martes, 8 de mayo de 2012

La rebelión ciudadana contra la austeridad. Por Paul Krugman


 Los franceses se rebelan. Los griegos, también. Y ya era hora.
Ambos países celebraron anteayer elecciones que fueron en realidad referéndums sobre la actual estrategia económica europea.
Y en ambos países los votantes la rechazaron. No está nada claro cuánto tiempo pasará antes de que los votos produzcan cambios concretos en la política, pero el tiempo se está acabando para la estrategia de recuperación por medio de la austeridad... y eso es bueno.
Fue divertido ver a los apóstoles de la ortodoxia tratando de describir al cauteloso François Hollande como una figura amenazante. Es "bastante peligroso", declaró The Economist.
Lo cierto es que la victoria de Hollande significa el final del "Merkozy", el eje franco-alemán que ha puesto en vigor el régimen de austeridad de los últimos dos años. El triunfo de Hollande sería un acontecimiento "peligroso" si esa estrategia estuviera funcionando. Pero no está funcionando ni tiene posibilidad de hacerlo, y es hora de pasar a otra cosa.
¿Qué está mal en la receta de recortar gastos como remedio para los males de Europa? Los recortes de gastos en una economía deprimida simplemente profundizan la depresión. Pensemos en el caso de Irlanda, que ha impuesto una austeridad cada vez mayor en un intento de recuperar el favor de los mercados de bonos. Según la ortodoxia predominante, eso debía funcionar. Pero no fue así. Los costos de los préstamos para los irlandeses siguen siendo mucho más altos que los de España o Italia. Entonces, ¿cuáles son las alternativas?
Una respuesta sería disolver el euro. Europa no estaría en este problema si Grecia todavía tuviera su dracma; España, su peseta; Irlanda, su libra irlandesa, y así sucesivamente, porque estos países tendrían algo de lo que ahora carecen: una manera rápida de restaurar la competitividad de costos y estimular las importaciones, vale decir, la devaluación. Como contrapunto de la triste historia irlandesa, consideremos el caso de Islandia, que fue punto de partida de la crisis financiera, pero pudo responder devaluando su moneda, la corona islandesa. Islandia está experimentando la recuperación que supuestamente vive Irlanda, pero que no es verdad.
Sin embargo, disolver el euro sería muy perjudicial y representaría una enorme derrota del "proyecto europeo", el prolongado esfuerzo para promover la paz y la democracia por medio de una integración más estrecha.
¿Hay alguna otra manera de salir de la crisis? Sí, la hay. Si uno habla de la eurocrisis con los líderes de opinión de Alemania, verá que lo más probable es que señalen que su propia economía estaba de capa caída en los primeros años de la década pasada, pero consiguió recuperarse. Lo que nos les gusta reconocer es que esa recuperación fue generada por la aparición de un enorme superávit comercial alemán comparado con otros países europeos. La experiencia de Alemania no es, como imaginan los alemanes, un argumento para justificar la austeridad en el sur de Europa; es un argumento para implementar políticas mucho más expansionistas en todas partes.
A los alemanes, casi no hace falta decirlo, no les gusta esta conclusión. Se aferrarán a sus fantasías de prosperidad por medio del dolor e insistirán en que proseguir con su fracasada estrategia es la única actitud responsable. Pero parece que ya no tendrán un apoyo incuestionable del Palacio del Elíseo. Y eso significa que tanto el euro como el proyecto europeo tienen ahora una mejor posibilidad de sobrevivir que pocos días atrás.
Traducción de Mirta Rosenberg .

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