viernes, 19 de octubre de 2012

Ajuste a la Kicillof. Por Adrián Simioni


Inquietante, la presentación de Axel Kicillof el martes ante el Senado. Si se quitan las críticas a los “economistas faranduleros” y las loas a la intervención estatal, lo que queda –si el viceministro de Economía y factótum intelectual de Cristina Fernández habló con la verdad– es el anticipo de un giro en la política económica.
Sugestivo 1: gasto
Kicillof defendió “la expansión monetaria (porque) contribuye a reducir la tasa de interés y eso facilita el crédito que es un aceite para la actividad económica”. Es decir, defendió la maquinita de imprimir que le permitió al Gobierno seguir aumentando su gasto más que la recaudación. La creación de “demanda agregada”, como gusta decir la Presidenta.
Sin embargo, el funcionario avisó que en 2013 habrá una “desaceleración del gasto público”. Si sus números no mienten, más que desaceleración habrá sintonía. Y no muy fina. No se sabe cómo lo hará, pero, en lugar de volcar recursos a la economía, el Estado planea recaudar 59 mil millones de pesos en 2013 y no devolverlos al mercado como gasto corriente. De “aceite”, nada.
Incluso, piensan quedarse con 1.085 millones a favor después de pagar intereses. Para este año, hasta las perspectivas optimistas del Gobierno proyectan un déficit fiscal de 35.000 millones. Más que desacelerar, tendrá que frenar. De la “demanda agregada” a la “demanda restada”, podría titularse la maniobra.
Para colmo, 2013 es un año de elecciones legislativas, de las que depende la re-reelección. No va a ser sencillo decirles a los universitarios de Carta Abierta que se terminaron los aumentos del 25 por ciento. O a la galaxia de centrales obreras que el piso de Ganancias no se subirá ni tan rápido ni tan alto como piden.
Sugestivo 2: trabas
Este punto es casi la admisión de un fracaso. En el Manual de Economía Populista, que lee Guillermo Moreno, la sustitución de importaciones tiene dos fines: desarrollar industrias a las que se protege y ahorrar los dólares que se gastan importando los bienes a sustituir, para invertirlos en las fábricas que comenzarán a producirlos. Pero ahora resulta que para Kicillof eso entraña el riesgo de que “se acaben los dólares”. Al revés del manual.
Lo que ahora dice Kicillof que pasa es lo que habían advertido varios “economistas faranduleros” por tres razones:
El Gobierno no fue puntual en los sectores a incentivar. Hay un desperdicio de esfuerzos.
Impuso políticas pensadas para un mundo ya inexistente, cuyas industrias no eran tan interdependientes como hoy.
No reparó en que, ya antes de las trabas de Moreno, la mayoría de las importaciones eran insumos y bienes de capital, no para comprar bienes suntuarios.
Sugestivo 3: energía
A contramano de los hechos, Kicillof recalcó: “No está en nuestros planes la estatización de ninguna otra empresa del sector energético ni mucho menos del sector eléctrico”. Pero eso es lo que de hecho está haciendo el viceministro, que también es director de YPF y jefe de la Comisión de Hidrocarburos.
El verdadero secretario de Energía del país viene permitiendo que, desde julio, el Estado se haga cargo de una parte creciente de la energía (ya de por sí subsidiada) que reparten cada vez más distribuidoras, incluyendo las dos más grandes del país, que sirven al Gran Buenos Aires.
Lejos de la seguridad que mostró en días de mayor gloria –cuando se ganó su lugar tras convencer a la Presidenta de que estatizar YPF permitiría hacerse de una caja que alcanzaría tanto para invertir como para revertir en el corto plazo el déficit energético (y evitar así que “se acaben los dólares”)–, esta vez no hubo respuestas claras y duras.
Dijo que el déficit energético sumará “un poquito más” que los 3.000 millones de dólares de 2011 y que “no es fácil conocer el nivel de reservas de las empresas; hay que tener prudencia con los resultados en términos de autoabastecimiento”. Admitió que atraer inversiones no es soplar y hacer botellas: “Las empresas quieren certeza de precios y concesiones que no terminen nunca”, dijo. No debería sorprenderle: él mismo ha dicho, por ejemplo, que Argentina no tiene por qué pagarle “un centavo” a Repsol por YPF.
En cuanto a las distribuidoras eléctricas, no fue claro. Algunos participantes de la reu­nión entendieron que evalúa tarifas más desreguladas, como en la década de 1990. Debe ser un problema de interpretación.
En todo caso, deberá apurarse. El sistema energético es un triciclo que se fue destartalando en estos años, mientras se aceleraba en la bajada.
Hoy, hasta Cammesa ha dejado de pagarles a las generadoras. Por esta senda, no falta nada para que estas dejen de pagarles por el gas que queman a varias petroleras. Entre ellas... ¡YPF! Qué lío que sería, ¿no?

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