domingo, 31 de mayo de 2009

Europa sigue comprometida con la globalización y la economía de mercado. Por Domingo Cavallo


Durante los últimos diez días participé en muchas discusiones entre líderes de opinión europeos y economistas de todo el mundo sobre la situación política y económica de las naciones europeas. Estuve en la sexagésima primera reunión del Grupo de los 30 y en la octava edición del Foro Estambul, reuniones que tuvieron lugar en Roma y Estambul respectivamente, entre el 23 y el 29 de Mayo. Llegué a esas reuniones con el deseo de descubrir cómo estan reaccionando los europeos frente al fuerte impacto negativo que la crisis financiera y económica global está teniendo sobre sus economías nacionales. Mi curiosidad al respecto, tenía que ver con un artículo que hace apenas algunos meses publicó la revista británica “El Economista”, titulada “Argentina en el Danuvio”.
Ese artículo trazaba un paralelo entre las economías de los países de Europa del Este frente a la crisis actual con la situación de Argentina en 2001 y se preguntaba si esos países no se verían obligados a aplicar el tipo de “soluciones” que aplicó Argentina alrededor del año nuevo de 2002 : el default, la pesificación y una devaluación que redujo a menos de un tercio el valor de su moneda.
Más aún, algunos comentaristas sobre la situación de países que integran el área del Euro, es decir que no tienen ya monedas nacionales sino una moneda común, se hicieron una pregunta semejante en relación a países como España, Irlanda, Italia, Portugal y Grecia, que están enfrentando una interrupción repentina ("sudden stops") en los flujos de capitales. Flujos que durante un largo período anterior habían permitido financiar fuertes déficits en sus respectivas balanzas en cuenta corriente. Esta pregunta no era sino una insinuación de que estas naciones podrían verse obligadas a abandonar el Euro para permitir que una devaluación de sus recreadas monedas nacionales les permita aplicar la “solución argentina".
El argumento de los que visualizan una salida “a la Argentina” de las crisis de los países de Europa del Este, así como de aquellos de la Europa del Euro que están sufriendo interrupciones repentinas en los flujos de capitales, es el mismo que hicieron los impulsores de lo que ellos dieron en llamar “el modelo productivo” en Argentina en 2001: era necesario devaluar para permitir un ajuste rápido de la cuenta corriente de la balanza de pagos alentando las exportaciones y desalentando las importaciones y era necesario pesificar las deudas y los ahorros internos, además de "defaultear" la deuda externa, para reducir el peso de la deuda tanto del sector público como del sector privado.
En las muchas reuniones y discusiones en las que acabo de participar, llegué a la conclusión que, afortunadamente para Europa y para el Mundo, ningún líder político ni empresarial relevante ni ningún economista prestigioso apoya estas ideas. Por el contrario, lo que se observa es un compromiso creciente con la globalización, de la que Europa es pionera a través de su propio proceso de integración. No sólo países como España, Irlanda, Grecia, Portugal e Italia descartan totalmente un abandono del Euro y la recreación de sus monedas nacionales, sino que los países de Europa del Este que aún no están en el Euro visualizan la entrada formal a la zona del Euro como la mejor solución a los problemas que están enfrentando en la actualidad.
Llegan a esta conclusión porque observan que los dos países de Europa del Este que ya tienen al Euro por moneda, Eslovenia y Eslovaquia, son los menos afectados por la crisis global y porque los demás países de Europa de Este, tanto los que tienen sus monedas alineadas con el Euro a través de cajas de conversión (los bálticos y Bulgaria) como los que tienen monedas flotantes y siguen la regla monetaria "metas de inflación", sólo se perjudicarían si hicieran lo que hizo Argentina en 2002.
En las que tienen cajas de conversión, en caso de verse obligadas a abandonar el tipo de cambio fijo, enfrentarían terribles desajustes en los balances de sus empresas, familias e instituciones financieras, porque la mayor parte de las deudas y activos están denominados en Euros. La “solución argentina”, esto es, la conversión obligatoria de deudas y activos en euros a las respectivas monedas locales, para después devaluarlas, lejos de resolverles el problema, les generaría una recesión aún mayor, destruiría los incentivos al ahorro interno, re-introduciría la inflación y condenaría a estas economías al aislamiento. Todo el desarrollo de estas economías, desde 1991 en adelante, se basó en el proceso de apertura comercial y financiera y en el perfeccionamiento de las reglas de mercado, con respeto pleno a los derechos de propiedad de sus ciudadanos y de los extranjeros que invirtieron en ellas.
Los países de Europa del Este que tienen monedas nacionales flotantes y manejan sus políticas monetarias enderezadas a metas de inflación, también tienen un alto grado de “eurización” de sus economías, es decir una alta proporción de activos y pasivos financieros están pactados en euros. La depreciación de sus monedas frente al Euro les crea también problemas serios de desajustes monetarios en los balances de las familias, las empresas y los intermediarios financieros. Por eso tratan de conseguir apoyo financiero del exterior, incluidos los bancos centrales de Europa Occidental y los organismos multilaterales de créditos, para poder atenuar las fluctuaciones de la cotización de sus monedas en términos del Euro. Estas economías ven a un futuro ingreso al área del Euro como una forma de ponerle un límite a las expectativas de devaluación y poder conducir un proceso ordenado de reestructuración de deudas de las familias y empresas que enfrentan problemas de insolvencia ligados a las fluctuaciones cambiarias. En ninguna de estas naciones se habla de producir una transformación compulsiva de deudas y activos en euros a las respectivas monedas nacionales, por la misma razón que no se concibe hacerlo en las naciones que tienen cajas de conversión.
En Estambul advertí que precisamente, la comparación de las experiencias Argentina y Turca después de las fuertes crisis que ambas naciones sufrieron en 2001, abona la conclusión a la que arriban las naciones de Europa sobre la inconveniencia de aplicar una “solución argentina” a sus crisis nacionales actuales.
En 2001 tanto Argentina como Turquía estaban atravezando por crisis de balanza financieras y de pagos muy similares. Ambas economías tenían gran parte de sus economías nacionales dolarizadas o eurorizadas y en los dos casos había fuertes presiones para abandonar el ancla cambiaria con el que se había estado luchando contra la inflación. Turquía, que a pesar de su política cambiaria antiinflacionaria aún sufría alta inflación, no pudo evitar una devaluación a principios de 2001 pero no cambió la moneda de sus contratos denominados en monedas extranjeras. La devaluación fue acotada precisamente por eso, pero igualmente se produjo una fuerte crisis financiera y una gran recesión.
Argentina decidió provocar una devaluación más fuerte aún que la de Turquía, a pesar de que hacía varios años que su economía no sufría inflación. Pero lo hizo porque su nuevo gobierno, luego de la caída del que había sido elegido por el voto popular en 1999, creyó conveniente disponer la “pesificación” de todos los contratos internos denominados en monedas extranjeras. La devaluación del Peso Argentina fue mucho más fuerte que la devaluación de la Lira Turca, por lo que mientras que en Turquía, luego de la devaluación, su Banco Central pudo aplicar políticas monetarias enderezadas a reducir la tasa de inflación, en Argentina, la devaluación re-introdujo la inflación que en la década anterior había desaparecido.
Ambas economías comenzaron a recuperarse un año después de la devaluación y ambas se beneficiaron de la bonanza global del período 2003-2007, pero mientras hoy la tasa de inflación es del orden del 6 % anual en Turquía, Argentina, que había sido estable en los años anteriores, tiene hoy una inflación cercana al 20 % anual. Otra gran diferencia es que Turquía, al no haber "defaulteado" ni transformado ahorros y deudas de monedas extranjeras a Liras, nunca perdió el crédito y hoy, a pesar de la crisis global, sigue teniendo acceso a los mercados de capitales y, por supuesto, al crédito de los organismos financieros multilaterales, si llegara a necesitarlo. Argentina, lamentablemente, no tiene hoy ningún tipo de crédito.
El contraste entre las experiencias Argentina y Turca, ayuda también a fundamentar la conclusión a la que están arribando prácticamente todas las naciones de Europa que enfrentan crisis parecidas a las que sufrieron Argentina y Turquía en 2001: que, en todo caso, es mucho más alentadora la experiencia Turca que la Argentina. Por eso toda Europa sigue comprometida con la globalización y la economía de mercado. Y, en el caso particular de Turquía, la conclusión del Foro Estambul 2009, que discutió las metas de esa nación para su centenario, el año 1923, es que lo que Turquía necesita es ser admitida como miembro pleno a la Unión Europea y tener como moneda al Euro.
Mi anterior visita a Turquía había sido en 1997. En aquella oportunidad, la Asociación de Bancos me había invitado a explicar la experiencia argentina de lucha contra la inflación. En aquel entonces, todos los países que aún sufrían inflación miraban a la Argentina con admiración. En este nuevo viaje, me produjo mucha tristeza constatar que hoy, 12 años después, no sólo Turquía, sino todos los países de Europa, miran la experiencia de Argentina posterior a 2002 para descubrir lo que las naciones en crisis que quieren resolver sus problemas no deben hacer.

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