
Ya no podemos conformarnos sólo con conservar la capacidad de asombro.

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

¿Crisis? Pensá en verde. Por Martín Lousteau

Acabo de regresar de Irlanda, donde participé de Kilkenomics . Se trata de un "festival de economía" en el cual profesionales de esta disciplina nos alternamos con especialistas de otras ramas, periodistas y hasta comediantes para discutir de manera llana y entretenida -pero rigurosa- los problemas en los que se encuentra sumido ese país y el mundo en general.
Entre otros estuvieron presentes: Ha-Joon Chang, una de las voces más destacadas en el campo del desarrollo económico; Bill Black, un criminólogo responsable de la condena de banqueros por comportamiento fraudulento en una crisis previa en los EE.UU., y autor del libro La mejor manera de robar un banco es ser dueño de uno; Peter Schiff, quien ya en 2006 predijo la crisis global que sobrevendría; y David McWilliams, uno de los economistas irlandeses más renombrados.

En ellos cuatro se pueden subsumir los principales temas de la problemática irlandesa y la crisis global: un crecimiento ficticio impulsado por artilugios financieros que dan lugar a fraudes bancarios y que derivan en crisis sistémicas con impacto en la vida cotidiana de millones de personas.
Después de transformarse en un país modelo en los 90, pasando de ser uno de los más pobres del bloque europeo al segundo más rico y uno de los diez de mayor ingreso por habitante del planeta, la República de Irlanda enfrenta hoy una situación económica sumamente compleja que afectará a la UE y, con ello, seguramente también al mundo.
Gran parte de sus inconvenientes se encuentran relacionados con la adopción del euro en 1999, ya que una vez eliminado el riesgo cambiario se produjo un ingreso de capitales extraordinario. Los bancos irlandeses fueron así inundados con fondos provenientes de otros países, en especial del Reino Unido, Alemania y Francia, y los utilizaron para dar préstamos hipotecarios a una escala inusitada, disparando una burbuja inmobiliaria y de consumo.
Algo similar ocurrió en otras latitudes. A esa clase de créditos se los denomina en el mundo "préstamos de mentirosos" -porque nadie chequeaba que la información brindada para obtenerlos fuera verdadera -o bien "NINJA" -dado que los beneficiarios no tenían ni ingresos, ni trabajo ni activos para respaldar la responsabilidad asumida (No Income, No Job or Assets, en inglés)-.
En Irlanda inclusive se los ha llegado a llamar "préstamos Cayenne", porque los fondos otorgados para adquirir la vivienda eran complementados por un adicional para comprar un buen auto (el Porsche Cayenne cuesta en promedio alrededor de 100.000 dólares). Esta es la razón que explica por qué en el país se vivió un boom de ventas de automóviles germanos y su parque automotor tiene hoy la mitad de antigüedad que el de la propia Alemania. Para ponerlo de una manera sencilla: los bancos alemanes proveían el dinero para que los irlandeses adquirieran autos.alemanes. Mientras una sociedad se enriquecía genuinamente produciendo, la otra vivía un esplendor ficticio consumiendo.
Este es, en parte, el drama irlandés y de varios países desarrollados: dinero fácil que incrementa artificialmente el nivel de vida sin que nadie supervise lo que se está gestando hasta que la burbuja estalla.
En los últimos dos años Irlanda sufrió una caída acumulada de más de diez puntos del producto: hoy tiene deflación y casi 15% de desempleo. Su déficit fiscal para este año será de casi un tercio del PBI. Ya se encuentra en depresión y los ajustes que se implementarán la harán hundirse aún más en el pozo.
Como en la Argentina en 2002, en suelo irlandés se palpa la bronca contra los políticos y los banqueros. Más allá de todos los rescates, de la participación de la UE y el FMI, son muchos los que se preguntan si no sería mejor emprender inmediatamente una reestructuración de la deuda. Algunos hasta comienzan pronunciar la palabra "devaluación", es decir el abandono del euro.
En nuestro país sufrimos una depresión desde octubre de 1998 hasta mayo de 2002. Pero, desde el punto de vista de la estructura económica, la dolorosa explosión eliminó los elementos que ahorcaban nuestro crecimiento: una deuda insostenible y un tipo de cambio no competitivo. En Irlanda sufrieron primero el estallido y ahora la depresión; y nada ha alcanzado para resolver las cuestiones de fondo. Los problemas sólo parecen estar comenzando Y cuesta creer que sea sólo una cuestión irlandesa.
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Irlanda, el paraíso perdido. Por Ross Douthat

NUEVA YORK.- Para un turista norteamericano criado con kitsch gaélico e imágenes de la película El hombre quieto, el paisaje de la Irlanda contemporánea resulta algo chocante.
Si uno viaja en auto desde Dublín hasta la costa oeste, como hice yo hace dos meses, todavía encontrará las granjas con techo de paja, los desparejos muros de piedra y las plácidas ovejas que tradicionalmente aparecen en las postales.
Pero a la vuelta de cada colina verde hay una fila de minimansiones construidas casi en serie. Detrás de cada castillo en ruinas, una cascada de condominios. En las somnolientas aldeas de pescadores que se remontan a la época de Grace O'Malley, la Reina Pirata de Irlanda (fue la Sarah Palin del siglo XVI), la mitad de las casas cumplen con los requisitos de origen, pero el resto podría haber sido construido por los hermanos Toll [la mayor constructora de viviendas de lujo de Estados Unidos].

Es como si sólo existieran dos eras en la historia irlandesa: la Edad Media y la burbuja inmobiliaria. En realidad, no es una mala forma de pensar el siglo XX de Irlanda. La isla pasó década tras década aislada, premoderna y rural, y después, en unos pocos años, ¡bum, la modernidad!
Los irlandeses suelen decir que no tuvieron su década del 60 hasta que llegó la del 90, cuando la secularización y la revolución sexual finalmente empezaron en serio en un país que había sido uno de los más conservadores y católicos del mundo. Pero Irlanda se puso al día rápidamente: el cambio económico y social que demandó 50 años o más en muchos lugares se condensó en un único estallido revolucionario.
Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que todo el mundo quería adjudicarse el crédito de esa transformación.
Los conservadores partidarios del libre mercado acogieron el rápido crecimiento de Irlanda como un ejemplo de los milagros que pueden lograr el libre comercio, los recortes impositivos y la desregulación. (En 1990, Irlanda ocupaba casi el último lugar en la lista del PBI per cápita de las naciones de la Unión Europea. En 2005, estaba en el segundo puesto.)
Los progresistas y los secularistas insinuaron que Irlanda estaba floreciente porque, finalmente, se había escapado de las represoras garras de la Iglesia Católica, que mantenía los horizontes estrechos y las familias numerosas, y limitaba las oportunidades económicas de las mujeres. (Un trabajo académico sobre este tema, "Anticoncepción y el Tigre Celta", ganó la consideración de Malcolm Gladwell en las páginas de The New Yorker. )
La elite europea consideraba a Irlanda un modelo de los beneficios de la integración a la Unión Europea, ya que cuanto más estrechamente se ligaban los irlandeses a las instituciones continentales, con mayor rapidez crecía su PBI.
Ya nadie habla de todo eso. La burbuja inmobiliaria celta fue aún más inflada que la de Estados Unidos (muchas de esas mansiones están abandonadas, sin terminar), la industria bancaria celta hizo apuestas aún más temerarias, y las deudas de Irlanda -privada y pública- hacen que los problemas presupuestarios de Estados Unidos parezcan manejables en comparación.
La economía irlandesa está hoy en la mente de todo el mundo, pero eso se debe a que el gobierno acaba de verse obligado a pedirle un rescate a la Unión Europea, para que Irlanda no se convierta en el hilo verde que desteja toda la frazada europea.
Si el rescate cumple su función y la situación de Irlanda se estabiliza, la atención del mundo pasará a centrarse en el próximo país al borde del abismo de la Unión Europea, se trate de Portugal, España o Grecia (otra vez).
Pero cuando se recuerde la historia de la Gran Recesión, Irlanda ofrecerá la advertencia y la moraleja más poderosas. En ninguna parte fue más poderosa la imaginación de los utopistas y en ninguna parte sufrieron un revés más doloroso.
Para los utopistas del capitalismo, la experiencia irlandesa debería ser un recordatorio de que los booms más grandes pueden producir las caídas más estrepitosas, y de que la deuda y la ruina siempre siguen de cerca a la prosperidad y el crecimiento.
Para los utopistas del secularismo, la experiencia irlandesa debería ser un recordatorio de que el declive de una poderosa tradición religiosa puede generar decadencia además de liberación. ("Irlanda descubrió que la riqueza era un buen sustituto de su cultura tradicional", señaló Christopher Caldwell, pero agregó: "[Ahora] posiblemente estemos a punto de descubrir qué ocurre cuando un país tradicionalmente pobre vuelve a la pobreza sin su cultura").
Pero los utopistas de la integración europea son los que deberán aprender la lección más dura que ofrece el caso de Irlanda. Las amplias ondas expansivas que la crisis bancaria irlandesa irradió sobre el continente han reivindicado a los euroescépticos que alegaron que la Unión Europea se amplió con demasiada premura y que una sola moneda no podía albergar a tanta diversidad de naciones.
Y las peregrinaciones a Bruselas del gobierno irlandés para pedir limosna han reivindicado a los nacionalistas que temían que la unión económica pudiera significar, a la larga, sometimiento político. El yugo de la UE es más liviano que el yugo del Imperio Británico, pero Irlanda ha vuelto a tener, de todas maneras, una suerte de estatus de vasallaje.
En cuanto a los propios irlandeses, su idílica iniciación en el capitalismo global ha terminado, y ahora probablemente entiendan un poco mejor la naturaleza de la modernidad. A veces, la modernidad parece conceder todo lo que uno siempre ha deseado, y riquezas que superan la propia imaginación. Pero siempre hay que pagar por ello.
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domingo, 21 de noviembre de 2010

El eje de la depresión. Por Paul Krugman

(Nota publicada en El País, Madrid, domingo 21 de noviembre de 2010)
Qué tienen en común el Gobierno de China, el Gobierno de Alemania y el Partido Republicano de Estados Unidos? Que todos están intentando intimidar a la Reserva Federal para que abandone sus esfuerzos por crear empleo. Y los motivos de los tres son sumamente sospechosos.

No es que la Reserva Federal esté haciendo algo radical. Es verdad que normalmente lleva a cabo su política monetaria comprando deuda a corto plazo del Gobierno estadounidense, mientras que ahora, con lo que se conoce por el nombre un tanto críptico de "relajación cuantitativa", está comprando deuda a largo plazo (comprar más deuda a corto plazo es inútil, ya que el tipo de interés de esa deuda es prácticamente cero). Pero Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, tenía razón cuando declaraba que esto "no es más que política monetaria". La Reserva está tratando de reducir los tipos de interés, como hace siempre que el desempleo es elevado y la inflación es baja.
Y no cabe duda de que la inflación es baja. La inflación subyacente -una medida que excluye los alimentos frescos y los precios de la energía y que muchos consideran que es un mejor indicador de las tendencias subyacentes que la tasa de inflación- está solo en el 0,6%, el nivel más bajo jamás registrado en EE UU. Mientras tanto, el desempleo alcanza casi el 10% y el desempleo de larga duración es el peor desde la Gran Depresión.
Por tanto, los argumentos para que la Reserva Federal pase a la acción son abrumadores. En realidad, la principal preocupación que tiene la gente razonable en cuanto a los planes del organismo, preocupación que comparto, es que probablemente van a resultar demasiado frágiles e ineficaces.
Pero hay gente que es razonable, y luego está el eje de la depresión formado por China, Alemania y el Partido Republicano.
La razón por la cual China y Alemania se encuentran en pie de guerra contra la Reserva Federal no es ningún misterio. Ambos países están acostumbrados a tener unos enormes superávits comerciales. Pero para que algunos países tengan superávits comerciales, otros tienen que tener déficits comerciales, y durante años nos ha tocado a nosotros. Sin embargo, las políticas expansivas de la Reserva Federal tienen el efecto secundario de debilitar ligeramente el dólar, lo que hace que los productos estadounidenses sean más competitivos y resulte más fácil reducir el déficit estadounidense.
Por cierto, para el Gobierno chino, atacar a la Reserva Federal tiene la ventaja añadida de que desvía la atención respecto a la manipulación de su moneda, que mantiene artificialmente débil y que es precisamente el pecado capital del que China acusa a EE UU de haber cometido.
Pero, ¿por qué se han unido los republicanos a este ataque? Bernanke y sus colegas parecen asombrados de verse en el punto de mira. Pensaban que estaban actuando siguiendo el espíritu de nada más y nada menos que Milton Friedman, quien culpó a la Reserva Federal de no actuar más enérgicamente durante la Gran Depresión y quien, en 1998, pidió al Banco de Japón que "comprara bonos del Estado en el mercado abierto", que es exactamente lo que está haciendo ahora la Reserva.
Los republicanos, sin embargo, no quieren saber nada del asunto y plantean objeciones que van desde lo raro hasta lo incoherente. Lo raro: el lunes, un grupo un tanto insólito de líderes republicanos -¿quién sabía que William Kristol era un experto en política monetaria?- hicieron pública una carta abierta dirigida a la Reserva Federal en la que advertían de que sus políticas "corren el riesgo de devaluar la moneda y de provocar inflación". Una carta que los cuatro republicanos más importantes del Congreso enviaron a Bernanke el miércoles se hacía eco de esas preocupaciones. Ninguna de las cartas explicaba por qué debíamos temer a la inflación cuando en realidad la inflación sigue registrando mínimos históricos.
Y en cuanto a la devaluación del dólar: si dejamos a un lado el hecho de que un dólar más débil ayuda realmente a la industria estadounidense, ¿dónde estaba esta gente durante la legislatura anterior? El dólar no paró de depreciarse durante la mayor parte de los años de Bush, un descenso que hace que la reciente caída parezca una ridiculez. ¿Por qué no hubo cartas parecidas exigiendo a Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal por aquel entonces, una política más severa?
Mientras tanto, lo incoherente: dos republicanos, Mike Pence en la Cámara de Representantes y Bob Corker en el Senado, han pedido a la Reserva Federal que abandone sus esfuerzos para lograr el pleno empleo y que se centre exclusivamente en la estabilidad de los precios. ¿Por qué? Porque el desempleo sigue siendo demasiado alto. Y no, tampoco entiendo la lógica.
Por tanto, ¿cuál es el verdadero motivo del ataque del Partido Republicano a la Reserva Federal? A Bernanke y a sus colegas les cogió claramente por sorpresa, pero el experto en presupuestos Stan Collender lo predijo. Allá por agosto avisó a Bernanke de que "como los que elaboran las políticas republicanas consideran que las penurias económicas son la senda hacia la gloria en las elecciones, se opondrán a cualquier medida adoptada por la Reserva Federal que mejore la economía". En resumen, su verdadero temor no es que las medidas de la Reserva Federal sean perjudiciales, sino que tengan éxito.
De ahí lo del eje de la depresión. No cabe duda de que a algunos de los que critican a Bernanke les mueven unas convicciones intelectuales sinceras, pero la principal razón del ataque a la Reserva Federal es, pura y simplemente, el interés personal. China y Alemania quieren que EE UU siga sin ser competitivo, y los republicanos quieren que la economía siga siendo débil mientras haya un demócrata en la Casa Blanca.
Y si Bernanke cede ante sus intimidaciones todos podrían ver sus deseos cumplidos.
Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.
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miércoles, 17 de noviembre de 2010

El drama de un país desigual. Por Juan José Llach



La reciente aparición del Informe de Desarrollo Humano 2010 de las Naciones Unidas, en su vigésimo aniversario, es una buena ocasión para reflexionar sobre la pobreza y la desigualdad en el país en perspectiva comparada y de largo plazo, y sobre las políticas para darles solución. Tradicionalmente centrado en el ingreso por habitante y unos pocos indicadores de educación y salud, el índice de desarrollo humano (IDH) no sólo ha ampliado esos rubros, sino que incluye medidas de desigualdad, de disparidades de género, de pobreza subjetiva y de privación extrema.
La Argentina aparece hoy en el rango 46 entre 169 países. Pese a haber recuperado tres puestos desde el informe anterior y a haber mejorado el nivel absoluto de nuestro desarrollo humano, el mayor progreso de otros nos ha llevado a perder 14 puestos desde el rango 32 de 1990 y a ser relegados al segundo lugar en América latina, detrás de Chile.


Extendiendo la mirada hasta 1980, se observa que la década de menor aumento del desarrollo humano de la Argentina ha sido la actual y que hubo 70 países con mejor desempeño que la Argentina. Esto último sería hasta cierto punto lógico en relación con países más pobres, que afortunadamente tienden a mejorar más que los más ricos por su bajo punto de partida. Pero son muchos los países con alto o muy alto desarrollo humano con mejor desempeño que nosotros desde 1980. Tal es el caso de Australia, Bahrein, Chile, Chipre, Corea, España, Francia, Grecia, Italia, Noruega o Portugal.
La Argentina se ubica mejor en los indicadores propiamente sociales (rango 40) que en el ingreso por habitante (rango 52), que es hoy de 14.603 dólares de poder adquisitivo comparable. Nuestra esperanza de vida llega a los 75,7 años y nos ubica en un rango análogo al del IDH general (49). Un fuerte contraste se observa en materia de educación, porque mientras la población de 25 años y más ha completado sólo 9,3 años de estudio (rango 60), en la esperanza de escolaridad a los 6 años de edad logramos el rango 26, con 15 años y medio, lo que da en principio alguna esperanza a futuro al indicar que el alumno promedio argentino de 6 años permanecerá hasta los 21 años y medio en el sistema educativo. Dado que ninguno de los bienes y servicios considerados por el índice de desarrollo humano se distribuye igualitariamente, cuando el mismo se ajusta por esta desigualdad de acceso todos los países muestran un peor nivel respecto del que tendrían con una distribución más igualitaria. Pero el caso de la Argentina es el peor después de Perú, ya que su IDH se reduce un 27.5% y retrocede nada menos que 21 puestos en el ranking global.
Esto no significa que la Argentina sea el país más desigual, pero sí que es el segundo de mayores contrastes entre un desarrollo humano relativamente alto y una inequidad que también lo es.
En otra desigualdad, la de género, la Argentina aparece también muy mal parada en el rango 60, bastante peor que el rango 46 que ostentaba en el año 2009 con una definición más restringida de esta variable. No nos va mejor con el nuevo indicador multidimensional de pobreza que presenta el informe y que incluye no sólo la cantidad de personas en tal situación y en riesgo de estarlo, sino también la intensidad de las privaciones, el riesgo de tener al menos una carencia grave en educación, salud o nivel de vida (vivienda y bienes del hogar) y la proporción de personas por debajo de las líneas de pobreza nacional e internacional (esta última, de 1,25 dólares de paridad por día, equivalentes aquí y ahora a 290 pesos por mes o 1160 pesos para una familia tipo). Pues bien, en este indicador tan completo de las variadas carencias asociadas a la pobreza, la Argentina ocupa el rango 60 en el mundo.
En fin, tampoco nos va bien en materia de seguridad, tantas veces considerada como una preocupación conservadora pero que perjudica proporcionalmente más a los pobres, ya que hay al menos 91 países con menor tasa de homicidios que la Argentina (5,2 por 100.000 habitantes) y al menos 88 países con menos incidencia de robos que el nuestro (859 por 100.000 habitantes).
Tal vez la mayoría de las lecturas del informe que nos ocupa se concentren en una lógica político-partidaria tendiente a identificar a los responsables de una situación tan preocupante. Esto no sería de mayor ayuda para alumbrar caminos de salida. El panorama ofrecido por el IDH a lo largo de estos veinte o treinta años no es totalmente negativo para el país, pero sí revela un deterioro social de larga data, cuyo análisis de corazón caliente pero cabeza fría es imprescindible para acertar en las mejores soluciones.
Sus principales causas han sido, a mi juicio, un pobre y muy volátil desempeño macroeconómico con tres grandes impactos negativos. Negar alguno de ellos conducirá a nuevos errores. Primero, la alta inflación desde 1975 que derivó en hiperinflación a fines de los ochenta; luego, el altísimo desempleo originado en parte en algunas de las políticas implementadas para abatir la inflación en los noventa; por último, el final innecesariamente violento de la convertibilidad.
Cada uno de estos golpes resultó en tremendos recortes de los ingresos y del nivel de empleo, sobre todo de los más vulnerables, que en muchos casos actuaron de manera acumulativa, generando situaciones de privación y exclusión permanentes en amplios grupos sociales. A ello se añadió una insuficiente inversión pública en educación, salud, vivienda y promoción y asistencia social.
Para revertir de manera sostenida este largo y penoso deterioro social hay que acordar más políticas de Estado entre gobierno, oposición y sociedad civil, y evitar cometer los mismos errores macro del pasado. Lo primero no es fácil, como se vio este año al no poder acordarse las excelentes propuestas del Foro de Habitantes a Ciudadanos liderado por la Comisión de Justicia y Paz ("La pobreza, un problema de todos"). No se parte desde cero, ya que en lo que va de esta década ha habido avances que, de persistir, tendrán efectos positivos duraderos en nuestro desarrollo humano. Los más importantes han sido el rápido crecimiento de la economía y del empleo, el cumplimiento de la ley de financiamiento educativo que llevará a invertir este año 6% del PIB en educación, ciencia y tecnología, el programa de seguro de capacitación y empleo, y, de modo especial, la asignación por hijo. Sin embargo, los resultados positivos de estas políticas enfrentan hoy obstáculos importantes para sostenerse. El más corrosivo es la inflación y por eso preocupan afirmaciones recientes del ministro de Economía y otros funcionarios al decir que ella "no es un tema" en grandes porciones de la sociedad, aunque sí lo es para la clase media alta. Todos sabemos que es exactamente al revés. La inflación ha hecho perder parte de los logros alcanzados previamente en la reducción de la pobreza y también está carcomiendo un instrumento vital como la asignación por hijo. También se siguen acumulando peligrosas distorsiones de precios relativos, que no son amenazas inminentes pero sí de mucho cuidado.
Por eso, lo más importante que puede hacerse ya por los pobres es un programa de estabilización que, bien realizado, no reducirá sino que fortalecerá el crecimiento. A ello deberían agregarse otras claves de la agenda, como la universalización plena de la asignación por hijo; programas mucho más vastos de educación, capacitación e inserción laboral dirigidos a los jóvenes que no trabajan ni estudian -un "plan Marshall" como lo llamó el citado foro- y una nueva ley de metas y financiamiento educativo, un debate pendiente que, ya en las puertas de 2011, año en que vence parte de la ley vigente, es realmente inexplicable.

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domingo, 14 de noviembre de 2010

Impacto en la Argentina del (des) acuerdo del G20. Por José Luis Machinea

La convocatoria del G20 en los albores de la crisis internacional que se precipitó en septiembre de 2008 fue un reconocimiento de la relevancia de algunos países emergentes en el escenario internacional y, por ende, una instancia superadora de las cumbres del G7 y del G8. En un mundo enfrentado a la mayor crisis desde la década de 1930, las primeras reuniones del G20, en Washington en noviembre de ese año y en Londres en abril de 2009, mostraron más coincidencias que disidencias.

Algunos de los mensajes de esas cumbres estaban orientados a la búsqueda de coordinación en escala global, a la necesidad de mejorar la regulación del sistema financiero, a aportar más recursos al Fondo Monetario Internacional y pedirle más flexibilidad para apoyar a los países en desarrollo. Con sus más y sus menos, varios de esos anuncios tuvieron su correlato en acciones concretas en los meses posteriores. Sin embargo, a medida que comenzaba la recuperación, se hacía cada vez más evidente que el balance positivo de las primeras cumbres había sido el resultado del “espanto ante la crisis” más que una decisión de largo aliento vinculada con la gobernabilidad de la globalización. Pittsburgh y Toronto, sedes de las cumbres posteriores, al mostrar más desacuerdos que acuerdos, fueron una manifestación de esa realidad. A pesar de ello, la Cumbre de Seúl generó expectativas porque tenía lugar después de un intercambio poco amistoso entre algunos de los países participantes en relación con lo que se dio en llamar “la guerra de las monedas”, cuya última manifestación habría sido la decisión de la Reserva Federal de los Estados Unidos de emitir US$ 600 mil millones en los próximos meses. En un mundo donde la suma del superávit en cuenta corriente de China, Alemania y Japón es similar al déficit en cuenta corriente de los Estados Unidos, el anuncio de la Reserva Federal puede ser visto como una respuesta a la escasa predisposición de esos países, en especial China y Alemania, a expandir su demanda interna y a apreciar sus monedas. El intento de obligar a una apreciación en las monedas de los países con superávit mediante la ampliación de la oferta de dólares tiene efectos colaterales en el ámbito global, ya que el impacto se extiende al conjunto de países. En otras palabras, la falta de un acuerdo –para facilitar la reducción de los desequilibrios globales y la recuperación de los Estados Unidos– tendrá como resultado que América latina y el conjunto de países en desarrollo tendrán que soportar una mayor oferta de dólares y, por lo tanto, una acentuación de la tendencia a la apreciación de sus monedas. Por el lado positivo, para los exportadores de commodities, las escasas opciones de inversión generarán una mayor demanda especulativa sobre estos bienes. Lo negativo de la Cumbre de Seúl es que, más allá de las buenas intenciones en distintos aspectos vinculados con el desarrollo, nada cambió, de manera que las tendencias que se avizoraban hace algunos meses continúan vigentes. A una mayor presión sobre los tipos de cambio y a un deterioro de la cuenta corriente de los países en desarrollo, se podría agregar que, mientras no se consolide la recuperación global y persistan las altas tasas de desempleo en el mundo desarrollado, habrá más riesgos de que se recurra a medidas proteccionistas y en contra de la inmigración, posiblemente con características xenófobas. Es decir, mayores riesgos de un regreso a lo sucedido en la década de 1930, con mayores impactos en los países más abiertos al comercio, un espacio donde predominan los países en desarrollo. A pesar de ello, debe enfatizarse que, hasta ahora, esas son sólo amenazas, ya que las medidas proteccionistas asociadas con la última crisis han sido relativamente leves.
Ciclo y herramientas. Tal como está sucediendo en América latina, en la Argentina se acentuarán, entonces, las tendencias hacia la apreciación del peso y la excesiva expansión de la demanda interna, lo que tiende a acentuar el ciclo económico e impacta negativamente sobre la cuenta corriente. Ello es preocupante y debiera dar lugar a medidas dirigidas a mitigar los efectos de esta tendencia. Justamente, los países de la región están tratando de combatir esos efectos negativos apelando a una combinación de instrumentos; entre ellos, con distintas dosis entre países: la compra de dólares por los bancos centrales, con su correspondiente esterilización; políticas fiscales contracíclicas, que en la coyuntura implica menor expansión del gasto público; regulaciones financieras que castigan el endeudamiento externo, colocación de excedentes fiscales en el exterior e imposición de restricciones a la entrada de capitales. Hay, sin embargo, otra manera de entender el contexto internacional que parece cobrar relevancia en ámbitos cercanos al gobierno argentino. Esta visión enfatiza que “hay viento de cola”, lo que permitiría durante los próximos meses sostener el crecimiento de la demanda acentuando el ciclo expansivo, disfrutar de la demanda especulativa con elevados precios de las commodities y mantener “planchado el dólar” y, con ello, moderar la aceleración inflacionaria producida por los otros factores. En lugar de políticas fiscales contracíclicas, “el viento de cola” se agregaría a una política fiscal fuertemente expansiva. En ese contexto, qué mejor que subestimar los recursos fiscales en el presupuesto, de manera que esa expansión del gasto público sea totalmente determinada por el Gobierno sin intervención del Congreso, y por ello funcional al disciplinamiento del peronismo y de los gobernadores. A diferencia del resto del mundo, la falta de acuerdos en Seúl aparece como una buena noticia para los que, más allá de los efectos de mediano plazo, tienen como principal objetivo la reelección.
Cambio de vientos. Un último comentario. No avisado de estas intenciones y temeroso del aumento de la inflación, el gobierno de China parece orientado a aumentar la tasa de interés y reducir la expansión del crédito, lo que podría significar algunos problemas para la fiesta que algunos imaginan.
* Ex ministro de Economía de la Nación, director de la Escuela de Gobiernode la Universidad Torcuato Di Tella.
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viernes, 12 de noviembre de 2010

Cumbre del G-20 en Seúl. Declaración Final.

Los jefes de Estado y de Gobierno del G20 concluyeron hoy en Seúl su quinta cumbre desde que se inició la crisis en 2008, con la siguiente declaración:
1. Nosotros, los Líderes del G20, estamos unidos en nuestra convicción de que trabajando juntos podemos asegurar un futuro más próspero para los ciudadanos de todos los países
2. Cuando nos encontramos por primera vez en noviembre de 2008 para hacer frente a la recesión mundial más severa a la que se ha enfrentado nuestra generación, nos comprometimos a apoyar y estabilizar la economía mundial y,al mismo tiempo, a establecer las bases de reforma para asegurar que el mundo no volviese nunca a sufrir otro episodio igual otra vez.

3. Durante las últimas cuatro Cumbres, hemos trabajado, cooperando sin precedentes, para romper la dramática caída de la actividad de la economía global y establecer las bases de la recuperación y un renovado crecimiento.
4. Los pasos concretos que hemos dado permitirán asegurar que estamos mejor preparados para prevenir y, si es necesario, superar futuras crisis. Nos comprometemos a continuar nuestros esfuerzos de cooperación y a actuar juntos para generar crecimiento fuerte, equilibrado y sostenible.
5. Reconocemos la importancia de hacer frente a las preocupaciones de los más vulnerables. Con este fin, estamos comprometidos a poner el empleo en el centro de la recuperación, proveer protección social y un trabajo digno, y asegurar un crecimiento acelerado en los países de baja renta.
6.- Nuestros esfuerzos compartidos y sin descanso realizados en los dos últimos años nos han dado resultados sólidos. Sin embargo, debemos estar vigilantes.
7.- Sigue habiendo riesgos. Algunos de nuestros países están experimentado fuertes crecimientos, mientras que otros afrontan altos niveles de desempleo y débiles recuperaciones. El crecimiento desigual y los amplios desequilibrios están creando tentaciones de abandonar las soluciones globales y adoptar medidas des coordinadas.

8.- Desde 2008, una visión común de los desafíos de la economía del mundo, la necesidad de responder y nuestra determinación a no caer en el proteccionismo nos ha permitido tanto atacar la raíz de los problemas como proteger la recuperación. Hoy hemos alcanzado el acuerdo de seguir afrontando nuestros desafíos y de proseguir por el camino del crecimiento fuerte, sostenible y equilibrado.

9 Hoy, la Cumbre de Seúl hace entrega de:
A.- El Plan de Acción de Seúl, compuesto por medidas de política económica comprensivas, cooperativas y específicas por país que nos acercan a nuestro objetivo común. El Plan incluye el compromiso de:
- Acometer políticas macroeconómicas, incluyendo de consolidación fiscal, donde sea preciso, para asegurar una recuperación sostenida y sostenible e incrementar la estabilidad de los mercados financieros, en particular avanzando hacia tipos de cambios más determinados por el mercado, incrementando su flexibilidad para reflejar los fundamentos económicos subyacentes y absteniéndonos de adoptar devaluaciones competitivas. Las economías avanzadas, incluyendo aquellas con divisas que ejercen papel de reserva, estarán atentas frente a la volatilidad excesiva y movimientos bruscos de los tipos de cambio. Estas acciones ayudarán a mitigar el riesgo de una excesiva volatilidad de los flujos de capital en algunas economías emergentes.

- Implementar un conjunto de reformas estructurales que impulsen y sostengan la demanda global, favorezcan la creación de empleo e incrementen el potencial de crecimiento;

- Desarrollar el conjunto de actuaciones que reduzcan los desequilibrios externos excesivos y mantengan los desequilibrios por cuenta corriente en niveles sostenibles. Llamamos a nuestros Ministros de Finanzas y Gobernadores Centrales (para su primera reunión en 2011) a desarrollar guías indicativas para alcanzar este fin, tal y como hemos redactado en nuestro Documento de la Cumbre de Seúl.
B.- Un FMI modernizado que refleje en mejor medida los cambios que han tenido lugar en la economía mundial a través de una mayor representación de las economías emergentes dinámicas y los países en desarrollo. Estas reformas comprensivas de cuotas y de buen gobierno, como han sido detalladas en el Documento de la Cumbre, fortalecerán la legitimidad, credibilidad y efectividad del FMI, haciéndola una institución más fuerte para promover la estabilidad financiera y el crecimiento global.
C.- Instrumentos para fortalecer las redes globales de seguridad financiera, que permitan a los países hacer frente a la volatilidad financiera, al proveerles con herramientas prácticas para superar movimientos bruscos en los flujos de capital internacional.
D.- Elementos que forman el núcleo del nuevo marco de regulación financiera, incluyendo el capital bancario, estándares de liquidez, así como medidas para regular mejor y resolver efectivamente instituciones financieras de naturaleza sistémica, complementadas con una supervisión más efectiva. Este nuevo marco, complementado por otros logros, como desarrollamos en el Documento de la Cumbre de Seúl, asegurarán un sistema financiero más robusto, al domar los excesos pasados en el sector financiero y atender en mejor medida a las necesidades de nuestras economías.
E.- El Consenso de Desarrollo de Seúl para un Crecimiento Compartido,que establece nuestro compromiso a trabajar asociados con otros países en desarrollo y los países de baja renta en particular, al ayudarles a construir la capacidad de alcanzar y maximizar su potencial decrecimiento, contribuyendo así a un reequilibrio mundial. El Consenso de Seúl complementa nuestro compromiso de alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODMs) y se centra en medidas concretas resumidas en nuestro Plan de Acción Plurianual de Desarrollo para hacer una diferencia tangible y significativa en la vida de las personas,incluyendo en particular el desarrollo de infraestructuras en los países en desarrollo.
El Plan de Inclusión Financiera, la Asociación Global para la Inclusión Financiera y un Marco Financiero flexible para PYMES, todos los cuales pueden contribuir significativamente a mejorar el acceso a los servicios financieros y expandir las oportunidades de los hogares pobres y las PYMES.
Nuestro fuerte compromiso para dirigir a nuestros negociadores a entablar negociaciones a lo largo y ancho que permitan alcanzar una exitosa, ambiciosa, comprensiva y equilibrada conclusión de la Ronda de Desarrollo de Doha y construir sobre los progresos ya alcanzados. Reconocemos que 2011 es una ventana de oportunidad crítica, aunque estrecha, y que nuestros negociadores deben de intensificar y expandir sus intercambios. Necesitamos alcanzar el punto final. Una vez alcancemos ese resultado, nos comprometemos a buscar su ratificación, donde sea necesario, en nuestros respectivos sistemas. También estamos comprometidos a resistir toda medida proteccionista.
10.- Continuaremos monitorizando y evaluando la implementación de los compromisos que asumimos hoy y en el pasado de una manera transparente y objetiva. Estamos sujetos al rendimiento de cuentas. Haremos entrega de lo que prometemos.
11.Construyendo sobre nuestros logros hasta el momento, hemos acordado desarrollar los marcos macro-prudenciales; reflejar mejor la perspectiva de las economías emergentes en la reforma de la regulación financiera; fortalecer la regulación y supervisión del sistema bancario en la sombra y la regulación y supervisión de los mercados de derivados financieros de materias primas; mejorar la eficiencia y la integridad en los mercados; fortalecer la protección de los consumidores; finalizar todas las reformas de gobernanza del FMI y el Banco Mundial todavía restantes; y construir un sistema monetario internacional más estable y menos vulnerable, incluido a través del fortalecimiento de las redes globales de seguridad financiera. También expandimos nuestro Proceso de Evaluación Mutua. basado en las guías indicativas que deben de ser acordadas.
12.Para promover el fortalecimiento, la creación de empleo y mitigar los riesgos del desarrollo, bajo el Consenso de Seúl daremos prioridad a acciones que hagan frente a cuellos de botella críticos, incluidos los déficit de infraestructura, volatilidad de los mercados de alimentos, e inclusión financiera.
13.Para proveer un liderazgo más amplio que mire hacia el futuro de una economía post-crisis, también continuaremos trabajando para prevenir y hacer frente a la corrupción, a través de nuestro Plan de Acción Anticorrupción; racionalizar y retirar en el medio plazo los subsidios a los combustibles fósiles; mitigar la volatilidad excesiva de los precios de los combustibles fósiles y salvaguardar el medio marino; y combatir los retos del cambio climático.
14. Reafirmamos nuestro compromiso sin ambages para luchar contra el cambio climático, como queda patente en el Documento de la Cumbre de Líderes de Seúl. Apreciamos el resumen del Presidente Felipe Calderon sobre el estatus de las negociaciones de la Convencion de Naciones Unidas sobre Cambio Climático.
15. Damos la bienvenida a la Cuarta Cumbre de la ONU sobre Países de Baja Renta en Turquía y el Cuarto Foro de Alto Nivel sobre la Efectividad de la Ayuda en Corea, ambos en 2011.
16. Reconociendo la importancia de un crecimiento económico y del empleo liderado por el sector privado, damos la bienvenida a la Cumbre Empresarial de Seúl 2010 y esperamos con anhelo continuar la Cumbre Empresarial del G20 en futuras Cumbres.
17. Las acciones que adoptamos hoy permitirán fortalecer la economía global, acelerar la creación de empleo, asegurar unos mercados financieros más estables, reducir la brecha de desarrollo y promover un crecimiento compartido más allá de la crisis.
18. Esperamos con anhelo nuestra siguiente reunión en Francia en 2011 y la reunión posterior en México.
19. Damos las gracias a Corea por su Presidencia del G20 y por acoger una Cumbre de Seúl exitosa.
20. El Documento de la Cumbre de Seúl que hemos acordado sigue...(anexo). EFE


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